De la sombra errante

Por Obed Betancourt

I

La Humanidad no ha podido escapar a la muerte por asesinato. Se revela así, o un conocimiento profundo sobre la contingencia de estar vivo y su escaso valor real definido a partir del espacio-tiempo del universo, el pestañeo en que vivimos, los 14 segundos de Sagan; o, posiblemente, por todo lo contrario, la ignorancia de valorar el milagro de la vida, precisamente por esa misma casualidad, azar, la falta de “necesidad”, de obligatoriedad de estar vivo (en la luz) en un universo cuyos elementos primarios y más abundantes son la oscuridad y la destrucción.

El asesinato es el peor de los males, ha convenido la Humanidad. Una barbarie, al amenazar la libertad, la conciencia de ella y socava el sentido (la expectativa) que la víctima pueda construir de la vida, lo que es una amenaza para todos. Y más, mucho peor, nos arranca de cuajo del cuerpo, de la corporeidad, de esa raíz que se adentra siempre buscando una gota de esperanza, un futuro.

Tampoco hay una única víctima en cada muerte violenta ejercida con conciencia, hay una rutina de otra vida que salta en pedazos y no podrá rehacer su sentido, como un rompecabezas al que le falten piezas, como un drama en el que desaparecen de momento los actores principales y quedan sin significado la escenografía y el diálogo entre los demás actores. Hay rupturas más extensas, la del orden y la de la racionalidad (que no siempre van de la mano), dejando un “orden perturbado” (Handke). Así descubrimos que la vida-mundo no tiene consistencia, que tiene interruptores mortales, a pesar de nuestros esfuerzos comunes por caminar en una línea continua.

La víctima y el victimario serán piezas faltantes en ese rompecabezas que van montando las familias, los amigos, la sociedad, a lo largo de sus vidas. Al asesinado se le despoja violentamente de todo (libertad, casa, patria -indica Vasili Grossman), y en ese sumidero caen otros, entre ellos el propio asesino, que resalta con soberbia su vida despojándosela a otro, si es ajusticiado.

Bajo estas circunstancias, ya no es posible que los relacionados con estos sean lo que han sido hasta entonces. Sucede como en el famoso efecto mariposa de Lorenz: “el aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas”. Son esas pequeñas perturbaciones que se van acumulando las que nos redirigen por otros caminos.

Y no será hasta que regresen aquellas pequeñas manías que nos daban rutina que comenzaremos a acercarnos a la cotidianidad que habíamos pensado perdida para siempre; cuando el olvido inicie su milagro de hacernos mirar al futuro; cuando, en un día que no notaremos, no tendremos un sentido permanente de urgencia extraña y loca, o cuando nos acostumbremos a lo absurdo de la vida y/o todo nos deje de importar.

Una sentencia judicial debe cerrar -de cierta manera- muchos capítulos, particularmente la del condenado, pero no únicamente ese, como saben los sabios de los tiempos. Hay demasiadas personas afectadas directa, parcial o indirectamente cuando se comete un asesinato.

La víctima directa es a quien más se extrañará, por supuesto. Ya no podrá añadirle capítulos a su vida y sólo quedará inscrita en el “libro de las memorias de las cosas de los tiempos” (Libro de Esther) con la misma perpetuidad que tienen las piedras. Para los creyentes vivos, a la víctima le espera el Paraíso, el Cielo, Yanna, el Vahalla, Nirvana, Pairidaeza, Ahura Mazda, Aaru, o el Infierno, el Hades o Tártaro. A los muertos, diríamos los no creyentes, sellado su destino con anillo de rey, sólo el silencio.

II

La sentencia impuesta este pasado 13 de abril de 2022, de 19 años de prisión y cuatro de libertad condicionada, a Alex Pabón Colón, asesino del empresario judío-canadiense Adam Joel Anhang Uster, residente en Puerto Rico y casado con Áurea Vázquez Rijos, quien encargó su asesinato, cierra ese tormento de novela en el que quedaron involucradas tantas personas, tantas víctimas. Este victimario ejecutante del asesinato, como testigo principal contra los conspiradores, debió esperar a que finalizara su testimonio en corte y todo el juicio para ser sentenciado.

Áurea, su hermana Marcia, el entonces novio de esta, José Ferrer Sosa, fueron sentenciados el 18 de octubre de 2018 a cadena perpetua por su conspiración para asesinar a Adam Joel. Charbel, hermano de Áurea y Marcia, se declaró culpable de obstrucción a la justicia al ayudar a Áurea a mantenerse fugitiva en Italia, proveyéndole de recursos para su sobrevivencia. Fue sentenciado el 25 de marzo de 2022 a cinco años, tres de ellos en probatoria.

Estos fueron los acusados por la fiscalía federal. Estos fueron los culpables en el registro judicial. Quedó fuera de cualquier acusación Carmen, la madre de estos, quien se hizo cargo de la hija de Áurea procreada con un italiano perteneciente a la ’Ndrangheta. Otros dos hijos de Áurea, de otra relación, quedaron hace años en Italia. Quedó fuera de la verdad judicial otra realidad terrible: la relación de desgaste entre ellos, las mentiras de Áurea, la fragilidad de Adam, las trampas para apoderarse de sus haberes, el asedio mental a Adam, los engaños de Áurea, la inmadurez de Adam y su traicionada felicidad. Estos aspectos de la vida, que no judiciales, los publiqué en el libro Las sangres que lloran: reportaje investigativo (2015).

A la familia Vázquez-Rijos le saltó en pedazos el sentido de la vida que habían construido porque nunca entendieron que ya vivían una vida sin sentido, en pedazos. Y en su camino indolente y narcisista por satisfacer sus propias necesidades dejaron una serie de víctimas inocentes que todavía recogen del suelo las piezas de una vida pasada atropellada por esos conspiradores. De la familia de Alex se sabe poco, pero sin duda alguna habrá sufrido lo suyo. Desde entonces, todos intentan colocar esas piezas del rompecabezas en un orden que ahora les sea conveniente, pues aquél great picture, familiar y rutinario, que tuvieron alguna vez no podrá ser recompuesto jamás.

Jonathan Román Rivera, el joven de La Perla, fue la siguiente víctima directa. Poco tiempo después del asesinato de Adam Joel en la madrugada del 23 de septiembre de 2005, Jonathan fue sospechosamente identificado por un policía como el posible asesino de Adam y finalmente acusado. Su viacrucis duraría tres años. Tres años en los que tuvo que enfrentar la pena (suya y de la familia), el escarnio público, la ofensa de ser catalogado asesino, los comentarios despectivos -por lo bajo- y el pensamiento maldiciente de quienes lo veían pasar, y el deseo de muchos de verlo pudrirse tras las rejas, cuando la verdad es que en esos días él solo quería jugar vídeos, caminar por el Viejo San Juan sin ser demasiado notado, tal vez rebajar algunas libras, no perder su trabajo en un fast foods, y seguir recibiendo el cariño de su familia. No eran muy grandes sus expectativas, aunque, si se piensa detenidamente, querer vivir tranquilo en una sociedad violenta y prejuiciada como Puerto Rico puede serlo.

Terminó condenado el joven de La Perla a 105 años de cárcel por un crimen que no cometió, para desespero de su familia y amigos, para sus abogados, y hasta para algunos periodistas, como yo, que asistimos y reportamos el juicio en el que se aportó suficiente duda razonable como para no condenarlo. Pero el jurado pensaba: qué dirán en Canadá de nosotros si no condenamos a Jonathan; tal vez, que somos unos salvajes tercermundistas que no pueden hacer justicia. Me lo dijo un jurado que entrevisté.

III

En una reseña anterior, luego de la convicción de los conspiradores, di por cerrado, equivocadamente, este ciclo personal y profesional. Sin embargo, me dí cuenta que era imposible cerrar -mal que bien- el círculo sin que el asesino material fuese sancionado. Alex, que descosió a cuchillazos el saco del alma de Adam Joel, debía cruzar el río de los desterrados para declararlo oficialmente sombra errante camino al Hades, donde su alma formará parte de la niebla triste de los condenados. La moneda que se pagó para dicho viaje no fue otra que la sentencia.

En esta Semana Santa en que redacto este cierre de la etapa de muchas vidas me es imposible no pensar en martirios. Adam Joel atravesó el suyo antes de ser sacrificado por algunas monedas de plata, y también su familia y amigos al verlo fuera de este mundo.

También me es difícil dejar de pensar en ángeles y sus simbolismos. De seguro pensaron los padres de Adam y Jonathan, sin mencionar el nombre exacto del arcángel Raguel, en que algún ángel impartiría la justicia que merecían sus hijos. Los primeros padres, para que paguen su deuda (su culpa) los asesinos. Siempre sospecharon de la mano traidora de Áurea e inicialmente de Jonathan como ejecutante de esa voluntad siniestra, torcida. Los segundos padres pusieron su fe en que habría un momento de iluminación que esclarecería quiénes fueron los verdaderos asesinos y la liberación del injustamente condenado hijo.

Las dudas de los padres de Adam sobre los verdaderos asesinos se convirtieron en sospechas fundadas luego del juicio contra Jonathan. Ese joven no es un asesino y así queda condenado un inocente e impune la muerte de nuestro hijo, pudieron concluir razonablemente. Y acudieron al FBI para que reinvestigaran el asesinato.

También hay gente en la Tierra con vocación de ángel. Hay incluso quien porta el nombre y le hace honor y se convierte en mensajero de la verdad. Ángel, el hermano de Jonathan, desde un inicio fue el mensajero de la verdad de los sucesos. Movió cielo y tierra, junto al abogado Carmelo Dávila convertido en el arcángel Miguel, para lograr llevar a la corte la verdad que excarcelara a Jonathan. Con toda honestidad y admiración, nunca he visto una conjunción estelar como esa. Y con temor a que suene un poco kitsch, cursi, puedo asegurar que no siempre hay que mirar los cielos para ver las estrellas o los ángeles.

Me mantuve cerca de esa cruzada e inicié mi propia investigación y publicación en El Vocero (2008). Ciertamente, lo hice con gran objetividad respecto a los hechos que descubría, pero fuertemente motivado por la injusticia que se cometía. Las incidencias de esa odisea por llegar a Ítaca, como si, en vez de un lugar, fuera una ocasión, una festividad primaveral y ancestral, ya las he reseñado con buen grado de acercamiento en este blog, aunque sin todos los detalles. Ya veremos si algún día hago caer esos muros (personales) que me lo impiden.

Lo cierto es que al invocarse, mediante el trabajo arduo y entusiasta de todos, las fuerzas de la justicia, se creó un clima transparente que despejó la bruma que encubría la verdad de los hechos y lo obsecado de la posición patética del Departamento de Justicia estatal de defender lo que evidentemente fue una condena equivocada. La intervención en este caso del FBI y la Fiscalía Federal fueron garantes para evitar que continuara el atropello contra Jonathan y se redigiera la mirada a los verdaderos culpables, pero esa es la historia mejor conocida y no habría que repetirla. El culpable confiesa, se acusa y se emite órdenes de arresto contra los verdaderos conspiradores, se excarcela a Jonathan, se enjuicia a los asesinos y son condenados. Entre la muerte de Adam (2005) y la sentencia de Alex (2022) transcurrieron 17 años.

Parecería un happy ending, pero no puede ser tan feliz el final cuando hay demasiadas víctimas marcadas tan hondamente. El proceso nada más de buscar y hacer disponible la verdad de los hechos costó sangre, sudor y lágrimas. La muerte de Adam, la condena inmisericorde de un inocente, la desesperanza de las familias y amigos, el impacto y carga emocional en los profesionales que asumieron la tarea de reparar el daño cometido por una deficiente y tendenciosa investigación policíaca y un juicio paródico, incluso arriesgando la estabilidad de sus trabajos y oficinas, son evidencia más que suficiente para mostrar que llegar al final feliz de esta historia tuvo su costo.

Nadie renegó del costo. Todos lo asumieron desde un principio como necesario, si sobreviniera. Y visto desde el resultado, al anochecer de ese largo día, cuando el búho de Minerva levanta su vuelo, se logró lo que por tanto se luchó, aunque siempre con una espada de Dámocles sobre nuestras cabezas, la de la posibilidad de que los esfuerzos fueran vanos. Ahí también hubo sufrimiento, desespero.

Conocemos el mito de Sísifo, ese condenado a subir una roca hasta lo alto de la montaña que, irremediablemente, volverá a caer. Si no hay conciencia del fracaso de esos actos, no hay tormento, martirio, tal vez, sólo cansancio. Pero, cuando se realizan esforzadas tareas que, muy conscientes sabemos, pueden estar condenadas al fracaso, entonces surge la angustia, la tortura, el dolor. Es algo que bien conocen los abogados, y los periodistas. No sabíamos, a la hora de empeñar nuestro ánimo por esa causa de la justicia, si coronaríamos los objetivos o si la roca caería nuevamente. Lo que sí sabíamos, todos los involucrados, es que no habría rendición.

La sentencia de Alex debe poner punto final a esta novela judicial. Queda, sin embargo, como un post scriptum inscrito en la piel, secuelas de la terrible experiencia, cicatrices sufridas a lo largo del camino, el temor al fracaso, que tal vez nos haya sensibilizado demasiado y creado inseguridades, enojos por el fracaso inicial del Estado y desconfianza de su compromiso de impartir justicia en otros casos (que también he investigado y publicado en este blog Prensa Intencional). Quedan piezas sin colocar en este rompecabezas que nos altera su sentido, su visualización, aunque no su comprensión. Con eso hay que vivir… sin embargo, pienso que, tal vez, aún hay algo que añadir. Veremos.

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*En este escrito se han utilizado fragmentos de la posdata Locus terribilis (horridus) del libro de cuentos ¡Muérete, cabrón!, inédito.

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