¿QUIÉN MATÓ A COTTO CARTAGENA?

Por Obed Betancourt

1.   Una pesquisa necesaria, aunque problemática

Cuando el teniente Silva y el agente Lituma comenzaron a investigar el asesinato del soldado de aviación Palomino Molero, no sabían todavía los contratiempos que enfrentarían. Tantos fueron que, con el tiempo, terminarían trasladados a otros pueblos lejos de sus hogares, sólo por realizar su deber ministerial de investigar y encontrar al culpable o los culpables. Entonces, los policías debieron hacerle frente a fuerzas poderosas que no querían que se esclareciera esa muerte, y no necesariamente porque estas fuesen los autores, sino porque de la pesquisa podrían surgir otros delitos o situaciones altamente controversiales, para ellos más terribles que el asesinato, y que podrían afectarles.

La trama de la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? de Mario Vargas Llosa, me vino a la mente tan pronto el nuevo secretario de Justicia Domingo Emanuelli anunció públicamente que ha reforzado la investigación que podría esclarecer definitivamente la muerte del abogado Carlos Javier Cotto Cartagena, quien murió bajo circunstancias misteriosas

La teoría inicial, y aún la más razonable ante la falta de otras evidencias que redirijan la mirada, es que cayó accidentalmente de la azotea del edificio residencial Santa Teresa en Miramar, el 21 de septiembre de 2018, si bien, de manera sospechosa.

No fueron usuales las expresiones del secretario de Justicia, pues son declaraciones más típicas del Jefe de Fiscales -a cargo de los procesamientos criminales- y no del más alto funcionario de ese amplio y complejo departamento. Y son menos usuales aún cuando hay fiscales que entienden que no se debe investigar a compañeros fiscales o cuando algunos creyeron prudente no continuar con la pesquisa y cerrarla, ya sea porque estaba seca o porque no encontraron nuevos ángulos a investigar o a saber por cuál otra razón.

Las denuncias públicas de la fiscal inicialmente a cargo de este caso, Betzaida Quiñones, sobre una alegada obstrucción de la pesquisa de la entonces secretaria de Justicia Wanda Vázquez, alborotó el gallinero público. Esta controversia sigue en pie, y con más fuerza pues Vázquez terminó ocupando por deafult la silla de la gobernación, y, cómodamente sentada en ella, es posible que haya cometido otra serie de delitos relacionados con el financiamiento de su campaña electoral primarista en el año 2020, según las denuncias de la Fiscalía federal del Distrito de Puerto Rico sometidas en el tribunal federal contra ella y otros, entre ellos un banquero venezolano de fuertes enlaces con la inteligencia chavista.

La investigación del caso Cotto Cartagena fue reasignada al fiscal Edmanuel Santiago en febrero de 2022 y a la División de Crímenes Mayores de la Policía en mayo de ese año. Es en ese contexto que un perito externo planteó a la Policía que indague porqué el cuerpo de Cotto Cartagena se encontró a cierta distancia del edificio de apartamentos, cuando es posible que debió caer más cerca. Cotto Cartagena murió la madrugada del 21 de septiembre de 2018 al caer de la azotea de un edificio.

Toda muerte es sospechosa, pues aunque a veces es inevitable y esperada, como en una enfermedad terminal, nunca esperamos que llegue justo en el momento en que aparece y nos hace preguntar ¿porqué ahora? ¿Por qué la muerte de Cotto Cartagena no sólo se suma a las miles de muertes que ocurren en Puerto Rico anualmente? ¿Qué esperamos que nos diga?

El problema de esta muerte es el timing. Pocas muertes en el país han producido tanta controversia. Tiene una historia tan cargada de kairós que sería imposible no reparar en ella. Nos obliga a detenernos, a pensar que no es posible tanta casualidad, como suele ser un accidente, aunque sea mortal. Kairós (en griego) se define como aquel momento adecuado u oportuno y que la Bilia llama “el tiempo de Dios”, porque todo lo ha predeterminado y ha decidido cuándo ocurrirán las cosas.

Inoportunos momentos hay muchos, como cuando Pandora abrió aquella caja preciosa que le regaló Zeus bajo el estricto compromiso de no abrirla jamás. Y al cerrarla, menos oportunamente, dejó encerrada lo único que quedaba por salir, la esperanza, mientras los males desatados asolaban la humanidad. Nunca nos ha sido fácil identificar las oportunidades, podríamos acordar. Por lo que verán a continuación, notarán que un momento justo -aunque sea determinado por el azar- puede causar que con él se ensañe la más absoluta racionalidad, avasalladora.

Cotto Cartagena salió a la luz el día en que identificó en la corte estatal a Jonathan Román Rivera como el autor del asesinato del empresario canadiense residente en Puerto Rico Adam Joel Anhang Uster. El asesinato ocurrió unos minutos después de comenzada la madrugada de 23 de septiembre de 2005, cuando, en eventos no relacionados, una unidad paramilitar del FBI se ponía en ese momento el uniforme y repasaba planes para asaltar la residencia del legendario guerrillero urbano Filiberto Ojeda Ríos, en Hormigueros, en el extremo suroccidental de la Isla. Con el tiempo, esa pequeña nota en los periódicos del asesinato de Adam suplantó, y por mucho más tiempo, las portadas que le habían dedicado al guerrillero boricua, a quien tampoco se le dedicó el mismo tiempo y los recursos para esclarecer su muerte, considerado un asesinato político. (Ver crónica El Fraile, en el blog Prensa Intencional.)

El problema con el testimonio de Cotto Cartagena en esa corte es que, si bien condenó a Jonathan a cadena perpetua, como buscaban la policía y los fiscales estatales, fue una identificación errónea. La investigación de la prensa lo demostró, el FBI la recogió, investigó y confirmó, y finalmente Jonathan fue excarcelado, la Fiscalía federal procesó al verdadero criminal, Alex Pabón Colón, este reveló el nombre de las personas que lo contrataron y Áurea Vázquez Rijos, su hermana Marcia y el entonces novio de esta, José Ferrer Sosa, cumplen cadena perpetua por ese asesinato de encargo. Esa es la historia breve, la verdadera, la que no debe olvidarse por su hermosa simplicidad. Luego lloverán las complicaciones de los que intentan revertir la realidad para su propio beneficio.

El problema con la muerte bajo extrañas circunstancias de Cotto Cartagena es que, al momento de morir, estaba en la lista corta de testigos de la defensa de Áurea. Ese hecho es suficiente para atraerlo todo, hasta las mentiras, porque es gravitacional y tiene la fuerza de un black hole. En ese horizonte de sucesos, atrayente, hay que escarbar para extraer la verdad sin perder el equilibrio y ser víctima de su poderoso influjo. Por supuesto que no será fácil, porque habrá que luchar también contra esa otra fuerza gravitacional que es el populismo y su sed de venganza y teorías conspirativas, escondido en el agujero negro.

Este fue el más reciente añadido a una larga tragedia que comenzó con la relación que iniciaron Adam Joel y Áurea -descrita por algunos como una escort– y formalizada en matrimonio en marzo de 2005; el abandono tres meses después de Adam Joel del lecho conyugal bajo sospechas de infidelidad de Áurea -confirmadas en el juicio a Áurea- y temeroso por su vida debido a las amistades de ella en el bajo mundo; el inicio de un proceso de divorcio que ella no quería debido a la pobreza de los beneficios que recibiría por las estipulaciones matrimoniales, contrario a la herencia millonaria que tendría si él falleciese; y finalmente el salvaje asesinato de Adam Joel a manos de Alex contratado por Áurea y el sorprendente arresto, por lo rápido, de Jonathan, apenas 19 días después.

Pocas veces en su largo historial de ineficiencia la Policía aclaraba de manera tan rápida un asesinato cometido en la medianoche de una noche oscura en el cruce de dos calles estrechas del Viejo San Juan: la calle Luna -famosa alguna vez por prostitución y criminalidad- y la San Justo, con el emblemático y aristocrático restaurante La Mallorquina, que desemboca -al sur- en una espléndida panorámica de la bahía. Una ciudad amurallada que nació alrededor de fuertes militares, la iglesia y el puerto, como toda ciudad costera española, creció limitada por el espacio, el miedo y el tiempo, que se detuvo a las 4:28 de la madrugada en el antiguo reló de pie de La Fortaleza, luego de un certero sablazo, con ira, del entonces gobernador Manuel Macías y Casado ante el avance de las tropas norteamericanas de conquista en 1898, y horas antes de escapar de la ciudad. A muchos, antes y después, se les detendría el reló de sus vidas en este pueblo viejo.

“Nuestros callejones están hechos de luna y de silencios, como si en ellos se hubiera quedado quieta la vida,” ha dicho el escritor José S. Alegría, de una manera tristemente hermosa.

Es en la corte estatal donde se sumó Cotto Cartagena a esa vorágine que iba depredando la vida de inocentes y culpables, sin mirar a quién, sin excluir a nadie, sin discriminar, como si tuviese vida propia la vorágine y su única misión fuese devorar vidas. Un torbellino de fuego arrasador que prendió, irónicamente, una chispa de amor, la de Adam Joel. La de Áurea sólo era de trabajo. Un torbellino de fuego que parece no terminar.

Farouk, el investigador en Italia de los pasos de Áurea que contrató Abraham padre de Adam, me decía que en todos estos eventos, “el que menos, tiene sarna”. Es una impresión dura y verdadera. “No hay un inocente, ni aún uno”, dice Romanos 3:10. No deja de ser una generalización, por supuesto. Adam y Jonathan son puras víctimas. ¿Será posible que una historia tan triste acabe sin mas tristezas? No lo creo. Todos aquellos errores u actos ocultos que se cometieron durante esta tragedia, entre ellos los del procesamiento del Ministerio Público contra Jonathan, han ido saliendo a la luz, para vergüenza de algunos, y sin permitir descansar en paz a sus víctimas, incluyendo las vivas.

Todavía tenemos fresco en la memoria cuando el FBI allanó la fiscalía de San Juan, ubicada en el segundo piso del edificio del tribunal superior de San Juan, para buscar evidencia exculpatoria obtenida pero escondida a la defensa de Jonathan, entre otras, un memorando del agente investigador que prefería apuntar más hacia Alex Pabón Colón que a Jonathan como el autor de la muerte de Adam. Estaba en el sumario fiscal. Nunca antes en la historia legal de Puerto Rico había ocurrido un suceso como ese allanamiento, que pasó inadvertido para la prensa.

Pudiéramos hacer una larga lista de personas que de manera torticera e injusta han sido acusadas y convictas, pero el más reciente del que tengo conocimiento es el del reo condenado a cadena perpetua Antonino Geovanni Sánchez Burgos, a quien se le ocultó prueba que muy bien pudo haber creado en el jurado serias dudas sobre las acusaciones en su contra, que en una mirada amplia no se sostienen por graves contradicciones, algunas fatales.

Por otro lado, me fueron confiados unos datos en torno a Cotto Cartagena relacionados con el procesamiento judicial contra Jonathan que, de haber surgido antes, posiblemente habrían evitado los desvaríos de la justicia que en aquel año de 2007, como si fuese otro “año terrible de 1887”, se cometían.

Los casos criminales elevados por la prensa a interés público o de alto perfil suelen ser intrigantes. Más de las veces, los misterios que se crean, los rumores desatados y las conspiraciones que surgen en la imaginación popular son más interesantes que la propia realidad, que suele agotarse muy rápido en un tribunal. En este caso, sin embargo, la sordidez no se agotó con la condena de un inocente (Jonathan) en 2007 sino que el magistral giro mediante el que algunas de las supuestas víctimas resultaron ser los victimarios y el victimario, condenado inicialmente, era otra víctima, coronó las ironías.

Sin embargo, ese fabuloso twist tampoco acabó con la verdad de los sucesos de estos dos casos, que forman parte de unos mismos y extensos acontecimientos, el del asesinado, el del inocente convicto y el de aquellas víctimas culpables. Y, al igual que en el caso de Palomino Molero, la investigación profunda de la muerte del abogado pudiera revelar las extrañas circunstancias en que murió, o si se intentó ocultar algunos hechos inconvenientes para algunas personas, pero que no necesariamente tienen que ver con su muerte o la de Adam, sino con las circunstancias en que murió.

A once meses del fallecimiento, la pesquisa estaba por cerrarse. La investigación arrojó, según lo publicado por varios periódicos en 2019, lo siguiente:

  • el fiscal Luis López encontró el cadáver. López formó parte de los amigos que compartieron en restaurantes y bares aquella noche con el abogado, y lo encontró cuando fue a dejar a su amiga, la Lcda. Vivian Marrero, a su apartamento en el condominio Santa Teresa, donde pernoctaba Carlos Javier;
  • sin camisa y descalzo, el cadáver estaba tendido sobre las escaleras y parcialmente sobre la acera, a la entrada del edificio;
  • Cotto Cartagena había compartido en el apartamento con la abogada Laura I. Soto, y al acompañarla a la salida descubrió que había dejado las llaves en el apartamento y no podría activar el elevador para regresar a su piso;
  • para subir por las escaleras, rompió una cerradura en el vestíbulo, hasta llegar a la azotea; supuestamente sufrió cortaduras en las manos, por lo que dejó rastros de sangre en las escaleras y la azotea;
  • habría llegado al techo porque las puertas de las escaleras no abren desde adentro sin llave a los pisos;
  • intentó bajar a su piso por el exterior del edificio, acercándose al borde posiblemente para alcanzar el alero de la ventana del apartamento;
  • falla en su intento y se despeña al vacío a unos 70 pies de altura, golpea el techo en cemento de la entrada (un alero), rebota y cae sobre los peldaños de las escaleras de entrada y rueda un poco hacia la acera al frente;
  • el análisis forense determinará si después de caer de la azotea impactó el techo del vestíbulo y cayó sobre las escaleras y la acera;
  • pruebas toxicológicas indican .30% de alcohol en la sangre (si se conduce con .08% se arresta a la persona por guiar borracha); las pruebas serológicas determinaron que la sangre encontrada en la puerta del vestíbulo, las escaleras y el techo del vestíbulo son de Cotto Cartagena;
  • la fiscal Betzaida Quiñones inició la investigación de esa muerte.

También se ha revelado públicamente que al llegar la Policía notó que el cuerpo mostraba una herida, identificada en ese momento como de arma blanca. Asimismo, “presentaba laceraciones al frente y en la espalda, contusiones y tenía una herida en la axila que era compatible con una herida punzante. Se añadió que el occiso tenía rastros de pintura en las manos, como si se hubiese trepado por un muro”, según el resumen del caso presentado por el periodista Alex Figueroa. (El Nuevo Día, jueves 30 de marzo 2023)

Por supuesto, a falta de evidencia que encamine una teoría específica, no se puede descartar tampoco que se haya lanzado al vacío, es decir, suicidado. No obstante, tanto su hermano José Osvaldo como su madre, la exjuez María Inés Cartagena, lo rechazan tajantemente. Sin embargo, nadie puede determinar la conducta de una persona con .30% de alcohol en la sangre. Ese examen toxicológico no ha sido revelado del todo y no se sabe si se encontraron otras sustancias que, posiblemente o no, pudo haber compartido con otras personas esa noche.

Ahora bien, ese cuadro del posible accidente es de una racionalidad y simplicidad impresionantes. Según el principio metodológico de Guillermo de Ockham (“la navaja de Ockham”), la explicación más sencilla, si completa, es preferible por ser la más probable. Es decir, de dos o más teorías enfrentadas en igualdad de condiciones y que conducen a los mismos resultados, la más simple tiene mejores probabilidades de ser la correcta.

El azar existe, los accidentes, lo fortuito, y muchas veces determina la vida de las personas o su muerte. Aquí debo seguir fielmente a Salman Rushdie cuando dice: “Cualquier explicación de los asuntos humanos que omita la influencia de lo impredecible, de lo caótico, de eso que carece de razón, nunca será una explicación completa”. [Los lenguajes de la verdad]

Pero, si acaso fue asesinado, se necesitaría establecer un modelo que explique motivación, necesidad y oportunidad, y quién, cuándo y cómo. Y de investigarse bajo ese ángulo, entonces pudieran surgir durante la pesquisa relaciones de Cotto Cartagena que hasta el momento han permanecido ocultas al ojo público, y que no necesariamente tienen que ver con el contexto en que murió, la famosa fiesta en que participaba con otras personas, sino con viejas relaciones que mantuvo, para nerviosismo de algunos.

Y tal vez vinculado con aquellas relaciones, más recientemente, si bien tiene tantos años como tiene la muerte de Cotto Cartagena, Junto con el posible accidente fue alimentada, ahora con más fuerza otra teoría que ha ido sustituyendo la inicial de investigación, aquella que vinculaba la muerte con algo ocurrido durante la fiesta. José Osvaldo había pedido públicamente a los amigos de su hermano fallecido que estaban en la fiesta, que cooperaran con la investigación y aclararan los hechos de muerte. ¿Lo hicieron? ¿Nadie ha cooperado? ¿Una calle sin salida?

María Inés, la madre, escribió el 13 de octubre de 2018 en su cuenta en Facebook: “No tengo palabras para expresar mi dolor ante el silencio y las mentiras de quienes dicen amar a mi hijo. ¿Cómo lo dejaron solo tirado en la calle? Porqué no me llamaron, permitieron que su cadáver se enfriara mientras su madre confiaba en ustedes. Y sus padres llegaron a la escena temprano, no me llamaron ni se acercaron. Me enteré por los medios. De haber sido a la inversa como madre hubiese dado la cara junto a Carlos Javier. A ustedes que se esconden tras un no recuerdo o no quiero les agradeceré nos den el espacio para despedir a mi hijo.” Ese dedo acusador les apuntaba.

Hoy día, a casi cinco años de su fallecimiento, los reclamos de los familiares de Cotto Cartagena apuntan a otra dirección que, insisto, no es nueva porque fue levantada el día después de esa muerte, aunque no por su familia sino por una persona sobre la que orbitan todos los acontecimientos de esta historia. Lo explicaremos más adelante con ciertos detalles.

Es necesario reiterar que en el momento en que publico esa muerte no ha sido esclarecida, por eso el secretario Emanuelli la retomó después de estar bajo el marco de su cierre y nombró al fiscal Edmanuel Santiago para que se encargue de la pesquisa y, si encuentran al autor o autores de la muerte, del procesamiento. Aunque puede ser peor la situación. Cuando Santiago dijo a la prensa en marzo de 2023, a cinco años de la muerte sospechosa, que no descarta nada, ninguna teoría, ninguna posibilidad, cualquier camino, sólo admite que no tienen nada, que no ha avanzado nada. Sólo hay gente para entrevistar y a ver si arrojan un resquicio, una laminita de luz que ilumine el oscuro camino por delante donde alguna de las varias teorías que se manejan puede ser la verdadera, incluyendo el posible suceso infortunado.

“Dentro de la investigación, todo eso está incluido.  Eso es lo que le puedo contar,” aseguró Santiago en la entrevista con Figueroa. Es muy sencillo, a este momento no hay pista sólida a donde dirigir la investigación. Trabajan sobre arenas movedizas. El agente Juan Amaro, de Crímenes Mayores de la Policía, dijo en esa misma entrevista: “Hemos entrevistado personas que anteriormente no se habían entrevistado. Sí se había hablado de esas otras personas, y todavía tenemos una lista de personas que vamos a seguir entrevistando. Y también le hacemos la invitación a toda aquella otra persona que fue testigo o supiese qué en realidad ocurrió ese día. Se está trabajando con ese fin, de descartar toda esas opiniones y todas esas teorías y saber con exactitud qué fue lo que ocurrió allí. Se van a realizar nuevas pruebas químicas con el Instituto de Ciencias Forenses para el esclarecimiento de este caso a ver qué fue lo que ocurrió, pruebas que nunca se habían realizado desde el inicio de esta investigación”.

Fíjense el cuidado del agente Amaro de no tipificar de asesinato esta muerte. Incluso busca confirmar mediante nueva evidencia -que no existe hasta ahora- o descartar, “toda esas opiniones y todas esas teorías”, que son alimentadas recientemente. Tampoco se debe ser tan ingenuo como para no pensar que, de haber sido un asesinato, el autor querrá promover teorías alternas a lo realmente sucedido.

La causa de muerte no deja de ser “trauma corporal”, esa es una prueba “concluyente”, como son los exámenes toxicológicos. Lo que resta por determinar es si ese “trauma corporal” fue provocado por mano ajena, e incluso, propia. Asimismo, debe analizarse si el vuelo de su cuerpo es consistente con una caída fortuita o fue empujado. Para aclararlo se contrataron peritos en el año 2023, casi un año después de “reactivar” la investigación.

Santiago aporta más en esa entrevista, como si se iniciase de novo, es decir, desde el principio, desde cero, abierta a cualquier posibilidad luego de cinco años de investigación. “Si fue un homicidio, si fuera un suicidio, si fuera muerte accidental. Eso, que fue la conclusión a la que llegó el Instituto de Ciencias Forenses [trauma corporal], es lo que sigue bajo investigación. Y la prueba pericial es requerida por el Insituto para poder aclarar de una vez y por todas. Lo que tenemos es un ingeniero y un agrimensor [los nuevos peritos contratados]. Esas dos peronas nos van a ayudar con su expertise a poder llegar a unas conclusiones con respecto al informe que eventualmente ellos van a brindar. O sea, que sepa ella (María Inés) y que sepa el pueblo de Puerto Rico que se está trabajando para tener una contestación y poder decirle: con prueba científica esta muerte ocurrió, la muerte del señor Carlos Cotto Cartagena ocurrió, según la prueba pericial, por esta razón. Si esta es una muerte que, se concluye, que fue una muerte violenta, la muerte del señor Cotto Cartagena se va a llevar a un tribunal y procesar a la persona responsable, al que sea, para lograr justicia con respecto a ese asunto.” Hay entusiasmo en el fiscal recién llegado, y espero que ninguna ingenuidad.

Puesto que nada se ha descartado, las personas que tuvieron el último contacto con Cotto Cartagena o estuvieron compartiendo con él esa noche pudieron o podrán ser o seguir siendo entrevistadas. De esa investigación poco se ha filtrado a la prensa. Que se sepa públicamente, no son sospechosos de nada en este momento y, en todo caso, han ejercido los derechos constitucionales que les asisten, derechos que defiendo y promuevo que se ejerciten bajo cualquier circunstancia y vehemencia, pues de lo contrario prevalecería el abuso del Estado contra los ciudadanos, como ocurrió con Jonathan y tantos otros (y agrego el caso Barbarita), y no se puede permitir.

La investigación, ciertamente, es tan necesaria como problemática pues ni siquiera a este momento se puede determinar si fue un accidente causado por él mismo o a causa de terceros, o un asesinato, además, si fue un crimen hay un trasfondo amplísimo que indagar.

Sin embargo, como son las cosas en Puerto Rico, la suposición popular es que Carlos fue asesinado y será difícil aceptar una causa diferente de muerte, por más prueba pericial que señale otra. Dirán entonces que otro caso más en la Isla ha sido amapuchado en beneficio de “los poderosos”. Ver la sangre correr y la venganza son en la Isla los únicos sustitutos aceptables de la justicia, un proceso formal tan lleno de derechos para los acusados -se quejan- que causa molestia e impide, por sus “tecnicismos”, hacer justicia.

La propia madre de Carlos, quien se dedicó gran parte de su vida a impartir justicia desde el estrado de una corte, ha revelado que ya no cree en el sistema de justicia. “La participación del Departamento de Justicia ha sido tan lenta que tú tienes que pensar que algo están encubriendo,” le comentó al periodista. Esa ineficiencia, que es cierta, no obstante, puede tener otras razones, pedestres, algunas.

Se comprende el dolor más indeseable que pueden tener unos padres. Debe ser algo tan desgarrador que no queda ningún deseo de vida o que algo quede de pie en sus corazones. Sin embargo, aunque las investigaciones policíacas y los proceso judiciales en la Isla muchas veces exhiben una incapacidad sospechosa, no necesariamente es porque encubren algo. Otras veces la investigación de una muerte es de una mediocridad tal que camina sobre el borde de la negligencia criminal. Ya hemos señalado casos emblemáticos, pero no son los únicos, sólo los más notorios.

Para acusar a las autoridades de encubrir causas de esta muerte hay que tener, lo menos, algún indicio tangible en esa dirección, no sólo especulativo. Y por supuesto que la muerte de Cotto Cartagena tiene que figurar como “sospechosa”, incluyendo el posible asesinato, hasta que no se esclarezca totalmente. Con el nuevo impulso que ha tomado la investigación, entonces, no parece que Justicia “esté encubriendo” el asesinato. Aunque, si la investigación concluyese que debe excluirse el asesinato como causa de muerte, como dije, de seguro podrán dispararse nuevamente las teorías de encubrimiento y de conspiración. Es difícil aceptar unos hechos particulares cuando de antemano se afirman unas conclusiones distintas, aunque no se tenga evidencia para sostenerlas. Recuerdan aquel viejo chiste: ¿Ves esa persona escondida detrás del arbolito, le dice a su amigo. No, no lo veo, responde. ¡Qué bien se esconde!, afirma el primero.

2.   Del testigo estrellado

Antes de continuar, debo reconocer que de ninguna manera es lo mismo comentar cualquier muerte lejos en el tiempo que de un incidente más o menos reciente y con familiares dolidos y cercanos en la Isla. A veces surgen hallazgos que pueden lastimar y aportar a ese dolor familiar nos causa una culpa vergonzante. Sin embargo, si logramos reconocer que la condición humana es amplia, que hay días buenos y otros terribles, que todos cometemos errores, que nadie -nunca- es absolutamente bueno o absolutamente malo, pues, es posible lidiar con esa realidad y se puede entender que tampoco se trata de juzgar y menos a quien no está presente para defenderse.

Cotto Cartagena fue el testigo estrella del juicio contra el joven de 24 años Jonathan Román Rivera, residente de la barriada La Perla, acusado, convicto y sentenciado a cadena perpetua (105 años de prisión) por el vil asesinato del no menos joven Adam Joel Anhang Uster, de 32 años, un brillante empresario judío-canadiense con residencia, socios y amigos en Puerto Rico que, al momento de su muerte, estaba recientemente casado (marzo de 2005) con la boricua Áurea Vázquez Rijos, si bien, estaba en proceso de divorcio.

Cotto Cartagena testificó, sin que le temblara el pulso, la voz ni el ánimo, que escasos minutos después de comenzado el 23 de septiembre de 2005 vio, cuando salía del estacionamiento La Cochera en el Viejo San Juan, cómo se asesinaba a cuchillazos de cocina y adoquinazos al infortunado empresario que, en un momento mientras le era arrebatada la vida llegó a gritarle a su esposa, desesperado y preocupado, a su esposa ¡run, baby, run!, para que su agresor no fuese a hacerle el daño inmisericorde que ya le hacía a él. Ella ni se inmutó y permaneció en el lugar.

El escolta o guardaespaldas de Adam le causaba cierta piquiña a Áurea, él sabía quién era ella y de lo que era capaz, y ella. conocía quién era él. Nada bueno podía esperarse de ella, decía. Por eso Adam prefirió que no le acompañase esa noche. Si Áurea llegase a verlo podría molestarse y retractarse de lograr un acuerdo de divorcio. Eso es lo que pensaba Adam con gran ingenuidad. La realidad, sin embargo, era más terrible.(Ver en el blog Prensa Intencional la historia que explica esos hechos titulada La culpa (inexistente) del guardaespaldas de Adam.)

Adam y Áurea salían de cenar del restaurante Dragonfly esa noche ante la insistencia de Áurea de disuadirlo de divorciarse, y la de Adam para evitar, como se perfilaba, un divorcio contencioso. Apenas tenían seis meses de casados. Separados, los últimos tres. La evidencia es que esa cena insistida por ella, y que Adam quiso aprovechar para ofrecerle el nuevo acuerdo, fue una trampa para matarlo. Esa noche Adam alejó a su escolta personal, a pesar del miedo que le tenía a Aury, para que no se sintiera incómoda y pudieran negociar tranquilos.

Identificó Cotto Cartagena, en rueda de identificación, a Jonathan, arrestado ese mismo día 12 de octubre de 2005 en el pub Pink Skirt, del que era dueña Áurea, aunque comprado con el dinero de Adam. Jonathan había acudido esa tarde al negocio por insistencias de una amiga que trabajaba de empleada doméstica de Áurea, cuando, por una casualidad imposible de creer, apareció el agente investigador del asesinato. Marcia, hermana de Áurea, se encontraba en el local. Luego de un breve interrogatorio allí mismo, el policía Miranda, investigador de la muerte de Adam, lo arrestó como sospechoso e inmediatamente fue identificado por Cotto Cartagena. A todas luces, Jonathan también había sido entrampado. “Siento que a mi me utilizaron”, dijo la empleada posteriormente, según una fuente.

Siempre me pregunté, pues no me cuadraba, por qué Áurea indicó en la investigación policíaca que no conocía a Jonathan. Ahora creo que lo hizo para distanciarse del hecho de que lo habían seleccionado para suplantar al verdadero asesino, y alejarse a su vez de los atroces actos. Si la Policía no identificaba al asesino, tampoco la identificarían a ella como la persona que lo contrató. Jonathan sería el chivo expiatorio, una frase recurrente entre los boricuas que ahora revela esa dimensión cruenta y fatal que encierra. Sería Jonathan el elegido para que sacrificara su vida por mantener un orden que se tambaleaba, el de Áurea y toda su familia dependiente del dinero de Adam Joel.

El juicio estatal, una terrible mascarada, evidenció más que otra cosa la pobre investigación policíaca y el flaco criterio del jurado que se preocupaba más por la imagen de la justicia boricua ante los canadienses si no encontraban culpable al acusado, que por la evidencia eficientemente disputada y controvertida por los abogados de defensa, encabezados por Carmelo Dávila Torres. Jonathan estaba condenado desde un principio.

No hubo descanso en la persistencia de los abogados para liberar a Jonathan. Más adelante, el FBI -incitado por una serie de personas relacionadas con el caso y hasta por Abraham, padre de Adam- se dio cuenta de la violación de los derechos civiles e intervino con una nueva pesquisa. Mientras, comencé a publicar en El Vocero mi investigación independiente sobre los sucesos, siempre con el temor, lo reconozco, de que pudiera dañar la investigación federal. La verdad pronto surgió y el asesino Alex Pabón Colón fue arrestado y confesó su participación en los hechos de sangre y la fiscalía federal promovió la excarcelación de Jonathan, que increíblemente resistía el Departamento de Justicia local.

La actitud de Justicia estatal no me extrañó tanto, aunque luego descubrí que por otras razones no relacionadas con su usual soberbia. En el caso Barbarita, por ejemplo, que al investigarla concluí que se acusaba a dos inocentes de violación y asesinato de esa niña de seis años, ni los fiscales ni el Departamento de Justicia, tampoco los policías, dieron un solo paso para resarcir el daño. Sólo cuando El Vocero publicó otra nota con la declaración jurada del testigo estrella -Malamuerte- el mismo día de la vista preliminar, retractándose de su original testimonio decidieron retirar la denuncia contra uno de los jóvenes -uno de ellos ya muerto- posiblemente porque en esa declaración jurada se acusaba a la Policía y los fiscales de mantener bajo coerción la primera declaración acusatoria, falsa, del testigo.

La diferencia con el caso Jonathan es que en este ya existía una confesión del testigo y se investigaba y buscaba a sus contratantes: Áurea, Marcia y José. No se entendía el reparo inicial del Departamento de Justicia estatal a la petición de Fiscalía federal de comenzar el proceso de excarcelación de Jonathan. Sin embargo, otros acontecimientos coetáneos pueden explicarlo, quizá un poco especulativos pero de una sencillez y plausibilidad que pueden ser avalados por el principio metodológico de la navaja de Ockham.

El FBI y la Fiscalía federal tienen en Puerto Rico uno de los más altos por cientos de convicción de toda la Nación. Es decir, para los boricuas que sirven de jurado es muy difícil creer que se equivoquen si presentan acusaciones. Y justamente en esos momentos de marzo y meses siguientes adelante, la fiscalía federal había presentado acusaciones contra el -a ese momento- gobernador Aníbal Acevedo Vilá. Si el Departamento de Justicia local validaba como cierta la nueva investigación del FBI y la Fiscalía federal sobre Jonathan, estaría aumentando el crédito investigativo de esas agencias federales y en consecuencia, validando indirectamente la credibilidad de las acusaciones contra el Gobernador.

El comunicado de prensa del Departamento federal Justicia (DOJ) de 27 de marzo de 2008, señala, y cito sólo parcialmente, que el Gobernador, con 27 cargos en su contra, y una docena de imputados “enfrentan cargos de conspiración, falso testimonio, fraude telegráfico, fraude en el programa federal y delitos fiscales relacionados con el financiamiento de la campaña del gobernador para Comisionado Residente del Commonwealth de Puerto Rico en 1999-2000 y 2001-2002, así como también la campaña posterior para gobernador de 2004. Según la acusación formal, los demandados conspiraron para defraudar a los Estados Unidos y violar diversas disposiciones de la Ley de Campañas Electorales Federales, al pedir a empresarios de Puerto Rico que hicierann contribuciones ilegales no declaradas para pagar grandes deudas tampoco declaradas, las que tienen origen en las campañas de 1999-2000 y 2001-2002 de Acevedo Vilá para Comisionado Residente del Commonwealth de Puerto Rico.”

El enjundioso pliego acusatorio necesitaba ser desacreditado de muchas maneras, además de tildarlo de persecusión política -al declararse Acevedo Vilá autonomista- también se debía demostrar que las investigaciones federales pueden ser erróneas, y el caso de Jonathan les daba la oportunidad para hacerlo, fuera correcta la investigación del FBI o no, de momento, eso no era lo importante.

Sólo cuando la Fiscalía federal acusó formalmente a Alex en junio de 2008 y a sus contratantes, Âurea, Marcia y José, del asesinato de Adam Joel, Justicia local se allanó a la moción presentada por la defensa de nuevo juicio para Jonathan, la fiscalía local procedió a solicitar el sobreseimiento de los cargos que había presentado y no objetó la moción de excarcelación de la defensa. El mensaje a esta solución tan expedita ya había sido enviada desde la más altas alturas, cuando el juez presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico, Federico Hernández Denton, ordenó de inmediato la apertura de la sala para que se vieran los procedimientos ¡un domingo! y mostró consternación por el desvarío de la justicia.

Alex reveló al FBI que hubo una conspiración, del que fue el brazo ejecutor, para matar a Adam Joel, y el cerebro fue la esposa de la víctima, Áurea, su hermana Marcia y el novio de esta, José. El asesinato lo ordenó porque no le convenía los términos acordados en las capitulaciones de haber un divorcio, que había sido radicado la mañana del 22 de septiembre. Todos estos fueron convictos en el juicio federal celebrado en 2018. Como parte del amplio entramado de conspiración, Charbel, único hermano varón de Áurea y Marcia, se declaró culpable el 23 de julio de 2019 de obstrucción a la justicia, al haberla ayudado a permanecer prófugo de la justicia en Italia, y se ganó dos años de cárcel y tres en probatoria.

En el caso del Gobernador, todos los coacusados negociaron un acuerdo para declararse culpables. Mientras, a Acevedo Vilá no le cayó encima ni una manchita de tinta del bolígrafo con el cual tomaba apuntes en el juicio. Su estrategia había funcionado.

3.   Una muerte sospechosa

Cotto Cartagena murió el 21 de septiembre de 2018 a las 3:45 de la madrugada, descalzo y descamisado, bajo coincidencias que ni Fortuna, la mítica diosa romana de la suerte, hubiera podido crear: a 13 años (número de la mala suerte en nuestro imaginario supersticioso) del asesinato de Adam Joel, ocurrida el 23 de septiembre de 2005; a una década exacta de la convicción de Jonathan (10 de octubre de 2008) y a 13 años de su arresto (12 de octubre de 2005) y sentencia (diciembre de 2018). Cotto Cartagena y Áurea Vazquez Rijos nacieron ambos un 24 de abril. El primero en el 1977 y la segunda en 1981.

El 24 de septiembre de 2015, a una década del asesinato de su esposo y tres años justos antes de la muerte de Cotto Cartagena, Áurea fue extraditada a Puerto Rico, precisamente el mismo día en que salió a la luz pública el libro Las sangres que lloran: reportaje investigativo, sobre todos los aspectos desconocidos de la relación entre Adam y Áurea, los detalles íntimos, temores, investigaciones y sospechas en esa relación que culminó en asesinato. Y, precisamente, un 21 de septiembre (fecha de la. muerte de Cotto Cartagena), pero de 2005, unos 13 anños antes, Áurea y los co-conspiradores se reunieron en Pink Skirt con Alex para ultimar los detalles del asesinato.

Excepto el día de la muerte trágica de Cotto Cartagena, los demás son fechas sin importancia, coincidencias que muestra un calendario cualquiera. La fecha que realmente nos interesa es la del juicio de Áurea. A partir de septiembre de 2018, la Fiscalía Federal comenzó a presentar sus 23 testigos de cargo. La defensa de Áurea y los co-conspiradores, luego de que la fiscalía federal entregara el caso, entregaron el suyo el 27 de septiembre. Es decir, durante el juicio se cumplieron los 13 años del asesinato de Adam. Mientras, la abogada de Áurea, Lydia Lizarríbar, supuestamente tenía a Cotto Cartagena en su lista de testigos de defensa. Sin embargo, Cotto Cartagena murió en medio del juicio y ese infortunio desató otra serie de rumores que, ahora, el Secretario de Justicia también está obligado a desentrañar para descartar que haya sido otra de aquellas coincidencias sin importancia.

¿Ocurrió esa muerte de manera desgraciada? ¿Un accidente que, aunque estuviese su protagonista relacionado con incidentes sangrientos que en ese preciso momento se ventilaban en un tribunal federal, nada tuvo que ver con los intereses que medían sus fuerzas ante un jurado? O ¿acaso hubo un interés de alguien para que Cotto Cartagena no se sentara en esa silla y fuese a perjudicar el caso de una forma u otra? Cualquier especulación es posible porque, es su naturaleza, no se sujeta a la evidencia.

Lo que desde ahora sí puede descartarse es que fuese asesinado por gente de La Perla, como insinuaron algunos rumores. No hay razón alguna para ello, aunque Cotto Cartagena haya apuntado hacia uno de sus residentes. Como se sabe, Jonathan no pertenecía a ningún corillo o punto de drogas de la barriada, y no era una venganza que los narcos quisieran tomar. Ya Jonathan estaba libre y la aportación que hicieron los narcos de La Perla a su excarcelación fue no matar a Alex, quien calentó los puntos de la barriada con el asesinato que cometió. Además, no podría entenderse cómo Cotto Cartagena bajaba a La Perla y nunca se atentó contra su vida, a pesar de las oportunidades que hubo.

Tal vez, sencillamente, como es la versión oficial, Cotto Cartagena, embriagado, salió descalzo del apartamento y falló una repisa, o tropezó, o se resbaló y cayó al vacío mientras intentaba regresar al apartamento donde estuvo fiestando y del que no tenía llave. La fiesta nada más es un enigma, pues se han volcado rumores de todo tipo, una especie de Sex, lies and videotape, que involucra a abogados y fiscales. De hecho, alguno fue acusado de obstrucción a la justicia o interferir con una investigación policíaca. El caso, por supuesto, no prosperó pues ejercer la función de abogado, lejos de ser punible por ley, es precisamente ejercitar los derechos constitucionales, a lo que nadie debe tenerle el más mínimo reparo. Son reglas profilácticas.

Pero, dado el carácter de Cotto Cartagena, un poco lazy, según me han indicado, ¿será posible que intentase convertirse en funambulista, ese artista que acaricia el peligro al caminar sobre una cuerda? Tampoco era conocido por practicar deportes extremos. Además, investigar abogados, jueces y fiscales en esta Isla no es tarea fácil porque se creen, como indica Vargas Llosa de los aviadores en ¿Quién mató a Palomino Molero?, “príncipes de sangre azul”. En la novela, el coronel de la base no permitía que los policías interrogaran a los compañeros soldados de Palomino y les recomendó que “busquen afuera”.

“Ellos tienen que saber algo. Andamos perdidos por su culpa. Pero la verdad se descubrirá, tarde o temprano”, se queja el teniente Silva. Sin embargo, el sentir popular era distinto. Muchos en el pueblo rumoraban que los policías “están tapando la vaina porque los asesinos son peces gordos”, sin saber, porque las investigaciones son confidenciales, lo tortuoso que les estaba resultando la investigación. Lo curioso es que Silva sentía, con su buen olfato de policía, que todos en la base sabían lo que le ocurrió a Palomino.

Y así, de la investigación policíaca, a casi cinco años del suceso, hay también demasiados rumores y hears say. ¿Se podrá confirmar algún día que los perros de la Policía que llegaron a la escena, o cerca de ella, marcaron la presencia de drogas? ¿Es cierto que al llegar los policías al apartamento no parecía haber sido la escena de una fiesta y que fue limpiado el apartamento con algún detergente? ¿Quién lo hizo (de haberse hecho) y por qué? ¿Arrojó alguna pista la cartera, el llavero, su maletín con una muda de ropa y, sobre todo, su teléfono celular?

Tan intrigante la muerte que su hermano se encaró con un participante del tour embriagador que, pensó, no ayudaba al esclarecimiento de la tragedia: tú, que te sentabas a la mesa de papi y mami ha hablar con ellos; tú, que eras amigo y como un hermano para mi propio hermano; a lo que te has prestado, a encubrir todo esto. No son palabras textuales, pero poco difieren de las originales.

Reseña el medio de prensa Noticel (26 de septiembre de 2018) en una entrevista con José Osvaldo, y confirmando versiones sobre el carácter de Carlos Javier, que para nada este asumía riesgos peligrosos para su vida. “Mi hermano no estaba trepándose por ningún edificio. Y todo el que lo conoce lo sabe”, se escribió. No obstante, tenía rastros de pintura de la pared en sus uñas, “como si se hubiese trepado por un muro”, según el agente Josué Vélez.

En su afán para que se esclareciera lo sucedido, el hermano no dejó títere con cabeza, impugnando los resultados iniciales de la investigación policíaca. Y aunque reconoció que Carlos Javier atravesaba por una racha lastimosa, aseguró que se estaba recuperando y presentaba buen ánimo. Señaló, en ese orden, que había perdido su empleo, terminó una relación con su pareja y se le había muerto el perro. Lo cita Noticel: “Él estuvo primero triste, lo más que le entristeció a él fue cuando pasó lo del perro. Pero él ya estaba en un proceso de que ya había aceptado y por eso el estaba tan contento, estaba haciendo un montón de cosas y él como ya había aceptado ese paso y había hecho las pases con Dios, porque eso fue lo que el nos había dicho a nosotros.”

Las interrogantes sobre las actividades esa noche son naturales ante la falta de una investigación concluyente, por ejemplo, si presentaba heridas de cuchillo o eran abrasiones. Precisamente, por eso es que el Secretario de Justicia ordenó la nueva y conclusiva investigación que fije las circunstancias en que Cotto Cartagena murió esa madrugada del 21 de septiembre de 2018.

Se indica que fiscales y abogados participaron del tour, que no es un delito, por supuesto. Así que la investigación de Justicia exige incluir el conocimiento, si alguno, que tienen de los hechos, o al menos, podrían aclarar el contexto, las circunstancias en que sucedió, el timeline. Ya hubo entrevistas al fiscal estatal Omar Barroso, al fiscal López y a las abogadas Soto y Vivian Marrero. ¿Son suficientes esas entrevistas? ¿Algo quedó en el tintero? o, como se ha dicho, ¿son consistentes las respuestas unas con otras? Tampoco se espera que concuerden al chavo, pues cada uno puede, y de seguro tiene, una perspectiva distinta en tiempo y espacio. La concordancia absoluta de hechos vistos por distintas personas siempre alerta sobre una posible conspiración.

¿Subieron los policías al apartamento para recoger pistas del suceso o sólo se entretuvieron mirando desde arriba para ver cómo sucedió la supuesta caída? La Policía tuvo la oportunidad de inspeccionar el apartamento en ese momento, pero Marrero, dueña del apartamento, les negó la entrada, así que tuvieron que regresar en la mañana con una orden judicial ¿Hay un informe sobre esa inspección? ¿Terminó la fiesta como el rosario de la aurora y Cotto Cartagena cayó accidentalmente al vacío? ¿Y qué de la supuesta muestra de sangre en el alero? ¿Será cierto que su ADN resultó incompatible, contrario a lo que señala la versión oficial? Pocas muertes han generado tantos rumores y sospechas.

¿Tiene algo que ver que el vehículo que conducía, una guagua perteneciente a su madre, se encontrara abierta y desordenada, como si la hubiesen rebuscado? La información que se tiene es que, por ser el vehículo de su madre, él la trataba con mucho cuidado.

¿Fue colocado el cadáver de Cotto Cartagena en los escalones o la acera luego de ser asesinado? Esa teoría no puede ser descartada antes de que termine la investigación, y los investigadores forenses deben responder si dicha idea les pasó por la mente y a base de qué circunstancias creerían que no cayó de la azotea.

Pero, ¿quién querría ver muerto a Cotto Cartagena? ¿A quién le beneficiaba su muerte, o a quién le interesaba desaparecerlo? Son preguntas que deben encontrar respuestas. No debe quedar impune lo sucedido, como tampoco ningún otro asesinato, pero por lo pronto, este. Pero antes, una última duda: si el asesino es una persona fuera del círculo cercano de Cotto Cartagena: ¿cómo fue posible que escogiera el momento de una fiesta para matar a su víctima? ¿No es más complicado, sobre todo si no llevaba la contabilidad de quiénes entraban, salían o permanecían en el apartamento, o si regresaban? Si Cotto Cartagena no pudo regresar sin llave a su apartamento ¿cómo logró subir el asesino para matarlo? ¿tenía llave del ascensor?

La investigación en Justicia es promovida con fuerza desde el primer día del suceso por los padres de la víctima, la exjueza María Inés Cartagena y el padre, el conocido abogado Carlos Cotto Luna, quienes contrataron a un exgente federal para que investigue de manera privada el suceso; a la patóloga Yocasta Brugal; y han tratado de hacer mediciones en el edificio para asegurarse de que la caída de Cotto Cartagena fue posible de esa manera, ya que el cadáver se encontró en una posición absurda.

También han grabado los alrededores con un drone ante la falta de recursos del Instituto de Ciencias Forenses, que ni siquiera pudo costear un dummy (réplica humana), y para avanzar su propia pesquisa, tienen fotos, etc. Harán lo que esté al alcance de sus manos, tal y como hizo Abraham, para saber lo sucedido a su hijo asesinado. Nada más legítimo, otros también lo han hecho, sin olvidarnos que se hace porque hay desconfianza en nuestro sistema de ley y orden, a veces por mediocre, a veces por chanchullero. ¿Se le llegó a devolver a la familia el rosario que Cotto Cartagena usaba colgado del cuello, y que fue encontrado tirado en el piso del apartamento?

En la entrevista con Figueroa, la mamá se aferra a lo que conoce de su hijo. “Él nunca iba a salir descalzo y sin camisa a llevar a nadie a ningún sitio. Ni en una emergencia. Te lo garantizo. Yo vi el cadáver, yo examiné la mano de mi hijo, no tenía heridas. Y no arrancó ninguna cerradura. A él, o lo mataron en otro sitio y lo pusieron allí, o del mismo apartamento lo tiraron. En ningún momento ningún arbusto, ninguna cortina , nada, no tocó nada [en su caída] del edificio, sino que él cae en una dirección diagonal, como si lo hubiesen lanzado o como si él volara. Si no lo lanzaron, pues voló. Otra posibilidad sería que a él lo mataron en otro sitio y lo estaban cargando para montarlo en el carro y llevárselo y no pudieron. O que lo bajaron por las escaleras, que lo arrastraron ya inconsciente.”

Hay toda una teoría del caso, lo que aún no se encuentran son las evidencias. Lo que parece descartar ahora, sin embargo, es que haya sido un accidente. El suicidio ya lo descartó.

4.   El testigo y su némesis

Fue notoria la participación de Cotto Cartagena en el caso Jonathan, tan notoria que su testimonio lo condenó a morir en la cárcel. Mientras, la posibilidad de que testificara a favor de la Viuda Negra era latente.

Aunque Cotto Cartagena se haya equivocado o haya mentido durante el juicio contra Jonathan, cuando declaró bajo juramento que lo vio asesinar a Adam Joel, no existiría razón alguna para morir por ello. Su muerte debe ser esclarecida así como las circunstancias en que murió. También es cierto que no todos los sucesos, por más ruines que luzcan, son el resultado de una conspiración, los accidentes también ocurren.

Pero si no fue un accidente, entonces hay que redoblar esfuerzos y no dejar piedra sobre piedra para determinar cómo ocurrió, quién lo cometió y si fue ordenado. Y es cuando regresa nuevamente a mi memoria la muerte de Palomino Molero, que fuerzas mayores impidieron su esclarecimiento y hasta hubo represalias por ser investigada porque indagar sacaría a la luz otros hechos inconvenientes, no necesariamente relacionados.

Como testigo de cargo en el juicio estatal, como testigo estrella del Ministerio Público que identificó a Jonathan como el asesino de Adam Joel, Cotto Cartagena burló la búsqueda de la verdad a la que, como funcionario del tribunal que era, por ser abogado, debió adherirse. Se equivocó el abogado o mintió y a causa de ello un inocente no sólo enfrentó con angustia tres años de procesos judiciales y carcelarios (entre su arresto en 2005 y la exoneración en junio de 2008), sino con su espíritu torturado al saber que pasaría el resto de su vida encarcelado, y sin haber hecho algo para merecerlo. Tampoco debemos olvidar que la defensa sentó a una persona que testificó que no fue Jonathan a quien dio matando a Adam, aunque temió indicar quién fue el asesino, quien entonces andaba suelto por las calles. El jurado no le creyó y la fiscalía, que ocultó prueba que pudo impugnar con cierto grado de éxito la investigación parcializada de la Policía, ni se inmutó.

La pregunta obligada, entonces, es la siguiente: si Cotto Cartagena hubiera testificado a favor de la defensa en el caso federal ¿hubiera inclinado la balanza hacia Áurea? ¿Por qué la abogada de Áurea, Lydia Lizarríbar, lo tenía en su lista de testigos? ¿con qué propósito? ¿hubiera podido impugnar el testimonio del confeso asesino? ¿desmentiría que Alex fue el asesino? ¿revelaría una conspiración para hacerle daño a la acusada, como ella misma reclama, y que existía una batalla cruenta entre familias por los $24 millones que dejó Adam Joel? ¿aseguraría que en esas fuerzas en conflicto nadie tenía las manos limpias? No sabemos que hubiera dicho Cotto Cartagena. Murió antes, a pocos días de presentarse en el juicio, si finalmente decidía presentarse.

Pero ¿es verdad que Cotto Cartagena figuraba en su lista de testigos o la verdad es que la abogada Lizarríbar “le había hecho un acercamiento a Cotto Cartagena para que fuera testigo de la defensa, pero no lo había citado formalmente”?, como se declara en una entrevista con Figueroa. ¿Llegó a citarlo formalmente? De hecho, ¿lo entrevistó antes de incluirlo en su lista de testigos?

Todo héroe, como lo fue Cotto Cartagena para el ministerio fiscal en el caso estatal, tiene su némesis. Y si bien este némesis no se presentó en la primera batalla, sí estaba preparado para entrar en acción en la siguiente, la corte federal, como un disuasivo tremendo para que el primero reiterara sus declaraciones.

Némesis, en la mitología griega, representa la venganza divina contra los que exageran, contra los desmesurados, los sin medida, los que se exceden. Entre otros excesos se destacan la felicidad, la soberbia, el orgullo, la confianza, y sobre todo, desafiar a los dioses. En aquellos que rompen el equilibrio, tan difícil de establecer, particularmente en la justicia, aparece Némesis como un castigo.

Si los abogados de defensa de Áurea hubiesen sentado de testigo a Cotto Cartagena para impugnar al testigo principal de cargo, al asesino, la fiscalía federal tenía listo en su bolsillo el testimonio jurado de Rafy “Mano Grande” para contrarrestarlo. Este testigo, el némesis de Cotto Cartagena, hubiera testificado que no es cierto que Cotto Cartagena hubiese visto al asesinato y, por tanto, era imposible que identificara posteriormente a Jonathan. Y lo sabe porque él fue, como empleado del estacionamiento, quien a las puertas de La Cochera se apostaba esa noche.

Esa noche trabajó y puede negar que Cotto Cartagena se acercó a la salida del estacionamiento para mirar el asesinato. No se acercó a ver el escarceo y tampoco pudo ver a Jonathan matar a Adam porque estaba escondido tras una pared.  La fiscalía federal, consciente del falso testimonio de Cotto Cartagena en la corte estatal, se aprestaba a radicarle un cargo de perjurio si reiteraba su versión en la silla de los testigos. Para tener un panorama más completo de ese entuerto, demos un paso atrás y exploremos otras posibilidades que me sugiere Farouk.

Si esa fuese la verdad, que Cotto Cartagena no era un legítimo testigo en la corte estatal ¿por qué entonces testificó bajo juramento esa mentira que le pudo costar el título profesional, una condena de perjurio y el escarnio público? Pero… antes que eso, ¿qué hacía en el estacionamiento en ese momento tan específico y conveniente? ¿fue pura casualidad? Son preguntas que no surgen cuando las investigaciones se hacen de manera liviana o con demasiada presión, sea interna o pública, o se excluyen a propósito.

Por su largo historial investigativo, y por no haber sido parte de las controversias sobre el procesamiento a Jonathan, Farouk aborda ese asunto con nuevos ojos.

“Carlos dijo que vio quién mató al pobre Adam, ¿verdad? Y luego de un tiempo, Jonathan fue arrestado, reconocido ‘sin lugar a dudas’ nuevamente por Carlos como el autor material del asesinato.
Bueno, según nuestros hallazgos, esto es absolutamente ‘imposible’. Fue Alex quien mató a Adam y ciertamente no Jonathan. Mi pregunta es: ¿Carlos estuvo presente, estuvo en el lugar inmediatamente después del asesinato? Es decir, cuando llegó la ambulancia y la policía, ¿estaba Carlos allí? ¿Fue testigo de la intervención de los médicos y los hallazgos de la policía o se fue y luego solo se presentó a declarar más tarde? ¿Se entregó el testimonio de Carlos a la policía inmediatamente o días después?

Y continúa el investigador privado: “Áurea, en Italia casi nunca hablaba de Carlos (Cotto Cartagena) y siempre decía que Jonathan no era en absoluto el asesino de Adam. ¿Por qué Carlos ‘inventó’ toda esta historia? ¿Por qué acusó a un hombre inocente sin razón aparente? ¿Es plausible que Carlos haya contado la historia del corpulento lavaplatos (Jonathan) como el asesino de Adam… a pedido o dirección explícita de otros?… La información que me han dado algunos puertorriqueños sobre CCC no es precisamente fantástica… ¿carácter ambiguo?”

En otras palabras, Farouk pregunta si Carlos fue plantado en la escena para que identificara a Jonathan como el asesino -previamente seleccionado por la familia Vázquez Rijos. Es un ángulo jamás explorado y que, por supuesto, debió ser investigado. Investigar esa posibilidad no sería un razonamiento destemplado por un dato que descubro recientemente y que nunca salió a la luz pública, y que permite hacer las preguntas que Farouk se hace, y quien tampoco conocía el dato. Eso lo atenderemos en el próximo capítulo.

Rafy “Mano Grande”, el empleado del estacionamiento, testificaría que Cotto Cartagena salió de ahí únicamente cuando Alex ya se había ido de la escena, y que ayudó a Áurea en esa calle por donde nadie camina y donde asesinaron a Adam, en la esquina de las calles Luna y San Justo. Es por ese testimonio, vertido en un formulario 302 (que el FBI caracteriza como una forma de reportar información que puede convertirse en un testimonio en corte) que surge dudas en cuanto al verdadero papel desempeñado por Cotto Cartagena esa noche. ¿Acaso fue la persona designada para identificar al asesino, a Jonathan; la persona escogida para atestiguar que Áurea fue atacada, y eliminar toda sospecha sobre ella? No podemos olvidar que, según el croquis de muerte que los Vázquez-Rijos dibujaron, Áurea creía que recibiría $24 millones con la muerte de Adam y podía repartir dinero a diestra y siniestra. No sabemos, pero sería justo saber si Cotto Cartagena formó parte de esa conspiración.

Además, estoy convencido de que la fiscalía federal no quiso acusar a otra persona de la familia para no profundizar el daño que ya le hacía a los Vázquez-Rijos y para que atendiera los asuntos familiares que dejaría el procesamiento criminal de esa familia. Encausar a esa persona hubiese profundizado la grave disfunción de esa familia y demostraría que los acusados sólo replicaban los valores distorsionados y frívolos que les enseñaron.

Y si testificaba en el foro federal o no, era un debate que, según una fuente, Cotto Cartagena aún no decidía, como también sería erróneo afirmar que sería “el testigo estrella” de Áurea, como ella alega. Pero sobre eso surgen otras dudas que también exploraremos.

La chapucería del sistema estatal de justicia en el caso Jonathan ya está adjudicada por dos eventos insumergibles: Jonathan fue exonerado y se arrestó, procesó y se logró la convicción en el foro federal de los verdaderamente involucrados, con evidencia que por mucho supera la duda razonable. El otro evento que no tiene impugnación es la demanda federal que Jonathan ganó contra el Departamento de Justicia estatal y la Policía por los daños que recibió al violar el Estado sus derechos civiles al procesarlo erróneamente. Una verdad inmutable.

5.   El nuevo spin

Nueva información permite plantear adicionales conjeturas sobre el caso del siglo. La información que un reportero recibe no siempre es de gran envergadura, sin embargo, puede ayudar a pintar el tono y formar parte ineludible de la trama. Por eso se añade, aunque tardíamente, como puede añadirse cada día un nuevo número a PI.

Además de la evidencia que la Fiscalía le ocultó a la defensa en el caso Jonathan, en la que se consideró que pudo haber sido otro el asesino de Adam, la nueva información recibida, de ser cierta, hubiese sido vital para evitar la condena de Jonathan y debió saberse, pero no se supo hasta ahora. Este dato hubiese podido impugnar la neutralidad y credibilidad del testigo estrella: Cotto Cartagena.

Problematizar por qué Cotto Cartagena estacionó esa noche su vehículo en La Cochera (él, con cierta fama de cachetero por escasearle el dinero) y salir a la hora justa, coincidental, en que asesinaban a Adam, es legítimo, pero sólo cuando nos advierte un informante (que protegeremos), y es algo que nunca se ha dicho hasta ahora, que Cotto Cartagena llegó a hacer de disc-jocky en el pub Pink Skirt, de Áurea. Eso es importante.

Fue una relación que para muchos pasó inadvertida, menos para sus amigos. Cotto Cartagena asistía regularmente y amigos del infortunado llegaron a disfrutar de sus habilidades en ese pub. Mientras, como estableció una investigación privada encomendada por el propio Adam, el Pink Skirt también servía de fachada para el otro negocio de escorts que regentaba Áurea.

Cotto Cartagena y Áurea se conocían, por tanto, no era un testigo inocente en el caso estatal, no llegó con las manos limpias al juicio contra Jonathan, pues llegó a pasar tiempo en el Pink Skirt y nunca se hizo el disclosure al tribunal. ¿También lo sabía la fiscalía? El dato, omitido entonces, se presume controvertible. De saberlo, la defensa podría haber dirigido un interrogatorio que esclareciera el grado de amistad o compromiso que tenía con Áurea, y el juez y el jurado habrían podido aquilatar mejor su testimonio, si estaba parcializado, o si tenía algún otro origen sospechoso.

Dependiente de eso, no sería descabellado pensar, entonces, que Cotto Cartagena pudo haber sido plantado en el estacionamiento para que identificara al supuesto asesino, en este caso, a Jonathan. Pero eso no fue una línea de investigación para la Policía ni formó parte del interrogatorio de la defensa. Y si bien ese dato tenía especial relevancia en el caso contra Jonathan, de surgir en el caso contra Áurea hubiese sido demoledor para su defensa.

También podrían ser investigados otros asuntos igualmente controversiales y cuyo impacto es difícil de cuantificar. Podría indagarse además si Cotto Cartagena recibió prebendas o beneficios por su testimonio en el foro estatal. Los fiscales, de seguro, lo negarían y pondrán la mano en el fuego. Saben que otorgar beneficios es contra la ley, por tanto, ellos no se arriesgarían y posiblemente ni se les pasó por la mente hacerlo. Tampoco querrían dañar su caso.

Sin embargo, es posible que haya recibido escolta privada mientras figuró como testigo, pagada por Abraham Anhang, padre de Adam. Como es de esperarse, el padre quería la convicción de Jonathan, al fin de cuentas, era el acusado por el asesinato de su hijo. Y si había que proteger al testigo estrella de ese grupo de matones de La Perla, como seguramente le habrían advertido dado el estereotipo sobre esa comunidad, pues que así sea. ¿Habrá algún informe en el Departamento de Justicia sobre Cotto Cartagena y su relación con Abraham? ¿se indica si recibió algún tipo de “ayuda”, como cenas, alguna batería para el carro o dinero?

Más tarde, durante el juicio, Abraham, que es abogado, y tenía abogados suyos puertorriqueños asistiendo a ese juicio, pudo darse cuenta que Jonathan no era el asesino. Y, en su empeño por llevar a la justicia a los asesinos de su hijo, promovió ante el FBI y la fiscalía federal una mejor investigación que resolviera conclusivamente quiénes asesinaron a su hijo, pues, como muchos de nosotros, ya se había enterado que Alex fue el verdadero asesino. Y sabía también que Jonathan debía ser liberado y llegó a cabildear con el entonces fiscal de distrito, José Capó, por ello. Y es comprensible, la investigación policíaca estatal había desaparecido a Áurea de la ecuación mortal, y figuraba como “víctima” y no sospechosa.

Ese mismo derecho y empeño que desplegó Abraham y su familia para que se llevara ante la justicia a los asesinos de su hijo, también lo tienen los padres de Cotto Cartagena, al menos para que se esclarezca su muerte. Ese dolor hay que reconocerlo. Ese dolor no acabará hasta que se haga justicia. Así también lo sintió la familia Anhang.

Mientras, quedará sin saberse qué efecto pudo haber tenido el testimonio de Cotto Cartagena en el juicio federal. Se le ponen los pelos de punta a muchos con sólo recordar que un único jurado podría no creer que Áurea ordenó el asesinato de Adam. Uno solo es lo que se necesita para evitar una convicción, el temido home jury. Y si el testimonio de Cotto Cartagena hubiese podido tener ese potencial, entonces algunas fuerzas podrían querer evitar que testificara. No sé. Son especulaciones con base en los sucesos. Pero la verdad que no se despinta es que Áurea, Marcia y José conspiraron y contrataron un asesino conocido del Viejo San Juan y La Perla para matar a Adam.

La muerte de Cotto Cartagena ha complicado una madeja, un ovillo, que durante 13 años se fue desenrrollando hasta su pleno lineamiento. Son estas cosas que surgen entre bastidores las que deben aflorar en la nueva investigación para darle certeza a lo que le sucedió al infortunado.

6. Testimonio de Áurea impugna su propio testigo “estrella”

Dos asuntos quedan por transitar, dependientes el uno del otro: cuál pudo haber sido el testimonio de Cotto Cartagena en el juicio contra Áurea, y explorar si realmente fue asesinado para evitar esa comparecencia. Esto es, mirar el grado de vinculación entre su muerte y el juicio.

Quiero retomar una frase de Farouk, cuyo nombre es Franco Posca, porque resume de cierta manera lo que ha sido un caso único con demasiados tristes capítulos, y que a este momento parecen interminables: “Lo que caracteriza a toda esta historia, todo desde el asesinato de Adam hasta la muerte de Carlos es solo ‘duda’… no hay certezas.” Ya había dicho que en esta historia “el más limpio tiene sarna”. Es cierto, nada de lo que en un momento era evidente fue lo que parecía. Luego se despejaron las dudas, entonces surgieron otras, y se descubrió que había demasiadas personas con fuertes intereses.

La exjueza Cartagena levantó más recientemente la posibilidad de que ciertas personas específicas estén tras la muerte de su hijo. Como dije, esa denuncia la inició Áurea desde el día que supo de la muerte de Cotto Cartagena, que llamaba su “testigo estrella”, el pasaporte que le daría la libertad.

Habría que preguntarse entonces en qué consistiría ese testimonio tan “beneficioso” para Áurea que obligara a “alguien” a matarlo. Ya indicamos que insistir en una corte federal que Jonathan era el verdadero asesino era absolutamente contraproducente y le traería graves complicaciones a la defensa sostener esa teoría falsa. Asimismo, la fiscalía federal estaba preparada para contrarrestarla con testigos como Rafy “Mano Grande” y aquellos que vieron a Cotto Cartagena “janguear” en Pink Skirt.

“Yo estoy completamente segura de que no era un suicidio, había muchas personas que no les convenía que él se sentara. Especialmente el señor Abraham Anhang (padre del asesinado), al igual que a la fiscalía. Desafortunadamente, a Cotto Cartagena lo asesinaron y lo asesinaron de un modo un poco similar a como habían asesinado a mi exmarido”, reveló la convicta en el programa Rayos X de Telemundo desde una cárcel federal en Texas. “Cotto Cartagena era mi testigo estrella. En realidad ayudaba a cambiar la teoría de la fiscalía federal”, dijo, sin especificar qué cambiaría.

Ante la oportunidad, dijo más. “Yo no me puedo explicar cómo la fiscalía [federal] y el juez no terminaron de investigar este caso, porque él era un testigo federal. Aunque haya sido una investigación estatal [caso de Jonathan], él iba a ser un testigo para un caso federal. Si una persona muere por X razón o Y, que va a participar en un caso importante federal, se supone que el tribunal federal acepte hacer una investigación al respecto”.

“Yo no sabía que él había fallecido hasta que llego a sala y se supone que él se fuera a sentar y ahí me informaron lo que había sucedido”, dijo, y agregó que el juez federal Daniel Domínguez no permitió que el jurado se enterase que Cotto Cartagena figuraba como su testigo, si es que lo era realmente.

¿La idea de Áurea era desacreditar a Abraham mediante el testimonio de Cotto Cartagena? Si bien suena absurdo, específicamente porque arriesgaba el futuro que Cotto Cartagena esta construyendo nuevamente, tal vez no lo era tanto para la mente narcisista de ella.

En todo caso, la primera persona que impugnaría a su testigo estrella son declaraciones de ella misma. En distintas instancias, locales e internacionales, ella ha afirmado que Jonathan no fue el asesino de su marido. Entonces, ¿ella quería sentar para que la defendiese en la corte federal a un testigo que, según ella misma, era mentiroso? Es forzoso concluir que decir que mataron a su “testigo estrella” es parte de su tarea de sembrar confusión para salir beneficiada, posiblemente si lograse anular el juicio y su sentencia en el Tribunal federal de Apelaciones en Boston y se ordena un nuevo juicio.

A pesar del testimonio de Cotto Cartagena en el juicio contra Jonathan, Aury siempre supo que este era inocente. ¡”Oh, Dios, es tan gordo!”, reaccionó cuando vio la foto del acusado en los periódicos en octubre de 2005, cuando fue arrestado. Sin embargo, nunca hizo una declaración oficial contra la identificación equivocada que hizo su ahora “testigo estrella” en aquella ocasión. Por supuesto, dice, tuvo esas intenciones, sólo que el juicio coincidió con el comienzo del Rosha Hashana y el Yom Kipur y, por ser una profunda practicante del judaísmo, durante esas fiestas religiosas no podía viajar desde Italia para exculparlo, si bien sabía que el joven inocente enfrentaba cadena perpetua.

Mi teoria es que la abogada Lizarríbar no utilizaría a Cotto Cartagena de testigo y que es falsa la narrativa de Áurea de que era su testigo estrella. Ahora, si lo hubiese llamado a la silla de los testigos, no habría sido para que desmintiera las declaraciones de Alex, que básicament están escritas en piedra. En todo caso, Cotto Cartagena podría haber sido utilizado para que testificara sobre algunos extremos de las acciones de papá Abraham relacionadas con el caso estatal contra Jonathan. Y de las que, posiblemente, podía hablar con conocimiento personal. ¿Serían admisibles en corte si no están relacionadas con el asesinato de Adam Joel? ¿Hubiese permitido la corte ese testimonio? Habría que ver la oferta de prueba que le hubiesen pedido a la defensa.

Sobre esos extremos para desacreditar a Abraham, la propia Áurea no testificó en la oportunidad que se le dio de sentarse en la silla de los testigos y que tanto daño le hizo, por dramática y sensiblera y no ajustarse a la realidad de los hechos, sino por construir una realidad alterna en la que ella era víctima de los amigos y socios de Adam Joel. De seguro tampoco tenía conocimiento personal de las posibles prebendas que pudieron haber otorgado – o no- a Cotto Cartagena, pero a ella la verdad de las cosas nunca le ha impedido decir lo que le conviene.

Pudo haber narrado cómo vivió su vida en Italia bajo la mirada escrutadora de Farouck, el investigador privado contratado por Abraham para seguirle los pasos y que llegó a confrontarlo. (Esa historia esta reseñada en el blog Prensa Intencional -prensaintencional.com- bajo el título La mujer que buscaba ser deseada y el sujeto que la investigaba). Pero de eso tampoco dijo nada.

7. Los asesinos, según Áurea

Siempre nos queda la venganza cuando perdemos la esperanza, reza el dicho. Es un principio de mala fe, de los perdedores, los malaentrañas.

No hay dudas de que la fuente de la alegada vinculación entre la muerte de Cotto Cartagena y el caso de Áurea Vázquez Rijos es la propia Áurea, tan pronto supo del fatídico suceso. Lo dijo públicamente, asegurando que era su testigo estrella, aunque ciertamente era improbable. Le comentó a Farouk su especulación en esa época, y lo dirá a cuanta persona esté dispuesta a escucharle decir que está presa porque tuvo la mala fortuna de que le mataran a su testigo liberador, el que demostraría que ella, su hermana Marcia y José no contrataron a Alex el asesinato de su marido Adam, y que son inocentes.

Y no sólo se encargó de prodigar esas expresiones, dio los nombres de los asesinos, el del autor intelectual, es decir, Abraham, y su brazo ejecutor, cuyo nombre sé pero, repito, no saldrá más allá de mi mismo. La prensa no debe prestarse al juego siniestro de manchar reputaciones y crear confusión para que, en este caso particular, salga beneficiada. No hay cloro que quite totalmente una mancha de difamación, la prensa vocinglera lo sabe, aunque no le importa o peor, ni siquiera se da cuenta, siempre buscando decir las cosas primero, aunque estén equivocadas.

¿Son ellos los autores? ¿Temía Abraham que -luego de haber asistido al juicio y ver la prueba desfilada y apreciarla como abogado que es- Áurea saliera no culpable? No hubo nadie que yo conociera que hubiese acudido al juicio día tras día que creyera que había esa posibilidad.

La muerte de Cotto Cartagena, como servida en bandeja de plata, fue el gran momento de su venganza contra Abraham, quien siempre la trató como escoria y lamentó que Adam Joel se hubiese casado con ella, y sin decirle ni invitarle a la boda, como tampoco invitó a sus pocos amigos en la Isla, pues conocía la idea que estos tenían de Áurea.

Áurea ha promovido la teoría de que Abraham quería ver muerto a Cotto Cartagena por temor a que su testimonio en corte crease la duda suficiente que la liberara de una convicción. También aseguró que la primera fiscal del caso de Cotto Cartagena -Betzaida Quiñones- intentó entrevistarla pero Justicia federal no lo permitió y la estatal también.

Asimismo, Áurea le dijo a Farouk que a la fiscal le “bloquearon” un viaje a Italia para entrevistarlo a él. ¿Qué conocimiento personal tiene Farouk sobre el asesinato de Cotto Cartagena? Difícil decirlo, pero no creo que lo tenga. Sí puede hablar de las graves diferencias que tuvo con su empleador Abraham, y hasta pueda hablar del juicio de carácter que le hizo, en la que Abe sale muy mal parado. Puede confirmar que Áurea cree que Abraham ordenó la muerte de Cotto Cartagena, sin prueba alguna que lo confirme. E inclusive Farouk podría creer que Abraham “es el instigador”.

“Hace dos años [me escribió el pasado 31 de marzo de 2023], recuerdo que era el día de la semifinal de la Eurocopa de fútbol España vs Italia, Âurea me había escrito que [menciona un nombre] había matado a CCC por orden de Anhang.”

Esa sospecha de Áurea la redirigió Farouk a la familia de Cotto Cartagena, al fiscal y a periodistas. Todos, hasta ahora, han sido cuidadosos en mencionar nombres. El nombre de Abraham se menciona porque lo hizo público la propia Áurea. No obstante, el investigador privado italiano advierte que se debe tener cuidado con la información.

“Siempre he pedido verificar cuidadosamente todas las palabras y declaraciones de Áurea porque objetivamente la considero un personaje muy poco confiable. También sugerí que el departamento fiscal verificara los nombres de todas las personas que se habían hospedado en los hoteles de San Juan desde 2 o 3 días antes del asesinato hasta el día siguiente. También sugerí examinar a todas las personas que salieran (por aire) de Puerto Rico en las 24 horas posteriores al asesinato. Betzaida [la fiscal inicial] también hubiera querido venir a Italia a adquirir información… pero fue vergonzosamente ‘bloqueada’.”

En 2022 Farouk me había dado su impresión de la investigación de la muerte de Cotto Cartagena: “Ya han pasado cuatro años, estas investigaciones podrían haberse realizado en 2 o 3 días como máximo… necesitamos investigar en 360 grados y no fosilizar a [Leo] Aldridge o Laura [asistentes a la fiesta]. En Rusia o China este caso se habría resuelto y archivado en 48 horas.” Y cree que “nunca se sabrá la verdad” de esa muerte.

El nombre de Cotto Cartagena “era prácticamente uno más de los muchos nombres que surgieron en los años de investigación de Áurea, hasta que saltó la noticia de su muerte y la inclusión en la lista de testigos de Lydia” [Lizarríbar], me había asegurado en mayo de 2022.

El nombre que hasta entonces no había surgido en el tiempo en que investigaba y “escuchaba” a Áurea en Italia, sin embargo, es el que le dio como supuesto brazo asesino aunque ella lo conocía desde antes de estar con Adam. “Nunca ha salido de mis dos años de escuchas telefónicas a Áurea”, me informó Farouk en julio de 2021. “No recuerdo el nombre de [menciona el nombre], creo que nunca salió durante mis intercepciones a Áurea cuando estaba en Italia. La escuché hablar (mucho) de Tito Cacho, Abe Anhang, Prado, el loco, De Castro Font y otros que ya no recuerdo.”

Sin embargo, vuelve a colocar a Áurea en una posición indefendible. “Sinceramente, creo que no tiene pruebas y no sería la primera vez que acusa a personas inocentes; en Florencia había denunciado al abuelo de las gemelas hasta por pederastia hacia sus hijas… juicio en juicio, acusaciones totalmente falsas de hijos encomendados a su abuelo (muy buena persona).” Si bien, pr otro lado, de Abraham lo cree posible todo. A ambos, parece creer el investigador, los une la misma miseria.

Tristemente, es ese alegado conocimiento sin evidencia que tiene Áurea de la muerte de Cotto Cartagena el que ha percolado en la Policía, la fiscalía y la familia del fallecido.

“¿Cuáles son las razones por las cuales yo puedo pensar que a él lo mataron?… es prueba de referencia, no puedo dar fe de eso… pero sí, yo tengo información, y se la pasé a los fiscales, de una persona que ha dicho que él conoce quién fue el autor intelectual de la muerte de mi hijo y quién fue el autor material de la muerte de mi hijo. Ellos tienen nombre y apellido. Yo tengo esa información y obviamente no la voy a decir, pero eso lo tiene la fiscalía.” Estas expresiones de la mamá de Cotto Cartagena al periodista Figueroa, ¿aluden a Farouk, a Áurea o, como dice Farouk, a “otras fuentes (más confiables que Aurea)” que le “confirmaron la conexión segura entre el asesinato y el juicio de Aurea en la Corte”?

En esos días del juicio contra Áurea, a través de la cuenta de la abogada Lizarribar, la entonces enjuiciada le pidió a Farouk “que fuera a San Juan a declarar en su favor.” Sin embargo, temió el investigador, “si hubiera venido, seguramente hubiera corrido la misma suerte que Carlos.”

Esta sospecha sobre el asesinato de Cotto Cartagena, mencionado por Áurea el 15 de marzo de 2019 durante su vista de sentencia en la corte federal, sin aportar evidencia y enmarcada en el odio sarraceno que le tiene a los nombres que ella menciona y en su afán de venganza por su suerte, es la que pretende redireccionar ahora la investigación de la fiscalía.

Para el fiscal Santiago, “dentro de la investigación, todo eso está incluido. Eso es lo que le puedo contar. No es algo que nosotros hemos descartado. Está incluido eso como parte de la investigación, de hecho, se lo hemos informado a ella anteriormente [a María Inés Cartagena] y ella así lo sabe. Es algo que la Policía y yo teníamos en nuestro radar, por ponerlo de esa forma”. Es decir, “no descarta la posibilidad de un vínculo con el caso de Adam Anhang,” según la entrevista citada. Por supuesto, no lo descarta si supone que fue asesinado, pero falta evidencia que confirme esa causa de muerte.

Al momento hay cuatro posibles teorías de investigación: que haya sido un accidente infortunado que lo involucró a él únicamente; que haya sido un accidente que involucre a los participantes de la fiesta; que haya sido empujado criminalmente e involucre a los participantes en la fiesta de esa noche; que fuese un asesinato ordenado por Abraham Anhang para que no testificase en el juicio contra Áurea. El suicidio, por el momento, está descartado.

Con absoluta certeza se puede decir que la Policía ni la Fiscalía quieren apresurar la investigación. La chapucería policíaca y fiscal de la  investigación del asesinato de Adam Joel Anhang, que originó todos estos “layers” posteriores, no puede repetirse, como acusar nuevamente a un inocente. Con la diferencia de que ahora no tendrán la ayuda del FBI ni de la fiscalía federal, pues podrían comprometer estas agencias su propia investigación del caso Adam, ya adjudicado por un jurado federal y en revisión en Boston.

La pregunta es si el fiscal estatal tiene en agenda viajar a Italia a buscar información, con Farouk, se entiende.

8.  Lentamente se cocinan las noticias

Sé que las expectativas sobre esta nota es que esclareciera si Cotto Cartagena fue asesinado o víctima de la mala suerte. Quizá alguno esperaba hasta el nombre del asesino o cómo, con absoluta certeza, ocurrió su muerte. Pero esto no es “la noticia del momento”, o “la gran noticia de la hora”, como rezan los slogan de dos cadenas radiales de noticias; o de vida efímera, para consumirse hoy y pasar hambre mañana, a menos que nos den mañana otra noticia “del momento” o “de la hora”, nuevamente, y así repetimos lo mismo todos los días, con noticias inciertas.

Tampoco haremos presentismo periodístico, en el que “estamos completamente concentrados en la respuesta inmediata a lo inmediato” (François Hartog), una perspectiva que nos ancla en un continuo presente (“régimen de urgencia”, le llama) que nunca cesa, no resulta del pasado ni proyecta el futuro, y sólo espera el apocalipsis que lo derrumbe todo.

Hartog, que es historiador, advierte que “la información instantánea es una ilusión: en nombre de la transparencia, la mediación (que hacen los medios) se denuncia como falsa. Hoy podemos ver cómo los medios de comunicación (periódicos, radios, TV) van crecientemente detrás de las redes sociales, y cómo es cada vez más difícil hacer el trabajo periodístico (investigar, poner las cosas en perspectiva, confrontar puntos de vista… ): toma mucho tiempo y cuesta muy caro… Aún más que el historiador, el periodista está atrapado en la jaula del presentismo, ya que la actualidad es su principal razón de ser.” (La Tercera, entrevista, 13 de marzo de 2021)

Y menos haremos aquí periodismo sepulturero, dando por cierto lo que aún es especulación y enterrando la reputación de alguna persona, como tantas veces se hace, y seguir caminando como si nada hubiese pasado, sin conciencia ni culpa.

Tampoco pretendemos llamar la atención para vender algo. Este blog noticioso –PRENSA INTENCIONAL– no depende de, ni buscamos, pautas publicitarias, clics o likes, sino únicamente las verdades inconvenientes. Esto no es un modelo de negocios, queda dicho, sino un modelo informativo. Aquí las noticias se cocinan en un slow cooker, hasta que estén bien cocidas y sus elementos integrados. Y eso toma tiempo. Esta vez sólo les he mostrado lo que se cocina en el guiso, por lo menos los ingredientes que deben o podrían estar en la olla.

Tampoco, dicho sea de paso, es que haya muchas personas dispuestas a hablar. Más allá, suscribo plenamente las palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han (ZeitDataismus und Nihilismus, 27 de septiembre de 2013): “Recopilar más y más datos sobre nosotros y el mundo no explica el mundo mejor, es sólo un dataísmo sin sentido.” Esa “euforia” es casi “totalitaria” o “religiosa”, advierte, y añade: “al mismo tiempo, flotamos en una extraña sensación de insensatez y nos sumergimos en la hiperactividad y la hipercomunicación”, por supuesto, desinformativas.

Aún así, para usar el concepto que mi buen amigo y periodista Jesús Dávila trae en su libro Lenguaje, género e historia, “he llegado a convencerme de la utilidad para este oficio de buscar una historia digna de ser contada” porque, muy acertadamente añade, “no me parece que el periodismo sea muy distinto de otros oficios de la palabra”. Sin pretender llegar a la categoría de periodismo histórico, del que Dávila es el mejor exponente en Puerto Rico, sí comparto su tesis de entrevistar el pasado sobre temas del presente. Hay que constatar todavía si los sucesos de 2005 repercutieron de alguna manera en 2018. “¿Cómo hacer para recordar algo que se quiere olvidar?”, se plantea Jesús, en vista de que existe “el fenómeno de la fabricación del olvido”, de aquello que “resulta doloroso o inconveniente recordar”.

No todos los datos aportados en esta historia responden a la pregunta principal que nos hacemos. Sin embargo, crean el marco en el que sucedió la muerte de Cotto Cartagena. Igualmente, hay que ver (demostrar) si inciden unos hechos con otros, no meramente asociarlos libremente dentro de una cabeza conspiracionista o por sus cercanías en el tiempos. A veces, muchas veces, sucede lo aleatorio.

Por eso es tan importante seleccionarlos de tal manera que apoyen una teoría. Pero no siempre tenemos esos datos principalísimos y lo que manejamos sólo es un bonche de referencias y/o rumores que pueden, o no, acercarnos a la verdad definitiva que buscamos. Puesto que desecharlos sería un método incorrecto, mejor es sopesarlos, contextualizarlos y ver si ellos pueden dirigirnos hacia una interpretación plausible en nuestra teoría del caso. No debemos perdernos en el bosque. En ese sentido, la labor periodística, como la del leñador, consiste en adentrarse y seleccionar los árboles necesarios que ayuden a construir la verdad de las cosas.

Creo que, poco antes de salir el sol, la noche nos arroja su más terrible oscuridad. Estamos en esa madrugada. Esta historia solo pretende trazar un mapa para que no nos perdamos en ella, o para recordarles que estos acontecimientos no han agotado toda su verdad. No se ha completado el círculo con el enjuiciamiento de los asesinos de Adam. Hay unas nubes que, por causa del fallecimiento de Cotto Cartagena, deben ser despejadas para que brille el verdadero azul del cielo, luego de tiempos (y cumbres) borrascosos.

Es posible que fuerzas oscurantistas intenten cubrir con su manto el camino que debe seguir la pesquisa. Sé que a raíz de que publicara que Cotto Cartagena era conocido, si no es que buen amigo, de Áurea, se han pautado reuniones y llamadas entre diversas personas con pertinencia en el caso. Es un dato que no conocían muchos actores de este drama, otros lo sabían y callaron. Habrá que ver qué reacciones causa, habrá que esperar qué significa eso para la investigación, qué evidencia surge.

Desde mi punto de vista, de ser corroborada esa relación de la que son testigos algunos amigos de Cotto Cartagena, entonces debe investigarse y determinarse si este fue plantado en el estacionamiento La Cochera para que sirviera de testigo contra Jonathan, que ya había sido seleccionado como asesino y entrampado para que se le arrestara. Esa información también se la debemos, póstumamente, a la víctima definitiva de este enjambre, Adam.

Sería importante confirmar si se conocían Carlos Javier y Áurea, Marcia, José y Charbel. Y qué tan lejos llegaron esas relaciones, con quiénes se comunicó (habría que examinar si recibía llamadas telefónicas de algunos de ellos o de quién más, y cuándo), de quiénes tomó prebendas, si las tomó, y si su testimonio fue comprado. Y cuando finalmente sepamos qué diablos pasó la noche en que murió, obtendremos también respuestas a preguntas que ni siquiera hemos imaginado.

El teniente Silva, pese a las dificultades, descubrió finalmente a los asesinos de Palomino Molero, quienes, de distintas formas, ya habían pagado el crimen. Y aún si concluyese la investigación sobre la muerte de Cotto Cartagena, y se establecieran los hechos de forma fehaciente, no serán pocos los que duden de esa verdad y dirán también, como dijeron en la novela, que sólo se encubrió los verdaderos sucesos. Such is life, dijo alguien una vez.

¿Quién mató a Cotto Cartagena? no sólo es una pregunta legítima, sino una teoría de investigación y una posibilidad.

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One Comment

  1. Jose A. Vega

    Excelente analisis!Entre buscando profundizar en el caso a raiz de un programa de television que recien ha vuelto a tocar el tema.Claro,la television tiene la limitacion del tiempo y sus presentadores suelen ser subjetivos.Gracias por su escrito.

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