Fernando y yo

Quise aportar algo antes, si es que algo se aporta, pero no lo hice, debatido en la duda sobre cuán mínimamente meritorio estos comentarios podían ser, que es precisamente usar el criterio equivocado para decidir cuando solo se quiere recordar a una persona fallecida y apreciada. Las emociones, vivencias compartidas, anécdotas, o microhistorias -que tan gratas le eran al padre jesuita Fernando Picó- son mejores parámetros para la tarea que me encomendaba, pero igualmente al ser demasiado fluidas, caprichosas y personales le restan ese valor objetivo que todo historiador busca para fijarle responsabilidades al pasado.

Aun así, he decidido suspender temporalmente todo juicio para finalmente contar par de cosas, más con el afán de unirme al coro que honra la memoria de ese buen hombre que es Fernando, que para añadir al juicio sobre su trabajo académico que, camino misterioso el suyo, pastoreó a su manera más personas desde su cátedra de historia en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, que curas de blandas, pequeñas y amorfas manos. Manos que, sudorosas y resbaladizas, bajo las sotanas buscan esconder su carácter invertebrado, como los moluscos y gusanos. La verdad, sea dicho el conocimiento, nos hace libres, está inscrito en el libro de Juan (8:32) y si bien no recuerdo a Fernando citar el pasaje bíblico, sin duda debió estar igualmente inscrito al inicio de todas las intenciones de sus investigaciones.

Entre el dolor que sentí el pasado 27 de junio de 2017, la culpa por no haber mantenido un mínimo contacto y por dejar que él me fuera olvidando sin antes dejarle saber el tan grande agradecimiento que le tuve por muchas razones, nunca divulgué algunas de mis experiencias personales con el profesor Picó, un poco confesor en su momento como lo son casi todos los profesores, y quien, para mi honor y el de mi prometida entonces, atendió esa mi primera boda. No sé a cuántas parejas casó. Cuenta la leyenda que, entre algunas pocas, destaca la del dirigente universitario Roberto Alejandro, electrificante para quienes lo recordamos dirigiéndose con implacable razonamiento y dominio escénico (una suerte de híbrido de Jim Morrison-Mick Jagger con Danny Cohn-Bendit-Rudi Dutschke) a las más grandes multitudes de jóvenes universitarios en aquella huelga de 1981, destinada contra todo pronóstico expectado al interior de esa lucha -sin saber nosotros entonces que el mundo ya comenzaba a girar de otra manera y arrojaba en su spin nuevas realidades que de tan rápidas no logramos leer el spleen de su interior- al fracaso instrumental. Supe que ambas bodas, si mis fuentes son confiables, terminaron en divorcio, que no en fracaso, que es otra cosa.

Nunca hubiera imaginado que por momentos Picó se viera más perdido de lo que yo estaba en aquella boda, mi primera por la iglesia, la Católica por supuesto, aunque no la última por la Iglesia, que la presbiteriana también cumplió su cuota conmigo y perdonó el desvarío juvenil de relacionarme con el Vaticano, aunque, sea dicha la verdad, no recuerdo haberles dado el dato de que era divorciado, si acaso lo escondí o no lo creí necesario o no sabía que era importante o se me olvidó. Espero que ya no importe ni tenga consecuencias legales o me pongan en otra de esas listas negras en las que ya mi inclusión aburre, como la lista de los amigos perdidos, la de los sueños olvidados o la de Hacienda.

Antes de ambas bodas hubo otros apareos largos y distintos, así como entre ellas y después, e igualmente cortos y felices como son todos los juntes, a pesar de sus destinos trágicos pues es camino de necesidades lo recorrido, agarrados tan fuertes de manos, la verdadera finalidad. Lo sé hoy. No es la muerte el final o una llegada, ni siquiera una salida, que equivocadamente solemos llamar destino, sino el camino, lo saben los guerreros, el bushido, es el transcurso, el devenir, el recorrido con honor, lo que nos va definiendo y muchas veces, como capas de cebollas que vamos pelando, con perpetuo lagrimeo en los ojos. Nos dijo en esa boda, en el verano de 1988 (hubiese preferido decir ¡verano del 68!, qué tristeza), que era importante conocerse, aunque posiblemente quería decir sencillamente que hay que conocer, saber, y si le dábamos la oportunidad allí mismo nos daba la cátedra.

Pero no lo hizo ni trató. Como historiador, erudito, académico, jesuita, a veces le resultaba difícil mostrar una empatía que a cualquier cura de campo le chorrea con la misma naturalidad que el sudor. Pero su corazón noble le fijó una tierna sonrisa imborrable en sus labios y en sus ojos y ya con eso nos regaló una seguridad que sus palabras en la liturgia no encontraba, sobre todo cuando perdía el pasaje que debía leer de su texto católico. Se fue temprano esa tarde, posiblemente después de tomarse un refresco, una sangría si acaso algo bebía, aunque fuese un sorbito, nunca lo supe, y no se preocupen los desposados –dijo- que tengo quien me de pon.

Hubiese querido darle un abrazo, lo digo de esta manera porque no recuerdo si en efecto llegué a hacerlo, pero deben suponer que una boda es algo tan serio que hasta el cuerpo y su memoria quedan paralizados, tanto como queda un recluta cuando por primera vez recibe órdenes del más típico de los sargentos, brutal, odioso y abusador- y de la memoria y la boda solo recordamos haber dicho ¡Sir, yes, Sir!, sin recordar uno a qué le acertaba. Otro matrimonio posterior, el presbítero, me confirmó dos cosas: que no hay más destino que la ruta misma y que sigo perdiendo la memoria de los detalles del acto tan sagrado en el que, supone uno, es co-protagonista, pero la memoria se empeña en que uno no ha estado ahí, o al menos sí estuvo, pero solo como cualquier otro invitado al que no se le obliga a recordar detalles de lo acontecido.

Conocí a Fernando en 1976, 1977 tal vez, durante su curso, el primero que se dio en el departamento de historia, de cristianismo y cultura greco-latina. Ver los textos sagrados a la luz de esas culturas dejaron, por supuesto, una tan honda impresión que alcanzaron sin remedio, abrazaron y alteraron el conocimiento que entonces tenía de ellas, envueltas como tocinetas en mis emociones fritas y ocultas y cofresadas de mi paso juvenil por la Iglesia Bautista Fundamentalista, a la que entonces describíamos los jóvenes, peyorativamente, como Pentecostal pero con la grata diferencia de que se permitía a las mujeres afeitarse las piernas (excusas por mi machismo de adolescente, ambos no se volverán a repetir).

Esa fue, para nosotros, la gran diferencia entre ambas sectas y por supuesto el avivamiento, escaso entre nosotros, impedidos por mordaza divina de hablar en otras lenguas que no fuese el español o el inglés, pues nuestro pastor James Stinedurf, pastor Jim, de Detroit, quien podía ocultar el sonido de mil campanas con el estruendo de su risa, si bien hispanohablante -con fuerte acento americano y quien por causa de la manera distinta de hablar el idioma, como tener que abrir la boca para que le salieran las vocales, no retenía con destreza la baba que se le escurría por sus comisuras, que debía limpiarse continuamente con un pañuelo, cuando se acordaba- a veces apelaba a su lengua materna cuando el español no le daba esa palabra justa que por bizantinas razones morales llamamos “mala”, y que necesitaba para poder expresar con plenitud su sentir a causa de nuestras adolescentes diabluras en plena iglesia de marquesina en la primera sección de Bonneville Heights, circa 1972, de la que fui dirigente juvenil, por obra y milagro debió ser, lo veo ahora clarito, de la trascendencia, aunque a esa la debo imaginar, porque de tan joven, si bien bíblicamente leído, bastante por cierto, reinaba más la pasión y las narrativas que la comprensión, que me condujeron a presidir su sociedad juvenil en oposición al más servidor, empático y veterano competidor, Francisco pudo llamarse, pero de nombre real Federico, que debió llevarse la corona si atendíamos a la madurez, si bien entonces yo empezaba a descubrir rasgos obsesivo-compulsivos que me obligaban a leer, leer y leer y a comportarme exactamente según lo leído. Posiblemente el protectorado de Harold, Yanyi y Orlando, mejores amigos entonces, me posibilitaron la silla que, a esta distancia, aun sigo viendo muy grande.

La Biblia, compartí con Fernando años después, es una lectura fundamental, de cabecera si acaso, y con esa admisión llegué a conmocionar a alguno de mis amigos. Curiosamente, ahora que pienso en estos dos hombres consagrados a un mismo dios tan distinto, requeridos por vidas tan disimilares, logro reconocer su dialéctica, la necesidad y semejanzas.

Con ese tracto evangélico, del que creía haberme desprendido al ingresar en el 1975 a la universidad, ya en el 76 o 77 recurría mi búsqueda más por las infrascendencias en búsqueda del mismo destino por otros caminos, cuando me topé con Picó, con quien releí los textos desde otro ángulo, no el de la búsqueda de un destino, o la pasión, sino el del conocimiento abyecto, ya supurado, porque, ambos sabíamos, la verdad nos hace libres. La conducción de la clase no se apartó de posteriores cursos, medievales o más cercanos, ni reflejó de ninguna manera pasiones ocultas, o identitarias. Mi evaluación del profesor Picó llegó al pico más alto cuando se negó a comentar mi trabajo final de la clase, que dio, como a los otros, por meritorio, y en vez quiso ver más la verdad de lo que yo exponía, y no la destreza mínima en el manejo de los textos que se requería. En la reunión en su oficina a la que fui citado, quiso ver más bien el grado de verdad que yo veía en lo escrito. ¿De verdad piensas que el arte en su desarrollo histórico ha sido deformado, mutilado, entorpecido a causa del cristianismo?, como expuse más o menos a base de teorías nietzcheanas no del todo comprendidas, como sería comprensible, así como por la propia represión que obligaban los dogmas católicos a las imágenes de lo alto y lo bajo, citados entonces, particularmente desde la Edad Media hasta la implosión y abolladura Renacentista.

Por un momento pensé, y aun así lo creo, que Fernando se preocupó más de mi alma que por corregir mis excesos, vista la declaración atea y antirreligiosa del atrevido fascículo, del que no hay por qué arrepentirse, siempre lo he pensado, pues, a fin de cuentas, no es a quedarnos inmutados a lo que vamos a la universidad, sino a ver-conocer-disfrutar-sufrir-reconocer-experimentar-equivocarse o evitar si acaso los otros tantos caminos que ha tomado la Humanidad en el despliegue de su espíritu. Que ya luego iremos componiendo, de ser posible esto, un cuadro más coherente de los propios caminos que nos ha tocado elegir-seguir. Una línea recta no es posible ni en el confín del universo, exterior o interior.

De esa experiencia nos quedó un acuerdo de amistad que alimentábamos al coincidir casi a diario por esos pasillos eclesiásticos de la Facultad, con sus hermosos arcos que nos recordaban los orígenes del concepto universitario y que muy bien había comprendido el canciller Don Jaime Benítez, para quien la universidad, laica por supuesto, no tenía otra razón que hacernos mejores personas, “hombres libres en su espíritu”, dicho así por él mismo en un discurso universitario sobre la reforma universitaria en 1943, o es el fracaso.

Yo encontré la vivencia de otra iglesia, no lo niego, distinta, menos solipsista, más humanista, la del conocimiento, la de la filosofía, el arte, la música, la inmanencia, la historia, la deseabilidad y necesidad de la política, de su teoría, la solidaridad, el deseo por la justicia, y la creación literaria como la joya de esa corona. Y Picó, para mí y para miles de estudiantes, aportó grandemente con paciente conocimiento, ternura académica y comprensión cristiana a la fragua que iba solidificando esos caracteres jóvenes. Visité otros cursos suyos y en la facultad permanecí caminando su claustro por más tiempo de lo permitido si no es porque los brazos todopoderosos de la miseria económica me arrojaron de patitas al mundo del trabajo esclavizante y me arrebataron de la complaciente contemplación, siempre débil ante su hermana la embrutecedora necesidad.

Durante mis años en El Reportero y El Mundo se colaron momentos muy ocasionales que solo sirvieron para no olvidarnos demasiado el uno del otro hasta mi sorpresiva solicitud de que atendiera en el 1988 mi boda, una excepción religiosa que hice y que, sorprendentemente, nada le costó a mi ya usual descreencia. Habían otros intereses mayores en juego. Una solicitud que, ahora estoy seguro, Fernando no habrá tomado con particular entusiasmo. Le pido ahora que me disculpe, porque no fue hasta tiempo después que descubrí que él no era exactamente un fan de liturgias como esas, que para eso había otros mejor atemperados y con más tiempo disponible.

Tampoco me dijo que no, al menos no de esa manera tajante y maniquea en que los insufribles periodistas (por demasiadas razones) queremos escuchar las negaciones. Si no lo descarta, es posible entonces. Claro, como pueden serlo también las visitas alienígenas, si no se descartan tajantemente. Solo que en ese verano Fernando estaba en plena faena investigativa y no se permitía salir ni un minuto del Archivo General en Puerta de Tierra, y las noches le estaban vedadas. Fernando podía ser un buenazo, como ciertamente lo era, pero su disciplina era jesuita. Hoy diríamos que espartana, y otros de seguro habrán observado que obsesivo-compulsiva. Así que no tomar con él los talleres previos que se requerían para el casamiento podían ser el disuasivo definitivo a su participación. Se me ocurrió, a mi que solo me falta el diagnóstico de anorexia para serlo verdaderamente, que el mediodía, cuando los trabajadores suelen echarse el bocado que les de energía para soportar la tarde, era el mejor momento para esos talleres, sin decirle a la Iglesia del arreglo, por supuesto, que habrá creído que todo estuvo en regla cuando preguntaron si tomamos los talleres que nos certificó el propio Picó, quien sí llegó a aparecer con algún sandwichito en la mano, y alguno otro que le trajimos.

Y lo digo de recuerdo, es decir, así se supone que debió ocurrir, pero la verdad es que nos sentábamos en un banquito del parque Luis Muñoz Rivera frente al Archivo General, ha hablar de todo de lo que se nos ocurría, sin pensar demasiado en que podríamos estarle tomando el pelo a la Iglesia, siempre tan seria para asuntos tan relajados, y que, a fin de cuentas, a nadie hacíamos daño y que el mismo Dios, al ver nuestros corazones tan hinchados de felicidad, él mismo debió sonreír su poquito. ¿Qué violaciones a los preceptos pudimos cometer? Me imagino que a casi todos, si estos no tienen por fundamento que la alegría y la felicidad deben ser el origen de todo. Solo espero que esta confesión no sea una mancha en el camino a la santidad de Fernando, que ya ganó su lugar en el reino del conocimiento y, más aun, un mejor lugar en nuestros corazones y memorias.

Así que llegado el día, se puso su sotana o lo que vistan los sacerdotes católicos y se dispuso a leer lo que se dispone en esos momentos, tampoco con gran presteza, es forzoso decir en aras de la verdad, y nosotros a replicar y responder que sí. Luego, se tomó algo, que no pregunté, y le llegó al rato su pon, porque trabajo de verdad le esperaba.

No pude olvidar ese nuevo desprendimiento de Fernando, distinto en cada cual que conoció, y desde entonces no he dejado de pensar en ello cuando él con toda posibilidad ya lo había olvidado, pues dedicado estaba a describir la microhistoria de un país, la de los olvidados, aunque su figura acendrada con su misma guayabera blanca de camino a la facultad reflejara más a un distraído místico en perpetua comunión con su dios que a un historiador atento a todos los detalles que ocurrieron alguna vez.

Andando el tiempo, sabemos que la distancia lo acompaña indisolublemente, quiso la mala suerte impedir nuevos encuentros fortuitos. Otros miles de estudiantes, receptores de su trato tan considerado, fueron ocupando esa distancia que con el tiempo se expandía y nunca quise, ni me atreví, preguntarle si se acordaba de esa microhistoria en común, si recordaba esa huella imborrable que dejó en mi y que le quería recordar. También, pensé, no debía forzarlo a ello porque eso sería soberbia, arrogancia o narcisismo de mi parte, y de seguro ya Fernando había logrado nuevos y mejores recuerdos de la vida.

La larga vida que se le deseaba al César, debemos reconocer, no era solo un deseo personal de los que interesaban beneficiarse de su poderío, sino también el deseo genuino de que su obra permaneciera para el pueblo de la mejor manera. La larga vida de la tradición judeo-cristiana, de otro modo, de la que fue devoto Fernando Picó, también apeló a la largueza de las buenas obras, pero ciertamente a la fe, y a una, sin duda, espectada trascendencia. No es posible olvidar a un hombre que condujo su vida a la altura de sus principios éticos, como Fernando, ocupado como se ocupó en recordarnos a todos con sus libros y clases que la memoria no yace muerta, oculta dentro de la cueva oscura, petrificada, sino que su roca también ha sido removida y es algo vivo que al descubrirse revela cómo nos ha modelado el presente perpetuo. Larga vida para Fernando.

 

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