“Desconozco la persona con la que estoy viviendo, siento que duermo con un enemigo”

 

Es un rumor que va camino a convertirse en leyenda. Y aunque eso no signifique que mientan, confirmarlo supondría creerle a personas que tienen un interés personal, emocional, cercano, en el asunto. Tan pronto como el día siguiente, o el segundo, Adam Joel Anhang Uster habría llamado o tuvo la intención de llamar al juez Angel Pagán, que le casó con Aurea Vázquez Rijos, para que no enviara los papeles certificando su boda del 19 de marzo de 2005 o para saber si estaba a tiempo para anular el matrimonio.

Tenía miedo de Aurea y su familia, y a ese momento parecía un miedo incomprensible. Seis meses y cuatro días después de celebrada su boda, el 23 de septiembre en la madrugada moría asesinado de manera cruel por Alex Pabón Colón, El Loco, contratado por Aurea, su hermana Marcia y por -hasta hace poco- el novio de esta, José Ferrer Sosa. Su miedo tenía una base real, algo vio en esos primeros días, una sospecha, un movimiento, una petición de dinero, el cruce de miradas, una reunión en la cocina de su mansión en Yardley Place entre aquellos tres. Algo no le gustó y, en una primera intuición atinada, como si fuera un Rosacruz, quiso bajarse del barco antes de que zarpara hacia aguas profundas que, pudo haber pensado, podían ser turbulentas. Pero, contrario a las enseñanzas de los Rosacruces, no siguió su primera intuición y se quedó en el barco. A fin de cuentas, nada hay más ajeno a un Rosacruz que un judío.

La convicción en la corte federal de Aurea, su hermana Marcia y el exnovio de esta, José Ferrer Sosa, por el asesinato de Adam es una realidad jurídica, si bien no es inmutable todavía. Pudiera ser revocada esa realidad en alguna de las dos oportunidades de apelación judicial que tienen los convictos. Una sola, si nos atenemos a la costumbre del Tribunal Supremo federal de solo atender casos que puedan alterar o impactar de manera determinante el estado de derecho. Mientras, apelar al primer circuito en Boston es un trámite mecánico, en todo caso, solo se perdería el dinero que se invierta en abogados. Además, para aquellos que necesitan vivir estableciendo metas, la esperanza, por pequeña que sea, de que Boston pueda revocar al jurado de la corte inferior es suficiente para darle un sentido a su vida mientras se vive en celdas de cuatro por cuatro el resto de sus días. Ya estos perdieron el objetivo de su vida –la de vivir para hacer dinero- con la muerte de Anghang, lo que constituye una gran ironía, pues creyeron que asesinándolo culminarían su objetivo. Ahora se quedaron sin la soga y sin la cabra.

Para establecer qué pensó Adam los días siguientes a su boda, para saber cuál fue su ánimo y qué provocaban sus tensiones, entrevisté nuevamente al detective privado Jorge L. Aponte, un connotado ex agente del Negociado de Investigaciones Especiales (NIE) del Departamento de Justicia (muchos años atachado al FBI), posición en la que estuvo durante 18 años antes de dar el salto al sector privado de seguridad, al fundar Professional Security Group, dedicado a la investigación y protección privadas.

Esta vez, la entrevista produjo más información que las notas que aparecen en mi libro Las sangres que lloran, reportaje investigativo, sobre la relación que mantuvieron Adam y Aurea, la vida que cada uno cargaba, y por qué y cómo desencadenaron en la violenta muerte del multimillonario empresario canadiense.

La información obtenida durante la investigación de Aponte fue determinante para apoyar la decisión que Adam tomaría, abandonar su mansión en Yardley Place, separarse apenas a los tres meses de casado, y comenzar el proceso de divorcio. Nadie podría imaginar, sin embargo, las decisiones extremas que tomaría Aurea para evitar el divorcio. Sospechaban los amigos del círculo íntimo de Adam que ella era capaz de encontrar la forma de que le formularan cargos bajo la ley de violencia de género (Ley 54), que lo maltratara, que le robaran, que presionara muchísimo para lograr un divorcio altamente beneficioso para ella o que finalmente lograra enamorarlo de nuevo. Que le mataran era una posibilidad, que cada cual debió descartar por absurda. Sin embargo, esta fue la que escogieron Aurea, Marcia y José. Más de uno no fue sorprendido por la noticia, creían que Aurea era capaz de tamaña brutalidad. Lo que no creían es que fuese probable.

Solo había pasado un mes de la boda cuando Adam, luego de buscar las mejores referencias, entre ellas de varios conocidos suyos del FBI, llamó en abril de 2005 a Aponte para que, de manera urgente, se reunieran.

-“Necesito reunirme contigo. Hay unos agentes del FBI que conozco que me dieron tu nombre para que me hagas una investigación. Necesito verte hoy mismo”.

-“No puedo hoy, tendría que ser mañana”, dijo Aponte, quien a ese momento desarrollaba otra investigación y estaba ajeno al drama intenso de su potencial cliente, quien habría incrementando su desespero, su confusión. Ese 25 de abril de 2005 Aponte desconocía de quién se trataba, apenas un cliente americano, por su idioma inglés, que dijo llamarse Adam Anhang, sin Joel como segundo nombre ni Uster como segundo apellido, y tampoco sabía que era canadiense, ni judío. Conociendo a Adam por la gran cantidad de referencias que vengo acumulando en mis investigaciones desde el 2007, no quisiera ni imaginarme el estado de nerviosismo que enfrentó cuando Aponte le dijo que mejor se veían el próximo día.

Adam le propuso verle en Kasalta, el famoso restaurant-deli y panadería ubicada en la calle McLeary en Ocean Park, Santurce, que saltó a la fama internacional cuando el presidente Obama se reunió allí con el entonces senador Alejandro García Padilla para comerse un surtido de jamones, una sopa, una medianoche, y un café que remató con un quesito. Desde antes acudían figuras políticas locales, como Sila María Calderón, Carlos Pesquera, artistas, surfistas, curiosos. Ya Kasalta había recibido años antes la visita de Hillary Clinton.

El menú pedido por Jorge y Adam fue por mucho menos ambicioso, apenas un jugo de china, café y tostadas para el primero, solo un café para el segundo, quien pagaba la invitación. Un momento de tanta tensión, con seguridad no le permitiría a Adam disfrutar de las delicias que preparaba el dueño Jesús Herbón.

Pero verse en Kasalta fue una indiscreción de Adam que pudo costarle más temprano de lo que finalmente le costó. Kasalta se ubica en el vecindario donde vivía con Aurea, apenas 300 o 400 metros la separaban de su residencia en la calle Yardley Place, a la que se llega precisamente tomando la misma calle McLeary. No podía saber Adam entonces si Aurea conocía a Aponte, o si algún conocido en común los viera, o cualquier otra posibilidad esotérica, de coincidencias o malafortunas que hubiesen podido advertir a Aurea lo que Adam tramaba.

Para aquellos que creen que las coincidencias nos previenen o advierten, nos dicen cosas, el lugar de la cita pudo ser presagiosa.

Si Adam, un empresario racional, creyente en las matemáticas, las finanzas y en cosas tan tangibles como el incremento en la fortuna cuando se hacen buenas inversiones, hubiera creído en esoterismos como ese, por supuesto que habría seleccionado otro mejor lugar para reunirse. Pero la verdad es que Adam sí solía creer en esas cosas, por más que lo negase. Lo demostró cuando, en un viaje a Tailandia en 2004, una hechicera le advirtió que moriría joven.

-Pero cuándo, lo que quiero saber es cuándo-, le habría insistido el cliente, justamente a una bruja cuyo principio fundamental de trabajo es no indicar fechas exactas.

-El próximo año- le respondió condescendiente, tal vez porque, siendo una fecha tan cercana, le ayudaría a prepararse para lo inevitable.

A ese temor de Adam, Aurea reaccionaba con burla, llegándole a preguntar si tenía SIDA, dada su absoluta confianza en que moriría pronto.

-Tal vez yo me debo hacer la prueba, por si me has contagiado- con sorna le dijo Aurea durante una de las visitas a la terapista de familia, que Adam utilizaba para que su esposa suavizara su posición ante el divorcio inevitable, y que ella usaba para ganar tiempo y tratar de evitarlo. Mientras más tiempo pasara, más dinero de pensión recibiría. El análisis frío, sin embargo, mostraba que si moría Adam no serían miles los que recibiría, sino millones. Ese análisis es el que consta en las actas del juicio.

En esa reunión del 26 de abril de 2005 en Kasalta, me indica Aponte, Adam le solicitó sus servicios para que investigara a su esposa, pues le llegaban comentarios “negativos sobre ella, que le era infiel, que tenía negocios turbios”. Esa fue su expresión, pero no fue específico en torno a qué clase de negocios ilegales podía estar haciendo. Eran solo rumores que se debían investigar. También recibió comentarios de que ella no hablaba muy bien de él, a sus espaldas, por supuesto.

Detengámonos aquí un momento, para pensar lo obvio. Cuando las personas se casan lo hacen bajo un predicamento de confianza y de conocimiento mutuo. Si llegasen rumores tan pronto la gente se casa, lo normal en las parejas es descartar los rumores por ser fruto de la envidia, los celos, información equivocada, quieren hacernos daño, y mil razones más. Sin embargo, Adam contrató un investigador privado de alto perfil para que confirmara o descartara dichos rumores. Es decir, no actuó al amparo de la base de confianza que presupone el inicio de un casamiento, sino que aceptó la posibilidad de que fuesen ciertos, y por tanto contrató a un investigador privado. Adam sospechaba de algo oscuro en Aurea, apenas a un mes de matrimonio. Justamente se describió como un “infierno” la situación que vivía el canadiense. No se puede vivir con sospechas, porque estas arden tanto como el fuego y queman, si no el cuerpo, al menos la voluntad.

“Esa fue la primera expresión que me dice”, como asunto a investigar, relata Aponte. Luego Adam le explica que él le montó el negocio Pink Skirt, en la calle La Fortaleza en el Viejo San Juan, y su queja de que debió ser únicamente un restaurante. Sin embargo, le llegó información de que Aurea convertía el lugar en las noches en una barra donde se llevaban a cabo “cosas ilegales”. La venta de bebidas alcohólicas no fue parte del trato que Adam hizo con su esposa para montarle el negocio, añade Aponte mientras me narra la entrevista inicial que tuvo con su cliente.

“Para efectos de él era un restaurante, algo familiar, no lo que ella estaba haciendo allí”, dice. Adam nunca acudió al lugar. No obstante, vender bebidas alcohólicas no es contrario a la ley, en todo caso, indica Aponte, el problema es que Adam, sin ser exactamente un fundamentalista, por principios religiosos no quería dicho tipo de negocio. “No le gustaba ese tipo de negocios, aquí me lo manifestó”, señaló durante la entrevista en sus oficinas.

Si bien Adam no expresó que tenía la sospecha de que en Pink Skirt se vendiesen drogas, amigos de él si le indicaron que en esas noches en el negocio ella le era infiel.

“Y la conducta observada en el hogar, le sugirió a él que le era infiel”, agrega el relator. Un mes de matrimonio le bastó a Adam para darse cuenta que ya ocurrían cambios en ella que no anticipó, que le eran perniciosos, sospechosos, distintos. En ese momento Aponte decide tomar el caso. Trataría de confirmar o descartar los distintos rumores e informaciones que recibía, entre estos, del círculo de amistades de Adam, quienes tenían hachas que amolar con Aurea, por eso era tan importante buscar un tercero objetivo que viera si, de verdad, sucedían esos sucesos o no. Aurea era anatema para el jet set boricua en el que flotaba Adam. Algunos amigos de Adam ya le habían puesto la cruz, por trepadora, vulgar, no educada, por ser de clase baja, por ser una escort.

Un dato adicional reflejará lo que Adam, apenas con un mes de matrimonio, ya estaba decidido a hacer, contrario a las versiones serve selfish dadas por la propia Aurea durante su testimonio en corte, cuando alegó que él la amaba y que nunca la dejaría, llegando a aportar en evidencia una nota, alegadamente de él, dejada en la almohada de su cama en la que le decía que era especial y siempre la amaría, apenas días antes de su asesinato. Ya había dicho una decena de años antes en una deposición que la noche que lo mataron veían encantados la luna y se decían palabras de amor eterno. Segundos más tarde lo mataron a golpes de adoquín y cuchillo.

Adam también le pidió a Aponte que coordinara con su abogada el trabajo que realizaría. La abogada resultó ser Silvia Vilanova, contratada por Adam para que llevase su demanda de divorcio. Es decir, a un mes de matrimonio, ya Adam consultaba a una abogada para que lo divorciara. Así que, aquel rumor sobre Adam solicitándole al juez o con intenciones de solicitar que anulara el matrimonio apenas al día siguiente o al otro de celebrada la boda, ya no se nos antoja como un rumor tan absurdo.

Fue esta abogada la que presentó ante un tribunal su demanda de divorcio el 21 de septiembre de 2005, exactamente a seis meses de su boda, por una causal de trato cruel e infidelidad. La demanda fue retirada el día 22 en espera de que futuras negociaciones evitaran el divorcio nasty que prefiguraba Adam. Pero esa noche, ya la madrugada del 23, fue asesinado, precisamente el día en que presentaría definitivamente su divorcio, aunque fuese nasty, como le advirtió Adam el 22 en la mañana durante la sesión de terapia de familia. Esa noche salió con ella a cenar bajo la impresión de que finalmente llegarían a un acuerdo. Múltiples llamadas de ella a él ese día confirman la presión a la que le sometió para que saliera con ella esa noche. Y salieron. El siniestro plan, ya urdido con Marcia, José y Alex, estaba en marcha, una llamada lo delató.

Un detalle importante, que no surgió durante el juicio pero sí forma parte extensamente en la narración de mi libro, es que al buscarle a su apartamento en el Condado, donde estaba viviendo Adam, ya separados, aunque utilizaron el vehículo BMW de él y ella dejó estacionado su Cayenne, fue ella la que condujo al Viejo San Juan. Automáticamente él, que de momento se resistía y discutía con ella, fue a montarse al guía, pero ella, según las versiones de un guardia de seguridad que presenció el hecho, lo envió al asiento del pasajero para ella poder conducir. Posiblemente ella tuvo miedo de cualquier cambio en los planes, en la dirección, si él conducía. Ella se dirigió al Viejo San Juan, donde estaban José, Marcia. Y Alex. Lo condujo a su destino, como una parca.

“Todo el mundo se pregunta cómo se casó con ella. Desde el mismo día (de la boda) él ya estaba con dudas”, advirtió el investigador privado. Aunque, pregunta y contesta el propio Aponte, “la verdad es que él se enamoró de esta muchacha, a lo mejor por su belleza, o por un montón de cosas”, revela. El mismo Adam, así como Aurea, han dejado saber que él estaba enganchado sexualmente con ella. “Pero cuando se da cuenta de lo que le estaba diciendo la gente, y lo que él estaba viendo, ahí se asustó y quería terminar con la relación”, asegura el investigador privado.

El lunes 2 de mayo Adam, Vilanova y Aponte se reunieron para iniciar la investigación y para revelarle al investigador privado que “ella sería la abogada que trabajaría todo lo que tiene que ver con su caso”, de divorcio. El dato cobra especial relevancia cuando Aurea dijo bajo juramento que desconoció en gran parte de su relación de pareja que Adam pretendiera divorciarse.

La investigación, afirmó Aponte, consistió en hacer, primeramente un background check de Aurea, para lo que recibió de manos de Adam una copia fotostática de una serie de documentos de Aurea, del pasaporte y de una tarjeta de identificación del estado de New York, y donde se ve la escritura de Adam dando los pormenores de su residencia y el de Pink Skirt.

“Del background check y la documentación que me dio Adam vi que algunas de las informaciones de ella, en cuanto a sus ID’s, es que tenía diferentes nombres y apellidos, como Auri, Dominicci, Bibi, Beatriz Dominicci”, destacó el investigador privado. Si bien no se indicó la reacción de Adam ante este hallazgo, lo normal en una pareja sería preocuparse por las razones que se tiene para utilizar distintos alias. Con cuál de todas me casé, es una sospecha parecida que pudo haber tenido Adam, según la versión que Aponte ofrece.

“Una de las expresiones que me hizo Adam es: ‘desconozco la persona con la que estoy viviendo. La desconozco. Siento que duermo con un enemigo’,” declaró Aponte en la entrevista. Son palabras de un desesperado, ante tanta confusión.

Y añadió: “él estaba tan ansioso, y te lo digo Obed porque fue así, que me llamaba todo el tiempo. Yo tengo notitas en el expediente de cuando él llamaba, diciendo, ‘dile a Aponte que llegue al (condominio) Regency (donde estaba su oficina) que quiero verlo’. El estaba asustado. De la persona (Aurea), y de las personas con las que ella se estaba relacionando, de la familia de Aurea, que estaba allí (en su casa en Yardley Place) todo el tiempo”. Eso incluye a su hermana Marcia, su hermano Charbel, la madre de estos, Carmen, y José, no así al papá de Aurea, que estaba como ausente. “El básicamente los mantenía a todos”, declaró Aponte.

Se pregunta uno, de qué exactamente tuvo miedo Adam Joel, qué notó y cuándo, y por qué no tomó medidas definitivas al respecto. No sabemos, pero, dadas las terribles consecuencias, tenía razón de sentir miedo. Algo vio en Aurea que le hizo temer de que su esposa era capaz de cualquier cosa, como en efecto sucedió.

En las conversaciones que mantenían Adam y Aponte, relata este, el investigador privado le advertía que estaba en una relación en la que solo le estaban sacando dinero.

Aponte preparó un plan de vigilancia y seguimiento, “agresivo, como me lo pidió él. Me dijo, no importa lo que haya que pagar, yo quiero que tú la investigues a ella todo el tiempo”. Al salir de su casa, al llegar a Pink Skirt, dentro del negocio, a donde quiera que fuese ella tenía un rabo.

“Cuando voy asistiendo a Pink Skirt, en ocasiones la vi a ella besándose con hombres, y se lo dije a él (a Adam). Se molestaba, se ponía ansioso”, comparte Aponte sus hallazgos y, cuando se le pide tomarle una foto, declina con rapidez. “Estoy haciendo unos trabajos, no me conviene salir en fotos”, justifica.

“El llegaba a mi oficina y, me recuerdo, se levantaba, (caminaba ansioso, según los propios gestos de Aponte al imitar a Adam) y como que no lo podía creer. El decía, ‘pero si yo la trato bien, soy bueno con ella’ ”.

La investigación incluyó una operación encubierta de parte de Aponte y su equipo de trabajo, tan exitosa que Aurea se comprometió a proveerle al investigador privado, quien se hizo pasar por un empresario adinerado, unas chicas, incluyéndose ella misma, para hacer una salida en lancha desde Salinas.

En ese operativo Aponte y cuatro miembros adicionales de su equipo se presentaron en varias ocasiones en Pink Skirt. Varios del equipo fungían de bodyguards del empresario y otros eran sus amigos, dispuestos a gastar dinero a manos llenas. El efectivo corría visible encima de la barra de servicio, las propinas altas, hasta que Aurea picó el anzuelo.

El investigador confirmó que Aurea tenía una red de escort services, y que ella misma podía dar los servicios que las otras daban. Aponte habló con las chicas y les sacó la información que necesitaba. Como parte de la prueba que obtuvo, una de las chicas le regaló un suéter y se quedó con los senos al aire en el Pink Skirt. Aponte mantiene guardado todavía esa pieza de evidencia y la mostró.

“Inclusive, Aurea bebió de la misma copa de nosotros, una bebida llamada Volcán”, apuntó el investigador, quien remarca que esta fue atraída por el dinero que exhibían a manos llenas. Se habían convertido en clientes.

“Estábamos en la barra, yo y el equipo. Yo simulaba que era una persona de dinero. Y los muchachos que iban conmigo eran como si fueran mis bodyguards y otros eran mis panas. Estas eran muchachas de revista, preciosas. Y algunas de estas trabajaban también en el negocio de Aurea”, recuerda el investigador de sus tareas encomendadas hace 13 años. Pero esos recuerdos no son sacados de la memoria, un ejercicio que puede ser tan productivo como acertado. Aponte echa mano de su expediente, tan organizado como una carpeta policíaca.

Según recuerda de sus varias visitas al Pink Skirt, “primero empezaron las muchachas a acercarse, hasta que ella (Aurea) vio todo el movimiento de nosotros, y el dinero y todo, y como las moscas, se acercó también”.

Aponte se resiste a llamar red de prostitución lo que había montado Aurea en el Pink Skirt. Pero reconoce la disponibilidad de muchas de las chicas. “Ese era su negocio”, dice.

La investigación duró dos meses, e incluyó vídeos, entre ellos uno de Aurea besándose en un área oscura con un hombre.

El viernes 13 de mayo, el grupo de trabajo se presentó a su labor de encubiertos al Pink Skirt, y mientras compartían con las muchachas, nuevamente Aurea se acercó al grupo.

“Empezamos a hablar con ella y acordamos ir al otro día, sábado 14 de mayo, a pasear en una lancha en Salinas, ella y varias de las muchachas, a compartir, a beber. Y ella (Aurea) estuvo de acuerdo. Y en la conversación entre tragos, ella nos confesó que estaba en trámites de divorcio. Ella nos dijo que estaba casada con un viejo canadiense, que lo que le interesaba era terminar con él y conseguir el dinero que le tocaba, que cuando terminara los trámites de divorcio recibiría mucho dinero”.

El dato, nuevamente, es importante, debido a la negación, en corte, de Aurea de que desconocía los trámites de divorcio de su marido. Además, a ese 14 de mayo no habían pasado ni siquiera dos meses de la boda. Lo que significa que, claramente, ella sabía la situación real en su casa y por qué, solo que ante Adam, y más tarde ante la terapista de familia, lo negaba, cuando decía que el único problema era Adam, desconfiado, y su amigo y socio Roberto “Tito” Cacho.

Pero el 14 de mayo el grupo de encubiertos, las chicas y Aurea no salieron para Salinas.

“Llamé a Adam, le expliqué todo esto (lo que había acordado con Aurea y sus chicas), le notifiqué todo y él se molestó bien fuerte, y dijo que no, que no autorizaba que saliéramos con ella ni nada. Y en vez de estar en la lancha ese sábado, lo que hice fue reunirme personalmente con Adam al mediodía del sábado 14. Cuando me reuní con él, en mi oficina, cuando le di todos los detalles, desgraciadamente también de las conversaciones de ella diciendo que él era un viejo y del que se quería divorciar, y de que íbamos a salir, y que ya habíamos entrado en mucha confianza con ella… yo lo que le estaba transmitiendo a Adam, como investigador, era que vamos bien, mira, ya vamos a salir con ella y todo, pero él se molestó (con la situación) y dijo que no. La expresión de él fue que le dolía mucho la situación, que no podía creer la clase de mujer que él tenía a su lado, que con el primer cuentero que se le acercaba con solo hacerle creer que tenía dinero ya ella entraba en confianza y coordinaba salidas con ustedes, así me dijo, que con el primer pendejo que le hacía creer que tenía dinero ella se iba con él. Dijo pendejo, en español, no “asshole”.

Como parte de la investigación se tomaron vídeos de la vigilancia que se le hizo a Aurea. “Inclusive le entregué (a Adam) varios vídeos de nosotros con cámaras ocultas dentro del Pink Skirt. Esos vídeos reflejan la dinámica que se daba dentro del negocio, porque él creía que era un restaurante, para que viera que no era un restaurante, que aquello era una barra, todo el mundo bebiendo, vacilando, música, Para que viera que no era lo que él creía”.

El equipo tenía una cámara oculta grabando al momento en que Aurea, bebiendo con ellos, compartió el trago de Volcán de ellos. “Ella estaba en un vacilón fuerte con nosotros, ya la cosa era fuerte. No es que estuviéramos besándonos ahí, pero estaba coqueteando con nosotros, seguro”.

Qué tan malo era lo que Aurea hacía, como parte de su negocio, puede ser algo sujeto a interpretaciones, según los estándares morales de cada cual. En Puerto Rico, sin embargo, las parejas no coquetean con otras personas cuando, separadamente, hacen su vida cotidiana. Para Adam no era correcto. En su demanda de divorcio indica como parte de su causal de divorcio “la conducta exhibida (por Aurea) hacia otros caballeros”.

“En un momento dado, en uno de los vídeos está ella en la entrada de lo que es la cocina y se dio un beso con un cliente”, agrega Aponte. En los vídeos de vigilancia se le ve comprando en tiendas, “gastando dinero, en Plaza Las Américas, en Condado, en el Viejo San Juan. Ella gastaba billetes por ahí pa’ bajo”. Aurea reconoció ante la terapista de familia que Adam le daba muy poco dinero para sus gastos. Los seis mil dólares que le daba mensualmente no le eran suficientes para sus necesidades, aunque también recibía dinero de su negocio.

Recuerda en este momento el investigador que la noche de la muerte de Adam ella tenía unos tacos Prada de cinco mil dólares. Hay versiones de que eran unos Gucci. O tal vez esa era su cartera. “Adam la mal acostumbró”, dijo Aponte, muy bajito, en un comentario muy personal con el que algunos no estaríamos de acuerdo.

El exagente del NIE confirmó que Adam, aún así, quería mucho a Aurea. “Eso es así, desgraciadamente. El estaba enamorado, ella no, pero él sí. El la quería, inclusive, ya tu ves, ese día que le dieron los golpes (la madrugada del 23 de septiembre) él lo que le dijo fue ‘run, baby run’.” Adam muriendo y solo se preocupaba por su esposa de la cual se divorciaría irremisiblemente y quien le había puesto los cuernos meses antes, no con algún cliente, sino con el empresario Alexis García Molinet, quien testificó en corte que se acostó en varias ocasiones con Aurea mientras esta era aun novia de Adam, y en plena Navidad, una festividad que para Adam no era realmente de mucho valor, pero sí para los demás involucrados. A este Aurea le preguntó si conocía de algún gatillero, dos veces. La pregunta ya se la había hecho a su amigo Edwin Prado, el abogado que notarizó las capitulaciones prenupciales. Aurea también le pidió $25,000 a Alexis, ya casada pero separada de su marido. Si bien no se dijo en corte específicamente para qué los quería y por qué no se los pedía a su marido, no es descabellado pensar que pudo haber sido para dar un adelanto a algún gatillero. La realidad cruda de lo que acontecía tras las espaldas de Adam le era desconocida, sin embargo, sentía una molestia que no le dejaba vivir, una sospecha.

El investigador, luego de tanta cercanía con Adam y llegarlo a conocer bien, descarta que la palabra “obsesión” por ella realmente describa el sentimiento que le tenía a Aurea. “No. El tiempo que yo conocí a Adam vi a un muchacho muy bueno, ingenuo, un muchacho ingenuo. No tenía malicia. Era muy bueno en los negocios, pero no en los asuntos de mujeres, de relaciones”, asegura Aponte. A este momento se debe recordar que ya Adam cargaba una dura frustración amorosa de sus tiempos en New York y estaba vulnerable.

Tanta era la ingenuidad de Adam en los asuntos amorosos, que le reveló a Aurea los resultados de la investigación de Aponte. “De mi investigación, él fue y se lo dijo a ella. No lo creyó (lo que le dijo Aponte).” Otra posibilidad, sin embargo, es que informarle lo que sabía cargaba la intención de que ella cambiara su conducta –un asunto que fue objeto de grave controversia con su círculo íntimo. “Crees en un milagro que no va a ocurrir”, le dijo Cacho días antes de que fuese asesinado. Jamás lograrías un divorcio “de aire acondicionado”, amigable. Ese cambio, estuvo en lo cierto Cacho, nunca llegó.

“La confrontó”, con su investigación, reveló Aponte, “todas las cosas que de tiempo en tiempo yo le decía, él se las dijo a ella”. Nunca supo Aponte, porque Adam no se lo dijo, cómo ella reaccionaba a la información. “No me habló nunca de eso (de la reacción de ella). Después de ahí, lo que sí empezó a decirme es que le iba a pasar algo. Y siempre me decía, Aponte, si me pasa algo, recuérdate, fue Aurea, Marcia, José, los mencionaba, Chalbert, fueron ellos”. Ese miedo, más fuerte, lo sobrecogió luego de que Aponte le revelara el 14 de mayo los acontecimientos de la noche anterior.

Por qué no tomó las medidas que debió, Aponte las explica por el nivel de enamoramiento de Adam. Fue el amor. Ya sabemos, el amor es ciego, o nos ciega. Pero igualmente debió ser por su confusión, por su creencia de que podía cambiarla, el milagro que esperaba y que sólo él creía posible, tal vez pensó que los informes eran exagerados. Pecó de ingenuo, por su carácter bondadoso, mantuvo muy adentro la esperanza de que era posible un cambio en su relación marital. Hubo en sus sentimientos una trenza donde se enlazaban sus mejores sentimientos con las peores dudas y sospechas, y no tuvo la oportunidad de desenredar completamente la trenza antes de su muerte.

Con la información que le proveyó el investigador, comenzó, sin embargo, a tomar decisiones, como separarse y mudarse un par de meses después, decidir finalmente que debía divorciarse, aunque amigablemente y con la esperanza de que si lograban rehacer sus vidas adecuadamente, podían juntarse nuevamente, bajo nuevas capitulaciones maritales, un asunto espinoso que Adam tenía clavado en el corazón. Ella no creía que Adam se juntaría con ella nuevamente si se divorciaba. Adam sabía que, con tanto dinero que tenía, si moría nada le tocaría a su familia. Recordarán que no invitó a sus padres ni a su hermana Bárbara, tan apegada a él, a la boda, tampoco a sus mejores amigos y socios. A la boda solo asistieron los Vázquez-Rijos y los amigos de estos. Adam mostró después un grave, bastante grave, sentimiento de culpa por todo eso.

“Yo le recomendé ponerle unos bodygards. Le dije que no saliera solo con ella, porque yo sabía que él no iba a dejar de verla”, como ciertamente ocurrió. Durante los tres meses de separación, ambos se veían aun. Esa nostalgia sexual Adam no logró superarla en tan poco tiempo. Si Adam tuvo la protección de un escolta los últimos dos meses de su vida, se ha indicado que de nombre Carlos Tirado, no era del equipo de Aponte. Ya Aponte había culminado su investigación y dado los reportes a Adam en los dos meses que trabajó para él.

“Le recomendé que no saliera solo con ella, que si iba para algún lado le dije que yo le ponía protección. En un momento dado, él se muda. Era su esposa (todavía)”, entiende Aponte, pero su idea fue saber a dónde salían para él poder colocar sus investigadores privados en las cercanías y darle protección, no mantenerle una escolta adosado a su espalda. Adam le dijo que hablarían en otra ocasión, que nunca llegó.

La noche que mataron a Adam llamaron a Aponte para darle la triste noticia. “Mi primera impresión fue, eso lo hizo ella. Porque él me lo había dicho tanto. ¡Me dio tanto coraje! Me puse bien hyper. No me hizo caso”.

Luego del infortunio, Abraham Anhang, padre de Adam, recabó la ayuda de Aponte para dar con el paradero del asesino. Para ello emitió un boletín, que colocó el ex agente de ley y orden en todo el Viejo San Juan, ofreciendo una recompensa de $25,000 “por información que conduzca al arresto y convicción de las personas responsables del asesinato del Sr. Adam Anhang, ocurrida en San Juan (esq. calles Luna y San Justo) la noche del 23 de septiembre de 2005”. Se proveyó un teléfono, que manejaba Aponte, para las llamadas, 24/7. Meses después, ante la falta de información, la recompensa fue aumentada a $100,000. Aun así, nadie obtuvo la recompensa. Se presentaron denuncias semanas después de la muerte contra Jonathan Román Rivera, en un fuerte, triste, lamentable proceso que duró dos años, y en diciembre de 2007 se le condenó, equivocadamente, a cadena perpetua (105 años).

“¡Qué van a pensar de nosotros en Canadá si no lo encontramos culpable”, un jurado que entrevisté me llegó a revelar durante mi investigación de estos hechos en 2008, condenando el ambiente que prevalecía entre la mayoría de ellos.

Luego en el 2008 fue excarcelado al confesar el crimen Alex Pabón Colón a las autoridades federales, cuando lo arrestaron. Colón Pabón se había ido en fuga cuando lo echaron de La Perla, donde narcotraficaba, por el asesinato y era activamente buscado por el FBI. Lo encontraron en un cuartucho en la calle Guayama, en Hato Rey, lleno de imágenes religiosas, de las que era fanático. Su testimonio fue vital para la condena de Aurea, Marcia y José. Sus cartas cobrándole los supuestos $3 millones que le pagaría Aurea fueron determinantes. Marcia recibía las cartas y reaccionaba a ellas, en ocasiones diciendo que no tenían dinero. Si alguien me factura algo, y yo le digo que el problema es que no tengo dinero ahora para pagar, estoy reconociendo la deuda. Con ese recibimiento de Marcia, que no negó las cartas según el testigo que desfiló en corte, la lectura de ellas y su reacción a ellas, se inculpó e inculpó a todos.

Dixie

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