¿QUIÉN MATÓ A COTTO CARTAGENA?

Por Obed Betancourt

I   Una pesquisa necesaria y problemática

Cuando el teniente Silva y el agente Lituma comenzaron a investigar el asesinato del soldado de aviación Palomino Molero, en la novela de Mario Vargas Llosa, no sabían todavía los contratiempos que enfrentarían. Tantos fueron que, con el tiempo, terminarían trasladados a otros pueblos lejos de sus hogares, sólo por realizar su deber ministerial de investigar y encontrar al o los culpables. Entonces, debieron hacerle frente a fuerzas poderosas que no querían que se esclareciera esa muerte, y no necesariamente porque fuesen los autores, sino porque de la pesquisa podrían surgir otros delitos o situaciones altamente cuestionables, para ellos más terribles que el asesinato, que podrían afectarlos.

La trama de la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? me vino a la mente tan pronto el nuevo secretario de Justicia Domingo Emanuelli anunció públicamente el día 9 de marzo pasado que ha dispuesto una investigación que esclarezca definitivamente la muerte del abogado Carlos Javier Cotto Cartagena, quien murió, supuestamente al caer accidentalmente de la azotea del edificio residencial Santa Teresa en Miramar, el 21 de septiembre de 2018 bajo extrañas y sospechosas circunstancias. No son usuales expresiones de este tipo a tan alto nivel, y menos cuando hay fiscales que entienden que no se debe investigar a compañeros fiscales o cuando algunos creyeron prudente no continuar con la pesquisa y cerrarla, ya sea porque estaba seca o porque no encontraron nuevos ángulos para mirar.

También, me fueron confiados unos datos en torno a Cotto Cartagena, pero relacionados con el caso Jonathan que, de haber surgido alguno antes posiblemente habría evitado los desvaríos de la justicia que en aquel 2007 se cometían. Los “behind the scenes” de los casos criminales que son elevados por la prensa al interés público, suelen ser intrigantes. Más de las veces, las intrigas que se desatan, los rumores sobre lo sucedido y las conspiraciones que surgen en la imaginación populista son más interesantes que la realidad. En este caso, sin embargo, la sordidez no se agotó con la condena de un inocente en 2007 sino que, en un magistral giro, algunas de las supuestas víctimas resultaron culpables en otro juicio (2018) y el victimario, condenado inicialmente, fue exonerado, coronando así la ironía.

Sin embargo, este fabuloso twist tampoco agotó la verdad de los sucesos de estos dos casos, que forman parte de unos mismos y extensos acontecimientos, el del inocente convicto y el de las víctimas culpables, llamado el caso de la Viuda Negra. Y, al igual que en el caso de Palomino Molero, la investigación profunda de la muerte del abogado pudiera revelar las extrañas circunstancias en que murió, o si se intentó ocultar algunos hechos inconvenientes para algunas personas, pero que no necesariamente tienen que ver con su muerte.

A once meses del fallecimiento, la pesquisa estaba por cerrarse. La investigación arrojó, según publicado por Miguel Rivera Puig (El Vocero) en agosto temprano de 2019, lo siguiente:

  • el fiscal Luis López encontró el cadáver. López formó parte de los amigos que compartieron en restaurantes y bares aquella noche con el abogado, lo encontró cuando fue a dejar a su amiga, la Lcda. Vivian Marrero a su apartamento en el condominio Santa Teresa, donde pernoctaba Carlos Javier;
  • sin camisa y descalzo, el cadáver estaba tendido sobre las escaleras a la entrada del edificio;
  • Cotto Cartagena había compartido en el apartamento con la abogada Laura I. Soto, y al acompañarla a la salida descubrió que había dejado las llaves y no podría activar el elevador para regresar a su piso;
  • para subir por las escaleras, rompió una cerradura en el vestíbulo, se hirió en el esfuerzo, y subió hasta llegar a la azotea;
  • intentó bajar a su piso por el exterior del edificio, acercándose al borde posiblemente para entrar por una ventana;
  • se despeña en el vacío a unos 70 pies de altura, golpea el techo en cemento de la entrada y vuelve a caer sobre los peldaños de la escalera;
  • pruebas toxicológicas indican .30% de alcohol en la sangre (si se conduce con .08% se arresta a la persona por guiar borracho); las pruebas serológicas determinaron que la sangre encontrada en la puerta del vestíbulo, las escaleras y el techo del vestíbulo son de Cotto Cartagena.
  • la fiscal Betzaida Quiñones investigó el caso.

Este cuadro del accidente es de una racionalidad y simplicidad impresionantes. Según el principio de Guillermo de Ockham (“la navaja de Ockham”), la explicación más sencilla, si completa, es la preferible por ser la más probable. Es decir, de dos teorías enfrentadas en igualdad de condiciones y que conducen a los mismos resultados, la más simple tiene mejores probabilidades de ser la correcta.

Ahora, si acaso fue asesinado, se necesitaría establecer un modelo que explique motivación, necesidad y oportunidad, es decir, quién, cuándo y por qué. Y de investigarse bajo ese ángulo, entonces pudieran surgir durante la pesquisa relaciones de Cotto Cartagena que hasta el momento han permanecido ocultas al ojo público, y que, reitero, no necesariamente tienen que ver con el contexto en que murió, la famosa fiesta en que participaba con otros participantes, sino con viejas relaciones que hubo mantenido, para resquemor de muchos.

Es necesario hacer hincapié en que, en este momento, esa muerte no ha sido esclarecida a suficiencia del Departamento de Justicia, por eso el secretario Emanuelli la retoma después de estar bajo el marco de su cierre; y que las personas que tuvieron contacto con Cotto Cartagena o estuvieron compartiendo con él esa noche no son, que yo sepa, sospechosos de nada en este momento y han ejercido los derechos constitucionales que les asisten, derechos que defiendo y promuevo que se ejerciten bajo cualquier circunstancia y vehemencia, pues lo contrario sería el abuso del Estado contra los ciudadanos, como ocurrió con Jonathan.

Todavía tenemos fresco en la memoria cuando el FBI allanó la fiscalía de San Juan, ubicada en el segundo piso del tribunal superior de San Juan, para buscar evidencia exculpatoria que le había sido ocultada a la defensa de Jonathan, esto es, un memorando del agente investigador que prefería apuntar más hacia Alex Pabón Colón que a Jonathan como el autor de la muerte de Adam. Estaba en el sumario fiscal. Nunca antes en la historia legal de Puerto Rico había ocurrido un suceso como ese allanamiento, que pasó inadvertido para la prensa. Pudiéramos hacer un largo desfile de personas que de manera torticera e injusta han sido acusadas y convictas, pero el más reciente del que tengo memoria es el del reo condenado a cadena perpetua Antonino Geovanni Sánchez Burgos, a quien se le ocultó prueba que muy bien pudo haber creado en el jurado serias dudas sobre las acusaciones en su contra, que en una mirada amplia no se sostienen por graves contradicciones, algunas fatales.

II   Un testigo estrella

Cotto Cartagena fue el testigo estrella del juicio contra el joven de 24 años Jonathan Román Rivera, residente de la barriada La Perla, acusado, convicto y sentenciado a cadena perpetua (105 años de prisión) por el vil asesinato del no menos joven Adam Joel Anhang Uster, de 32 años, un brillante empresario judío-canadiense con residencia y socios en Puerto Rico que, al momento de su muerte, estaba recientemente casado (marzo de 2005) con Áurea Vázquez Rijos.

Cotto Cartagena testificó, sin que le temblara el pulso, la voz ni el ánimo, que escasos minutos después de comenzado el 23 de septiembre de 2005 vio, cuando salía del estacionamiento La Cochera en el Viejo San Juan, cómo se asesinaba a cuchillazos de cocina y adoquinazos al infortunado empresario que, en un momento mientras le era arrebatada la vida llegó a gritarle, desesperado y preocupado, a su aún esposa Áurea ¡run, baby, run!, para que su agresor no fuese a hacerle el daño inmisericorde que ya le hacía a él. Adam y Áurea salían de cenar del restaurante Dragonfly esa noche ante la insistencia de Áurea de disuadirlo de divorciarse, y la de Adam para evitar, como se perfilaba, un divorcio contencioso. Apenas tenían seis meses de casados. Los últimos tres, separados. La evidencia es que esa cena insistida por ella, y que Adam quiso aprovechar para ofrecerle un nuevo acuerdo, fue un entrampamiento para matarlo. Esa noche Adam no quiso salir con su escolta personal, a pesar del miedo que le tenía a Aury, para que no se sintiera incómoda.

Identificó Cotto Cartagena, en rueda de identificación, a Jonathan, arrestado ese día 12 de octubre de 2005 en el pub Pink Skirt, del que era dueña Áurea, aunque comprado con el dinero de Adam. Jonathan había acudido esa tarde al negocio por insistencias de una amiga que trabajaba de empleada doméstica de Áurea, cuando, por una casualidad muy difícil de creer, apareció el agente investigador del asesinato. Marcia, hermana de Áurea, se encontraba en el local. Luego de un breve interrogatorio allí mismo, el policía Miranda lo arrestó como sospechoso e inmediatamente fue identificado por Cotto Cartagena. A todas luces, Jonathan también había sido entrampado. “Siento que a mi me utilizaron”, dijo la empleada posteriormente, según una fuente.

Siempre me pregunté, pues no me cuadraba, por qué Áurea indicó en la investigación policíaca que no conocía a Jonathan. Ahora creo que lo hizo para distanciarse del hecho de que lo habían seleccionado para suplantar al verdadero asesino, y alejarse a su vez de los atroces actos. Si la Policía no le llegaba, como nunca le llegó, al asesino verdadero, tampoco le llegarían a ella.

El juicio estatal, una terrible mascarada, evidenció más que otra cosa la pobre investigación policíaca y el flaco criterio de un jurado que se preocupaba más por la imagen de la justicia boricua ante los canadienses si no encontraban culpable al acusado, que por la evidencia eficientemente disputada y controvertida por los abogados de defensa, encabezados por Carmelo Dávila Torres. Jonathan estaba condenado desde un principio.

La persistencia de los abogados para liberar a Jonathan no tuvo descanso. Más adelante, el FBI incitado por Abraham, padre de Adam, se dio cuenta de la violación de los derechos civiles e intervino con una nueva pesquisa. Mientras, comencé a publicar en El Vocero mi investigación independiente sobre los sucesos, siempre con el temor, lo reconozco, de que pudiera dañar la investigación federal. La verdad pronto surgió y el asesino Alex Pabón Colón fue arrestado y confesó su participación en los hechos de sangre y la fiscalía federal promovió la liberación de Jonathan.

Alex reveló que hubo una conspiración, del que fue el ejecutor, para matar a Adam Joel, y el cerebro fue la esposa de la víctima, Áurea, su hermana Marcia y el novio de esta, José. El asesinato lo ordenó porque no le convenía los términos acordados en las capitulaciones de haber un divorcio, que había sido radicado la mañana del 22 de septiembre. Todos estos fueron convictos en el juicio federal celebrado en 2018. Como parte del amplio entramado de conspiración, Charbel, hermano de Áurea y Marcia, se declaró culpable el 23 de julio de 2019 de obstrucción a la justicia, al haberla ayudado a permanecer prófuga de la justicia en Italia.

III   Una muerte sospechosa

Cotto Cartagena murió el 21 de septiembre de 2018 a las 3:45 de la madrugada, descalzo, bajo coincidencias que ni Fortuna, la mítica diosa romana de la suerte, hubiera podido crear: a 13 años (número de la mala suerte en nuestro imaginario supersticioso) del asesinato de Adam Joel, ocurrida en 2005; a una década exacta de la convicción (10 de octubre de 2008 -había sido arrestado el 12 de octubre de 2005) y sentencia (diciembre de 2018) de Jonathan.

El 24 de septiembre de 2015, a una década del asesinato de su esposo y tres años justos antes de la muerte de Cotto Cartagena, Áurea fue extraditada a Puerto Rico, precisamente el mismo día en que salió a la luz pública el libro Las sangres que lloran: reportaje investigativo, sobre todos los aspectos desconocidos de la relación entre Adam y Áurea, los detalles íntimos, temores, investigaciones y sospechas en esa relación que culminó en asesinato. Y, precisamente, un mismo día 21 de septiembre, pero de 2005, Áurea y los co-conspiradores se reunieron en Pink Skirt con Alex para ultimar los detalles del asesinato.

Excepto el día de la muerte trágica de Cotto Cartagena, los demás son fechas sin importancia, coincidencias que suele mostrar un calendario. La fecha que realmente nos interesa es la del juicio de Áurea y los demás. A partir de septiembre de 2018, la Fiscalía Federal comenzó a presentar sus 23 testigos de cargo. La defensa de Áurea y los otros conspiradores, luego de que la fiscalía federal entregara el caso, entregaron el suyo al jurado el 27 de septiembre de 2018. Es decir, durante el juicio se cumplieron los 13 años del asesinato de Adam. Mientras, los abogados de Áurea tenían a Cotto Cartagena en su lista de testigos de defensa. Sin embargo, Cotto Cartagena murió en medio del juicio y ese infortunio desató otra serie de rumores que, ahora, el Secretario de Justicia también estará obligado a desentrañar, para descartar que haya sido otra coincidencia.

¿Ocurrió esa muerte de manera desgraciada? ¿Un accidente que, aunque estuviese su protagonista relacionado con incidentes sangrientos que en ese preciso momento se ventilaban en un tribunal federal, nada tuvo que ver con los intereses que medían sus fuerzas ante un jurado? O ¿acaso hubo un interés de alguien para que Cotto Cartagena no se sentara en esa silla y fuese a perjudicar el caso de una forma u otra?

Lo que desde ahora puede rechazarse es que fuese asesinado por gente de La Perla. No había razón alguna para ello, aunque Cotto Cartagena haya apuntado hacia uno de sus residentes. Como se sabe, Jonathan no pertenecía a ningún corillo o punto de drogas de la barriada, y no era una venganza que los narcos quisieran tomar. Ya Jonathan estaba libre y la aportación que hicieron los narcos de La Perla a su excarcelación fue no matar a Alex, quien calentó los puntos de la barriada con el asesinato que cometió. Además, no podría entenderse cómo Cotto Cartagena bajaba a La Perla y nunca se atentó contra su vida, a pesar de las oportunidades que hubo.

Tal vez, sencillamente, como es la versión oficial, Cotto Cartagena, embriagado, salió descalzo del apartamento y falló una repisa, o tropezó, o se resbaló y cayó al vacío mientras intentaba regresar al apartamento donde estuvo fiestando y del que no tenía llave. La fiesta nada más es un enigma, pues se han volcado rumores de todo tipo, una especie de Sex, lies and videotape, que involucra a abogados y fiscales. De hecho, alguno fue acusado de obstrucción a la justicia o interferir con una investigación policíaca. El caso, por supuesto, no prosperó pues ejercer la función de abogado, lejos de ser punible por ley, es precisamente ejercitar los derechos constitucionales, a lo que nadie debe tenerle el más mínimo reparo. Son reglas profilácticas.

Pero, dado el carácter de Cotto Cartagena, un poco lazy, según me han indicado, ¿será posible que intentase convertirse en funambulista, ese artista que acaricia el peligro al caminar sobre una cuerda? Tampoco era conocido por practicar deportes extremos. Además, investigar abogados, jueces y fiscales en esta Isla no es tarea fácil porque se creen, como indica Vargas Llosa sobre los aviadores en ¿Quién mató a Palomino Molero?, “príncipes de sangre azul”. En la novela, el coronel de la base no permitía que los policías interrogaran a los compañeros soldados de Palomino. Y le recomendó que “busque afuera”.

“Ellos tienen que saber algo. Andamos perdidos por su culpa. Pero la verdad se descubrirá, tarde o temprano”, se queja el teniente Silva. Sin embargo, el sentir popular era distinto. Muchos en el pueblo rumoraban que los policías “están tapando la vaina porque los asesinos son peces gordos”, sin saber, porque las investigaciones son confidenciales, lo tortuoso que les estaba resultando la investigación. Lo curioso es que Silva sentía, con su buen olfato de policía, que todos en la base sabían lo que le ocurrió a Palomino.

Y así, de la investigación policíaca, a casi dos años y medio del suceso, hay también demasiados rumores y hears say. ¿Se podrá confirmar algún día que los perros que llegaron a la escena, o cerca de ella, marcaron la presencia de drogas? ¿Es cierto que al llegar los policías al apartamento este no parecía haber sido la escena de una fiesta? ¿y que fue limpiado el apartamento con algún detergente? ¿Quién lo hizo (de haberse hecho) y por qué? ¿Arrojó alguna pista la cartera, el llavero, su maletín con una muda de ropa y, sobre todo, su teléfono celular?

Tan intrigante la muerte que Osvaldo, su hermano se encaró con un participante del tour embriagador que, pensó, no ayudaba al esclarecimiento de la tragedia: tú, que te sentabas a la mesa de papi y mami ha hablar con ellos; tú, que eras amigo y como un hermano para mi propio hermano; a lo que te has prestado, ha encubrir todo esto. No son palabras textuales, pero poco difieren de las originales.

Reseña el medio de prensa Noticel (26 de septiembre de 2018) en una entrevista con Osvaldo, y confirmando versiones sobre el carácter de Carlos Javier, que para nada este asumía riesgos peligrosos para su vida. “Mi hermano no estaba trepándose por ningún edificio. Y todo el que lo conoce lo sabe”, se escribió. No obstante, tenía rastros de pintura de la pared en sus uñas, “como si se hubiese trepado por un muro”, según el oficial Josué Vélez.

En su afán para que se esclareciera lo sucedido, el hermano no dejó títere con cabeza, impugnando los resultados iniciales de la investigación policíaca. Y aunque reconoció que Carlos Javier atravesaba por una racha lastimosa, se estaba recuperando y presentaba buen ánimo. Señaló, en ese orden, que había perdido su empleo, terminó una relación con su pareja y se le había muerto el perro. Cita Noticel a Osvaldo: “Él estuvo primero triste, lo más que le entristeció a él fue cuando pasó lo del perro. Pero él ya estaba en un proceso de que ya había aceptado y por eso el estaba tan contento, estaba haciendo un montón de cosas y él como ya había aceptado ese paso y había hecho las pases con Dios, porque eso fue lo que el nos había dicho a nosotros.”

Las interrogantes sobre las actividades esa noche son naturales ante la falta de una investigación concluyente, por ejemplo, si presentaba heridas de cuchillo o eran abrasiones. Precisamente, por eso es que el Secretario de Justicia ha ordenado una nueva y conclusiva investigación que fije las circunstancias en que Cotto Cartagena murió esa madrugada del 21 de septiembre de 2018.

Se indica que fiscales y abogados participaron del tour, que no es un delito, por supuesto. Así que la investigación de Justicia exige incluir el conocimiento, si alguno, que tienen de los hechos, o al menos, podrían aclarar el contexto, las circunstancias en que sucedió, el timeline. Ya hubo entrevistas al fiscal estatal Omar Barroso, al fiscal López y a las abogadas Soto y Vivian Marrero. ¿Son suficientes esas entrevistas? ¿Algo quedó en el tintero o, como se ha dicho, son consistentes las respuestas unas con otras? Tampoco se espera que concuerden al centavo unas con otras, pues cada uno puede, y de seguro tiene, una perspectiva distinta en tiempo y espacio. La concordancia absoluta de hechos vistos por distintas personas siempre alerta sobre una posible conspiración.

¿Subieron los policías al apartamento para recoger pistas del suceso o solo se entretuvieron mirando desde arriba para ver cómo sucedió la supuesta caída? La Policía tuvo la oportunidad de inspeccionar el apartamento en ese momento, pero Marrero, dueña del apartamento, les negó la entrada, así que tuvieron que regresar en la mañana con una orden judicial ¿Hay un informe sobre esa inspección? ¿Terminó la fiesta como el rosario de la aurora y Cotto Cartagena cayó accidentalmente al vacío? ¿Y qué de la supuesta muestra de sangre en el alero? ¿Será cierto que su ADN resultó incompatible, contrario a lo que señala la versión oficial? Pocas muertes han generado tantos rumores y sospechas.

¿Tiene algo que ver que el vehículo que conducía, una guagua perteneciente a su madre, se encontrara abierta y desordenada, como si la hubiesen rebuscado? La información que se tiene es que, por ser el vehículo de su madre, la trataba con mucho cuidado.

Fue notoria la participación de Cotto Cartagena en el caso Jonathan, tan notoria que su testimonio lo condenó a morir en la cárcel. Mientras, la posibilidad de que testificara a favor de la Viuda Negra era latente. Eso debe ampliar el marco de la investigación, solo para cerrar posibles frentes causales.

Finalmente, ¿fue colocado el cadáver de Cotto Cartagena en los escalones o la acera luego de ser asesinado? Esa teoría no puede ser descartada antes de que termine la investigación, y los investigadores forenses deben responder si dicha idea les pasó por la mente y a base de qué circunstancias creerían que no cayó de la azotea.

Pero, ¿quién querría ver muerto a Cotto Cartagena? ¿A quién le beneficiaba, o a quién le interesaba tanto hacerlo desaparecer? Son preguntas legítimas que deben encontrar respuestas. No debe quedar impune lo sucedido, como tampoco ningún otro asesinato, pero por lo pronto, este.

La investigación en Justicia es promovida desde el primer día del suceso por los padres de la víctima, la exjueza María Inés Cartagena y el padre, el conocido abogado Carlos Cotto Luna. Estos han contratado a un exgente federal para que investigue de manera privada el suceso; a la patóloga Yocasta Brugal; y han tratado de hacer mediciones en el edificio para asegurarse de que la caída de Cotto Cartagena fue posible de esa manera, ya que el cadáver se encontró en una posición absurda. También han grabado los alrededores con un drone ante la falta de recursos del Instituto de Ciencias Forenses, que ni siquiera puede costear un dummy (réplica humana), y para avanzar su propia pesquisa, tienen fotos, etc. Harán lo que esté al alcance de sus manos, tal y como hizo Abraham, para saber los sucedido. Nada más legítimo, otros también lo han hecho, sin olvidarnos que se hace porque hay desconfianza en nuestro sistema de ley y orden, a veces por mediocre, a veces por chanchullero. ¿Se le llegó a devolver a la familia el rosario que Cotto Cartagena usaba colgado del cuello, y que fue encontrado tirado en el piso del apartamento?

IV   Un testigo para todos

Aunque Cotto Cartagena haya mentido durante el juicio contra Jonathan, al declarar bajo juramento que lo vio asesinar a Adam Joel, no existiría razón alguna para morir por ello. Ni por esa razón, ni por ninguna otra. Esa no es la sociedad que queremos, y para más, esas son las acciones que perseguimos y condenamos. Su muerte debe ser esclarecida así como las circunstancias en que murió, aunque no necesariamente estén vinculados . No todos los sucesos, por más ruines que luzcan, son el resultado de una conspiración, los accidentes también ocurren.

Pero si no fue un accidente, entonces hay que redoblar esfuerzos y no dejar piedra sobre piedra para determinar cómo ocurrió, quién lo cometió y si fue ordenado. Y es cuando regresa nuevamente a mi memoria la muerte de Palomino Molero, que fuerzas mayores impidieron su esclarecimiento y hasta hubo represalias por ser investigada porque indagar sacaría a la luz otros hechos inconvenientes, no necesariamente relacionados.

Puesto que Cotto Cartagena está indisolublemente vinculado con el caso Jonathan y, por extensión, con el caso de la Viuda Negra, ya es hora que aporte el pequeño dato que me ha sido entregado y que afecta ambos, no tanto como para incidir sobre ellos, pues ya han sido adjudicados, pero al menos quedarán los hechos un poco más claros, como en la fórmula matemática PI que, si bien es infinita, cada nuevo número que se añada nos acerca un poco más a la exactitud. Igualmente, puede abrir nuevas puertas a la investigación sobre el caso Jonathan que, aunque cerrado a cal y canto, pesa demasiado la sospecha de otros participantes, o co-conspiradores no acusados.

Como testigo de cargo en el juicio estatal, como testigo estrella del Ministerio Público que identificó a Jonathan como el asesino de Adam, Cotto Cartagena burló la búsqueda de la verdad a la que, como funcionario del tribunal que era, debió adherirse. Mintió el abogado (¿deliberadamente?) y a causa de ello un inocente no solo enfrentó tres años de procesos judiciales y carcelarios (entre su arresto en 2005 y la exoneración en junio de 2008), con pleno conocimiento y angustia, sino con su espíritu torturado al saber que pasaría el resto de su vida encarcelado, y sin haber hecho algo para merecerlo. Tampoco debemos olvidar que la defensa sentó a una persona que testificó que no fue Jonathan quien mató a Adam, aunque temió indicar quién fue el asesino. El jurado no le creyó y la fiscalía, que ocultó prueba que pudo impugnar con cierto grado de éxito la investigación parcializada de la Policía, ni se inmutó.

La pregunta obligada, entonces, es la siguiente: si Cotto Cartagena hubiera testificado a favor de la defensa en el caso federal ¿hubiera inclinado la balanza hacia Áurea? ¿Por qué la abogada de Áurea, Lydia Lizarríbar, lo tenía en su lista de testigos? ¿con qué propósito? ¿hubiera podido impugnar el testimonio del confeso asesino? ¿desmintiría que Alex fue el asesino? ¿revelaría una conspiración para hacerle daño a la acusada, como ella misma reclama, y que solo era una batalla cruenta por los $24 millones que dejó Adam? ¿aseguraría que en esas fuerzas en conflicto nadie tenía las manos limpias? No sabemos. Murió antes, a pocos días de presentarse en el juicio, y si finalmente lo decidía.

V   El némesis del testigo

Todo héroe, como lo fue Cotto Cartagena para el ministerio fiscal en el caso estatal, tiene su némesis. Y si bien este no se presentó en la primera batalla, sí estaba preparado para entrar en acción en la siguiente, la corte federal, como un disuasivo tremendo para que el primero reiterara sus declaraciones.

Némesis, en la mitología griega, representa la venganza divina contra los que exageran, contra los desmesurados, los sin medida, los que se exceden. Entre otros excesos se destacan la felicidad, la soberbia, el orgullo, la confianza, y sobre todo, desafiar a los dioses. En aquellos que rompen el equilibrio, tan difícil de establecer, particularmente en la justicia, aparece Némesis como un castigo.

Si los abogados de defensa de Áurea hubiesen sentado de testigo a Cotto Cartagena para impugnar al testigo principal de cargo, al asesino, la fiscalía federal tenía listo en su bolsillo el testimonio jurado de Rafy “Mano Grande” para contrarrestarlo. Este testigo, el némesis de Cotto Cartagena, hubiera testificado que no es cierto que Cotto Cartagena hubiese visto al asesinato y, por tanto, era imposible que identificara posteriormente a Jonathan. Y lo sabe porque él fue, como empleado del estacionamiento, quien a las puertas de La Cochera se apostaba. Esa noche trabajó y puede negar que Cotto Cartagena se acercó a la salida del estacionamiento para mirar el asesinato. No se acercó a ver el escarceo y tampoco pudo ver a Jonathan matar a Adam porque estaba escondido tras una pared.  La fiscalía federal, consciente del falso testimonio de Cotto Cartagena, se aprestaba a radicarle un cargo de perjurio si reiteraba su versión en la silla de los testigos.

Si esa fuese esa la verdad, ¿por qué entonces testificó bajo juramento Cotto Cartagena esa mentira en la corte estatal que le pudo costar el título profesional, una condena de perjurio y el escarnio público? Pero… antes que eso, ¿qué hacía en el estacionamiento en ese momento tan específico y conveniente? ¿fue pura casualidad? Son preguntas inevitables que surgen cuando las investigaciones se hacen de manera liviana o con demasiada presión, sea interna o pública. Lamentablemente, Cotto Cartagena no podrá aclarar esos extremos, ya sea en su defensa o en admisión.

No obstante, una investigación honesta puede hacerlo, la pregunta es cuán conveniente puede ser para algunos. La chapucería del sistema estatal de justicia en el caso Jonathan ya está adjudicada por dos eventos insumergibles: Jonathan fue exonerado y se arrestó, procesó y se logró la convicción en el foro federal de los verdaderamente involucrados, con evidencia que por mucho supera la duda razonable. El otro evento que ya no tiene impugnación es la demanda federal que Jonathan ganó al Departamento de Justicia y la Policía por los daños que recibió al violar el Estado sus derechos civiles al acusarlo erróneamente.

Rafy “Mano Grande” testificaría que Cotto Cartagena salió del estacionamiento únicamente cuando Alex ya se había ido de la escena, y que ayudó a Áurea en esa calle por donde nadie camina y donde asesinaron a Adam, en la esquina de las calles Luna y San Justo. ¿Fue Cotto Cartagena la persona designada para identificar al asesino, fue la persona escogida para atestiguar que Áurea salió con un golpe dado por el asaltante y, por tanto, eliminar toda sospecha sobre ella? No podemos olvidar que, según el croquis de muerte que los Vázquez-Rijos dibujaron, Áurea creía que recibiría $24 millones con la muerte de Adam. No sabemos, pero sería justo saber si Cotto Cartagena formó parte de esa conspiración. Yo estoy convencido de que la fiscalía federal no quiso acusar a otra persona de la familia para no profundizar el daño que ya le hacía a los Vázquez-Rijos. Tampoco tenía la importancia de los otros, pero se hubiese visto la grave disfunción familiar y que los acusados sólo replicaban los valores frívolos que les enseñaron.

Y si testificaba en el foro federal o no, era un debate que, según una fuente, Cotto Cartagena aún no decidía.

VI   El nuevo spin

Nueva información permite abrir nuevas conjeturas sobre los casos del siglo. La información que un reportero recibe no siempre es de gran envergadura, sin embargo, puede ayudar a pintar el tono y formar parte ineludible de la trama. Por eso se añade, aunque tardíamente. Otra información recibida, de ser cierta, hubiese sido vital para evitar la condena de Jonathan y debió saberse, pero no se supo hasta ahora.

Problematizar por qué Cotto Cartagena estacionó esa noche su vehículo en La Cochera (él, con cierta fama de cachetero por escasearle el dinero) y salir a la hora justa, coincidental, en que asesinaban a Adam, es legítimo, pero solo cuando nos advierte un informante (que protegeremos), y es algo que nunca se ha dicho públicamente, que Cotto Cartagena llegó a hacer de disc-jocky en el pub Pink Skirt, de Áurea. Fue una relación que para muchos pasó inadvertida, menos para sus amigos. Asistía regularmente y amigos del infortunado llegaron a disfrutar de sus habilidades en ese pub. Mientras, como estableció una investigación privada encomendada por el propio Adam, el Pink Skirt también servía de fachada para el otro negocio de escorts que regentaba Áurea.

Es decir, Cotto Cartagena y Áurea se conocían, por tanto, no era un testigo inocente en el caso estatal, no llegó con las manos limpias al juicio, pues llegó a pasar tiempo en el Pink Skirt y nunca hizo el disclosure al tribunal. ¿También lo sabía la fiscalía? El dato, omitido entonces, se presume controvertible. De saberlo, la defensa podría haber dirigido un interrogatorio que esclareciera el grado de amistad o compromiso que tenía con Áurea, y el juez y el jurado habrían podido aquilatar mejor su testimonio, si estaba parcializado, por ejemplo. O si era verdadero, o si tenía algún otro origen sospechoso. Dependiente de eso, no sería descabellado pensar, entonces, que Cotto Cartagena pudo haber sido plantado en el estacionamiento para que identificara al supuesto asesino, en este caso, a Jonathan. Para eso, sin embargo, debemos asumir la completa racionalidad y hábil planificación de los conspiradores, aspectos que pueden ser igualmente dudosos, pues pocos le atribuyen a estos conspiradores unas mentes capaces de esas sutilezas. De todos modos, los actores de este drama, excepto Adam y Cotto Cartagena, viven, los investigadores podrían preguntarles.

Y podrían indagar además si Cotto Cartagena recibió prebendas o beneficios por su testimonio en el foro estatal. Los fiscales, de seguro, lo negarán y pondrán la mano en el fuego. Saben que otorgar esos beneficios es contra la ley, por tanto, no se arriesgarían y posiblemente ni se les pasó por la mente hacerlo. Tampoco querrían dañar su caso. Sí hubiese tenido derecho a estar en el Albergue de Testigos, regentado por el Negociado de Investigaciones Especiales, un maltrecho local en el que abundan criminales que testificarán contra otros criminales para, ciertos de ellos, ahorrarse algunos años tras las rejas.

Sin embargo, sabemos al menos que recibió escolta privada mientras figuró como testigo, escolta pagada por Abraham Anhang, padre de Adam. Como es de esperarse, el padre quería la convicción de Jonathan, al fin de cuentas, era el acusado por el asesinato de su hijo. Y si había que proteger al testigo estrella de ese grupo de matones de La Perla, como seguramente le habrían advertido dado el estereotipo sobre esa comunidad, pues que así sea. ¿Habrá algún informe en el Departamento de Justicia sobre Cotto Cartagena y su relación con Abraham? ¿se indica si recibió algún tipo de “ayuda”, como cenas, alguna batería para el carro o dinero? 

Más tarde, durante el juicio, Abraham, que es abogado, pudo darse cuenta que Jonathan no era el asesino. Y, en su empeño, que admiramos, por llevar a la justicia a los asesinos de su hijo, promovió ante el FBI y la fiscalía federal una mejor investigación que resolviera conclusivamente quiénes asesinaron a su hijo, pues, como muchos de nosotros, ya se había enterado que era Alex. Y sabía también que Jonathan debía ser liberado y llegó a cabildear con el entonces fiscal de distrito, José Capó, por ello.

Ese mismo derecho y empeño que desplegó Abraham y su familia para que se llevara ante la justicia a los asesinos de su hijo, también lo tienen los padres de Cotto Cartagena, al menos para que se esclarezca su muerte. Ese dolor hay que reconocerlo. Ese dolor no acabará hasta que se haga justicia. Así también lo sintió la familia Anhang.

Mientras, quedará sin saberse qué efecto pudo haber tenido el testimonio de Cotto Cartagena en el juicio federal. Se le ponen los pelos de punta a muchos con solo recordar que un solo jurado podría no creer que Áurea ordenó el asesinato de Adam. Uno solo es lo que se necesita para evitar una convicción, el temido home jury. Y si el testimonio de Cotto Cartagena hubiese podido tener ese potencial, entonces algunas fuerzas podrían querer evitar que testificara. No sé. Son especulaciones con base en los sucesos. Pero la verdad que no se despinta es que Áurea, Marcia y José conspiraron y contrataron un asesino conocido del Viejo San Juan y La Perla para matar a Adam.

La muerte de Cotto Cartagena ha complicado una madeja, un ovillo, que durante 13 años fue desenrrollándose hasta su pleno lineamiento. Son estas cosas que surgen entre bastidores las que deben aflorar en la investigación para darle certeza a lo que le sucedió al infortunado.

VII   Lento se cocinan las noticias

Sé que la expectativa sobre esta nota es que esclareciera si Cotto Cartagena fue asesinado o víctima de la mala suerte. Quizá alguno esperaba hasta el nombre del asesino o cómo, con absoluta certeza, ocurrió su muerte, y distinta a la “temporalmente oficial”. Pero esto no es “la noticia del momento”, o “la gran noticia de la hora”, como rezan los eslogan de dos cadenas radiales de noticias; o de vida efímera, para consumirse hoy y pasar hambre mañana, a menos que nos den mañana otra noticia del momento o de la hora, nuevamente.

Tampoco haremos presentismo periodístico, en el que “estamos completamente concentrados en la respuesta inmediata a lo inmediato” (François Hartog), una perspectiva que nos ancla en un continuo presente (“régimen de urgencia”, le llama) que nunca cesa, no resulta del pasado ni proyecta el futuro, y solo espera el apocalipsis que lo derrumbe todo. Hartog, que es historiador, advierte que “la información instantánea es una ilusión: en nombre de la transparencia, la mediación (que hacen los medios) se denuncia como falsa. Hoy podemos ver cómo los medios de comunicación (periódicos, radios, TV) van crecientemente detrás de las redes sociales, y cómo es cada vez más difícil hacer el trabajo periodístico (investigar, poner las cosas en perspectiva, confrontar puntos de vista…): toma mucho tiempo y cuesta muy caro… Aún más que el historiador, el periodista está atrapado en la jaula del presentismo, ya que la actualidad es su principal razón de ser.” (La Tercera, entrevista, 13 de marzo de 2021)

Y menos haremos aquí periodismo sepulturero, dando por cierto lo que aún es especulación y enterrando la reputación de algún funcionario, como tantas veces se hace.

Tampoco pretendemos llamar la atención para vender algo. Este blog noticioso –PRENSA INTENCIONAL– no depende de, ni buscamos, pautas publicitarias, clics o likes, sino únicamente las verdades inconvenientes. Esto no es un modelo de negocios, queda dicho, sino un modelo informativo. Aquí las noticias se cocinan en un slow cooker, hasta que estén bien cocidas y sus elementos integrados. Y eso toma tiempo. Esta vez sólo les he mostrado lo que se cocina en el guiso.

Bueno, eso es mucho decir, por lo menos los ingredientes que deben o podrían estar. Tampoco, dicho sea de paso, es que haya muchas personas dispuestas a hablar. Más allá, suscribo plenamente las palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han (ZeitDataismus und Nihilismus, 27 de septiembre de 2013): “Recopilar más y más datos sobre nosotros y el mundo no explica el mundo mejor, es solo un dataismo sin sentido.” Esa “euforia” es casi “totalitaria” o “religiosa”, advierte, y añade: “al mismo tiempo, flotamos en una extraña sensación de insensatez y nos sumergimos en la hiperactividad y la hipercomunicación”.

Aún así, para usar el concepto que mi buen amigo y periodista Jesús Dávila trae en su libro Lenguaje, género e historia, “he llegado a convencerme de la utilidad para este oficio de buscar una historia digna de ser contada” porque, muy acertadamente añade, “no me parece que el periodismo sea muy distinto de otros oficios de la palabra”. Sin pretender llegar a la categoría de periodismo histórico, del que Dávila es el mejor exponente en Puerto Rico, sí comparto su tesis de entrevistar el pasado sobre temas del presente. Hay que constatar todavía si los sucesos de 2005 repercutieron de alguna manera en 2018. “¿Cómo hacer para recordar algo que se quiere olvidar?”, se plantea Jesús, en vista de que existe “el fenómeno de la fabricación del olvido”, de aquello que “resulta doloroso o inconveniente recordar”.

No todos los datos responden a la pregunta principal que nos hacemos. Igualmente, hay que vincularlos con los hechos, las acciones. Por eso es tan importante seleccionarlos de tal manera que apoyen una teoría. Pero no siempre tenemos esos datos principalísimos y lo que manejamos sólo es un bonche de referencias y/o rumores que pueden, o no, acercarnos a la verdad definitiva que buscamos. Puesto que desecharlos sería un método incorrecto, mejor es sopesarlos, contextualizarlos y ver si ellos pueden dirigirnos hacia una interpretación plausible en nuestra teoría del caso. No debemos perdernos en el bosque. En ese sentido, la labor periodística, como la del leñador, consiste en adentrarse y seleccionar los árboles necesarios que ayuden a despejar el camino.

Creo que poco antes de salir el sol la noche nos arroja su más terrible oscuridad. Estamos en esa madrugada. Esta historia solo pretende trazar un mapa para que no nos perdamos en ella, o para recordarles que estos acontecimientos no han agotado toda su verdad. No se ha completado el círculo con el enjuiciamiento de los asesinos de Adam. Hay unas nubes que, por causa del fallecimiento de Cotto Cartagena, deben ser despejadas para que brille el verdadero azul del cielo, luego de tiempos (y cumbres) borrascosos.

Las fuerzas oscurantistas intentarán cubrir con su manto el camino que debe seguir la pesquisa. Sé que a raíz de que surgiera que Cotto Cartagena era conocido, si no es que amigo, de Áurea, se han pautado reuniones y llamadas entre diversas personas. Es un dato que no conocían muchos actores de este drama, otros lo sabían y callaron. Habrá que ver qué reacciones causa, habrá que esperar qué significa eso para la investigación. Desde mi punto de vista, de ser corroborada esa relación de la que son testigos algunos amigos de Cotto Cartagena, entonces debe determinarse si este fue plantado en el estacionamiento La Cochera para que sirviera de testigo contra Jonathan, que ya había sido seleccionado como asesino y entrampado para que se le arrestara. Esa información también se la debemos, póstumamente, a la víctima definitiva de este enjambre, a Adam.

Sería importante confirmar que se conocían Carlos Javier y Áurea, Marcia, José y Charbel. Y qué tan lejos llegaron esas relaciones, con quiénes se comunicó (habría que examinar si recibía llamadas telefónicas de algunos de ellos o de quién más, y cuándo), de quiénes tomó prebendas y si su testimonio fue comprado. Y cuando finalmente sepamos qué diablos pasó la noche en que murió, obtendremos también respuestas a preguntas que ni siquiera hemos imaginado.

El teniente Silva, pese a las dificultades, descubrió finalmente a los asesinos de Palomino Molero, quienes, de distintas formas, pagaron el crimen. Y aún si concluyese la investigación sobre la muerte de Cotto Cartagena, y se establecieran los hechos de forma fehaciente, no serán pocos los que duden de esa verdad y dirán también, como dijeron en la novela, que sólo se encubrió los verdaderos sucesos.

¿Quién mató a Cotto Cartagena? no sólo es una pregunta legítima, sino una teoría de investigación y una probabilidad.

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