EL SEDIMENTO DE LAS HOJAS

Por Francisco José Ramos

            Comienzo expresando la alegría de haber topado, en medio del dulce jardín de las contingencias (p. 33), con estas Hojas sueltas, Hojas secas, que recoge la obra poética de Virgilio Colón León, a lo largo de veinte años (1974-1994). Con esta distinguida edición de 14 segundos, a cargo de Obed Betancourt y Josué Montijo, se acoge la sobria intensidad de una colección de poemas que «quieren comprender y dar testimonio de los saltos y sobresaltos de una existencia fragmentada, difusa, incierta, ajena a la cohesión de un plan o un propósito», como se lee en las palabras introductorias que sirven al PRE-LOGOS, como le nombra el poeta. Con lo cual, cabe preguntarse si dicha «existencia fragmentada…», se refiere a los poemas, al poeta, a la poesía, o a los tres. ¿Dónde empieza lo uno y termina lo otro? Empieza y termina en la palabra desnuda y revestida de su propia incógnita, intentando / dar calor a los nudos / entumecidos, inamovibles / del silencio, como leen los últimos versos de primer poema del Libro III. Por ahí se desatan, a mi entender, los cinco anudamientos que componen esta magnífica obra poética. 

            La poesía es eso que al nombrarse, se dice, se escribe, y se calla, dejando palpitar el trasfondo milenario del mito. Pongo énfasis en el impersonal, que da lugar a la Primera persona singular (p. 101), al «yo» que, no se sabe nunca exactamente qué o quién es, por más que habitualmente se diga o se hable del «yo poético». La persona, con todas sus dramáticas conjugaciones, es la máscara que no deja de transformarse con el advenimiento de la palabra, hasta abismarse en la parodia especular de la articulación: «El que atrapa seres para fundirlos en Uno / Yo no reconozco dos, mucho menos que tres / Yo no soy el que ha sido / Yo soy el que soy» (p. 77). Se abre así el vacío definido, en las (¿ruinas?) circulares / hasta el centro / por las que despliegan su intricada fuerza allí / hacia / coordenadas desconocidas. Y el rebote: PENSAR es sufrir / la tensión de la caída / mientras Dios contempla / en cuclillas (p. 77).

            Leo a Parménides (I, 27-32): «Preciso es que todo lo experimentes / tanto el imperturbable y conmovedor corazón de la verdad / como el confuso parecer de los mortales / y así aprenderás las genuinas apariencias por las que todo está atravesado por todo (dià pantós, pánta peronta)».

            Nace en el poema, el pensar propio de la filosofía. Y de esa experiencia ancestral emerge el abundante silencio de las palabras que se diseminan por las vetas de un archipiélago caribeño, y hace posible hoy que se lea un poema: UN fotón de conciencia enloquecido / invierte el horizonte / sobre los años, sobre algún otro desconcierto // Aplauden las noches junto a mí  / lo inevitable avanza y es quietud / deslumbra y es certeza / Queda / la sombra calla entrelíneas. A duras penas hay signos de puntuación en las páginas; tampoco fechas de composición. Sola queda la textura de un movimiento musical que dicta el imperativo poético, a ras de suelo, y se eleva, por ejemplo, para alzar la copa de la estulticia humana (p.109), a la intemperie de la luz, (levantándola hacia el punto medio del infinito).

            Ese fotón, sin masa alguna, pura actividad electromagnética, que ondula e interactúa como partícula, y se despliega en la fotogenia de la mirada del instante (Augenblick), y que tan pronto surge cesa, sin más huella que el vestigio de la memoria, la marca afectiva y la irrevocable travesía de los cuerpos. Lo que queda no es la sombra, que simplemente calla. Lo que Queda es el quedar, sin más, de lo innombrable o, mejor quizá, de lo que no necesita ser nombrado.

            Un poema se escribe solo, una vez se aprende, por fin, a ceder «la iniciativa a las palabras (ceder l’initiative aux mots)», como dijo en su momento S. Mallarmé. Solo, pero nunca sin uno, esa íntima compañía que es siempre otro, que respira, que aspira, y se lanza, al viaje insólito de la inspiración, sin más destino que el naufragio y sin otra guía que el aliento de las palabras. Escribe Giuseppe Ungaretti, el 15 de febrero de 1917, en Alejandría, Egipto, quizá en plena lontananza: Lontano, lontano / come un cieco / m’hanno portato per mano («Despacio, despacio / como a un ciego / me han llevado de la mano»).

            Si la sombra queda, y calla entrelíneas, es porque somos todos, y toda la forma viviente, al menos en este planeta, «sombras de un sueño, seres de un solo día»: fugaces epifanías, inasibles efemérides. Siendo así, cabe preguntar: ¿qué es la vejez sino el ocaso de una vida, justo en cada momento de vida, que abandona a su suerte lo vivido, con sus límites muertos de la risa? (p. 195)

             ¿Quién es más viejo, quien envejece sin remedio, o quien nace, una y otra vez, de una multitud de vidas que, por más jóvenes que sean, se desprenden de los días, como las hojas sueltas que se juntan y dispersan en el aire? ¿Acaso no es por ello que las generaciones de las hojas, así la de los hombres. / Esparce el viento las hojas por el suelo, / y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual manera, una generación / humana nace y otra perece…? ¿Quién no nace con la sangre expulsada del recuerdo vivo, del vientre adolorido de una madre, y su cuerpo poblado de innumerables muertes celulares? Muertes que se las arreglan para alumbrar una vida, o para que salga a la luz un poema que diga: y mis hojas, sueltas serán / ya antes del otoño / despeñadas hojas secas / arrastradas en el muladar de alguna otra existencia. 

            La respuesta es ontológica, el silencio es metafísico, nos dice el poeta: somos la muerte mirando la vida / (o) la vida nos mira como la muerte / la mirada es un abismo de rosas secas / desde este lado no hay esperanzas / tampoco desesperanzas / acosa el recuerdo de lo que no fue. (p. 239) El recuerdo de lo que no fue…, ¿acaso no se nombra ahí, aunque no se diga, la matriz de la añoranza, el añil, el índigo, la púrpura de lo que nos toca, nos sobrecoge, y que, por lo mismo, se sustrae a todo afán de asir, aprehender eso, que siendo ineludible, no elude de todas las maneras? ¿Duelo y melancolía, como reza el sabio y célebre ensayo de Freud? Sí, sin duda, pero también: mito, poema y poesía, es decir: el seno y coseno de la filosofía. 

            Leo un delicioso pasaje de Maurice Blanchot, en un ensayo suyo dedicado al poeta René Char, La bestia de Lascaux: «Jenófanes, sin duda más joven que Heráclito, pero como él, de los que Platón, con ternura un tanto burlona, llamaba los Viejos, era uno de esos aedos errantes, que iba de país en país y vivía de sus cantos, sólo que lo que cantaba en su canto era ya el pensamiento, una palabra que rechazaba las leyendas de los dioses, las analizaba ásperamente y se analizaba a sí misma, de forma que los que escuchaban asistían a un acontecimiento muy extraño: el nacimiento de la poesía en el poema». 

            Desde entonces, el poema no deja de ser nunca un desafío a la filosofía y a toda forma de pensar. ¿Qué hacer con los límites de un poema? ¿Cómo no constatar, una y otra vez los confines de lo ilimitado, el susurro de la lejanía? ESTE coro que susurra en la lejanía de una estepa / oculta en la página raída de un libro / leído alguna vez / al comienzo / cuando entre cada línea / te veía / con la sonrisa de una amapola sangrante / solitaria, abierta en la entrega sin límites. POEMA (p. 169).

            La poesía nombra como si se naciera por primera vez: el nombre, lo nombrado y quien nombra: el barrio Savarona en Caguas, un barrio cualquiera, después de haber vivido la historia de las ilusiones, y haber bebido un wiski por alguna esquina de la llamada Villa Blanca, con el poeta errante Carlos Pórtago, y sin esperar a Godot. ¿Metáforas? Pero qué es la metáfora sino, precisamente, el nombre exacto de las cosas, como bien lo dice Ortega. Sin metáfora, no hay poesía, sin poesía no hay lenguaje. Sin lenguaje no hay humanidad. En el corazón humano, las necesidades, sean naturales o artificiales, virtuosas o viciosas, se vuelven tumulto y algarabía. Poeta es quien transforma esa incertidumbre en la inédita voz singular de un poema, sacando a la luz el legado ancestral del lenguaje, las múltiples voces poéticas de una lengua, y el sedimento de las hojas secas, sueltas, húmedas, que dibujan las palabras de esta AUTOBIOGRAFIA: Una / Gran / Casa-Ajena / Es / El / Mundo, junto al aplauso oculto de una mariposa, hasta dar con el punto cero del camino, junto al abrigo de la inmensidad.

* Presentación del filósofo y poeta Francisco José Ramos del poemario Hojas secas. Hojas sueltas., de Virgilio Colón León, el 10 de septiembre de 2026, en la librería Casa Norberto, en San Juan, Puerto Rico.

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