
Joserramón Meléndes
Por Obed Betancourt
El poeta, ensayista y editor Joserramón “Che” Meléndes se ha sumido en su silencio para mostrárnoslo de una forma matérica. Prolijo, crítico como pocos, hablador fiel al “horror vacui”, ha presentado su primera exhibición de pinturas. No sorprende, pues muchos conocemos de sus destrezas y creaciones manuales, de la creación-construcción de sus propios libros, como aquellas joyas artesanales del poemario La casa de la forma (y su trabajo plástico asociado y exhibido), laureado, insignia de su generación de 1970, bello en sus asimetrías materiales que contrastan con la rigurosidad formal de sus sonetos espléndidos. Aunque ese trabajo artesanal se distingue del Arte que ahora propone.
Lo que no sabía la mayoría es que también es pintor. Así dicho, como defensa afirmativa, con todo el derecho. Pintor abstracto y expresionista. No son muchos los artistas que, con éxito (no comercial, sino técnico) logran atravesar las fronteras, cada día más blandas, entre las artes para adentrarnos a un nuevo nivel de experiencias. Cada género artístico requiere toda una vida para dominar sus formas. Muchas palabras derramó Ché para poder llamarse poeta, hoy, uno de los grandes en cualquier lugar.
Tampoco intenta pasar gato por liebre, como tantos que hacen el crossover, dependientes más de su fama en el medio artístico por el cual son conocidos que del manejo de la técnica en el que se aventuran. Los hemos visto, y sin críticas los aplaudimos pues revelan que su espíritu creativo se rebela ante una única forma de expresión.
Che muestra 28 creaciones plásticas en el centro de arte conocido por :Pública Espacio Cultural, en Santurce. Hay figuraciones que conviven armoniosamente con lo abstracto, hay elementos suplidos (medio mixto, collages, objetos encontrados, ensamblajes). Por ejemplo, en una de ellas vemos de perfil a un Minotauro (que mira hacia la izquierda, ¿algún señalamiento político?) tras una cabuya que muy bien puede ser el hilo de Ariadna, uno de los elementos esenciales de ese mito. No es novedosa la incrustación de materiales externos en un cuadro, por supuesto, pero la ejecución aquí es limpia, con dominio del lugar donde se coloca la representación, precisamente el trabajo de un pintor.
No soy un especialista, advierto, ni siquiera llego al diletante que tiene alguna menor habilidad para trazar una línea recta. Así que esto no es crítica de arte sino las simples y breves impresiones que gratamente me ha causado la obra de un amigo. Ya aparecerá alguien con los conocimientos técnicos para evaluar esos aspectos de esta obra, la “armonía estilística”, la “coherencia perceptiva” e incluso los “gestos instintivos” y si ese “orden visual” tiene una “eficacia estética”. (H. Read)
Sí me consta la gran formación intelectual de Che y esa se ve plenamente ejecutada en sus pinturas. Con seguridad, aquellos que conozcan el mito del Minotauro podrían tener más extensas interpretaciones de esta obra particular de Che que aquellos que lo desconocen totalmente. Conozco varios excelentes artistas plásticos con una estupenda formación intelectual, enumerarlos puede resultar prejuiciado para los que ya tengo en el olvido, pero recuerdo vívidamente a Trelles, Sambolín, Martín García. Y la obra de estos refleja esa gran formación porque son igualmente unos maestros de la técnica. No extraña que Trelles, por ejemplo, haya incursionado en la literatura con excelente naturalidad (y talento), en la escultura y otros medios. Hay otros grandes pintores, con gran técnica, que, sin esa formación intelectual hacen, no obstante, grandes obras de una manera más intuitiva. De todos modos, la lectura, y si es mucha, siempre es una ganancia.
El arte plástico no le es nada desconocido al autor. Cito del comunicado emitido para la exhibición:
“La exposición saca a la luz una obra que se ha mantenido oculta al público general durante décadas.
En ChePública [nombre de la exhibición] la abstracción y una figuración fantásmica hacen uso del collage, el agregado, la composición aleatoria, el objeto encontrado y la escultura, para brindar un conjunto de detritus: escombros que propician la fertilidad de más vida. La muestra pasa de lo existencial a lo ecológico, proponiendo un espejo de la nación, que es el vínculo entre esos polos del individuo y el cosmos.
Joserramón ‘Che’ Melendes es poeta, editor, ensayista, teórico y antinarrador. Ha expuesto las esculturas, instalaciones, ensamblajes y originales sobre su libro-objeto: La Casa de la Forma en el Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico (1986); Exlibris (1994); Proscritos (Trienal Poligráfica de San Juan,1994) y nuevamente en el Museo de la UPR (1996).
Esta muestra ha tenido una larga influencia modélica entre los instaladores y abstraccionistas. Además, Melendes ha diseñado docenas de libros de gran difusión, ha asesorado muchos más, y ha compartido taller y discusión con algunos de los artistas más importantes de varias generaciones.”
Ahora bien, lo que motiva estos comentarios es que en este otro nivel de expresión del poeta, veo (quizá me imagino) una ironía. Ché, locuaz como lo conocemos, incluso cuando leemos su poesía u otros escritos, pues reconocemos su voz tras sus palabras escritas o cuando diserta al encontrarlo en alguna calle de Río Piedras o en algún foro público, se ha apartado para que escuchemos, con una voz desconocida, lo que tienen que decir en estas nuevas obras. Es realmente la pregunta sobre el origen de estas formas.
“Mi bida se a baciado de sentido/ se a yenado de formas, resipientes/ sin contenido i se an creído su suma/ un nuebo contenido continente.” (fragmento de “Ars operandi finalis”, en La casa de la forma, Joserramón Melendes)
En su Historia del silencio, Alain Corbin nos indica que en tiempos remotos se consideraba al silencio “la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación.” Más aún, “el lugar interior del que surge la palabra.” Y la pintura “era palabra de silencio.”
Al contemplarlas, estas pinturas de Che nos hablan del silencio que habita. Tiene ese su silencio la cualidad del viento lejano que nos llega exhausto. Un roce que nos advierte las mil encrucijadas que ha tomado y la invariabilidad de las cosas y su reiteración. Lo notamos por su profundidad, su olor desgastado, por ser un poco más frío, como si regresara del norte. No es nada pastoral ese silencio, pues se muestra una larga convivencia con un paisaje en el que acontecen los renaceres, las tormentas, las caídas y el enclaustramiento. Es el lugar que reservamos al encuentro con nuestros dioses.
Che ha develado su Yo profundo, que no suele descubrirnos con sus palabras, o al menos, no tan escondido entre ellas. (La diferencia puede estar en la mirada que exige cada medio.) Como las veo, reflejan estas obras los lugares donde se complace cuando no invierte su tiempo en la obra apasionada de las palabras, un silencio al que no teme porque no es soledad sino susurro, actitud lúdica, .
“¡Al fin! ¡Solo! No se escucha más que el rodar de algunos taxis tardíos y derrengados. Durante algunas horas poseeremos el silencio, si no el reposo. ¡Al fin! La tiranía de la faz humana ha desaparecido, y ya no tendré que sufrir sino por mí mismo […] Descontento de todos y descontento de mí, bien quisiera rescatarme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche.” (fragmento en El Spleen de París, Baudelaire)
Es un lugar el silencio, como una montaña, un valle, la ciudad, el sótano de una casa, un sentimiento en el que nos sumergimos o un secreto. Un lugar distinto al que habitan las palabras, donde las encontramos siempre reverberantes, rogando que las atrapen, exponiéndose a un orden que desconocen todavía. Como la diferencia entre un pozo y un manantial. Una pregunta importante que cada cual que lo habite debe responder es sobre las condiciones (las leyes) que operan en ese silencio, tan subjetivas, pero que nunca es el exilio.
Fijémonos en algunos aspectos de esta obra matérica cuyos títulos, cultos, expresan con precisión inviolable su mensaje (no podía ser de otro modo, no hay “nihilismo estético”) y veamos de qué manera expresan esa intimidad que nos descubre a todos y que no se reduce a sus sentimientos, sino que pueden ser emociones o ideas que no ha compartido en los medios que, creíamos erróneamente, eran su única y mejor naturaleza. Me limitaré a describir en términos amplios algunos de los cuadros y, acaso, adelantar algunas impresiones que me causan los símbolos, el mensaje, pues el arte, dice Bourriaud, “es una actividad que consiste en producir relaciones con el mundo, materializando de una forma o de otra sus vínculos con el espacio y con el tiempo”. Bajo ese precepto, no descarta el pintor cualquier material que permita su mejor expresión, su libertad, y a él mismo en esa mirada que nos ofrece.
Dada la racionalidad que conozco en Che, evidente en sus libros, asumo que la colocación de las obras responde más a la narrativa que propone que al espacio disponible No obstante su ser racional, aquí se afirma la existencia, que es rompimiento y angustia, discrepancia o desemejanza –como vemos en los materiales que incorpora a sus pinturas– recuerdo e instante.
De la forma en que ha sido dispuesta la exhibición, inmediatamente al entrar nos topamos a la izquierda con una obra que titula Luna, un redondel de color ocre con vetas que a mi me parece (deseo pensar) suspendido en el universo, pues no la vemos en su entorno orbital terrestre. Todos conocemos las repercusiones geofísicas graves de no tener ese cuerpo celeste orbitando el planeta, al igual que el impacto cultural-mítico que tiene en la Humanidad. La Luna representa todavía un vehículo para nuestros sueños. Es aquella “luna siniestra y embriagadora, suspendida en el fondo de una noche tormentosa y turbada por el correr de las nubes; no la luna apacible y discreta que visita el sueño de los hombres puros sino la luna arrancada del cielo, vencida y rebelde.” (El deseo de pintar, en El Spleen de París, Baudelaire).

Cuadros Luna y Minotauro
Esta es la primera de una serie de obras con figuraciones. La segunda, Minotauro, a la que ya nos hemos referido, tiene toda la carga emocional que sólo puede padecer ese trágico hombre-bestia, incapaz de cambiar su naturaleza violenta, víctima y heredero de asuntos y venganzas ajenas, de la codicia y engaño del rey Minos, la lujuria de Pasifae, esposa del rey, que se acostó con un hermoso toro blanco que Minos debió sacrificar en honor al dios Poseidón pero por su hermosura se lo quedó. De ese toro blanco y Pasifae, de engendradores en desgracias, surgió el Minotauro, de nombre Asterión. De enhiesta figura el Minotauro (me recuerda una foto conocida de Nietzsche), en el cuadro luce como si tuviera una voz interior, aportándole autoconciencia a su tragedia, para mayor pesadumbre.

Nietzsche
Es condición humana la autoconciencia. Camus se la atribuyó a Sísifo, que nunca antes, y este descubrió lo absurdo de la vida. El hilo de Ariadna, que se asocia con el mito del Minotauro y por el cual Teseo, al ir recogiéndolo luego de matar el hombre-bestia, logró salir del laberinto, está dispuesto aquí de manera caótica sobre todo el cuadro, tal vez para indicarnos que no hay salida a nuestra naturaleza a menos que se tenga la destreza y la astucia de un Teseo, semidiós y uno de los héroes de la guerra troyana, o de un artista.
La tercera obra, Toro, es una figuración que se desvanece. Animal grato de la cultura cretense, es símbolo poderoso de muchas culturas a lo largo de los siglos. Zeus, por ejemplo, se convirtió en toro para raptar a la princesa Europa. Miles de años antes, en la Epopeya de Gilgamesh, el rey de los dioses dios Anu envía al Toro de los Cielos para que vengue a su hija Ishtar (diosa del amor y la guerra) pues el divino pero mortal Gilgamesh declinó sus avances amorosos. Gilgamesh y Enkidú logran vencer al toro estelar que era guiado de la mano de Ishtar. Vencer al toro les supuso una gran gloria, así como en las famosas corridas de toro españolas. Pero vencer al toro también tiene sus consecuencias, porque, al final del día, su figura mítica y simbólica es más poderosa que la gloria que cualquier ser humano pueda derivar de su victoria.
En Puerto Rico tenemos a El Josco que, como representación simbólica del boricua, “no nació pa yugo”, en plena referencia a nuestra condición colonial.
“Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrilluda en sombras, el andar lento y rítmico. La baba gelatinosa le caía de los belfos negros y gomosos, dejando en el verde enjoyado estela plateada de caracol. Era hosco por el color y por su carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador incansable. Cuando sobre el lomo negro del cerro Farallón las estrellas clavaban sus banderillas de luz, lo veía descender la loma, majestuoso, doblar la recia cerviz, resoplar su aliento de toro macho sobre la tierra virgen y tirar un mugido largo y potente para las rejoyas del San Lorenzo.
-Toro macho, padrote como ése, denguno; no nació pa yugo -me decía el jincho Marcelo, quien una noche negra y hosca le parteó a la luz temblona de un jacho. Lo había criado y lo quería como a un hijo. Su único hijo.
Hombre solitario, hecho a la reyerta de la alborada, veía en aquel toro la encarnación de algo de su hombría, de su descontento, de su espíritu recio y primitivo. Y toro y hombre se fundían en un mismo paisaje y en un mismo dolor.” (El Josco, fragmento, cuento de Abelardo Díaz Alfaro)
Plasma I y Plasma II son obras de buen tamaño, de mucha textura a las que se les ha añadido materiales externos. Si bien la plasma es el elemento líquido de la sangre con los. glóbulos rojos, leucocitos y plaquetas, los elementos esenciales de la sangre, aquí su rugosidad nos pudiera estar advirtiendo de sus problemas, o en cualquier caso, que ser dadora de vida sólo lo es cuando es equilibrada.
Laberinto, por otro lado, exhibe mucho material que conforma un verdadero caos laberíntico que niega su planificación, como el más famoso de todos los laberintos, el de Dédalo, nuevamente, donde habita el Minotauro. A veces nos vemos más en este laberinto indescifrable que en el de Dédalo, y sin ningún hilo de Ariadna que nos regrese.
Feto fantasmal es una poderosa imagen con las figuras sugestivas de un espermatozoide que corona el cuadro y un feto, blancos, abajo en el cuadro, con un splash sobresaliente de color rojo. Nuevamente, vemos un redondel, azul, como figura celeste que evoca a Venus, “la más linda estrella (de amor) el astro de mi inspiración”, según escribió nuestro máximo compositor Don Pedro Flores, y “lucero del alba” en el poema de Lloréns Torres. Dos características distinguen a Venus, “el planeta del amor”: ser el planeta de nuestro sistema solar con el día más largo (243 días terrestres de rotación sobre su eje), y que su órbita es contraria a todos los demás planetas (a favor de las manecillas del reló, de oeste a este). Bajo esos augurios venusianos, es imposible el desarrollo de la vida.
En Lunabla II y Luna caída III se repite la figura redonda, blanca en la primera, tierra oscura en la segunda. En la primera hay un texto que no podemos descifrar, una clave secreta, que, tal vez, decodificada -como puede serlo un poema o un aforismo- puede conducirmos a nuevos escenarios, a la libertad, por ejemplo. En la segunda obra identificamos dos montañas arriba del cuadro y la figura redonda, aunque no completamente, yace bajo una extensa área de colores tierra y oscuros que, me da con creer, yace en el Hades, como una Eurídice que se desvanece.

Fondo marino
Fondo marino es una obra de extraordinaria textura, compacta, con trazos de color azul acqua entre colores ocres y oscuros. Se presenta como una obra perfecta en su hechizo, en sus insinuaciones y ejecución. Contemplarla es sumergirse en el origen, sin saber de pronto cómo hemos regresado, si de manera peligrosa, por naufragio, por ejemplo, a ese lecho que también puede ser mortaja.
Mientras, Fantalegoría, enmarcada en un marco rojizo, es un trabajo que sin temeridad llena de figuras serpentosas de diversos tonos de rojo y blancas sobre un fondo que se va corriendo al anaranjado. Fija la mirada, quedamos seducidos por este cuadro gorgónico y en algún momento nos preguntamos, al no poder avanzar a la siguiente obra, si nos hemos convertido en una una piedra en contemplación. Es la obra la que nos mira.

Fantalegoría
Vallorgette (diploide) es un collage en el que hay mucho de juego, que inicia con le trite de la obra, entre la relación del máximo poeta César Vallejo con su amada parisina Georgette Philippart, también escritora y costurera. Diploide, leo al investigar, “es el término que se refiere al número de cada tipo de cromosomas que tiene un organismo. Diploide específicamente significa que cada célula de ese organismo tiene dos copias de cada tipo de cromosoma. Los humanos son diploides, así que cada ser humano tiene por tanto, en el núcleo de sus células, dos copias del cromosoma 1, dos del número dos, dos del número tres, y así hasta el número 22. Y luego, si usted es una mujer tiene dos copias del cromosoma X, y si usted es un varón tiene un cromosoma X y uno Y. Por lo tanto, diploide significa que tiene dos copias de cada tipo de cromosoma.” (National Human Genome Research Institute) De esa manera, Vallejo y Georgette forjaron una célula diploide.
Contó Georgette en una entrevista con la revista española “Triunfo”, en abril de 1976:
“Nos conocimos de una manera muy curiosa, un poco ridícula si usted quiere. Usted sabe que los sudamericanos hacen muchos gestos al hablar. Y yo veía en la casa de enfrente, contra la luz tamizada de una pantalla roja de muy mal gusto, a unas personas discutiendo, gesticulando. Era invierno y las ventanas estaban cerradas. Y yo, conmovida le dije a mi madre: ‘Pobres los vecinos de enfrente son sordomudos’. Llegó la primavera; un domingo, yo estaba asomada a la ventana y los vi gesticulando como siempre, pero también oí su voz. ‘¡Mamá, el vecino de enfrente habla!’ Así, de esta manera, empezaron las cosas. Por eso puse atención en él.
…
Nos tratamos tres meses y un día desapareció. Mi madre cae enferma, se muere y ese día regresa Vallejo a la calle Molière. Me vino a presentar las condolencias y me dijo, así como si me dijera: ‘por favor, alcánceme los fósforos’, que debíamos vivir juntos. Y yo no dije ni sí, ni no, siguió la conversación, pero ni por un momento pensé decir que no. Sin estar enamorada, hacía tiempo que sentía que tendría que ser así: era la predestinación.”
Una figura única, como de pájaro, destaca por su textura y colores oscuros, y un ojo de metal de color aluminio. Se desplaza con velocidad en ese cuadro opresivo que no le deja alcanzar vuelo. Es Ícaro una pieza sólida cuya figura podríamos (y querríamos) arrancar de cuajo para evitarle su destino. El cuadro no nos lo presenta en su caída, sino en un instante aún feliz, típico del que no conoce aún el fracaso al que está unido. ¿es justo evitar el último momento de felicidad de quien sabemos que ese instante también lo destruirá?
Cara de ormiga es una pieza escindida por la mitad, con los lados desemejantes, inusual en este insecto. A la izquierda de la pieza hay mucho materal de madera, con colores azules y marrón tierra; a la derecha, papel y plástico, mucha textura con un color predominante entre gris y marrón claro, no logro determinarlo, pero, si me preguntaran, respondería con humor que se trata del spray ya seco con el que se fumigó a la hormiga. La materialidad de la obra la hace atrayente.

Desinencias
Desinencias es un espectacular cuadro del que nos provoca las distintas tonalidades de sus colores rojo, mostaza y ocres (¿fauvista?) y sus figuras humanizadas más sugeridas que trazadas. Una obra absolutamente vertical, como un fantasmagórico paraje boscoso al que nos adentramos, y así al lenguaje, si nos dejamos llevar por el título de la obra, que refiere a los morfemas finales de las palabras que nos señalan el tipo de género, número o tiempo verbal del que se habla. Igualmente, nos asalta (y nos hace recordar) en la parte de abajo, a la derecha, una circunferencia de color mostaza, que ya hemos identificado con la Luna, a modo de leit motiv. La figura redonda ha sido un símbolo usual de la perfección, lo absoluto, de la unidad.
Asimismo, tenemos Fantasmas I, Fantasmas II y Fantaspoema, obras de gran atractivo abstracto, de menor densidad y hasta con fondos claros. De la obra Crustáceo se debe destacar su creatividad en el uso de los materiales y nos reitera que una pintura (o ciertas obras que así llamo, generalizándolas) se crea no sólo mediante el dibujo, el óleo o acrílico u otras substancias líquidas que se imprimen sobre un material (canvas, maisonite, madera, etc.) sino mediante la manipulación de diversos materiales, composición y color.
La serie Kandinsky en palabras II, Kandinsky I y Kandinsky II son un evidente homenaje al pintor abstracto y teórico del arte que no desmerecen en nada mis buenas impresiones sobre la obra de Che. Incluso, el amarillo (que para K. es el color de la vida) está presente.
No obstante, mucho de lo que nos ha impresionado, si su huella no está lo suficientemente honda en la mirada, puede ser sacudido ante la serie Falsos Mondrian. Son seis piezas de una serenidad, sutileza y sobriedad plástica que nos hace sentir aquel silencio con la cualidad del viento lejano que llega exhausto. Son, me parece, láminas de madera coloreadas y barnizadas (eso creo), planas (como pedía Piet Mondrian al arte) en las que toda representacion se reduce a sus líneas esenciales como expresión de “lo absoluto y universal”. Son de encantación inmediata, un trabajo que, al colocarse al final de la jornada, nos hace recuperar el aliento perdido, a veces angustioso, por tanto contenido contemplado en el camino, por el efecto acumulado.

Serie Mondrian
“De mirarte tanto y tanto,/ de horizonte a la arena,/ despacio,/ del caracol al celaje,/ brillo a brillo, pasmo a pasmo,/ te he dado nombre; los ojos/ te lo encontraron mirándote./ Por las noches,/ soñando que te miraba,/ al abrigo de los párpados/ maduró, sin yo saberlo,/ este nombre tan redondo/ que hoy me descendió a los labios./ Y lo dicen asombrados/ de lo tarde que lo dicen./ ¡Si era fatal el llamártelo!/ ¡Si antes de la voz, ya estaba/ en el silencio tan claro!/ ¡Si tú has sido para mí,/ desde el día/ que mis ojos te estrenaron,/ el contemplado, el constante/ Contemplado!” (El contemplado, de Pedro Salinas)
Es el mar Atlántico el contemplado, para Salinas; es la forma, para nosotros, pero miramos de la misma manera. ¿Será cierto que “la vejez nos vuelve contemplativos”, como afirma W. Worringer? ¡aun cuando “no debe considerarse lo bello natural como una condición de la obra de arte” (Worringer), incluso si está alejada de lo sentimental (“lo orgánico”). Es justamente en ese carácter abstracto (inorgánico), donde lucen su belleza estas obras.
Se repiten en esta ciertas formas, la redondez, el tema de la figura del toro-bestia, toro y el concepto de lo fantasmal, así como el laberinto. Pero, sobre todo, se repiten historias con destinos fatales, trágicos, de esas que si cambiásemos su final alteraríamos para siempre la historia, el mensaje, lo que advierten, lo que debemos evitar.
Quedan de pie, sin embargo, todas esas formas de la angustia que no hemos podido racionalizar y que si las soportamos es porque se han convertido en arte, “la belleza no es más que el comienzo de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible,” (Rilke), versos que asocio con esos otros de Huidobro: “¿Qué ángel malo se posó en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano? ¿Quién sembró la angustia en tus ojos como el adorno de un dios? ¿Por qué, un día de repente, sentiste terror de ser?”
Queda de pie la existencia, como “temor y temblor, desesperación y angustia”.*
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* Prefacio a La repetición, de Kierkegaard.
