La marcha tierra adentro de Jesús Dávila: sus entrevistas al pasado*

Muy recientemente, mientras articulaba algunas ideas sobre el trabajo periodístico publicado en libros de mi amigo Jesús Dávila, leí por casualidad una entrevista a Leonardo Padura en la que el escritor cubano revelaba algunos datos sobre su próxima novela titulada “La transparencia del tiempo”, que responde a la serie del personaje Mario Conde, ese policía cínico y aborrecido, aunque enamorado de la vida, que nos pinta un cuadro de la sociedad cubana actual.

Me llamó la atención que Padura le destinara ahora a su personaje la tarea de indagar el pasado, y no los asesinatos y otros asuntos del día a día que suelen investigar los detectives. Ese vuelco a la historia lo justifica Padura al decir que, “voy al pasado como forma de entender el presente”. E insiste en que esta es una fase “más ambiciosa” en su trabajo literario.

Por supuesto, sonreí y pensé de inmediato en la conocida frase de Dávila: “entrevisto al pasado sobre problemas del presente”.

Vemos entonces que la historia puede ser, y ha sido, tratada no únicamente desde su propia disciplina, sino desde otras, en los casos de Padura y Dávila, la literatura, si nos atenemos al decir de García Márquez de que el periodismo es un género literario, algo ya confirmado en la otorgación del Premio Nobel de Literatura a la periodista Svetlana Alexiévich.

El nuevo libro de nuestro colega –titulado “Lenguaje, género e historia”- está enmarcado en el “periodismo histórico”, que es, también, una fase “más ambiciosa” del oficio periodístico.

Son dos reportajes extensos en los que muestra a los lectores del siglo XXI, en el primero, el asunto del género en el lenguaje, y en el segundo, el papel relevante de la mujer en un período histórico de la humanidad. En ambos reportajes hay noticias sorprendentes.

En su primera investigación, titulada “El fuego y la llama”, hace Dávila una reconstrucción histórica y filológica del género femenino en la gramática que, en virtud del estilo diáfano y cautivador del autor, nos permite comprender en parte los graves desentendidos que hoy día suceden por causa del idioma, creadores de profundas desavenencias que, una vez leído el reportaje, se revelan algunas de ellas innecesarias. Como debe ser toda nota periodística, Dávila aporta al esclarecimiento del tema que le ocupa.

En el segundo reportaje -“El largo vuelo de las palomas negras”- el veterano periodista nos trae al presente la importancia de sucesos que arrancaron hace 5,000 años en Egipto, hasta conducirnos en su faena investigativa sobre la posición de la mujer, a la Grecia antigua, y nos provee ejemplos específicos de cómo la intervención y participación de la mujer, en múltiples ocasiones, provocó el giro histórico necesario y afirmaron la democracia ateniense, la fundación de ciudades, dinastías y otras cosas que ya ustedes leerán.

Al destacar la relevancia que ha ocupado la mujer en la historia, pese a sus opresiones y al intento fallido para que se olvide, el periodista cumple uno de los objetivos del periodismo, que es “descubrir la verdad para que el mundo pueda cambiar”, según la definición de periodismo de investigación que hace el teórico Mark Lee Hunter.

Y así como la prensa es una fuente de la historia, la historia también lo es para el periodismo. Para Dávila no es nuevo el ejercicio de esta especialidad de periodismo histórico en el género de reportaje.

En el año 2000 publicó el libro “Foxardo 1824”, en el que nos narra los incidentes que rodearon la invasión a Fajardo del almirante David Porter y los barcos de la Armada de la entonces emergente potencia del norte y las desdichas de este soldado en su viaje por el Caribe, y sus repercusiones.

El recuento, que encanta como una novela de intriga internacional, nos conduce hacia la comprensión de los asuntos actuales de Vieques y Puerto Rico. Nos ha hecho navegar Dávila por el mar de la historia del Caribe para que no naufraguemos en el mundo turbulento en que vivimos hoy día.

El periodista “entrevista el pasado sobre problemas del presente” y en sus dos libros se muestra la pertinencia actual de los asuntos que indaga.

Otro asunto, incidental, es publicar los reportajes de investigación o históricos en libros y no en medios estandarizados, como los periódicos impresos o los digitales. Las limitaciones de espacio, además de la complejidad y complicidad de los temas, obligan a una tradición mundial de publicación, que en Puerto Rico todavía es escasa.

Hay precedentes en la Isla, claro que los hay, de libros sobre trabajos periodísticos. Nelson del Castillo, Rafael Reguero, Manny Suárez, son, entre otros en los que me incluyo, algunos de esos nombres. Pero no son suficientes ni tienen el recibimiento esperado.

Una complicación adicional para el periodismo puertorriqueño resulta el otorgamiento del Nobel a Alexiévich, por su obra periodística, también publicada en libros.

La escritora elevó el estándar de lo que se espera de un periodista, así como ya lo hizo en su momento la investigación Watergate, y un año antes “Los papeles del Pentágono”.

Permítanme una digresión en este punto. Recién he descubierto la deuda gigante que tiene Alexiévich con el periodista y novelista ruso Vasili Grossman, quien, como corresponsal en la Segunda Guerra de una revista del ejército soviético, fue el primero en informar al mundo sobre el genocidio judío.

El trabajo periodístico de Grossman fue inmenso y es fuente para la historia. Y lo resalto para destacar el concepto de deuda.

Un legado se deja para continuar avanzando desde él, aunque no sea en esa misma dirección. Una tradición conocida puede ser acogida, criticada o redirigida. Pero primero hay que, forzosamente, conocerla.

Hay dos síndromes que los periodistas debemos evitar: el del olvido, que nos reduce a ver cada situación como si ocurriese por primera vez; y el de Procusto, aquel infame ser de la mitología griega que reducía a todos a su propios parámetros para no obligarse a reconocer la particularidad o excelencia del Otro.

Si bien las redacciones de los medios y las escuelas de comunicaciones se rehicieron en conformidad con las nuevas tendencias investigativas de los años 70, con la llegada del mundo digital y las redes sociales no se ha logrado en Puerto Rico exponencial los contenidos de aquella nueva manera de hacer periodismo.

Tal vez sea por el apego que todavía, como niños con juguete nuevo, se le tiene a la tecnología, relegando, reduciendo y no comprendiendo bien aun el mensaje importante que permite divulgar. La realidad es que ahora “comunicamos comunicabilidad”, “nada esencial”, la “política del espectáculo”, “el vacío”, que son frases sobre el tema del filósofo coreano Byung-Chul-Han.

Un referente ineludible al comentar la obra de Dávila es el periodista polaco Ryszard Kapuscinski. Ambos, por cierto, comparten la admiración por el historiador Heródoto.

No es casualidad. “Todo periodista es un historiador”, ha sostenido Kapuscinski, y Dávila es prueba viva de ello.

Ambos periodistas tienen una extensa perspectiva del mundo, ambos tienen una disciplina social desde la cual mirar al mundo, ambos miran “el horizonte trascendental” (Byung-Chul-Han), que hemos ido perdiendo los periodistas. Y también, ambos escritores poseen una intención social al publicar. Pero además, estos dos señores periodistas le temen al olvido.

En este nuevo libro, Jesús “marcha tierra adentro”, como Jenofonte cuenta de sí mismo en el Anábasis, esa crónica de guerra sobre la marcha de 10,000 soldados griegos, que me recuerda un poco el reportaje de Norman Mailer sobre la marcha hacia Washington, y a todos aquellos escritores del Nuevo Periodismo, como Tom Wolfe, Gay Talese, Rodolfo Walsh y otros, aunque sin inmiscuirse Jesús de la manera tan protagónica en que estos lo hacen, pero cuya presencia constante se destaca al comentar y hacer el análisis que le permite la evidencia.

Precisamente, el libro “la marcha de los 10,000”, o Anábasis, palabra griega que significa “marcha tierra adentro”, es también fuente de información para Jesús, a quien muchas veces he visto marchar como si él, solito, fuese un ejército de 10,000 hombres en busca de una verdad que se oculta.

De cierta forma, al titular esta presentación “La marcha tierra adentro de Jesús Dávila: sus entrevistas al pasado”, también he querido jugar un poco con lo que la frase “ir tierra adentro” significa comúnmente en Puerto Rico. Reconocemos que nuestra “tierra adentro” encierra al pasado, al jíbaro, a unos valores importantes de los que sentimos nostalgia.

El libro “Lenguaje, género, e historia” se inserta en ese afán de divulgar las notas de manera como lo hacen “otros oficios de la palabra”, al decir del propio Jesús, una alusión muy elegante y sobria a nuestros hermanos géneros literarios.

De las notas diarias de Jesús siempre resalta su buen estilo y la coherencia de su razonamiento. En esta larga obra se mantienen esas cualidades.

Ahora bien, el aspecto que deseo destacar del libro que esta noche discutimos es la virtud ética. Y les cuento por qué.

El periodismo no es solo un ejercicio de la libertad de expresión, ya de por sí importante.

El periodismo surgió hace varios siglos porque hubo desigualdades que combatir, injusticias que denunciar y deformaciones políticas que corregir, y por supuesto, porque hubo los medios tecnológicos para hacerlo.

Y hoy, como ayer, siguen siendo sus principales tareas.

Pero esas tareas solo son posible desde la virtud ética. Y Jesús, nuestro Jesús, ese que está en medio de nosotros, no solo ejerce esa libertad de expresión que ha costado sangre, sudor y lágrimas a la humanidad, sino que la ejerce en función de todos los principios morales que él alberga y que todos aquí conocemos muy bien.

No pretendo sacralizar el ejercicio periodístico y menos beatificar a Jesús. ¡Dios me libre! El periodismo es una tarea que se ejercita al amparo de los estados políticos democráticos, laicos. La ética, no obstante, secular o religiosa, no importa de donde emane su fuente, es intrínseca al ejercicio periodístico porque es lo que lo mueve.

No es fácil explicarlo, ni tenemos el tiempo aquí para intentarlo, pero no me es posible pensar que detrás de cada nota periodística no haya una intención moral como condición de posibilidad. Si acaso, debería haberla, y es mi punto de vista, una ética desde “el sentido de la tierra”, de la inmanencia, de la mortalidad.

Los libros de Dávila van bien acompañados en esas intenciones. Su preocupación por el pasado, es decir, por devolvernos la memoria, nos permite afrontar el presente y mirar el futuro de una manera más ética, más sabia y más próspera.

Permítanme citar al autor cuando describe su tarea: “Combatir el olvido, buscar las causas de las cosas, aprender lo que puedan tener en común en la experiencia humana, estudiar los protagonistas históricos para ver cómo enfrentaron las fuerzas del cambio no deseado y cómo sembraron las fuerzas del porvenir y, finalmente, mirar el pasado para hallar aquello útil en el presente; todas esas cosas maravillosas se convierten en herramientas conceptuales que combino con las herramientas del oficio”.

El periodismo histórico, según los investigadores Aguilera y Durán en 2014, es una especialidad muy reciente. El género combate el “pacto de amnesia” que pueda formularse en torno a hechos pasados que pueden ser inconvenientes para algunos sectores en el presente.

Estos investigadores han sostenido que “el periodismo histórico tiene su propio estilo, fuentes, géneros, formación y comienza a crear su propio espacio, por lo que debe considerarse como un ámbito más del periodismo especializado como ocurre con el político, el económico, el deportivo”.

Más aun, afirman que este periodismo incluso puede llegar a superar la limitación del género y llegar a la producción histórica, que es, sin duda, el caso de los libros de Dávila.

Mi colega y amigo Jesús es, de manera definitiva, un pionero de ese periodismo histórico.

Muchas gracias por escucharme.

*Ponencia leída el 7 de diciembre de 2017 en la librería Casa Norberto, en San Juan, en presentación del libro “Lenguaje, género e historia”, del periodista Jesús Dávila.

Foto por Obed Betancourt

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