Dos libros que ilustran el desastre

Por Obed Betancourt / PRENSA INTENCIONAL

“Tan responsable es el que comete el acto de corrupción como el que lo observa y no hace nada contundente para combatirlo.” Humberto Malavé Núñez

“No hay mejor lugar para plantar la semilla del bien que en el corazón de un niño.” Antonino Geovanni Sánchez Burgos

Los sistemas de Justicia y de Educación en Puerto Rico han sido objeto de fuertes críticas durante décadas, ya sea porque sus titulares se ganan una mala reputación, alguno habrá ido preso, otro que renuncia luego de alguna intervención indebida, otros que no dan el grado. Pero, más comúnmente, porque no han sido departamentos suficientemente eficientes. En ambos casos, y en todos los casos en que el gobierno brinda sus servicios, la ineficiencia tiene un costo demasiado alto: desamparan al pueblo y lo empujan al camino de la miseria y al de la injusticia, y al peor, el de la inequidad, que siempre es, también, de iniquidad, un acto perverso, malicioso, una injusticia atroz.

Ha sido larga la noche boricua en su lucha contra la inutilidad de algunas agencias. Asimismo como se habla de la “larga noche europea” en referencia a la II Guerra Mundial, o Gran Guerra Patriótica, según si se está en el oeste o en el este, respectivamente. No es una guerra que hayamos ganado. Aún se continúa luchando. Es, ante todo, una guerra moral, y en consecuencia, por la verdad. “Era de la indignación”, tildó Camus aquella lucha por zafarse del yugo nazi, que igualmente describe con justicia nuestra actual lucha. Las entidades de gobierno deben ser, sin duda, entidades morales, no me cabe duda.

Camus, una vez más, está de moda. Se ha traducido al español, bajo el título La noche de la verdad, su antología de editoriales y artículos publicados en Combat, de la que fue su redactor jefe, aquel periódico francés publicado bajo fuego durante la II Guerra Mundial, una publicación, entre otras, de la Résistence. Camus es eminentememte un escritor de la moralidad, antitotalitarista, sea el nazismo o el comunismo. Por eso es necesario involucrarse, un elemento necesario de la moral. Y les recuerdo que la práctica política es parte de esa implicación moral.

Pero no es el libro de Camus el que vengo a reseñar. Son las motivaciones de sus artículos las que nos sirven para enmarcar lo que se debe decir. Las incongruencias gubernamentales deben ser expuestas sin que esto signifique el entusiasmo de la oposición para alcanzar el poder, porque es oportunismo por una victoria que no necesariamente implicará un cambio. La transformación se logrará un paso tras otro en la dirección correcta. Son esas ideas, y su perspectiva humanista, las que lograrán cambios duraderos en los gobiernos.

Hay, en este momento, dos libros de dos puertorriqueños, muy diferentes entre si (ellos y los libros), en su exposición y tratamiento de los temas que manejan, y que inciden sobre las mencionadas agencias constitucionales. Decir que son “lectura obligada” sería una arrogancia de mi parte que no cometeré, solamente me atrevo a sugerir su lectura porque ilustran inequívocamente el costo que ha tenido en Puerto Rico esa ineficiencia.

Estar preso por una convicción errónea causa tanto estupor como invertir 700 millones de dólares en la educación durante toda una década y no haber logrado nada más que enriquecer a los contratistas educativos. En esta Isla nunca un fiscal fue acusado y convicto de promover un juicio contra un inocente y de esconder prueba exculpatoria. Y los hay, yo mismo he reseñado varios casos, y compañeros periodistas otros. Una colusión entre agentes de la Policía y fiscales es tan mortal como lo son los narcos asesinando a su competencia en medio de la carretera.

Estos también se equivocan y matan inocentes, como fue el caso de la Masacre de Cayey, en 1994, en la que murieron cuatro personas, tres de ellos ajenos totalmente a la causa por la que fueron secuestrados y quemados sólo después de que una treintena de narcoabusadores los hubiese paleado casi hasta la muerte, arrancado las uñas con alicate, hacerles beber gasolina y, en su camino hacia el narcocementerio en Beatriz, ejecutados con un tiro en la nuca. Luego es que son quemados, vehículos y cuerpos, para no dejar huellas. El cuarto de ellos, que había cometido el fatal crimen de robarle dinero al narco mayor, ya había sido ejecutado. Lo encontraron los narcos, lo balearon, y cuando casi vivo se arrastraba por una brea caliente a esa hora de la tarde en Gurabo, un sicario se acercó, se quitó la máscara que llevaba puesta y le dijo: “toma, pa’ que sepas quién te mata”. Los otros tres, los inocentes, sufrieron vivos el tormento de la equivocación.

Entonces, pienso, ir preso el resto de una vida solo porque un agente y un fiscal deciden, vaya usted a saber por qué, que una persona es culpable de un delito que no cometió, no me parece que es algo tan distinto a cometer un asesinato.

Otro crimen es enriquecerse a costa de la necesidad de nuestros estudiantes. Ha pasado, y no creo que en este momento haya dejado de pasar. Todavía resuena en mi memoria aquella denuncia de “chinchorros educativos” que comenzaron a proliferar en la década de 1970. ¿Fue el entonces rector de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, Dr. Ismael Rodríguez Bou, quien lo advirtió? Creo que sí, pero no recuerdo bien. Es muy cierto que las crisis son igualmente oportunidades. Pero quiere uno pensar que son ventanas para mejorar los desempeños y aportar nuevas ideas, no para lucrarse únicamente y profundizar la crisis. Con la ley No Child Left Behind, a comienzos de la década de 2000, el gobierno federal, acorralado por la falta de destrezas de sus estudiantes nacionales, comparados con el resto del mundo, ideó un riguroso financiamiento para proveerles de mejores capacidades mediante la contratación de empresas educativas que les otorgaran esa oportunidad con talleres y tutorías. A pesar de la rigurosidad de los reglamentos, varias empresas educativas en Puerto Rico lograron circunvalarlos de manera espectacular. Invirtió el gobierno federal alrededor, si acaso más, de 700 millones de dólares aquí y las pruebas que tomaron los estudiantes demostraron que ese dinero se había ido por el chorro del lucro. Fue un fracaso total en Puerto Rico, y algunas empresas educativas fueron denunciadas por la fiscalía federal. Pero no todas. Al menos, en papel, su desempeño fue más que mediocre.

Son dos libros que denuncian con certeza ambos problemas, uno, Educando para la pobreza (los mercaderes de la educación pública en Puerto Rico), del profesor Humberto Malavé Núñez, exdirector asociado del una vez activo Consejo de Educación Superior, y quien conoció el interior del monstruo de las empresas educativas por haber sido él mismo un empresario educativo; el otro, la novela autobiográfica Los hijos del punto, del poeta y condenado a cadena perpetua por dos crímenes que no cometió, Antonino Geovanni Sánchez Burgos, quien, sin ser un santo, tampoco era un asesino. De él escribí extensamente en la historia investigativa “Misa de cuerpo presente para un Antonino vivo”. https://prensaintencional.com/2020/11/29/misa-de-cuerpo-presente-para-un-antonino-vivo/

Hoy, Antonino es un poeta conocido, con varios libros publicados. Le faltaba, sin embargo, que la gente viera cómo se gesta un narcotraficante. Hay algo de culpa en estos “hijos”, por supuesto, y la mayor de las veces responden con su vida su equivocación, pero también hay otras causas que los empujan, y esas ya son del dominio social y gubernamental. Y si se fijan, muchos de esos estudiantes de escuelas públicas que no recibieron la educación de calidad, las que denuncia el profesor Malavé Núñez, porque el empresario educativo estaba muy ocupado enriqueciéndose, terminaron en los puntos. Esa es la historia oculta que ata ambos libros, como uña y carne, como causa y efecto.

El profesor Malavé Núñez destapa una podrida olla de grillos entre las empresas educativas, muy vivas y listas para, como una plaga bíblica, devorar todo el papel verde que encuentren a su paso.

“La crisis fiscal y académica del Departamento de Educación de Puerto Rico [DEPR] no es culpa de los directores escolares, de los maestros ni de nadie de la comunidad escolar. Los responsables han sido las administraciones de turno que le han permitido a los mercaderes de la educación el saqueo de los fondos federales, destruyendo la calidad de la educación y del propio Departamento. Lass víctimas de este fraude pagan injustamente: los estudiantes y los maestros. Todo ello ocurre gracias al desastre dejado por el Cartel de la Educación”. Son palabras que presentan el libro.

Aún así, el cuento cruento que prometen esas palabras, luego de la lectura del libro se quedarán chiquitas y nos dejará sin habla. A base de estadísticas oficiales de todo tipo, presupuestos, datos, y evidencia que sugiere un Cartel de la educación, así como del conocimiento que tiene del interior de esos procesos, nos asoma Malavé Núñez a un crimen “en vivo” contra nuestra juventud.

“El DEPR se ha convertido en la piedra de tropiezo para educar nuestros hijos debido a la alta gerencia de esa agencia, no tanto a sus educadores. Parafraseando a John Stuart Mill, son los que impiden que los estudiantes se esfuercen por conseguir su propio bien. Los privan de ese objetivo por la propia incapacidad del Departamento, su deficiente política pública y porque ha estado compartiendo un interés muy grande, demasiado, con el negocio lucrativo.”

Denuncia el autor la “fachada educativa” de esas empresas, secretarios de Educación permisivos, la colusión del cartel educativo para fijar precios en los procesos, en violación a los reglamentos federales de libre competencia y otra serie de graves irregularidades que permiten pensar que TODO fue un negocio desde su inicio.

Mientras, en Los hijos del punto, del confinado Antonino Geovanni, con un prólogo de la profesora Edna Benítez Laborde, se trazan todos los elementos que convierten a cualquier hijo de vecino, particularmente si es de padres pobres, en un narco, y las consecuencias que afrontará esa vida carente de oportunidades reales, no retóricas ni especulativas ni idealistas. No nos dice nada quien diga que fue decisión de ellos entrar en ese mundo oculto, o si dice que ellos se lo merecen. Dice algo quien busca explicar lo que ocurre.

Esta novela, que toma algo de sus experiencias, de su conocimiento de esas tinieblas a la que entran usualmente engañados, y como dice con certeza la Dra. Maritza Álvarez Machín en la contraportada: “estas “letras garantizarán una entrada al dolor y te harán transitar por las caricias seductoras y profundidades oscuras del punto de drogas, en donde la sangre es el lubricante para mantener su maquinaria en óptimo funcionamiento”.

Y continúa: “matar o morir es el lema de los hijos del punto, frase que invoca a los dioses de la supervivencia, o a los de la muerte, señala el autor, porque la muerte nos asecha, nos susurra poemas al oído, en un intento por seducirnos para que seamos de ella, solo de ella”.

Antonino Geovanni no es idealista ni romantiza ese mundo. Al contrario, nos muestra su destino único: la tragedia. Veamos algo de la novela.

“Yo iba todo el camino envenenando su cerebro, le decía que nos debíamos vengar. Él replicó que era imposible debido a que eran muchos. Le dije que no se preocupara, que tenía algo que los haría correr y los haría pensar varias veces antes de atacarnos de nuevo. Le dije que le daría un arma y que sería él quien dispararía contra aquellos que lo habían atacado. Estuvo de acuerdo, aunque se puso bastante nervioso”. En este trozo de la novela vemos causales del desastre, parte de la mentalidad con que operan los narcos: la venganza, el machismo. La justicia para ellos se reduce a ojo por ojo y diente por diente. Es, por supuesto, una justicia que se mueve en la oscuridad, en el otro lado, en el dark side.

En otra ocasión nos desgarra con su propia confesión: “el diario vivir en ese mundo de violencia, el estar constantemente probándonos ante los demás para que se nos respete o se nos tema, es extenuante, y actuar de esa manera para no mostrar ningún grado de debilidad ante los rivales tiende a deshumanizarnos, nos convierte en robots programados, carentes de cualquier pensamiento racional”. Y de sentimientos, añadiría yo, los cuales se irán borrando a medida que se vayan cometiendo más crímenes, hasta dejar una tabula rasa en el alma, y entonces ya no será posible el regreso a la comunidad de seres humanos.

Pero también nos plantea el novelista y poeta que las acciones oscuras que se cuajan en ese inframundo pueden atrapar a inocentes, y que la justicia oficial también puede cometer equivocaciones tan graves como las que cometen los narcos.

“Los actos de los demás siempre salpican a los que nada tienen que ver con sus acciones, pero jamás pensé que me sucedería a mi”, indica el protagonista de la novela. Antonino nos recuerda que, aun inclusive aquellos que están dentro de ese mundo, creen que nunca enfrentarán las complicaciones nefastas de sus actos, aunque no se haya participado de sus crímenes.

O peor aún, algunos ni siquiera entienden bien lo que están haciendo, una inocencia torpe de la que no siempre son culpables: “veía todo como un juego, pero desconocía las ramificaciones que podría desarrollarse con mis acciones”. 

Ambos libros nos dan una perspectiva lujosa de la realidad puertorriqueña, tratan problemas que están relacionados y que son de la más alta prioridad de atención para nuestra sociedad. Pueden conseguirse en Amazon y en algunas librerías del área metropolitana.

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