¡Rescátame!: la retención ilegal de dominicanos inmigrantes

Creyeron que habían logrado lo suficiente cuando pisaron las arenas del oeste de la Isla o corrieron descalzos sobre las rocas, luego de enfrentar aterrorizados centenas de millas de un mar embravecido, durante diez o 24 horas, o varios días, en frágiles yolas de madera.

Embarcaciones en las que si es posible dormir, solo lo es en el hombro de alguna persona desconocida y apretujada a su lado. Saben que el mar puede ser la mortaja que cubra sus cuerpos.

Otros, más afortunados, subieron a modernas embarcaciones pero igualmente insuficientes para proveer seguridad en mar abierto.

El acuerdo de los inmigrantes con sus compatriotas dominicanos en la República es sencillo: los traen a Puerto Rico por $2,000 o $3,000. El precio depende de varias circunstancias, particularmente del que los trae, su embarcación, si son varias de ellas, la cantidad de salidas semanales, la experiencia de sus capitanes y las garantías mínimas que puedan proveer.

A fin de cuentas, los traficantes de seres humanos tienen una reputación que defender para poder continuar con éxito su nefasto negocio. Aunque nunca garantizarán que no serán atrapados en alta mar o arrestados en su destino.

Que los atrape la Guardia Costera a medio camino es otra posibilidad, y no es la peor, como sí sería quedar a la deriva, perdidos sin agua suficiente para beber, sin alimentos, ser víctimas de los tiburones o que por extrañas razones se les arroje por la borda, como ha ocurrido, o que, en su desespero, el inmigrante se arroje al mar.

“Sé de una persona que se tiró. En esa embarcación venía un hermano mío. Esa embarcación duró siete días (en llegar a Puerto Rico) porque perdieron el rumbo”, indicó una de varias fuentes que hablaron con este reportero.

Por supuesto, requirieron que no se les identificara públicamente.

Se indagaba, sin embargo, no por la dura travesía, que es conocida, sino por un aspecto hasta ahora desconocido por la mayoría del pueblo puertorriqueño, por casi todos los que se embarcan en ese viaje y por las autoridades de ley y orden en Puerto Rico.

Llegar es solo una parte del problema. Lo que no constaba en el acuerdo verbal, porque las ilegalidades tienen aun esa vieja costumbre de ser clandestinas, lo que nadie les dijo, es que al llegar a Puerto Rico serían tomados o tomadas de rehén por puertorriqueños que, en la zona, se aprovechan de manera oportunista de la necesidad y desgracia de los inmigrantes ilegales.

Liberar al rehén podría costar otros miles de dólares, pero se factura a la persona, usualmente otro compatriota, que aquí en la Isla esté esperando al que llega, que con toda posibilidad trae muy poco dinero, si algo.

Si el que lo espera, mayormente instalado en San Juan, no tiene el dinero suficiente para pagar lo que entre ellos llaman de manera eufemística “rescate”, el inmigrante que llega podría enfrentar más de un problema.

La información que surge de varias entrevistas a personas relacionadas con los inmigrantes y de inmigrantes que sufrieron la experiencia de ser retenidos o secuestrados es que hay inmigrantes que salieron de la República Dominicana y todavía no han llegado a su destino, y posiblemente ya nunca aparecerán.

Eso ya se sabe en las distintas comunidades donde se han aposentado los dominicanos -Barrio Obrero, Capetillo, Santurce- aunque algunos insistirán en que es una leyenda urbana que solo busca disuadir la salida de inmigrantes ilegales.

El “rescate” puede ser, a fin de cuentas, muchas cosas, algunas veces parece la ayuda de un buen samaritano; pero es sobre todo un engaño, un negocio redondo, siempre es tráfico humano, y para otros, la traición, el secuestro y hasta el asesinato. Es la continuación de la lotería que comenzaron a jugar desde que salieron de su país.

Ellos no lo ven como un secuestro, pero le llaman “rescate”, indica una de las fuentes que recibió información de primera mano y que llamaremos Z. Este reportero igualmente entrevistó personas con conocimiento directo, víctimas.

“Lo ven como una ayuda de la gente que los recoge en la playa y los lleva a su casa”, dice Z, una persona estrechamente relacionada con esa comunidad que colaboró para contactar las víctimas. Pero un buen samaritano no le pediría a ese inmigrante que le dé el número telefónico del contacto que tiene en Puerto Rico, llamaría a ese contacto y le pediría miles de dólares, a veces menos, para coordinar dónde y cuándo recogerlo o recogerla, y en otros casos, entregar al inmigrante en San Juan, o en algún pueblo de esa ruta. En uno de esos casos, una persona inmigrante fue entregada en el estacionamiento de Plaza Las Américas debido a que el contacto dominicano en la Isla nunca se había aventurado más allá del área metropolitana.

Si tienen suerte, ese puertorriqueño que los secuestra puede proveerles comida, techo, ropa, atenciones, y a cambio, en lo que llega el rescate, puede pedir que haga ciertas tareas en el hogar. Hasta le puede decir al inmigrante que será extrañado al partir. Pero el inmigrante no puede dejar de pagar. A fin de cuentas, si no hay opciones reales de irse, está en cautiverio.

Al llegar por las costas del noroeste, o el oeste de Puerto Rico, a veces, lo que parece un pescador en la costa no es sino un oportunista a la pesca de inmigrantes.

O están en la costa al acecho. Lo que no pude corroborar es si consiste de una amplia organización criminal, rígida o flexible. Sí se confirmó, según las entrevistas, que “hay mucha gente que se dedica a eso”, a mantenerlos cautivos, aunque puedan creer los inmigrantes que es una especie de casa de seguridad, tan perdidos que llegan a un país desconocido.

Tampoco, a este momento, es posible saber si hay colusión entre los tratantes humanos dominicanos con los puertorriqueños.

Una de las fuentes, que le hemos asignado la letra X, aseguró que “hay personas que se dedican a eso, a pedirle dinero para rescatarlos. Puertorriqueños. Te dicen que si tienes un teléfono te llamo un familiar. Yo te quito tanto para yo llevarte a un familiar. Entonces ellos llaman a la persona. Mira, tenemos a fulano aquí, estamos pidiendo tanto. Para traerlos acá a San Juan piden dinero. No es un secuestro. Piden $1,000, $2,000”. Es extraño escuchar a una víctima hablar como si la tragedia la sufriese otra persona.

No es un secuestro, insisten, pero tienen que pagar porque ninguno de ellos se aventura a andareguear a ver si encuentra un pon para San Juan, aunque, créalo, sí ha pasado.

El problema grave surge cuando no tienen un contacto en la Isla, cuando son solitarios que se aventuran sin conocer a nadie aquí. “Las personas que no tienen para pagar a veces, se ha oído decir, han desaparecido, que la familia no ha sabido más nunca de ellos. Que fulano salió para Puerto Rico y no se sabe nada, y llama la familia aquí y nada. Ha pasado mucho”, afirma X.

Al llegar a un pueblo del extremo oeste de la Isla (en este su segundo viaje), X caminó al monte hasta llegar a un lugar donde un señor le daba alimento a las gallinas. Venía junto a siete varones inmigrantes. Encontró un fogón y supo que ahí vendría gente y un señor les ayudó. El no se dedicaba a eso y los puso en contacto con alguien al que se le pagó para que los transportara a San Juan. “Ese compatriota en San Juan fue quien pagó, $300 por cada uno, unos 7”. No hubieran salido sin antes pagar.

“El mío (el rescate) fue de $800. Si no lo entregas, te devuelven”, dijo otra fuente, designada con la letra Y. Las entrevistas se condujeron de manera separada.

“Eso, te tiran (al llegar a la Isla), nosotros llegamos como a las 4 de la mañana, sonaba el helicóptero (de FURA) cuando la yola… el muchacho se dio cuenta, el capitán dijo, tírense o se van pa’ Santo Domingo de nuevo. Tuvimos que nadar, era bastante lejos. Muchos los agarraron porque no sabían nadar, estaban cansados cuando llegaron a la orilla. Yo llegué porque sabía nadar”.

Cuando se tiró y logró caminar dentro del agua se lastimó severamente con los erizos que abundan en el área. Los primeros dos días que pasó en San Juan esta persona se mantuvo acostada por la hinchazón en los pies, y así mismo había tenido que caminar, sin zapatos, todo el trayecto hacia un lugar seguro al llegar.

Llegó a un lugar rocoso, sin calzado. “La persona que me rescató dijo: entren pa’ llá, pa’ las cuevas, porque el helicóptero anda en el aire… un señor que estaba pescando”, pero no formaba parte del contrato de los inmigrantes, al menos no con ellos.

“Ese señor es el que te aguanta y le vas a dar un número de teléfono, que él llame, a la persona que te va a rescatar”, revela Y. “Ese es el truco de ellos. Esos son los buscones. Hacen la apariencia de que están pescando pero en realidad es porque saben que llega gente. Nos quedamos ahí, por un túnel, no fue una casa, eso era monte, una cueva. El túnel de Guajataca. Eso es como de indios. Uno teme darlo” (el número telefónico de contacto). Mi mochila estaba mojaíta pero se veía el número. Y yo con los pies hinchados”, dijo.

Salió Y. un 28 de diciembre de la hermana República Dominicana y tocó la isla de Puerto Rico el 1 de enero en la madrugada. Estuvieron a pan y agua, y salami.

Dar el número de contacto a un desconocido no es tarea fácil. Uno de los que llegó, con intentos anteriores, les previno. Alguien podía pagar el rescate y aun así no ser liberados. En ese caso, si los inmigrantes se resisten a dar el número el “rescatador” puede permitir que, del teléfono que él provee, ellos mismos llamen, a fin de cuentas, no podrán decir donde están.

“¿Ya llamaron?”, pregunta el pescador.

“Sí, yo llamé, ya me vienen a buscar”.

“Ponme a la persona que te viene a buscar”. El supuesto pescador habló con el contacto de cada persona dominicana que llegó esa madrugada.

“Yo te lo entrego en tal sitio, son tanto”. En el caso de Y. pidieron unos $800. “Se puede pedir más”, dijo, y sabe de personas que han pagado hasta $2,000.

De no hacerlo, hay varias posibilidades, según las entrevistas realizadas. Una de ellas es que la persona en Puerto Rico que intenta cerrar el trato lo entregue a la Policía, o que se niegue a cooperar si no le garantizan el pago o no encuentran al contacto y los deje a la suerte de ellos, o que retenga al indocumentado hasta que alguien pague el rescate.

También suceden otras cosas, pues nadie conoce a ciencia cierta con qué clase de persona pueda encontrarse el inmigrante. El precio del rescate lo decide el que los retiene.

También se han dado otras situaciones. “Hay varios casos de gente que te cobran $500 y no te lo entregan. Hubo un muchacho que vino conmigo que le cobraban $500 por otra vía. Y como la persona solo tenía $300, le dijeron que le llaman a la Policía. Lo puso en un sitio, la Policía llegó y lo cogió”, dijo. Pero al inmigrante le tomaron de todos modos los $300. Finalmente lo deportaron. “Ellos te atacan, son tantos, si no me los traes, sabes lo que hay”.

Otra posibilidad es que al indocumentado no se le vuelva a ver el rostro. Hay casos en que nadie, jamás, ha vuelto a saber de ellos, ni en Quisqueya ni en Borinquen. La comunidad dominicana teme que algunos de estos hayan sido, sencillamente, asesinados, como aseguran haber escuchado. No pagar, asegura Y., no es una opción.

“El sueño del dominicano es muy diferente, cuando te lo cuentan, cuando llega y lo que pasa… Todo es muy diferente”, afirma.

Familiares de estas personas que hablaron conmigo, que llegaron tiempo después, también han tenido que pagar el rescate. Lo aseguran las fuentes porque ellos mismos han puesto el dinero para liberarlos.

dixie

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