LOS SÍMBOLOS DEL PERIODISMO

POR OBED BETANCOURT

Del rey Sísifo se decía que era tan astuto como tramposo y bandido. Por desafiar y engañar a los dioses en varias ocasiones (entre ellas, le reveló a un dios menor la ubicación exacta de su hija raptada por Zeus a cambio de que hiciera fluir un manantial en medio de su ciudad para beneficio de la población), fue condenado a un trabajo improductivo y agotador en el inframundo: subir a la cima de una montaña una pesada piedra que inexorablemente volverá a caer. Casi el mismo trabajo de un periodista, que repetirá diariamente y con disciplina su tarea de buscar las verdades y, si las encuentra, reportarlas, aunque estas, en la cima de sus medios noticiosos, se precipiten inevitablemente por la pendiente de la indiferencia que le prestan los lectores, el gobierno, la empresa privada. De todos modos, el periodista, inconsciente como Sísifo de su trabajo inútil, asumirá esa tarea absurda el resto de sus días. 

Entre las virtudes del mortal Sísifo (de bondad y resistencia) y las de desprendimiento y empatía del condenado titán Prometeo, que le robó a los dioses una chispa del fuego (la técnica, el saber hacer, el conocimiento) para entregárselo a la humanidad y “dotarlos de razón”, están los símbolos que deben adorar los periodistas. Formar una propia teogonía nos da una particular visión de mundo y la manera en que se ordena el caos. El menosprecio del rey Sísifo a las máximas autoridades divinas y su legítima preocupación por los suyos mortales, y la generosidad de Prometeo, su sacrificio por “los efímeros”, a los que amaba en abierto reto a los dioses, tuvieron un costo, pues ambos utilizaron el engaño –no la fuerza y la violencia– para lograr sus buenos propósitos y “vencer a los poderosos”. (Ahí se esconde un método hábil que luego será descartado, equivocadamente, por los códigos éticos del periodismo.)

Como Ícaro, volará directamente al Sol para buscar su libertad que, en el periodista, será siempre buscar la verdad. La amenaza de caer o penar es un precio que no debe rehuir el periodista que aprecie y se identifique con esos símbolos, ni el temor de quedar en soledad. El primero y más duro castigo impuesto a Prometeo, el costo de sus “sentimientos humanitarios”, fue no volver a oír ni ver “la figura de un mortal” (Esquilo, Prometeo encadenado). Habría que ver si es un castigo que solo un dios y los héroes pueden soportar. Si algo debe caracterizar al periodista es ese anhelo fáustico por el conocimiento para entregarlo a la sociedad. Esa es la razón por la que estaríamos dispuestos a vender y condenar nuestras almas, aunque solo nos otorguen 24 años de poderes para lograrlo. Entonces, haremos concesiones, transgresiones y enfrentaremos las consecuencias de esa búsqueda insaciable.

Tal vez, cuando vayan cerrándose los ojos al final de nuestros días, continuemos gritando como el anciano y moribundo Goethe, “¡Luz, más luz!”, conscientes de que no sabemos cuántas más verdades quedan por encontrar; o enloquecidos, por ser la verdad un absoluto inalcanzable. Lo decía Montaigne, que “hemos nacido para buscar la verdad: poseerla pertenece a una potencia mayor”. Puede ser que el periodista, como el poeta, aspire a ser esa “potencia mayor”.

[Fragmento del libro REVELACIONES, crónicas de una isla salvaje II, de próxima publicación en la editorial 14 segundos.]

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