Por Obed Betancourt
La ira heroica de este guerrero causó incontables desgracias entre sus oponentes. Los primeros 32 que enfrentó, no contemos de momento el primero, cayeron incapaces no sólo de lograr una victoria, aunque fuese pírrica, sino de terminar el pleito de pie. Después, pocos lo lograrían. Valerosos como él los hubo, pero no tan diestros.
El héroe de su tiempo lo es para todos los tiempos, mostró muy temprano Homero, al cantar la ira del pélida Aquileo, de orgullo tan grande que todo un ejército se escudó tras él, cobijado a su sombra mientras en la arena él defendía su invicto, su orgullo intacto y en agradecimiento por la batalla, por estar en batalla. Pero los años son el enemigo de la heroicidad y Aquileo -como Schubert, Kafka, Rimbaud, Hugo Margenat, Van Gogh, Clemente y otros tantos héroes- de alguna manera supo que sólo una vida corta lo convertiría en leyenda. “Una muerte hermosa honra toda una vida”, aseguraba Petrarca. La tensión sobreviene entonces, si mantener esos actos heroicos cuyo único destino posible es enfrentar su final tempranamente o distanciar la muerte al dejar que la heroicidad vaya languideciendo en aras de tener una vida placentera, pastoril. Hay algo de decisión en ello.
Sobrevivir al último acto heroico tampoco es de los héroes que mueren lejos, por ser errantes, parece advertir Homero, pues son figuras trágicas, en conflicto consigo mismo y con todo lo que les rodea. Pero los tiempos cambian y hoy tenemos héroes vivos olvidados, envejecidos, que lograron ser leyendas al mismo tiempo que héroes, pero que el paso del tiempo los redujo a suceso histórico, a memoria deportiva, a recuerdo de mejores tiempos, a vídeo de Youtube, a entrada en Wikipedia, a muchachos de su casa.
La gesta de un héroe, como la de Roldán, solo es posible cuando la precisión de sus actos la inflama la ficción, el rumor, el deseo y la necesidad, la exageración y el ocultamiento. Por eso en esta época de transparencia total es tan difícil convertirse en leyenda. Veo mi apreciación confirmada cuando El Mío Cid, Ruy Díaz de Vivar -en la novela Sidi, de Pérez Reverte- se resiste a la insistencia de su familiar Minaya para que, por ser leyenda viva, le hable a la tropa que le acompaña durante el acecho a una banda de moros que buscan desalojar del norte de Guadamiel. “Las leyendas sólo sobreviven vistas de lejos”, le responde el Mío Cid. Es decir, sin los detalles que evidencien aquellas pobrezas de la condición humana. ¿Acaso no tambalea el mito de Bolívar, en El general en su laberinto -de García Márquez- al darnos su aya los detalles excrementales del general derrotado, envejecido, enfermo y camino a un exilio al que tampoco llegó? Grande, sin embargo, visto desde la distancia.
Más que una “bazooka”, realmente llevaba “dinamita” en sus puños el expugilista Wilfredo Gómez. Una explosividad de irremisible destrucción que recuerda, en su evocación demoledora, la caída de montañas, muros y ciudades. El estruendo de las trompetas de Jericó se escuchaban salir de los puños del llamado “Bazooka”.
“Dinamita” fue el apodo que cargó más temprano en su vida el joven boxeador, décadas antes que lo cargara igualmente el boxeador mexicano Juan Manuel Márquez. Gómez llegó a pelear y vencer en su época de aficionado a su tocayo y compatriota tricampeón Wilfred “El Radar” Benítez (el boxeador de menos edad que obtuvo un campeonato mundial, con 17 años, tan olvidado como Gómez), reveló en amena charla con este reportero, mientras autografiaba libros en la Librería Laberinto, en el Viejo San Juan, apenas un día antes de los combates Mayweather-McGregor y Cotto-Kamigai, en el que cada vencedor aportó un granito exacto de arena a sus respectivas fojas.
El apodo “Bazooka” sobrevivió a fuerza de notas de prensa del reportero que lo rebautizó, y si recibió el apoyo del pueblo debió ser porque en aquellas mentes estaban frescos los destrozos que causó el armamento militar de EE.UU. en Viet Nam. De bazookazos también saben los latinoamericanos y sus palacios de gobierno, edificaciones identificadas más con los sanguinarios que protegían que por ser víctimas, excepto el chileno Palacio La Moneda, que cayó víctima del abuso militar de un nuevo sanguinario. Uno que otro bazookazo lanzado en otros lares fue aplaudido por grandes sectores vulnerados, cuando ha sido en desagravio, por justicia o catarsis.
Los mismos puños que destrozaron a más de un boxeador durante 15 años justos, ahora se dedicaban a acariciar con delicadeza el papel de un libro que expone al público una vida abierta, tanto de sus virtudes como de sus debilidades, A Fire Burns Within: The Miraculous Journey of Wilfredo ‘Bazooka’ Gómez, escrito por el periodista Christian Giudice. Sus dedos gruesos no tenían dificultad en afirmar con precisión un frágil y común bolígrafo que por momentos parecía desaparecer entre sus manos. Su caligrafía me sorprendió, sin embargo. Clara, cursiva y siempre con un mensaje de empatía y lo que parecía una permanente y leve sonrisa, aunque yo no pondría mi mano al fuego para asegurarlo, enmarcada, eso sí, en un rostro en el que se han ido empequeñeciendo sus rasgos mientras el resto de su humanidad aumenta peligrosamente.
No se veía mal a sus 60 años de edad el hijo de Jacobo el taxista y la ama de casa Julia. Ni para la vida que decidió de dar más o mejores golpes de los que recibía. Pocas arrugas, mirada clara, con cabellera suficiente, sin canas que delaten su edad y atento a lo que escucha, ni problemas para comentar cualquier cosa que se le pregunte, aunque con una voz ronca y esforzada en la que las vocales graves no logran escucharse.
Se le hace ver lo bien de su condición general, pues ha tenido varios episodios de enfermedad y responde el cumplido. “Tú también te ves bien”, dice cuando se entera que en ese momento coincidimos en edad. “¿Qué haces para mantenerte delgado?”, pregunta, pero no respondo. No sería justo explicarle el ascetismo que sigo, de una culpabilidad obsesiva y que por años él practicó, aunque sufrir ese tormento no estuvo adentrado de manera suficiente en su naturaleza. Pocos años después su salud volvería a deteriorarse de tal manera que muchos empeñaron su suerte a las oraciones que le prodigaban. Un puñado de seguidores, menos de los que cualquiera hubiera esperado y merecido, se sentó a su alrededor en el local, única librería que sobrevive en el Viejo San Juan, pero que llegó a tener cuatro simultáneamente, ciudad murada que logró que pocas cosas entrasen, como los enemigos del imperio español, pero también fue poco lo que permitió salir, como el desarrollo de un pueblo.
Su conocido instinto para dar el remate (killer instinct) necesario en el momento justo en que detectaba la herida de su oponente, como si fuera un experto aplicándole la kairotanasia al que se atrevió enfrentarlo, se reducía ahora a acertar en el papel el nombre del comprador del libro y algunas palabras de agradecimiento. Nadie quiere ser olvidado y en este momento de su vida es la bondad y no la elegante y mortífera violencia desplegada sobre el ring su manera de prolongar su recuerdo. No sirve para estos propósitos abrir un restaurante con su nombre o un club nocturno y saltar de mesa en mesa saludando a los que quieren ver al campeón, para eso se requieren otras cualidades y necesidades, como las tuvo el ex campeón mediano, comediante y actor Giacobbe La Motta o Jake (Bronx Bull) LaMotta, que de fiero toro habíase convertido en simpático y saltarín ternero.
“Dinamita” Gómez fue exaltado al International Boxing Hall of Fame en 1995, en ese momento apenas el quinto en ingresar de manera unánime en su primer año de elegibilidad, de la misma manera que ingresaría el catcher Iván “Pudge” Rodríguez al Baseball Hall of Fame, no por actos sobresalientes, como otros que yacen en esos olimpos, sino por un desempeño tan extraordinario que los colocó justo en la punta de la pirámide, en la diminuta piñata de los fuera de serie.
Jacinto Fuentes logró lo que ningún otro boxeador que se enfrentó posteriormente a Gómez, que se le reconociese como un igual. Fue el debut profesional de “Dinamita” Gómez el 16 de noviembre de 1974 en Panamá, y terminó empate la inusual pelea a seis asaltos en el peso supergallo. Ese mismo año, en agosto, Gómez había logrado el oro de su peso gallo en el Primer Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado, celebrado en Cuba, imponiéndose por KO ¡en todos sus combates! Y apenas meses antes, en marzo, fue mero entrenamiento su presea dorada en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. En la semifinal de esos Juegos, había vencido nada menos que al campeón olímpico de 1972, el cubano Orlando Martínez. Fue un 1974 de oro para El Niño de Las Monjas, una barriada pobre aledaña al sector financiero de Hato Rey conocido como la Milla de Oro. A los 15 años había acudido a los Juegos Olímpicos en Munich, aunque en las 112 libras, pero el Niño de Las Monjas cayó vencido en su primer combate ante un hombre 10 años mayor que él y que peleaba en su segunda olimpíada. Lo que no debe pasar por alto es que Gómez era tan buen boxeador a esa tierna edad que logró cualificar para pelear en unas Olimpíadas. No todo deportista tiene las destrezas tan pulidas como para colocarse en unos juegos de ese nivel. Ser un “olímpico” ya es medalla suficiente. Lo que se dirime en esos juegos o en los mundiales es quién, dentro de esa élite, es el mejor.
Gómez no esperó completar un nuevo ciclo con las Olimpíadas en Montreal, 1976, sino que inmediatamente después del Mundial firmó profesional, a los 18 años, y dos meses después hacía su primera pelea profesional. Pero fue un mal debut para alguien tan extraordinario, debe advertirse. Era el cuarto combate del mañoso Fuentes (con récord 2-1), cinco años mayor que Gómez. En su previo combate, Fuentes había sufrido su primera derrota, por puntos, contra quien luego sería otro extraordinario campeón, el panameño Eusebio “El Alacrán” Pedrosa, que llegó a defender 19 veces el título pluma y cuyo recuerdo igualmente yace consagrado en el Olimpo del boxeo profesional. Era, para más, la quinta pelea del invicto Pedroza, que no pudo noquear a Fuentes. Pero en esa derrota, Fuentes debió aprender bastante.
Sin datos apenas en el archivo de Boxstat, como altura, alcance, peso y ni siquiera una foto, Fuentes, que demostró ser un valiente y algo traía en su boxeo, debió ser más grande físicamente que Gómez, y de hecho terminó peleando en mayores categorías. Luce que no debió ser el primer combate para Gómez. Desafortunadamente, no se me ocurrió preguntarle a “Dinamita” Gómez sobre las circunstancias de esa pelea. Otra vez será. En la revancha, apenas siete meses después, el 21 de junio de 1975, Gómez (ya con 5 victorias al hilo, sin derrotas y el miserable empate) lo noqueó en dos asaltos. Y ahí es donde comienza la historia. En tan corto interín, el boricua había hilvanado sus cinco victorias antes del límite. De todos modos, Fuentes ya había logrado inscribirse, sin saberlo nadie todavía, en los anales del boxeo con el empate contra el que luego sería el más grande de todos los pesos supergallo de la historia. La triste vida boxística de Fuentes terminó con un palmarés de 10 victorias, 11 derrotas y el empate que le hizo famoso. Era un mal momento para ser un boxeador de esos pesos bajos si no eras extraordinario, tan distinto a hoy en día.
El empate sólo había encendido la mecha de “Dinamita” Gómez, su ira. Desde ese momento, noquearía a sus próximos 32 oponentes. Diez años justos después de reivindicar aquel empate, Gómez había conquistado tres diademas de campeón en distintos pesos (122, 126, 130) y establecido un récord de 17 defensas corridas ganadas todas por nocaut de su título supergallo. Esta hazaña no ha sido igualada por ningún campeón en ningún peso. Además, su racha de 32 victorias corridas ganadas todas por nocaut (knock-out, KO) lo coloca -entre los boxeadores que han sido campeones mundiales- en el primer puesto, récord que sólo décadas después alcanzó el excampeón pesado Deontay Wilder.
Era imposible ser tan dominante, especialmente cuando habían dos organizaciones de boxeo rigiendo el negocio, la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y el Consejo Mundial de Boxeo (CMB), lo que hacía más difícil optar y ganar un campeonato. El boxeador que peleara por el campeonato usualmente era el primero en el ranking, y debió vencer antes a los mejores de su división para colocarse como digno retador. El campeón siempre enfrentaba al mejor, no al que tenía un buen equipo de mercadeo. Eran, ciertamente, campeones y rivales con mejor lustre, hasta que en el 1983 se formó la Federación Internacional de Boxeo, tan involucrada en fraudes en alguna época. Más tarde se fundaría la Organización Mundial de Boxeo (OMB), tal vez para asegurar que se tomara en cuenta a los boxeadores puertorriqueños, que entonces eran evadidos.
Gómez se retiró en el 1989, luego de 15 años de carrera y 48 combates, un promedio de 3.2 peleas al año o 16 peleas cada cinco años, sin bultos que le echaran para engrosar su foja, sino con los mejores disponibles. Tuvo un palmarés de 44 victorias (de las cuales 42 fueron por nocaut), un empate y tres derrotas. Es decir, en el 95.5% de sus victorias Gómez no permitió que el aspirante terminara de pie o continuara la batalla antes de llegar al límite, una de las más altas en toda la historia del boxeo. Además, ganar el 91.7% de todas sus peleas lo debió colocar entre los invencibles. Pocos, de entre miles de campeones en toda la historia del pugilismo, ostentaron tanto dominio sobre sus rivales, sin embargo, en Puerto Rico sólo se le considera entre sus mejores campeones, cuando es absolutamente el mejor, y en el mundo se le niega ser uno de los más grandes de todos los tiempos. Y todo por una derrota, cimera, por supuesto, pero una que le ha perseguido toda su vida, peor que una sombra porque hasta en las noches más oscuras lo asecha.
Cuando algún boxeador del patio aspira o defiende alguna corona, emerge de las aguas memoriosas la figura de Gómez, nuevamente, pero no con la fuerza y limpieza de una escultura de bronce (que, por cierto, aún le debemos), sino con la mancha de su derrota, como característica desagradable de un pueblo que no reconoce ni agradece a sus héroes. Otros campeones boricuas perdieron de peor manera o más veces, aunque fueron perdonados, pero de Gómez se esperaba el eterno invicto, la santidad. Así de grande fueron las expectativas que de él se tenía. De cierta manera, ahora lo veo, era un reconocimiento a las habilidades que tenía. Todos sabíamos que, si se preparaba bien, no había quien lo venciera. Pero fue derrotado.
¿Derrotas?, ¿qué derrotas? Fueron sombras causadas por un recurrente eclipse, descubriremos después. Homero nos recuerda en La Ilíada que antes de diezmar a los troyanos, Aquileo se negó a seguir luchando contra ellos hasta que Agamenón, su rey, le desagraviara por arrebatarle la mano de la joven Briseida, ganada por el hijo de Peleo y la nereida Tetis en buena lid. Antes de ir finalmente contra todos, Aquiles había ido contra si y los suyos. Gómez también iría, muchas veces, contra si mismo y contra los suyos y en esos casos perdería lo mejor que tuvo, su condición física, su fuerza y su ira.
Las hazañas de “Dinamita” Gómez fueron dignas de uno de los mejores. Sugar Ray Robinson vino a perder su primera pelea en su 41er combate, precisamente contra LaMotta, que cargó con 16 libras más que el campeón. LaMotta no era el mejor ni el peor de todos los combatientes medianos (el Sugar comenzó en el peso welter, 147 libras, el mediano es 160 libras), pero era un toro salvaje sobre el ring al que resultaba difícil coger por los cuernos. Si no lograbas hacerlo temprano en la pelea, llegaría el momento en que te fajaba. Estos dos llegaron a pelear dos veces consecutivas con semanas de diferencia, de las seis veces que se enfrentaron. Sugar Ray, nacido como Walker Smith, inició su carrera en 1940 y sumó 19 derrotas en 202 combates al irse a descansar a su casa en 1965 y morir en 1989, a los 67 años de edad.
Gómez encontró en el 33 su número de la mala suerte. La cifra que para los cristianos representa la redención de sus vidas, es igualmente el de la muerte y el de comenzar otros caminos. Nos lo recuerda Dante: “En medio del camino de nuestra vida me encontré en un oscuro bosque, ya que la vía recta estaba perdida”. Oráculo a consultar pudieron ser sus versos siguientes: “tan somnoliento estaba en aquel punto, que el verdadero camino abandoné”. Gómez también.
La derrota de “Dinamita” Gómez ante Salvador Sánchez por la corona de las 126 libras fue tan humillante como imposible, según los apostadores de Las Vegas, que se quedaron chuchos. No se le llama derrota a lo que no fue una pelea. Sánchez, fiel a si mismo, a su mote de Mr. Pulmones, a su disciplina espartana y científica, se preparó para incrementar sus habilidades, muchas, y hacer la pelea más grande de su vida. Se preparó para vencer y venció demasiado fácil al invencible.
La pelea debió ser una lucha entre dos titanes, activa, dos gladiadores dilucidando qué orgullo permanecería de pie frente a todos los acantilados, visto desde el mar, reluciente como un faro en la noche. Pero no lo fue. No fue una pelea auténtica. Fue una paliza. Nada para dejar a la interpretación o a la duda. Fue perfecta, definitiva, como lo fueron también Durán-Leonard (la primera), Dempsey-Tunney, Alí-Frazier (la segunda), Alí-Foreman, y tantas otras peleas como mejores ejemplos. De la indiscutible victoria de cada uno sobre su némesis surgieron resurrectos en su prueba sangrienta. No fueron peleas que evocan libros abiertos, sujetos a las interpretaciones y por siempre inacabados, como poemas. Fueron perfectas, definitivas como la geometría euclidiana.
“Dinamita” Gómez no fue ni una sombra pálida de lo que debió ser esa noche. Ni siquiera encajó una derrota orgullosa. Tampoco la hizo pagar cara. Mejor lucharon los troyanos contra los aqueos en su derrota. Nos recuerda Borges que, en La Eneida, Virgilio no escribe que Troya fue destruida, sino que “Troya fue”. En la pelea con Sánchez, “Gómez fue”. Las derrotas originan grandes poemas, como la Canción de Roldán, por ejemplo, atina con esa visión que nunca perdió el argentino de todos los tiempos. Aunque no estoy seguro que una gesta perdida en boxeo suscite alguna leyenda, si bien algunas derrotas son legendarias, como esta de Gómez
No se puede estimar con exactitud cuánto aprendió Gómez de esa pelea, pero con certeza sí podemos decir que “se revela un saber” (Jean Joseph Goux). Gómez llegaba con una herida que a ese momento había sido indetectada, de esas difíciles de sanar, de las que van abriéndose poco a poco a través de los años y terminan tomando carta de naturaleza por su recurrencia.
No fue una derrota porque no hubo un combate. En mi libro esa pelea lleva aparejado un asterisco del tamaño de una isla hundida, del tamaño de la Atlántida, la doy por no vista, no celebrada siquiera. Sin desmerecer, por supuesto, al gladiador muerto en un accidente mientras conducía su Porsche a causa del frenesí hormonal de su juventud, camino a San Luis Potosí, que cumplió con demostrar lo que tenía. Nadie que haya vencido dos veces al pegador Danny “el Coloradito” López pasa sin pena ni gloria, aun con su vidriosa quijada. El boricua Juan LaPorte le aguantó a Salvador todo lo que este le conectó durante 15 asaltos, inclusive le ganó unos cuantos rounds y logró responderle bastante bien y con fuerza, y ni siquiera el guayamesano de Brooklyn se caracterizaba por tener una pegada mortífera o una técnica depurada. Además, era apenas la 17ma pelea en la carrera de LaPorte (15-2), mientras Sánchez se presentó a su 39na (37-1-1). Dos años después (1982), LaPorte caería vencido por decisión ante el Alacrán Pedroza (32-3).
Gómez (40-1-1, 40 KO) vencería a Laporte por decisión unánime en 1984 y le quitaría el cinturón pluma que, una ironía, le había pertenecido al difunto Sánchez y así “Dinamita” se agenció su segunda corona. Esta fue la primera victoria de “Papo”, como es conocido por su familia y amigos, por decisión. Vale decir, LaPorte siempre fue un monolito difícil de desgranar. En 1985 Gómez ganó su tercer título (130 libras) al vencer, por mayoría, a Rocky Lockdrige. Lo perdió ante Layne, y luego de noquear a dos más, se retiró. Veamos un pequeño detalle. Gómez jamás perdió una sola pelea en las 122 libras, y todas esas victorias fueron por KO. De sus victorias, sólo se salvaron del cloroformo que emanaba de sus puños dos boxeadores y en pesos más altos, LaPorte en las 126 y Lockridge en las 130. Sus derrotas, ante Sánchez, Azumah Nelson y Alfredo Layne fueron todas en esos pesos mayores. Aunque, no fueron esas categorías el problema de Gómez, sino su indisciplina.
Un buen ejemplo de lo que debió ocurrir en Gómez-Sánchez lo muestra la pelea Becerra-Sánchez. Becerra le ganó una decisión dividida a Sal en el 1977 por el título gallo mexicano. Sal entonces marchaba invicto en 18 peleas y 18 K0 y Becerra había noqueado a 17 de sus 25 oponentes, con apenas dos derrotas. Becerra, otro pequeño toro salvaje, sencillamente le cortó el paso, lo asedió con su fuerza y con sus fuertes golpes machacó sus planos bajos, sus brazos, y lo llevó a las sogas, donde Mr. Pulmones no pudo desplegar sus largos brazos, su velocidad y su técnica, más bien, se puso en survival-mode, se afirma en la página boxingforum24.com. Los golpes sufridos le restaron su estámina. Sin tener la habilidad técnica de la que disponía Gómez y menos con su poder anestesiante, Becerra logró vencerlo. Debió pensarse plausiblemente que esa sería la estrategia que Gómez seguiría, que le sumaba a su buena técnica unos envidiosos y mortales pasos laterales. Pero no hubo tal estrategia porque esta presupone una preparación previa que Gómez no hizo, al menos para equilibrar las fuerzas, para que una derrota no se viese como tal sino como una dura pelea entre gladiadores del mismo nivel.
Al combate no se presentó “Dinamita” Gómez, para entonces rebautizado “Bazooka”, sino un tipo valiente que nunca rehuyó combate llamado Wilfredo Gómez, natural de la barriada Las Monjas en Hato Rey, amanecido, porque nadie recupera las noches perdidas que, en su caso, pintaron un negro telón de fondo que de tan amplio nubló el escenario en que se presentaba. La dinamita la había dejado muchos meses atrás almacenada en el gimnasio, humedecida. Quien ha practicado algún deporte, de tiro, por ejemplo, con armas de fuego o con flecha, sabe que cada día de entrenamiento es el día en que la expectativa de que una bala o flecha divida en dos la anterior disparada se logre. Para eso se practica, para rajar el mundo por la misma mitad.
En los meses previos a la gran batalla Gómez había estado practicando con otro armamento que no era de combate, al menos, no aquél combate que le esperaba. Como Eneas y la Sibila, Gómez y su acompañante “iban oscuros bajo la solitaria noche por la sombra” (La Eneida), como fugitivos intentando escapar de sus obligaciones, como dejados de la mano de los dioses que les amparaban. O demasiado desatento Gómez a la profecía muy popular que advierte que por no ser las ninfas seres inmortales, te arrastrarán a la morada a la que están sujetas y de la que no podrás salir.
Contrario a lo que ocurre en los mitos griegos, en los que las diosas ayudan a la victoria, en esta ocasión aquellos espíritus divinos fueron su perdición. Si acaso, fue lo que el canto de las sirenas para los antiguos navegantes, quienes, seducidos por sus cantos y enloquecidos, terminaban estrellándose contra las rocas. Es una historia que tiene varios nombres y apellidos, pero a nadie le interesa, pues con otros nombres y apellidos el resultado hubiese sido el mismo. Tantos fenómenos impredecibles y atractivos que no podía dominar ocurrían a su alrededor que el Niño de la barriada Las Monjas no supo qué dioses los causaban para congraciarse con ellos, rendirle homenajes y hacer los sacrificios necesarios para que lo favorecieran.
En el fondo, su herida sólo mostraba a un ser que, como dice Walt Whitman en un verso, no se pone “el índice en los labios”, no prejuicia demasiado los márgenes que recorrió o los defectos, ni los vicios. “Nada es igual y todo es bueno”, estableció Whitman. Gómez no quiso atarse al mástil, como Ulises, para evitar el efecto del canto de las sirenas. Sal luego se adentraría con maestría en esa oscuridad que entonces era Gómez y lo vencería. No le tuvo miedo a ese “amor al hierro” (La Eneida) que el guerrero y belicoso Gómez tenía.
No hubo desdicha en ese destino de Gómez, solo el resultado de lo que hacía. Tampoco tuvo la suerte que quería y acompañara el valor que le sobraba. El azar, la suerte, como un puño poderoso arrojado en desespero, en su Isla también dejaría.
Los héroes lo son en corto tiempo y mueren temprano, por un error fatal, una flaqueza, temeridad, un vicio o mero destino. Gómez mostró una flaqueza, que perduraría ocasionalmente, y vista apenas a los siete años de haberse iniciado en el boxeo rentado, cuando enfrentó a Sánchez en el 1981. Apenas tres años antes, “Dinamita” Gómez anticipó por un día el regalo de su 22do cumpleaños al noquear en el quinto asalto al temido Carlos Zárate, el Cañas, quien llegó a su primera derrota con un récord de 52 victorias, 51 de ellas por nocaut. Además, era alto, dominante a la distancia como un Tommy (The Hitman) Hearns de los pesos chicos, un rostro severo y de aspecto temible con el cual ya vencía a la mitad de sus oponentes y quien posiblemente subía al tinglado cantando en su mente la inolvidable marcha mexicana Zacatecas: “Prestos estad a combatir/ oíd llamar suena el clarín/ las armas pronto preparad/ y la victoria disputad./ Prestos estad suena el clarín / anuncia ya próxima lid/ vibrando está su clamor./ Marchemos ya con valor./ Sí, a lidiar marcharemos/ que es hora ya de combatir/ con fiero ardor, con gran valor/ hasta vencer, hasta vencer./ Hasta morir.” Fue Gómez para Zárate lo que Foreman para Frazier, Hagler para Hearns y Tyson para Berbick: pura demostración de poder.
El Cañas era el campeón indiscutido de las 118 libras y lucía imbatible como un látigo de acero azotando de lejos . Gómez, que entonces hilaba 21 victorias por nocaut en 21 combates victoriosos en las 122, lucía como un pequeño acorazado. A sus cuatro años en la profesión ya era considerado el mejor en esos pesos chicos y defendía por quinta vez su reino. Jamás un combate de boxeo vio enfrentarse a dos gladiadores con tanto poder. Ambos sumaban en ese momento 73 combates ganados, 72 por la vía del cloroformo, y sin una sola derrota. Nadie jamás vio algo parecido. Al final de sus días, ambos reportaron 110 victorias, 105 de ellas por nocaut. Un enfrentamiento comparable fue el de Tito Trinidad con el mexicano Yori Boy Campas. Invictos, llegaron al combate con 79 victorias, 69 de ellas por nocaut. Pero fue sólo eso, comparable. Gómez y Zárate inscribieron sus nombres en un peldaño más arriba, con más brillo, inalcanzable.
Las 122 libras eran un peso intermedio recientemente revitalizado (tal vez teniendo a Gómez en mente, dicen las malas lenguas). Los pesos gallo (118) que aspiraran a otro campeonato debían subir a las 126 libras (peso pluma), un descomunal salto para hombres tan pequeños. La categoría supergallo o junior pluma era un peso intermedio caído en desuso durante largas décadas. No fue sino hasta el 1976 que el Consejo Mundial de Boxeo celebró su primera pelea por el campeonato de ese peso, que ganó Rigoberto Riasco. En 1977, la Asociación Mundial de Boxeo respondió con su propia pelea de campeonato en la que Soo Hwan Hong ganó por nocaut a Héctor Carrasquilla. La Federación celebró su primer campeonato en ese peso en 1983. Gómez obtuvo el campeonato en su 17ma pelea, en 1977, ante el surcoreano Dong Kiung Yum, a quien noqueó en 12 asaltos, a pesar de la fama del asiático, que solía darle de campanazos -ding dong dung- a quien se le acercara.
Hubo muchos grandes e impresionantes campeones en ese peso: Eric “el Terrible” Morales, uno de los más extraordinarios boxeadores al ganar títulos hasta en las 140 libras, su némesis Marco Antonio Barrera (ambos comparten en estos días un show de entrevistas en los que se tiran jabs y rectos verbales que hieren más el orgullo que el rostro), Manny Pacquiao, que se hizo grande en pesos más altos, el tremendo Jeff Fenech, el poderoso Daniel Zaragoza, el glorioso guerrero Guadalupe (Lupe) “El grillo de Cuajimalpa” Pintor y el superpugilista Kennedy McKinney. Pero Wilfredo dominó ese peso como campeón por más tiempo -cinco años y diez meses- además de establecer ese imbatible récord para todos los pesos de 17 defensas corridas ganadas todas por nocaut. Es tan increíble la hazaña de Gómez que hemos olvidado su amplitud de universo. No se vence de esa manera apabullante si no se es, sencillamente, el mejor de los mejores. La revista especializada The Ring nombró a Gómez el mejor supergallo de todos los tiempos y el 13er más fuerte golpeador del siglo XX. El tercer round de su pelea con Pintor, según la revista, fue el asalto del año 1982. De 23 peleas titulares que tuvo Gómez, ganó 20, ¡18 de ellas por KO!
La edad es enemiga de convertir al héroe en leyenda si este ha fallado su rito de iniciación, ese paso de convertirse de un joven habilidoso y potencial a maravilloso adulto. En el boxeo dicho rito consiste en enfrentar al némesis y vencerlo, matar al monstruo, como nos enseñan los mitos griegos. Perseo venció a Medusa, Belerofonte a Quimera, Jasón a la serpiente de Cólcide, Teseo al Minotauro. Más cercanamente, Durán venció a Leonard porque, dijo “Manos de Piedra” tan pronto acabó la pelea, “soy más hombre que él”; Tito Trinidad a De la Hoya, porque Chicken de la Hoya se colocó nuevas pilas energizer cuando el flaco de Cupey Alto lo tocó con limón al costado en el séptimo asalto y aquél se “juyó” el resto del combate como guinea despavorida al sentir la pegada; Alí (segunda pelea) a Frazier porque era más lindo y le desfiguró el rostro feo a “Smokin Joe” para que fuese más feo; Hagler destruyó a Hearns porque un invencible sólo se vence a sí mismo. Todos estos, y otros más, aprobaron sus ritos de iniciación.
Gómez no lo logró, y quiso el destino vengativo que no lo lograra jamás. Desde entonces, en su enorme frustración y colmado de ira, dejó que su dinamita explotara en la cara de todos y cada uno de los próximos que enfrentó. La muerte, ese dios tan protector como vengativo, se encargó de evitar la revancha con Sánchez, dejando realengo a un héroe que merecía por todas sus virtudes vencer al monstruo, aprobar su rito de iniciación y convertirse en una de las leyendas más grandes jamás vistas en el boxeo. Esa victoria que él se había negado a si mismo y que luego la muerte misma le negó, fue el resultado desastroso de su arrogancia y sus flaquezas.
Ser conocido en México como “el asesino de los aztecas”, como si fuese un nuevo Hernán Cortés, no fue suficiente para convertirse en leyenda y tampoco es políticamente correcto describirlo de esa manera, ahora que todos somos defensores de los derechos de los llamados pueblos “originarios” (que no deja de ser un concepto problemático, por más empatía que tengamos con ellos). Al final de cuentas, el monstruo que era el mismo Gómez para los mexicas fue vencido por el salvador de estos, quien sí venció al monstruo y, al morir temprano, se convirtió de inmediato en leyenda, confirmando así mi teoría.
“Contra Sánchez fueron muchos los inconvenientes. Lo subestimé y me descuidé”, dice Gómez. Por supuesto, no se me pasa que lo ha repetido en entrevistas anteriores. “Dinamita” a ese momento había noqueado a 10 mexicanos, es decir, a todos los que se había enfrentado, luego añadiría otros. “Físicamente me descuidé”, agrega, y todos le creemos porque su físico era muy distinto al poderoso que presentó frente a Zárate y porque explica muy bien el resultado de la pelea, además de que su indiscreción era pública en Puerto Rico. No quiso ser como el lobo flaco, “cargado de todas las hambres” (Dante), y por eso su peligrosidad, sino que llegó henchido de si mismo al encuentro. ¿De haber entrenado en la forma que usualmente hacías, otro hubiese sido el cantar? Responde que sí. “Hubiese sido diferente. Totalmente, hubiese sido diferente”, señala sin arrogancia ni fanfarronería, sólo como una cuestión de hechos que nunca ocurrieron.
Y recuerda entonces su gran entrenamiento para enfrentarse a Lupe Pintor, un guerrero águila azteca que, de haber luchado junto a Cuauhtémoc, ese otro guerrero águila y el último tlatoani azteca, en la recuperación de su tierra ante la invasión española, habrían logrado ellos dos solitos la victoria de la resistencia mexica en la guerra de Tenochtitlán.
Saltan a la vista las semejanzas entre estos dos guerreros. Pintor, como Gómez, inició su carrera profesional en 1974. También pegaba con martillo. Noquear a 42 en sus 56 victorias lo demuestra. Fue campeón gallo y supergallo. Y también proviene de un entorno pobre, de la colonia de Jesús de Monte, en Cuajimalpa, a las afueras de la Ciudad de México. Vivió en las calles luego de huir de su padre violento y aprendió muy temprano que sólo se tenía a él y más vale que se cuidase. Con el tiempo hizo su carrera y llegó a vencer a Becerra, único vencedor de Sánchez, y a Gerald Hayes, quien venció a LaPorte. Además, tenía una capacidad de asimilar golpes como pocos. Para ganar el título gallo venció también, a duras penas (decisión dividida), a un conocido de Gómez, al Cañas Zárate, el 3 de junio de 1979, ocho meses después de la paliza del boricua al flaco como un junco.
Gómez proviene de la calle Pachín Marín de la barriada Las Monjas, un sector empobrecido cuyo origen se remonta al siglo XVIII y que en el XX, lleno de agricultores desplazados por una política pública descontrolada de industrialización, quedó atrapado en medio de una ciudad capital en expansión a la que le ha sido difícil emprender estrategias para reducir la pobreza y menos el prejuicio contra los pobres. Por estas calles en la década de 1960 repartía el periódico El Imparcial el joven Gómez, estudiaba e iba al gimnasio improvisado en la comunidad. También fue limpiabotas y ayudaba a su padre en un ventorillo que le permitía a este cuadrar los ingresos de taxista. (Ebenecer López Ruyol, Cuando subía La Marea: historia de la comunidad Las Monjas). Un carácter forjado en el trabajo y el esfuerzo suele crear un temperamento enérgico, a veces colérico, sobre todo a esas edades infantiles. No creo que a Gómez, incluso en esos años, fueran muchos los que intentaran entrometerse con él. Tal vez, pequeño como era y delgado, incitaba a algunos al bullying, pero se encontrarían con alguien con cara seria dispuesto a perderlo todo por defender su honor. “Originalmente, Wilfredo se hacía llamar el beginner, en alusión a un personaje de un anuncio de televisión de la cerveza Corona de Puerto Rico, en la cual un jibarito [Cantalicio], que alegaba no saber nada del juego de billar, le ganaba en el juego a un boricua ‘nuyorican’ recién regresado y alabancioso”. (López Ruyol).
Otros jóvenes de Las Monjas que vieron en el boxeo y el deporte (incluso varios en el fútbol) una oportunidad de salir de la pobreza, enumeradas en el libro de López Ruyol, fueron Santos Luis “Pote” Rivera, Luis Santos (excampeón de Guantes Dorados, atleta y entrenador), Ángel Luis “Papo” Guzmán (juez profesional de boxeo que participó en la pelea Chávez v. Randall, en la que el primero no sólo perdió su invicto por decisión mayoritaria y el título de las 135 libras, sino que fue enviado por primera vez a la lona). “El día más triste de mi vida”, dijo el hasta entonces invicto en 90 peleas (89 victorias y un empate). Pero días como esos los hay muchos para los mortales. El juez de Las Monjas vio ganar a Randall por el mínimo, 114-113; el juez de Las Vegas votó 116-111, Randall. Mientras, el juez mexicano la vio 114-113, Chávez. En la revancha meses después recuperó, muy controversialmente, el título. Sobre 10 años después, Randall, ya un desgaste, continuaba haciendo lucir mal a Chávez, aunque este ganó por decisión unánime.
Irónicamente, el desarrollo de la Milla de Oro desaceleró el de la barriada al promover “la desaparición de comercios y fábricas que empleaban a los residentes” de Las Monjas. (Lopez Ruyol) Muy lentamente durante la segunda mitad del Siglo XX, esta comunidad “donde se aprendía a vivir decorosamente” (op. cit.) irá cambiando la madera y el zinc de sus casas por cemento, las tablas de lavar por lavadoras de ropa, se embreará las calles y en las noches, luego de algún episodio de lluvia, las nuevas luminarias le daban un barniz brilloso a esas calles donde los niños jugaban con trompos, al esconder, yo-yo, hula-hoops, canicas, se echaban carreras o tocar el palo, cuica, volar chiringas, gallito, pelota, con juguetes de casitas y cosas de cocinar. Son juegos olvidados casi todos, pero no así el sentido de comunidad que suele crear la necesidad. Si bien puede decirse que Wilfredo Gómez fue el atleta más exitoso que produjo esta comunidad (y uno de los más grandes de todo Puerto Rico), hubo otros en Las Monjas que también se destacaron, como el boxeador de estilo técnico y elusivo Josué Márquez (de la calle Popular), que perdió en decisión mayoritaria contra Antonio Cervantes (Kid Pambelé) el 15 de febrero de 1973, aunque el boricua creía que ganó el combate. Peor aún, el padre de Josué infartó y murió allí mismo, mientas sucedía un motín en medio del ring por la controversial decisión. En su última pelea, Márquez pudo compartir el tinglado en la misma cartelera que protagonizaba su compatriota de barriada el “Dinamita” Gómez contra el mexicano Juan Antonio López.
Detendremos aquí la lista de López Ruyol, en la que hay jinetes, ciclistas, un karateca en el Salón de la Fama Mundial de las Artes Marciales, la conocida cantante Carmita Jiménez, galenos, abogados, trabajadores sociales y otros. No quiero dejar de mencionar, sin embargo, al jinete nacido en Las Monjas que se consagró en el hipismo internacional: Ángel “Junior” Cordero, uno de los más grandes de todos los tiempos y quien alcanzó la misma cúspide deportiva que Gómez. En Las Monjas había uno de los cuatro hipódromos de la capital: Quintana, Las Casas, y el Hipódromo de Santurce fueron los otros, todos ubicados en sectores pauperizados. Algo había en Las Monjas, no sólo necesidad, que impulsaba a sus residentes a luchar y superar las estrecheses en que nacieron. Tal vez, precisamente, su sentido de comunidad y ese carácter férreo que se forma en quienes tienen voluntad de cambio.
Por sus talentos es indudable que Gómez hubiera vencido a Sánchez, y si no lo logró fue porque se dedicó a cultivar sus debilidades y no a afirmar sus capacidades. Su entrenamiento lo trasladó a los hoteles de lujo, a la noche en las calles, al placer de la vida que creía merecer. Los sparrings los hizo ante delicadas mujeres que lo golpeaban con la fuerza de una caricia ensoñadora. Entonces, su mejor recto de derecha era para alcanzar los vasos de licor y su devastador gancho de izquierda lo entrenaba para darle mate a las costillas de cerdo en salsa BBQ. De sus pasos laterales podemos imaginar cómo algunas nereidas lo disfrutaron.
No entendía Gómez que a los héroes se les niega la buena vida. Para ellos se les ha separado la mala, la del trabajo, como la del empleado que si no poncha su tarjeta laboral no come y sólo acumula algunos días al año para descansar de su rutina miserable. El héroe es siempre el más sufrido, el que deja la piel “pegá”. Gómez, que llevaba desde chamaco dejando el cuero pega’o en el gimnasio para luego venderlo caro en el ring, se negó a si mismo más sufrimiento y la oportunidad de ser único entre los únicos. Lo que no sufrió preparándose por algunos meses, sin embargo, lo sufriría el resto de su vida. Pocos boxeadores en la historia han pagado tan caro una derrota. Ni siquiera Michael Gerard Tyson cuando perdió ante “Buster” Douglas, y por las mismas razones que Gómez, sufriría tanto.
Un héroe vence al oponente luego de vencer su propia naturaleza, esa que nos es tan grata a nosotros los mortales, cualquiera que sea esta, como evitar el sufrimiento, querer una vida placentera, amar, la libertad, vivir. “Dinamita” Gómez había escogido el cuadrilátero para trascender su naturaleza. Curiosamente, y en apoyo a mi teoría, el pensador Béla Hamvas relaciona la superación de si mismo con el ascetismo, “así se vuelve el hombre más fuerte que él mismo”, al romper con su propia identidad, explica. “Renunciar al yo,… renunciar al narcisismo” y convertirse en ese Otro que pugna por surgir. Nada en Gómez trascendió esa noche.
No dejó de ser el mejor, aun así, pues regresó a las 122 libras y nos dio el placer de ver una de las peleas más violentas de todos los tiempos (Gómez-Pintor) y después acumuló más cinturones. Pero su temor a sufrir en el gym recurriría y revelaría el talón de Aquiles de nuestro héroe. Si hay algún boxeador que debió ser imbatible, fue él. Pero de sus últimas cinco peleas perdió en dos nuevas ocasiones, contra Azumah Nelson y Alfredo Layne, un ganapán con suerte y narcotraficante (asesinado) el segundo y un fuertísimo boxeador sin los destellos de la gloria el primero.
Para esos combates, me asegura tristemente una fuente que más tristemente aun no puedo revelar, Gómez volvió a ser como aquel niño de Las Monjas, que sólo quería jugar en las calles y cuya rostro de inocencia al sonreír me recuerda por momentos al de Linares. Juegos que, ya de adulto, tienen mayores consecuencias, como la de no convertirse en leyenda, por ejemplo, al permitir la violación de su cuerpo, tierra sagrada para sus fanáticos.
Sus derrotas fueron causadas por sus propias debilidades más que por la mejor calidad de sus oponentes, se sabe. Pero reconozco que esa es una realidad que no puede ser aceptada tan fácilmente y tampoco debe serlo. En el papel, en la historia que se fija en blanco y negro, en la de las palabras escritas, eso fue lo que ocurrió. De todos modos, a sus adversarios no les tiene que importar las condiciones en que se presenta a la guerra el enemigo combatiente. Ellos harán lo propio para vencer, o no perder, o no ser destruido en el camino.
Esa realidad en blanco y negro, sin embargo, no la puedo reconocer porque no acoge interpretaciones, porque no tiene biografía, porque es una verdad-engaño, una verdad que esconde lo real-desconocido, porque es insuficiente, porque no la alcanza la razón y oculta su misterio. Esas derrotas sólo pueden explicarse mediante la ficción, la literatura, el misterio, para que se vea su verdad completa. Gómez se negó a ser un héroe de papel, de imprenta, de notas de periódico, un héroe en blanco y negro.
En la entrevista, “Dinamita” dejó ver claramente hasta donde llegaba su confianza como boxeador, tanta que rayaba en la soberbia, en la locura. Pensó que hasta con poco entrenamiento, en el caso contra Azumah Nelson, podía vencerlo. Con Layne ni siquiera entrenó, sólo rebajó de peso. Arriesgó Gómez en esos enfrentamientos algo más que su récord, es evidente. Sin embargo, esa es un línea de investigación que no cabe en este artículo, si nos fijamos en que arriesgó la vida sólo por estar celebrándola. No obstante, nunca faltó a sus citas, nunca pidió retrasar los combates para entrenar ni se inventó alguna lesión para cancelarlos. El problema es que, por soberbia, creía que vencería.
Podría explorarse, entonces, la ideología de “la búsqueda del honor (timé) a través del riesgo”. (Óscar Martínez García, en su prólogo a la traducción de La Ilíada, siguiendo a C.M. Bowra.) Una ideología de la heroicidad, en la que “muerte, gloria e inmortalidad” le dan el sentido de vida a estos héroes, aqueos y troyanos, y “en el que la sangre se vuelve a cada momento más sangrienta y el hado de sus héroes cada vez más fatal”. Como el Pélida, que escogió morir como un joven heroico en vez de tener una vida extensa y anodina, a “Dinamita” Gómez no le importó arriesgar la testa en batallas para las cuales no estaba preparado. “Abrazaré mi sangriento destino”, afirmó el más grande héroe de la antigüedad, y que de seguro Dinamita Gómez repetía cada vez que subía al ring, porque de cobarde nunca tuvo un pelo. Al contrario, el sonido de la campana finalizando el asalto no significaba nada para él y muchas veces hubo que sujetarlo para que no continuara golpeando. El último puño del round lo tiraba él y punto.
Debió Gómez ver sus errores, pero a esa voluntad de héroe le faltó una mirada más larga. Esa mirada que había sacado a nuestros ancestros de su condición primitiva, cuando pudieron caminar erectos y ver a lo lejos tanto la presa como al enemigo. Cuando Aquileo, el destructor de hombres, decidió reincorporarse a la batalla contra Troya al morir su amigo Patroclo -que se había investido con la armadura del recluido semidiós y el troyano Héctor al confundirlo en la noche con Aquiles, lo mató en batalla- aun en medio de su dolor ordenó una nueva armadura, de bronce, que debía ser la mejor jamás forjada y el dios Hefesto, el maravilloso forjador de metales, la fabricó. ¡Hasta el gran Aquileo se preparaba mejor que nadie para la batalla! Su orgullo, no su arrogancia o soberbia, lo guiaba, aun cuando sabía que su destino sería como flor de primavera, o precisamente por ello. De Héctor debieron aprender los grandes guerreros que se batalla hasta el último aliento, aun sin ser el mejor de todos, pero sí el más digno, lo que me recuerda a Lupe Pintor.
Desperdició Gómez la oportunidad que pocos han tenido -de hecho, solamente tres campeones lo hicieron -Marciano, Finito López y Mayweather, que convirtieron el sufrimiento del gimnasio en placer de vida, o sencillamente eran OCD-, de retirarse sin haber sufrido la primera derrota a manos de otro y menos de su némesis.
Pero la debilidad de “Dinamita” Gómez demostró también que la ira, la cólera -esa fuerza incontenible que obliga la victoria o a participar en el más profundo de los sufrimientos, siguiendo a Sloterdijk (Ira y tiempo)-, no es suficiente para vencer, sino que se construye o se destruye apelando también a la astucia, a la inteligencia, como finalmente ocurrió cuando Odiseo se ideó el caballo de Troya como herramienta indispensable para la victoria. Pero Gómez pertenece al grupo de héroes que vencen derramando la sangre de sus enemigos, destruyéndolos, no mediante argucias, como Odiseo, o con inteligencia, como Edipo al contestar los acertijos de la Esfinge. Aquileo, en aquella misma pertenencia, murió en el asalto a Troya, pero ya había vencido a su némesis Héctor. Así, cumplía su destino.
Los puños-espada de Gómez eran armas de destrucción y cantaban a capella. Como aquellos héroes, los nuestros también reciben su compensación, estima, honores, siempre que estén dispuestos a “matar y morir por el honor y la gloria” (Martínez García). Dinamita Gómez no tuvo un Patroclo por el cual debió regresar a vengarse y de paso alcanzar su más grande heroicidad. Él mismo fue su Patroclo. Fue su propia derrota ante Sánchez lo que lo motivó a regresar y demostrar que era el más grande héroe de fistiana de su época, que lo fue. En ambos casos, sin embargo, fue el sentido de culpa y la cólera que le causó el desastre lo que eclosionó querer alcanzar nuevas glorias.
“Dinamita” Gómez fue apenas el quinto boxeador (otros dicen el octavo) en la historia del boxeo en alcanzar tres títulos mundiales en tres pesos distintos. Ya hoy día eso es un relajo porque los organismos que rigen el boxeo sólo quieren explotar el lado comercial y no las destrezas de los púgiles. Hoy, un campeón estudia al más débil de los campeones rivales para retarlo. El prestigio, el orgullo, la vergüenza, el respeto, no son ya los valores de este deporte, sino únicamente el dinero. Aunque nada idealizo, porque en tiempos remotos el asunto no era tan distinto, pero se me antoja que al menos el boxeador, nunca los promotores, conservaba esos valores.
Aunque creo que en estos nuevos tiempos el rito de iniciación es un valor obsoleto. Si Canelo no quiere enfrentarse a su némesis David Benavides es porque no son esos valores los que imperan. Ya no hace falta enfrentarse al mejor retador, sino al que más dinero le deje al campeón sin arriesgar su corona. Se construyen retadores, muchos, sin posibilidad de vencer y todos ganan buen dinero. Para el filósofo Byung-Chul Han, los rituales (como ese de vencer al némesis) “son estabilizadores de la vida”. Pero hoy nadie busca estabilizar nada, sólo quieren que fluya el dinero. Es la época en la que sólo se consume comida chatarra, rápida, barata, sin valor nutritivo. Ese es el tipo de pelea que se ofrece. Y nunca podremos saber quién es el mejor de su época ni en su peso. Con dos o tres defensas (sin enfrentar a los mejores retadores) un campeón sube de peso para buscar bolsas mayores sin arriesgar demasiado y aumentar su ego, que vende caro al mejor postor.
Dinamita Gómez logrará, tarde o temprano, la legendariedad que él mismo se negó, pero que se merece. La distancia empequeñecerá sus fallas y dejará ver, solitaria como una estrella gigante en el firmamento, sus grandes hazañas. Será cuando apartemos la luz que sobre su vida hemos impuesto y se deje de mirar esas debilidades que ahora, en esta época en que no soportamos héroes sin mácula, somos tan proclives a destacar en perjuicio de la grandeza, cuando nos demos cuenta de que la santidad no consiste en no pecar, sino en realizar las proezas que a cada cual toca realizar.

Sin embargo, ha escogido Gómez el camino largo, como veremos, el tortuoso, el de la completa iluminación sobre sus actos, el de eternizar su degradación. En ese sentido, “Dinamita” Gómez sería el único guerrero que logre su status de legendario sin haber vencido al monstruo, al fracasar en su rito de iniciación. Ya un caso ilustrativo, en Edipo Filósofo, había sido planteado por Goux, aunque, hay que decirlo, con fatales resultados, por un lado, pero necesarios por el otro.
O tal vez me equivoque, si es que he leído mal los signos de estos tiempos. Es posible que lo logre, si fuesen esas sus intenciones, pero sólo cuando el país entienda al mismo tiempo que, por ejemplo, no podemos pedir que un político, un religioso, un guerrillero clandestino, ni nadie, sostenga una vida de beatitud inalcanzable o perfección imposible. Eso no es condición humana. Entonces, podríamos entender qué es lo que intenta Gómez yendo por ese camino, el de la expiación continua. De momento, aunque pudiera estar de acuerdo, no me lo figuro. Si bien, comprendería ese afán de transparencia si fuese un mecanismo para liberarse y vengarse de “los canallas”, como hizo el Conde de Montecristo con los que lo condenaron a cárcel injustamente y lo empobrecieron, y finalmente aplacar su ira heroica.
Los viejos héroes no afrontaron sus pruebas sin la ayuda de los dioses, hoy desaparecidos. Se requiere ahora más esfuerzo propio y no abonar a que las luces continúen transparentando la vida como lo hace un estudio de rayos X o un MRI. Tampoco, de otra parte, ha querido Gómez ser una estatua ociosa que pocos jóvenes reconocerán, incapaces de diferenciarlo de los campeones Sixto Escobar o Benítez, entre otros grandes, y claramente nunca confundirían con ese valiente obrero del ring llamado “Cholo” Espada o el campeón sin corona, el peso ligero Pedro Montañez (que ganó 92 peleas -56 por nocáut- perdió apenas 7 y empató 4), el llamado “Torito de Cayey”, considerado uno de los mejores boxeadores de la historia que no logró ganar un título mundial. Logró 88 victorias en línea y fue exaltado al salón de la fama del boxeo internacional en 2006, sin él saberlo. Había muerto diez años antes.
El misterio siempre es necesario, o como señalara F. Schlegel, algo queda en la oscuridad que no debemos alumbrar, una fuerza caótica que no podremos (no debemos) atrapar. “Dinamita” Gómez, sin embargo, insiste en la ruta de la total transparencia, en la revelación de todo su ego, del que no se ha podido desprender. No se ha revelado todo en el libro sobre su vida, dice. Hay más que quiere dejar ver.
“Este libro es parte de mi vida. Faltan muchas cosas que se van a hacer (decir), que no se hicieron en el libro (de Giudice). En el próximo libro que voy a hacer las voy a decir”, me indicó, como si no fuese suficiente el insoportable calor de esa luz que ha recibido desde el 1974. Tal vez crea que dar golpes y recibirlos, a veces en igual cantidad (como con Lupe Pintor, por ejemplo) es hasta el final de sus días.
Para que escriba el libro piensa en el periodista Chú García, otro veterano combatiente que, como los mejores arqueros, acierta de lejos con sus palabras. “Chú García me conoce desde niño. El sabe mi vida. ¡Quién mejor que Chú García!”, lanza esas palabras con la misma certeza que su gancho de izquierda. Sólo que a Chú García no le ve hace mucho tiempo, pero es algo de lo que alguna vez habló con él. “Chú es mi amigo y es un buen escritor”, lanza ahora su largo recto de derecha, rematando. Entonces, en un rápido paso lateral tan sorpresivo como característico en sus peleas, también se lo propone a este periodista. Algo que sólo consideraría si Chú García no está disponible, le señalo, porque en asuntos de palabras no debe haber competencia, sino reconocimiento.
“Yo estoy claro con lo que he hecho en la vida”, admite sin problemas. Pues que surja la vida y se cuelgue al sol para que termine de secarse a la vista de todos, pienso yo, ahora que ha “domesticado” su ira. Pero, ¿por qué querría hacerlo si, ya debe saber, no es el camino a convertirse en la leyenda grandiosa que merece ser? El ideal de transparencia es una trampa. Lo sabemos desde que Andrè Breton propuso vivir en una casa de cristal. “Vieja utopía y al mismo tiempo uno de los aspectos más espantosos de la vida moderna”, declaró Milan Kundera, que la consideraba “una forma inmemorial de la agresividad”. Esa muerte de la intimidad, de la peculiaridad que nos distingue, no puede tener otro propósito que la uniformidad (con Kundera), peligrosa por totalitaria. El triunfo de los débiles, diría Nietzsche.
Podemos pensar en otra interpretación alterna. Tal vez, al explicar hasta la saciedad su vida, busca Gómez expiación y redención, pagar la culpa, es decir, buscar comprensión y ser perdonado por sus flaquezas, por no convertirse en el más grande de todos los grandes a pesar de su enorme potencial, sin saber este guerrero que es el saldo de sus batallas lo que le definieron, más que sus caídas. Quizá busca también exponer a los canallas si revela los intrincados y siniestros movimientos a los que se tiene que enfrentar un boxeador en ese tinglado gelatinoso que es la industria del boxeo, cuya lona recubierta de dinero, más resbaladiza que las cáscaras de guineo, ha hecho caer a más de un boxeador.
El poeta Kavafis, contrario a las intenciones del Odiseo homérico, fue partidario de un deliberado viaje largo de regreso a Itaca, a su hogar. Ha sido largo también el camino de “Dinamita” Gómez hacia el reconocimiento, desde el día en que decidió partir para destruir hombres de su mismo peso por todo el planeta. Kavafis en su propuesta reconoce, y sin proponérselo Odiseo lo logra, que aventura y sabiduría -una vida- serán encontrados en ese penar. Intima el poeta griego, sin embargo, tener siempre presente a Itaca como destino.
Y es aquí cuando a Gómez, la mirada larga que no logró una vez, vuelve a fallarle. Debió pensar más en su legado y no detenerse complacido y complaciente a dejarse llevar por los cantos de sirena que carcomieron la base de su leyenda. Erigió él mismo ante su camino aquellos enemigos que, advertía Kavafis, solo se yerguen si se llevan en el alma, en vez de aquellas emociones selectas “del espíritu y el cuerpo”.
Pero esto es solamente mi punto de vista. Hay otro, el del propio Gómez, que puede haber definido lo que es “vida” a su mejor manera y de la que está dispuesto a continuar hablando, cuando debiera callar, como una estatua en la antigua ciudad de Aizanoi, en Asia Menor o frente al Partenón, para disuadir la entrada a los enemigos del templo. Gómez, a pesar de sus inclinaciones sibaritas, tenía más sangre espartana que ateniense y con toda seguridad le habría sido útil a Leónidas I para detener el avance de Jerjes I en el cañón de las Termópilas.
Creo que Gómez se ve más como un antihéroe, y así cumple con su época, cuando “las heridas pueden más que los valores” (Samuel Gallastegui) y se responde a otros códigos morales más personales. Códigos en los que se trenzan la luz y la oscuridad, más común entre los comunes, pero que negamos a los héroes de blanco y negro por causa de nuestra moralina. Como Gómez se empeña en que todos conozcamos sus debilidades, tal vez sólo quiere que reconozcamos la condición humana. Puede nuestro entrevistado decir lo que Gallastegui: “ante el ejército de pusilánimes que nos dan lecciones de ética pero no han tomado una sola decisión en toda su vida, prefiero arriesgarme a transitar más allá de la frontera de lo correcto y seguro, aunque eso pueda suponer que en ocasiones tenga que elegir la moral del antihéroe.”
A este momento ya se habrán preguntado por qué un periodista apela a la mitología y a la literatura para redactar una nota sobre un viejo boxeador, aunque no se trate de uno cualquiera. Y por más, de una manera tan oscura y pesada. Debo ser parco en esto para no añadir más confusión a esta crónica. Hay variadas escuelas de interpretación sobre los mitos, antropológicas, sicológicas, literarias. He tomado muy a mi conveniencia de cada una lo que me ha servido, según las he entendido, para interpretar la odisea de Gómez hacia la inmortalidad deportiva, ya ganada, por supuesto, pero que a mi juicio todavía no alcanza un más alto sitial, como se merece. Gómez no es uno de los mejores boxeadores que ha dado Puerto Rico. Ese es un estándar muy pequeño. Gómez es uno de los mejores boxeadores de toda la historia de ese deporte en el mundo.
Ha sido A. W. Schlegel (el hermano gemelo de F. Schlegel) quien me ha dado el más simple y poderoso argumento para entrar en estos campos fuera de mis dominios, cuando dijo que los mitos son “poemas que reclamaban realidad por su propia naturaleza”, porque si bien son el producto de la fantasía, esta resulta “la facultad fundamental del espíritu humano”, con lo cual quedo inmediatamente convencido.
Las hazañas heroicas de Gómez pueden ser inscritas dentro de la piedra que aprisionó la espada Excalibur, y espero que comprendan con indulgencia mi exageración. De los mitos, verdaderos en cuanto surgen del espíritu humano, siguiendo a A. W. Schlegel, se desprendía un conocimiento universal, cuando todavía no distanciábamos la fantasía del entendimiento, del logos. Una interpretación de la vida de este pugilista provee entonces un marco que puede ser aplicado sobre otros fuera de serie que marcaron épocas. Este es sólo un racionamiento, entre muchos otros posibles, y una perspectiva entre otras.
La fatalidad de esta figura trágica (en el sentido clásico), a la que en ningún momento se le niega su grandeza y valentía en el rudo deporte-industria del boxeo, consiste en las rutas de ida y regreso que ha tomado. El mejor de toda la historia pugilística de las 122 libras, caía vencido, sin embargo, por las cosas pequeñas de la vida que abundan en las rutas secundarias. Tantas desviaciones tomadas le han hecho largo su caminar por el camino romano y recto de la salvación, el de regreso.
Hay mucha autoconciencia en este boxeador, demasiada tal vez, en su camino a convertirse en leyenda. Y como en la poesía, cuyos versos los poetas no siempre pueden explicar, por demasiado flujo del inconsciente y por otras fuerzas que no dominan, “musas” les llamaron alguna vez, también en el boxeo hay una danza que se baila sin conocer muy bien los pasos, y así en la vida, fluida, líquida, inundándolo todo.
