FALTÓ UNO EN DUNKERQUE

Por Obed Betancourt

Al terminar de ver la película “Dunkerque” (Dunkirk), hace unos años, sentí un Déjà Vu sobre ese nombre. Algo me decía que el nombre de ese lugar en Francia no me había sido ajeno alguna vez, pero no le di color al asunto porque si alguien sabe de traiciones, esa es la memoria.

Hasta ahora, que lo pude relacionar con un hecho específico que en mis recuerdos estaba olvidado o mal anaquelado. Los que han trabajado en bibliotecas saben que un libro equivocadamente colocado puede convertirse en un libro perdido.

La película de Christopher Nolan narra con maestría narrativa la evacuación de soldados aliados en las playas de la costera ciudad Dunkerque entre mayo y junio de 1940, asediadas por el temible Wehrmacht, el ejército alemán Nazi, durante su campaña para tomar Francia, como ya lo habían hecho con Polonia y vastos sectores de la Europa central. Lejos estaba todavía la aventura -afortunadamente fallida- de avanzar a Moscú, aunque en su regreso a Berlín, ya aplastados en ese frente oriental, dejarían la tierra negra y derruido a Stalingrado (hoy Volgogrado). Esa batalla (agosto 1942-febrero 1943) es reconocida como el punto de inflexión en la II Guerra Mundial, el inicio del sabor a derrota Nazi, el mismo que ya había saboreado Napoleón en su intento -fracasado-de apoderarse permanentemente de Moscú en 1812 y su ambición de dominar toda Europa.

En Dunkerque, británicos, belgas y franceses, acorralados por el mar a sus espaldas y las hordas Nazis de frente, estaban condenados a la peor de las muertes, aquella que llega avisada e irremediable.

Más de uno en esa situación en otras áreas de Europa decidió suicidarse y escapar definitivamente a la barbarie que le esperaba de ser capturado. Ya muchos lo habían hecho en la propia Alemania, ensangrentada por el propio gobierno nacionalsocialista desde mediados de 1930, que había decidido que sólo los arios tenían derecho natural a vivir en la tierra de Bach, Göthe, Beethoven y Hegel.

Otros, como Einstein, Thomas Mann, Schönberg, Adorno y su maquinaria de teóricos críticos tampoco tenían cabida en el país que hasta entonces había sido el suyo. Así que volaron del nido, algunos con el tiempo suficiente para advertir que aquellos eran tiempos borrascosos para la civilización, y otros lograron escapar escuchando los tiros a sus espaldas.

El joven filósofo y escritor Walter Benjamin, por ejemplo, se suicidió en 1940 en un hotelito de la ciudad catalana de Portbou, luego de recorrer los Pirineos para ganar acceso a España, entonces una aliada de la barbarie Nazi, y seguir rumbo a Estados Unidos. España finalmente le negó la entrada por un problema de visado e imposibilitado de regresar a la Francia ocupada para resolver el asunto y con toda posibilidad ser arrestado por la Gestapo, acabó él mismo con su vida dos meses antes de cumplir los 48 años de edad, dejando inconclusa, como si fuese una sinfonía schubertiana, la gran obra, la más creativa del grupo de Frankfurt, que de él se esperaba.

A otros les tomó una vida suicidarse, como víctimas de un homicidio a más largo plazo de aquellos asechos.

Le ocurrió al mayor cronista del horror Nazi, el italiano Primo Levi, quien tradujo la culpa de su sobrevivencia en arte, en palabras. Se suicidó de manera absurda, poco más de 40 años luego de sufrir Auschwitz, lanzándose por el hueco de las escaleras del edificio en que vivía en Turín. “Abatido”, se indicó entonces.

El poeta Paul Celan, cuyos padres sucumbieron en campos nazis de exterminio judío, se arrojó una noche fría de abril de 1970 al río Sena, decenas de años después de su encierro en un campo de concentración, por más que intentase, en vano, a lo largo del tiempo, reconstruir a través de la poesía un nuevo orden al cual sujetarse. Tenía 50 años.

Otros asesinatos cometidos por mano propia fueron los del vienés Stefan Zweig, en 1942, y su esposa Charlotte, aterrorizados por un mundo secuestrado por las hordas del fascismo, que hoy, como ayer, truenan ante las puertas de muchos países, cuando no es que ya les allanaron la morada. Vivían entonces los Zweig en Petrópolis, Brasil, y estaban seguros de que el nazismo, como ahora el Covild-19, se extendería por todo el planeta y acabaría con la civilización.

Benjamin, horrorizado en 1940 de sentir a su espalda acalambrada el fuego de esa cruz gamada que trinchaba estrellas de David tan fácil como papelitos del suelo en un parque público y con la misma indiferencia, decidió poner punto final a la tortura. Sin duda, se puede decir que el terror de ser acosado, si objetivado, es un Otro que tortura y asesina. Larga es la garra del que desata el Horror.

Prefirieron hacer lo que décadas más tarde dijera e hiciera Vicki Walsh, hija del periodista Rodolfo Walsh, frente a la jauría criminal de la dictadura que la asediada en Argentina, e instantes antes de darse un tiro: “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. El año siguiente Rodolfo fue asesinado por la dictadura.

Benjamin, como todos, también hubiese podido suscribir a Walsh cuando dijo: “nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad”. Comprendiendo el acto desgarrador, desesperado, de su hija, Walsh decidió que esa era “la última victoria sobre la barbarie”, “su muerte fue gloriosamente suya”.

Pero hubo otro, el olvidado en Dunkerque, que prefirió batirse a tiros ante las hordas más peligrosas de su tiempo y con ello defendía su país Francia.

Pues ahora sé de dónde me fue conocido el título de la película. En ese frente de batalla murió el 23 de mayo de 1940 el joven escritor y filósofo francés Paul Nizan, que apenas contaba 35 años, tres meses y 26 días. Compañero de clases y amigo de Sartre desde el inicio de su adolescencia y de Raymond Aron. Posteriormente fue discípulo de los filósofos Henri Bergson y Leon Brunschvicg, a quienes criticó férreamente su postura “idealista”, de reflexionar sin tener en cuenta la materialidad de la vida, como la misera, el hambre, el desempleo, las guerras. A esos pensadores de salón les llamó “perros guardianes”, pues en última instancia, su pensar, aunque tenga “buenas intenciones”,  sólo contribuyen a la permanencia del orden establecido.

Si bien, “la filosofía de nuestro tiempo vive. Pero ¿qué vida? ¿Qué funciones tiene su vida?”, puntualiza ácidamente en su libro titulado, precisamente, Los perros guardianes. Más adelante, reconoce que “el confort, la ausencia de inquietud en que viven, el relativo estado de equilibrio que inmediatamente perciben a su alrededor, el privilegio destino de su clase, no les impide percibir cierto rumor de irritación, de descontento y angustia”. Sin embargo, sus propuestas quedan encerradas en el mundo de las ideas. “Todas estas palabras no corresponden a ninguna realidad, están al margen del compromiso real, no proporcionan ninguna solución para salir adelante, porque no se refieren sino a Ideas”, dice.

Aún tengo un ejemplar de ese su libro mayor, publicado en 1931, en el que recurre al aforismo para plantear sus críticas. Mi edición en español es de 1973 [Editorial Fundamentos], que conservo en buen estado. Lo redescubrí en estos días mientras acomodaba los libros en los anaqueles a raíz de mi más reciente mudanza -la número 36 en lo que llevo pisando tierra firme. “Como tu abuela”, me dice mi madre refiriéndose al nomadismo de Carmela, la mamá de mi padre. Anaquelar puede ser una tarea de semanas cuando se detiene uno a hojear las páginas de algunos de ellos.

¿Cómo fue posible que Nolan no le hubiese dedicado 20 segundos al menos a la muerte de Nizan en esas playas infestadas de muerte? Perdió una gran oportunidad dramática el cineasta de honrar al intelectual combatiente. A la lucha contra la barbarie Nazi se habían unido Camus, Sartre y otros a través de la revista Combat, que publicaban bajo el asedio Nazi en París, que controlaba las calles. Una tarea peligrosa que también les hubiese podido costar la vida. Nizan, sin embargo, prefirió enlistarse en el ejército francés y validar con su acto sus ideas del intelectual que lucha por la vida, por la libertad. “No hay sitio para la imparcialidad del intelectual”, aseveraba.

Picasso, con acierto, dijo una vez a Simone Téry sobre su militancia política: “¿Qué usted cree que es un artista? ¿Un anormal que sólo tiene ojos, si es pintor; sólo oídos, si es músico, o un conjunto de instrumentos con todas las notas del corazón, si es poeta? Todo lo contrario: el artista es siempre, y al mismo tiempo, un ser político que experimenta en si mismo, de manera constante, todos los acontecimientos revolucionarios, amenazadores o halagüeños; un ser que lo configura todo a su imagen y semejanza. Es imposible que permanezca indiferente a la suerte de los semejantes y que se encierre en una existencia cuya variada riqueza constituye justamente tales semejantes.”

No digo nada sobre la película de Nolan. No digo nada sobre la posición filosófica un tanto programática e instrumental de Nizan. Sí creo que aquellos segundos que reclamo en el film para esa muerte hubiesen sido un comentario pertinente y un sentido homenaje a los que no resultaron agraciados con la Operación Dínamo, de rescate maravilloso de las fuerzas aliadas asediadas que se logró, al fin de cuentas, sobre los huesos de los que no dejaron de apuntar sus rifles contra las hordas nazis. Y particularmente de aquellos cuya capacidad militar era más bien reducida, por haber dedicado su vida a labores con menos exigencias corporales. Un homenaje, si se quiere, al compromiso ineludible por la libertad. ¡Viva Ucrania!

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