武士道 El camino o la derrota del guerrero

Por Obed Betancourt / PRENSA INTENCIONAL

“-Supongo que tengo tiempo.

-Eso creemos todos, que tenemos tiempo -dice Darnell-. Pero no es cierto. El tiempo nos tiene a nosotros. El tiempo es invencible, hombre. Nunca se le derrota. Si quieres saber algo sobre el tiempo, pregúntale a un convicto. Somos expertos en ese tema.” 

En La frontera, de Don Winslow.

I          El camino

El destino de todo guerrero es ser derrotado, me surge la idea un día al pensar en el tiempo. Esa es su senda, el Do, el camino y su ventura. No hay guerrero invicto. Al final, o es la guerra o es la vida lo que lo vence, las circunstancias, si bien algunos tienen mejor suerte y es, en la lucha, la muerte la que evita la humillación de una vida tristemente larga, pedestre, de escasabundancia. Podrán irse con la apariencia de la victoria, como Aquileo, pero a este lo venció su propio desafuero, y el azar, que puede ser otro destino, como en un juego de la ruleta rusa, pero con dos balas en un revolver de dos cámaras y dos tiros. A Shubert también lo venció una muerte temprana, pero ya iba derrotado. A Baudelaire la melancolía; la pasión sin estructura, desbocada, a Van Gogh. Hay toda suerte de causas, no importa realmente. Hay quien se derrota en una cruenta batalla consigo mismo, la más terrible, en la que no hay oportunidades de victoria.

El guerrero no siempre está consciente de su destino, es hasta mejor no estarlo pues el “abismo del futuro” puede causar desesperanza, “es algo escalofriante”, incluso “en su alegría” (Nietzsche). Pero el que se dedica a luchar sabe que la derrota es una posibilidad que, tarde o temprano, llegará; a veces reconoce que es inminente y se prepara para ello, para venderla cara, no importa si, en el caso de los karatekas, con las manos vacías o con sus manos hermanas, el Nunchaku, el Kama, BO, Tonfa, o si acaso, los artistas, con el pincel, las palabras, piernas, torso y brazos, o notas musicales. Con balas es vulgar, por oportunista, por desapego. Los sicarios no son guerreros sino vulgares testaferros de la muerte, del caos, aunque sospecho cierto grado de arrogancia moral en este planteamiento, sobre todo porque lo extiendo al terrorismo, sea cual fuese, el de abajo o el de arriba (Walsh), en su amplísima modalidad y moralidad.

El guerrero busca el establecimiento de un orden, nuevo o habido alguna vez, o en crisis al momento. Una búsqueda que podría parecer insensata si nuestra mirada abarcara hasta el confín de los orígenes. El mundo detenido, en cuarentena o ley marcial, luce ordenado, es solo cuando se mueven las aspas de la historia que todo es barrido por el tiempo. Esa es la labor de los guerreros, detener el mundo en el orden encomendado, aguantarlo como Atlas al planeta y fijarlo la eternidad suficiente que permita la vida que se busca.

Jaime Acosta Cepeda no es el último de los guerreros de las artes marciales en Puerto Rico, sí de los primeros y mejores. Si hubiese sido el último, muy extrañamente, gozaría de mejores condiciones de vida. Aun con sus dos cintas negra, octavo Dan en una de ellas, y un quinto Dan en Matayoshi Kobudō, el más alto que se otorga, sí parece, por su fama, el último guerrero de la generación que amaestró uno de los más grandes en todo occidente, el fallecido (22 de noviembre de 2018) sensei William James, mejor conocido como Kimo Wall, un soldado norteamericano formado en artes marciales en Okinawa, que trajo a la Isla el Goyu Ryu a finales de 1960.

Aquejado de una dolencia de cadera, ya entrando este año a los 70 años de edad y alejado hace unos años del Dojō, Jaimeacosta, porque así, de corrido, es de todos conocido, quien fuera uno de los príncipes legendarios en Puerto Rico del Goyu Ryu Karate Do, el Ichin-Ryu y el Kobudō, luce como un guerrero al final del día, derrotado, preparado para asumir otro destino. Y es la certeza de esa impresión, sin que se pierda la grandeza, lo que pretendo dilucidar en este reportaje. Su andador revela su dolencia, los años no han pasado sin haber dejado su huella en el rostro y en el cuerpo que, sin embargo, aun mantiene delgado, significando que sabe escoger muy bien sus alimentos o más bien escasean.

En un país tan aquejado del victimismo, el lamento, la queja presta y la escasa acción para resolver problemas, Jaimeacosta mantiene siempre una sonrisa y una silla separada en las tardes en el café al aire libre Cuatro Estaciones, en la Plaza de Armas del Viejo San Juan, la más amplia de esta ciudad murada, desde donde se aprecian cuatro estatuas de las estaciones del año que escoltan una fuente más veces sin agua de las que recuerda uno haberse salpicado. De vez en vez aparece una quinta estatua, una viviente, la del joven Johan Figueroa, quien hace las delicias de las personas que desconocen el espectáculo, sorprendidas de que ¡de improviso! se mueva y narre diversas historias de San Juan. Su espectáculo despierta en mí el deseo surrealista de que narren su historia todas las estatuas del mundo y el temor de que no haya nadie para escucharlas.

Si Jaimeacosta ha pasado hambre ese día o no, pues, no tengo forma de saberlo, ni lo dice. Preguntarle sería deshonroso para ambos. Yo solo me siento junto a él con dos espressos y alguna pastelería que haya comprado en el Café Cuatro Estaciones y que, en su sabiduría y respeto oriental no rechaza, y agradece con el gesto típicamente oriental de juntar las dos manos a la altura del pecho e inclinando levemente la cabeza, agradecido. No busca ni pide nada este hombre, que asocio con una fina barra de acero.

Buen tipo, le debía una entrevista prometida hace más de un año y medio (a ese momento de 2019), y que nunca presionó, y tardaría muy poco menos de ese mismo tiempo en redactarse, aunque nos veíamos esporádicamente y yo ni le mencionaba el compromiso. Tiene carácter y se ve que espera que se cumplan las promesas que se adeudan sin tener que recordarlo a los acreedores. No sé entonces si es el producto de su riguroso entrenamiento marcial o si es algo que ya trajo consigo desde antes de comenzarlo, si acaso lo adentró y lo incorporó a su naturaleza, como se hace con una kata. Es el Chugo, o deber y lealtad, que conoce todo guerrero oriental. “Las palabras de un hombre son como sus huellas; pueden seguirlas donde quiera que él vaya”, indica el Código de Bushidō (Bushidō Shoshinshu, de Taira Shigesuke, 1639). No hay razón para creer que no se cumplirá lo prometido, pensará. Solo hay que esperar. El Código lo advierte al indicar que cuando se dice que algo se hará, “es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra lo detendrá en la realización de lo que ha dicho que hará. No ha de ‘dar su palabra’ (el guerrero). No ha de ‘prometer’. El simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción”.

La cortesía de este guerrero la he recibido yo, al confiar que se habrá de cumplir lo dicho, tarde o temprano. Era de esperarse, muy adentrado en su alma, sea por valores de familia o por las enseñanzas que ha obtenido en su vida entera, es “cortés incluso con sus enemigos. Sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales”. Él “recibe respeto no sólo por su fiereza en la batalla, sino también por su manera de tratar a los demás”. Son citas del Bushidō,manual que, en parte, he tomado para idearme la figura del guerrero, oriental u occidental, como la tradición caballeresca europea. Y no necesariamente por la dedicación a las armas. Clemente, por ejemplo, fue un guerrero, así como lo son el poeta puertorriqueño Joserramón “Che” Meléndez, o el pintor Rafael Trelles, entre muchos, muchísimos, otros. Si algo reiteró Jaimeacosta en esta entrevista es que al guerrero lo hace la actitud, no sus armas, y su objetivo, como decir, “poner en su corazón el espíritu de combate” (Bushidō). Estas personas mencionadas pueden decir, con el poeta japonés Bashō, “no sigo el camino de los antiguos, busco lo que ellos buscaron”. Además, la oración primera del Bushidō me permite establecer el tatami sobre el que se ejercita esta entrevista: “el deber principal de todo aquel que se considere un guerrero es tener presente en su mente la muerte en todo momento, todos los días y noches de su vida, desde la mañana del primer día del año hasta la noche del último”. Previene entonces Taira contra la irresponsabilidad, indisciplina, dejadez, imprudencia y negligencia física y espiritual del samurái que de tal modo le impida cumplir los deberes con su Señor, su familia, el país. Son los guerreros, o debieran ser, como los monjes. Sabe que la vida, por breve, “se asemeja al rocío nocturno”, y que son muchas las tentaciones que le alejan de su objetivo. De morir se debe morir ejerciendo los deberes.

Fijamos la cita finalmente para la tarde del sábado 2 de marzo (2019) en ese café con techo de cielo, con la esperanza de que no lloviera demasiado ni el ruido de los turistas malograra la grabación. Los turistas, particularmente los que viajan en cruceros, no suelen ser conscientes de que aquellos lugares que visitan no son un zoológico de animales exóticos o parques étnicos construidos para su entretenimiento. No resulta fácil cambiarles la impresión de que el resto del mundo no es un Disney World construido para que ellos sacien su más bien pequeña curiosidad. En esos casos tienden a dañar con el ruido agudo de su ingenuidad las grabaciones que hacen los periodistas que han decidido hacer una entrevista en el más inadecuado de los lugares a la peor hora pensada.

La tarde, afortunadamente, nos obsequió con un sol espléndido por su amarillez y una temperatura ideal refrescada por la brisa fuerte que se colaba por las cuatro esquinas de esta plaza mayor hasta reagruparse en un único viento divino que atacaba faldas, palomas y sombreros; mientras, los cielos se mantuvieron despejados, como si de un más allá hubieran dado la orden de retirada a unas pocas nubes que amenazaban con estropear lo que ya era difícil de realizar. Los turistas prefirieron mantenerse alejados de la mesa donde Jaimeacosta y yo sosteníamos una evidente y activa conversación.

En esa misma mesa, una semana antes, habíamos acordado la cita. Había ido con mi hija Lucía Beatriz a comprar algunos libros a la librería El Laberinto, apenas a una cuadra de distancia, cuando decidimos apresurar el tráfico sanguíneo en el Café Cuatro Estaciones, donde nos atendería por supuesto Leyda con su amplia sonrisa, quien lleva décadas preparándolo a la perfección. Cuando hace más de 25 años El Vocero estableció su redacción de investigación, donde trabajaba, en el Viejo San Juan, acudí cada tarde que pude a buscar ese acelerante que me permitiera más horas de trabajo, y era ella la que lo preparaba. Desde entonces, ambos podemos contarnos, o expurgar el uno al otro, las canas que nos han surgido, las libras que hemos ganado y perdido, las nuevas líneas que como heridas de guerra cruzan nuestros rostros, y hasta la milimétrica pero progresiva profundidad de nuestras ojeras mide el pesado paso del tiempo.

Le presenté mi hija a Jaimeacosta y ambos mantuvieron la discreción de un encuentro fortuito. Sin embargo, durante ese rato de conversación me llamó poderosamente la atención un señor que, con un grupo diverso de turistas en otra mesa, entre ellas una puertorriqueña, tomaba su café vespertino. ¡Que me jodan si ese no es Eric Clapton! Miraba y cada nueva miraba me lo confirmaba, así lo dejé saber en mi mesa. Su barbilla escasa, la barba rala, el corto cabello encanecido, a dos aguas, la estatura justa, el peso aproximado, la forma intelectual de sus lentes, el mahón desgastado y su T-shirt raída que caía sobre una barriga cervecera, pero sobre todo ese aire con un pasado de excesos del que se recuperaba, todo parecía apuntar a que era él quien se mostraba en nuestra isla, posiblemente porque habría conocido de nuestras playas hermosas, la belleza del San Juan colonial y querría quitarse la jinchera y la flema británicas. Solo unos días antes un señor con un parecido atroz a Elton John -y, según la foto vista, pensé que lo era- había caminado, y posiblemente resbalado también debido a las lluvias, por las calles adoquinadas del Viejo San Juan, para disfrute de los amantes de los selfies y las redes sociales, recordándome este hecho la anécdota ajena de un periodista boricua que en los ’80 quiso pensar que se había topado con el entonces notorio cantante Boy George y lo fotografió y publicó la reseña en su diario, solo para ser desmentido, de manera humillante. Éramos entonces ingenuos los periodistas puertorriqueños sobre esas usurpaciones a los famosos. Ahora continuamos ingenuos, pero en asuntos de verdadera gravedad.

Así que, pensé, si este es Eric Clapton juro que haré lo que en mi vida he hecho, tomarme una foto con un famoso. No soy groupie ni de artistas, políticos, filósofos o celebrities, influencers, y menos los persigo. Sigo la obra, no la persona. Che Meléndes lo dice de manera tajante: “el poeta [como pudo decir el artista] es un nudo de genio y destreza y solo se le conoce por la obra” (Antología de la sospecha, vol. 1). Dicho de manera más popular, al pájaro se le conoce por la churretá. Pude haber tenido, yo como tantos otros colegas, montones de fotos con gente famosa con la que coincidí por el azar que genera mi profesión, escritores, pintores y músicos, y más recientemente, políticos, criminales y corruptos de moda, you name it, son 40 años de correteo periodístico. Pero Clapton sería la única excepción. Los rockeros sabrían porqué. Después de mucho vacilar, me le acerqué y por supuesto pregunté con entusiasmo controlado si aquél era Eric Clapton. Los periodistas tenemos -aprendemos- esa cualidad de asombrarnos sin que lo parezca y luego olvidar la humillación de actos como este cuando son fallidos. Porque si aquél que estaba allí era el tercer mejor guitarrista de la historia del Rock (por supuesto, el primero es Jimmy Page y le sigue Jimmy Hendricks) y no me tomaba posiblemente la única foto que me tomaría en mi vida con un famoso, no me lo perdonaría.

“No lo es pero qué mucho se le parece, se lo he dicho, y la gente lo confunde”, me dijo su esposa, la puertorriqueña, ciudadanos canadienses ambos. Y asegura que lo han detenido y perseguido personas en New York y otros lugares. “Pero él, lo que es, es mi marido”, zanjó la confusión la doña en aceptable español, cantaíto para mejor seña. Me imaginé que así mismo podría decir la mujer de Eric Clapton: para mí es solo mi marido, no la leyenda del Rock que ustedes ven; lo mismo habrá pensado Josefina de Napoleón, o José Palacios, el ayudante de cámara del Libertador. Disuelta la confusión, nos despedimos muy sonrientes todos. Mi hija posiblemente se habrá sentido avergonzada, otra vez, de tener un padre con escasos filtros. No me lo habrá dicho por recato o costumbre, pero de seguro lo sintió, si bien no lo puso en evidencia, tan tierna y empática que es. Jaimeacosta se mantenía desentendido, aunque sonriente. Pero lo importante si acaso es que ya le habíamos fijado hora y lugar a la entrevista, pensando él tal vez que le podría ayudar para alguno de sus futuros proyectos, y pensando yo que era él, según la tierna teoría que me rondaba, el arquetipo del guerrero derrotado, sin que con ello pretendiese rebajarlo ni mucho menos, porque, como he dicho, ese es el destino del guerrero, y segundo, porque es lo que habré de decidir a medida que escribo, si ya se le cumplió ese destino.

Buen conversador, de ideas progresistas y honorable, con la “benevolencia como armadura”, casi un servidor público por naturaleza, como es su idea del karate, para la entrevista lo vi como recién desempaquetado, como surgido de la noche camino hacia un club de jazz cuya música flotaría densa en el aire más que el espeso olor de las habichuelas guisadas. Con su eterna boina negra, más a lo francés que a lo Che Guevara, si acaso más a lo Puerta de Tierra que a la Rue de la Paix, la colorida polo roja que vestía me pareció propia de una persona que mereció estar en el dibujo a colores de una mesa con dos sillas no ocupadas, que me mostró y acompaña este reportaje, y que resultó la misma que ahora ocupábamos.

Siempre lo admiré, debo confesar, desde la década de 1980, cuando hice mis pinitos en este arte marcial en el Dojo en Río Piedras y de él se cocía toda suerte de rumores. Recuerdo verlo caminar hacia el Dojo, en la tarde, donde enseñaba. Siempre fue un flaco fibroso, solo que, para ojos entrenados en la calle, se daba uno cuenta de que no es de esas personas con las que hay que meterse. En todo caso, lo mejor es cruzar la calle y alejarse. Su concentración al caminar, los pequeños deslizamientos de sus pies y de unos ojos alertas que complementaban su rostro aguileño, como de cuervo, eran suficientes muestras como para dejarle el canto. Era alguien que vigilaba, y uno no quiere estar en el campo visual de alguien que vigila.

El hambre y la indisciplina me vencieron y no regresé a los entrenamientos. No me podía imaginar entonces que esa era también la situación de casi todos los que acudíamos al Dojo. Nadie nunca dijo nada. Para entonces, contrario a hoy día, no éramos quejicas ni nos gustaba ser protagonistas del victimismo. De las pocas cosas de las que me arrepiento es no haber continuado un poco, o bastante más, esos entrenamientos, así como continuar a mayor nivel aquellos largos años de clases de música. Por lo demás, no hay por qué lamentarse, uno también llega a ser lo que es dejando de ser lo que ha sido, o no siendo lo que pudo ser.

Pero Jaimeacosta ha dejado pocas cosas en el camino. Aun se piensa un guerrero, aunque no esté activo en karate, enseñando o al frente del Dojo que por años dirigió. Tengo una visión un poco sesgada del asunto, posiblemente más dogmática, rígida, que Jaimeacosta se empeña en cambiar. Ser guerrero no es solo una aptitud, es, en todo caso, una actitud, un modo de ser, asegura. El karate es un arte defensivo, me recuerda a cada instante. Es un método de defensa. No es para agredir. Si aun continúa a su edad con muchos planes, creativos sobre todo, es porque precisamente mantiene la actitud del guerrero, aunque las circunstancias se empeñen en despeñarla.

Como periodista siempre quise hacerle una entrevista pues, además de su talento conocido, veía que cargaba unas complejidades que, me parecía, no estaban resueltas y me intrigaba la manera en que vivía con ellas. Y, ciertamente, si como amigo no estaba seguro de la conveniencia de la entrevista, como periodista estaba seguro que no pasaría por alto debilidades, contradicciones, inconsistencias, ni tampoco proezas. Como amigo, respeto la personalidad de todos, no soy quién para juzgar, cada cual tiene su historia. Sin embargo, es difícil ser un guerrero en estos tiempos en que todos creemos ser víctimas de cualquier cosa. Una víctima es, por definición, alguien que por consecuencia de algún trauma está incapacitado para llevar a cabo unas tareas -entre ellas vivir sin más o menos problemas- debido a situaciones muy variadas y hasta que no se supere la condición será esa causal que le jodió lo que domine sus pasos, su destino. Con riesgo de parecer duro, intransigente, creo que con genuino esfuerzo podemos superar, aunque sea parcialmente, la condición de víctima, en términos generales. El victimismo puede ser, también, el resultado de un padeciente egocentrismo, narcisismo. ¿Por qué a mi? se preguntarán sin pensar que fue el azar y que pudo ser otro ser humano cualquiera. Pero, para el narcisista no hay otro ser humano cualquiera, solo él. De otra manera, ser víctima puede convertirse en una posición que le permita no enfrentar cosas, para no seguir adelante, y lo digo sin perjuicio contra los que deciden no hacerlo, o para los que decidan ser únicamente víctimas o los que no logren superarla. Como dije, esa es también una circunstancia que nos conduce a ser lo que somos. Lamentablemente, “el mundo sigue / girando, girando/ nadie lo puede parar./ Las cosas siguen / cambiando,  cambiando / y al final no será igual”, cantaba Leonardo Favio, con voz roncosa, dramática, teatral, con la esperanza de aquellas pasadas, con ideología.

Jaimeacosta pertenece a ese grupo selecto de, asumo todavía, guerreros derrotados, solo comparable con los samuráis que, en un giro dramático de la historia japonesa, quedaron sin señores feudales a los que servir. Se convirtieron estos pertenecientes a la clase alta en muchas cosas, si bien algunos en médicos, eruditos, monjes, sobre todo en mercenarios, vengadores, justicieros y bandoleros, matones otros o alcohólicos. Ronin (“hombre ola”, que va y viene) se les llamó, más por errantes que por vagabundos, cuando no cometían seppuku, como les imponía su código de conducta. Algunos hasta pudieron encontrar la paz del sedentario, la que el Señor feudal les negaba. Pero nuestro entrevistado negaría esa comparación con los samurái (“servidor” es su traducción, o “sirviente” de la clase aristocrática). Luego, al devenir ellos la clase militar dominante y gobernante -1186 a 1868- se llamaban entre ellos, más prestigiosamente, Bushi -guerreros-, así que Bushidō no es otra cosa que “El camino del guerrero”.

El karate pertenece más bien al pueblo que practica ese arte surgido en la isla de Okinawa para defenderse precisamente de guerreros como los samurái, y de seguro que tampoco Jaimeacosta hubiera formado parte de los ashigaru, esa legión de campesinos al servicio del ejército feudal. Las armas de las cuales Jaimeacosta es especialista son justamente los instrumentos de trabajo del pueblo, convertidos en armas mortales para defender la vida, el pan o los peces del hogar, la familia, para evitar el ahondamiento de su miseria, para pelear como gato bocarriba. Sería entonces uno de esos guerreros derrotados que se levantan, que no se ha dado cuenta de que acabó el camino. Hace recordar la frase aquella del personaje Juan Gabriel Borkman, de Ibsen, “a cada uno de nosotros los van a derribar alguna vez; pero hay que levantarse y hacer como si no hubiera pasado nada”, casi casi como la actriz que tropieza y cae de camino a recoger su Oscar: aquí no pasó nada.

Toda época produce sus propios y particulares luchadores, su ética y su estética. Cuando cambian las etapas, por mucho que se extiendan, son otros guerreros, artistas, políticos, los que habrán de llegar y prevalecer. Cada viejo guerrero, por supuesto, habrá de asirse a lo que le quede para tratar de que permanezca lo que ha sido el motivo de su vida: la lucha y su ética, sus códigos. Los viejos guerreros, como los poetas viejos, resultan extraños en las nuevas épocas. Lo único que queda son los sueños y los recuerdos del “solitario justo”, convertido ahora para las nuevas generaciones en “un enemigo del pueblo”, ambos, nuevamente, a la manera de Ibsen. Queda también su valentía como un valor inmutable, eterno, su moneda de cambio. Es cuando el guerrero, entonces, siente la necesidad de sentarse en vez de continuar blandiendo su katana, o el arma del que sea diestro, sobre lo que se le presenta, que a estas alturas es de ordinario más contra los espectros propios que lo desafían en su intimidad. La derrota del guerrero ha llegado. No tiene que haber sido vencido en batalla, no es un oponente poderoso quien lo arrastrará por todo el campo de batalla, como Héctor humillado por Aquileo, ni tampoco será por las heridas, que de tantas lo desangran y merman sus fuerzas. No. Lo ha vencido o su deseo de continuar al frente de una batalla que ya no es la suya o es inexistente, o el cansancio de lo mismo. Un Sísifo que al final se desencanta del mundo y decide no elevar la piedra o deja que la piedra lo aplaste porque no le encuentra sentido a lo que hace. Hay otra conciencia. Lo ha vencido una nueva época con nuevas aspiraciones, otros conflictos que exigen otras muertes, nuevas formas de sacrificarse, otras derrotas o victorias nuevas. El destino de todo guerrero es ser vencido, sea por mano ajena, el cansancio de la suya, o una nueva época. Y aún así, más alto que su puño, mantiene el guerrero derrotado intacta la memoria, como se lleva en alto un emblema, el sashimono, el de su clan, a la guerra, para que todos lo vean. No elude ese guerrero su gesta y menos teme recordarla, ni que lo recuerden. Esa es la ironía. Hay extrañamente otros guerreros en Puerto Rico, también derrotados, que les ha molestado que develara e inscribiera su nombre en la memoria pública. A esos los venció la vergüenza, o resultaron demasiado sensibles, víctimas, cuando en verdad debieron hacer público su orgullo, su heroicidad.

Jaimeacosta salió de su país, viajó el mundo, aprendió nuevas habilidades y regresó solo para descubrir que era otra Isla a la que había regresado, a pesar de tener las mismas coordenadas en el mapamundi, una a la que tendría que arrancarle sus nuevos secretos, como lo había hecho Gregers Werle (en El Pato Salvaje -Ibsen) mientras escondía los suyos propios. Pronto descubriría que conocer la verdad de todas las cosas le rompe el corazón a cualquiera, hasta al más ilustre, e inclusive al más iluso, de todos los guerreros, que nunca luchan con indiferencia. La claridad de la conciencia también puede ser cegadora, incapacitante.

Pero de ese viaje de regreso a su Ítaca, puede decir con Cavafis, que fue “largo, repleto de aventuras y experiencias”, sin prisa, sin temer a demonios internos, enriquecido por el camino y sin esperar de la Isla más de lo que él le traía. La patria está tan fuera del cuerpo como dentro, y ambas no siempre coinciden en un mismo tiempo y lugar. Entonces hay que decidir a cuál de esas patrias defender, o luchar por ella. Queda afuera un mundo muy pequeño para este guerrero, sospecho, que se empeña en luchar, quijotesco. El único camino, el Do (que es también la forma, el método), que le resta transitar es su ruta interior, donde hay más espacio para crecer. Es algo que saben los derrotados, los que llevan su Ítaca dentro. Y desde entonces Jaimeacosta se dedicó al arte, a un arte distinto al arte marcial que practicaba, como si con ello pudiera vencer al tiempo. Sabemos, sin embargo, que siempre ocurre lo contrario. Hay un infortunio que no reconocemos a tiempo, por engaño, o sencillamente desconocemos. La imagen que a lo largo de su evolución el Hombre ha hecho del Padre Tiempo -de Chronos- es posiblemente la más distorsionada, terrible, de la que tengamos conocimiento, por inevitable, por estafa, por miedo, pues nos hace creer el Padre que vamos venciéndole en nuestro empeño de vencerlo. Los mitos fundadores alrededor del mundo suelen ser de una similitud sorprendente, tanto por el amor como por el dolor que entrañan, y por la garantía de una compensación trascendental, vencer la muerte. Las religiones concomitantes con esos mitos ocultan -mediante una gran cortina pintada con un hermoso camino al más allá (como unas escaleras al cielo)-, el paso inevitable, en falso, que habremos de dar. Lo sabremos al precipitarnos.

Como todo padre comprensivo, el Padre Tiempo nos deja ganarle varias partidas en el juego de la vida, dejándonos sembrar ilusiones, esperanzas, deseos de vivir, cultura. Creemos que en ese gambito de dama (Fischer lo hizo contra Byrne en la llamada “partida del siglo”) que nos ha propuesto ha cometido un grave error nuestro Padre. Y luego de aceptarle el sacrificio, triunfantes, vemos más adelante, sorprendidos, cómo nos devora, como ha devorado siempre a sus hijos, cómo nos ha engañado. Buen ajedrecista es ese Chronos. “Nadie llega al Padre si no es por mi”, propuso otro sabio hace dos milenios para vencer la muerte, el tiempo. Siglos antes de eso, Chronos pareció conocer la derrota ante el crónida que dominaba el relámpago-luz-energía-juventud-ímpetu-vida. Pero solo fue una victoria pasajera, paternalista, la del buen Padre. No se encierra al tiempo que con su guadaña destruye y crea. El Olimpo finalmente caería a sus pies. El tiempo es el más alto depredador en el universo. Podemos estar en dos lugares al mismo tiempo, pero solo si es cuántico ese lugar, oculto, indescifrable, desconocido, esotérico. El tiempo no solo pasa, el tiempo tritura para crear nuevas formas. Ese préstamo que el azar nos ha hecho solo se paga llegando a ser lo que se puede llegar a ser. Ni más, ni menos. Jaimeacosta, instintivo desde joven, logró ver de lo que era capaz, y ni por un momento salió de su ruta, y si acaso, de tan duros sus pasos, quebró su propio camino en vez de, como sugería Nietszche, ir “ligero de pasos”, dejarse llevar un poco por los vientos que a su favor soplaban.

Hay un alto nivel de Bushidō en Jaimeacosta, ese antiguo código de conducta del samurái fundado en las bases del zen, el confusionismo, el budismo y el sintoísmo, que erigió siete principios cardinales de comportamiento, si bien muchas veces ha sido para sus practicantes una aspiración más que una práctica cotidiana: justicia o rectitud; coraje; compasión; respeto y cortesía; honestidad, sinceridad absoluta; honor; lealtad. Y de seguro, concluyo al hacer la entrevista y conocer su historia, no hay miedo a la muerte, al peligro, al riesgo.

Fue un karateka fuera de serie, maestro de artes marciales, politizado en la solidaridad internacional, escolta de políticos de izquierda, sin embargo, terminó en el mundo del arte, del teatro y masajista especializado en la técnica tailandesa, dibujante. Intenta, a mi manera de ver, según me evoca la película Angel Heart (de Alan Parker), burlar el tiempo, su deuda y su época, esconderse (Chikuden) para que no le alcance su destino, su derrota. Y como al propio personaje de la película mencionada, o tal vez como al mismo Miyamoto Musashi (1584-1645), el más famoso samurái japonés, ronin él mismo, Jaimeacosta deberá enfrentar en algún momento, si acaso no lo esté haciendo ya, y en actitud serena, la derrota que busca evitar, posponer, desplazar en el tiempo. El kensei Miyamoto, un guerrero invicto, fue fundador de la escuela kenjutsu (arte de la espada), que más tarde, al perfeccionarla, llamó Niten (su nombre budista) Ichi Ryu. Miyamoto también practicó, en esa búsqueda que inició hacia el verdadero Camino, la enseñanza, el dibujo a tinta, la caligrafía, la poesía, la escultura, la meditación Zen. No hay equívoco cuando Miyamoto escribió en su libro Go-rin no sho que “el guerrero pule su corazón y mente, al punto de no caer en la oscuridad de un corazón confundido”, y combate “de forma natural”. Ya sabemos, por aquellas enseñanzas de dos milenios, que “el que anda en tinieblas, no sabe dónde va”.

En este momento, Jaimeacosta no tiene amo al que servir. No tiene Dojo, estudiantes, y su pueblo, al que ha servido, es ya otro pueblo (no lo dice él, lo pienso yo). Aunque su corazón, que continúa puliendo como se pule una espada, es la nueva ruta, sería ingenuo pensar que esté tan libre de obstrucciones. De seguro sabe que las rutas fáciles, perfectamente pavimentadas, conducen todas al infierno. Más acusativo, el novelista Philip Roth decía que el camino al infierno está pavimentado de “obras-en-progreso” (works-in-progress). Tiene Jaimeacosta adentrado el Dharma de las enseñanzas del Buda, liberarse del sufrimiento, cruzar al otro lado de la orilla. Jesús el pescador dominando las aguas del mar por donde van sus discípulos en una barca; Carón, el barquero del Hades, cruzaba las almas errantes a través del río Aqueronte, y el Dharma (la doctrina de Buda) se interpreta como el barco que habremos de abandonar al llegar. A saber si es el mismo barco del que habla la mitología egipcia, la nativoamericana, o la que refiere el shintoísmo japonés. Vivos o muertos, el barco nos conduce, nos enseña, y nos delata que no es residencia la vida sino ilusión, puente o río hacia otro camino que habremos, en su momento, de descifrar. Nombre y sentencia se confunden en Pedro Calderón de la Barca (¡sí, de la Barca!): “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y lo sueños, sueños son”. Así cavila Segismundo, porque está en cautiverio para cumplir su destino en la vida real, mientras en su sueño se ocupa de la libertad. Esconden esos versos el debate entre el destino y el libre albedrío, la realidad y el sueño, respectivamente. Hard to say.

En su libro Ausencia, el filósofo coreano residente en Alemania Byung-Chul Han, que contrasta y fusiona prácticas culturas orientales y occidentales, nos da una idea, de manera fortuita, de lo que puede ser la integración del arte marcial con la práctica cotidiana, la conducta, de los practicantes marciales. Definirían este Tao (chino, equivalente al Do japonés) lo suave, la fluidez, la soltura, flotar, dejar que nos conduzca el camino (¿acaso sea esa la verdadera libertad? ¿seguir nuestra propia naturaleza, cumplir nuestro destino?), hacia la transformación que surge. A mi modo de ver, el filósofo contrasta más bien la figura oriental de “el vacío”, siempre único, con la figura occidental de “la esencia” (tan múltiple ella). El artista marcial ejecuta cuando llega al vacío, pues solo queda su naturaleza actuante, activa, múltiple, involuntada, como la lluvia que cae, o el río que se arrastra hacia el mar, o el huracán que ataca cuando se dan las condiciones que lo forman. Jaimeacosta ha fluido mucho, aun fluye. Flota una impresión de que ha cumplido su destino. Si lo sabe, no lo sé. Solo se cumple el sino si sabemos a dónde conduce, así como solo se paga una deuda (nos enseña Angel Heart en su historia fáustica) cuando hay conciencia de ella. Tough call, conocerlo o no.

No es fácil escribir un perfil, pues siempre algo esencial queda. Lo dijo con precisión el periodista Ryszard Kapuściński (otro que quedó al tope de la lista, cada año más extensa, de los que, mereciéndolo, no recibieron el Nobel de Literatura, como Borges, Philip Roth, Matos Paoli, Lezama Lima y otros) en La jungla polaca, mientras le contaba aspectos de su país a unos dirigentes africanos sorprendidos de la nieve, los tranvías y, sobretodo, que Polonia no tuviese colonias: “Siempre quedará algo sin decir, ese algo tan importante, ese algo fundamental,” revela el maestro, cuyo trabajo periodístico continuó a Vasili Grossman y posibilitó a Svetlana Alexiévich. Sé, por propia experiencia, que a veces queda fuera de las entrevistas el dolor de cada día, la lucha cotidiana por la sobrevivencia y el fracaso de muchas de ellas, alguna alegría inesperada que rompe el plan de hacer de hoy el último día sobre el planeta, o lo que mueve al corazón a participar en un acontecimiento grande, o no entrelazar con suficiencia la pequeña y la gran historia (la grande et la petite histoiré). Peor puede ser no encontrar la pregunta exacta que permita una respuesta que alumbraría una vida entera, el dato desconocido, seminal, el que aclare una existencia o, de suerte, una palabra, la que nos de “el nombre exacto de las cosas” (Juan Ramón Jiménez), la que atrape “el olor de la rosa”, “la luz de la luna”, “el cantar del arroyo”. Es decir, hacer un perfil tan desnudo como la poesía. “Que por mí vayan todos los que no la conocen, a las cosas”, pide el Nobel español tanto como el periodista, para evitar el olvido, para llegar a lo que se ama, para que quede en pie “cuando yo muera”. Decía Walt Whitman, con esa certeza que brinda el otoño, que “lo mínimo no es menos importante que lo demás” (Leaves of Grass). Como sabemos los periodistas, solo la respuesta nos dirá si hemos hecho la pregunta correcta, exacta. Si acaso, entonces, que sean las interrogantes lo que sobreviva. Milan Kundera, al hablar sobre la novela, indicaba que se debe enseñar al lector “a aprehender el mundo como pregunta”. Acusaba el miedo, en su entrevista con Philip Roth, de la muerte de las preguntas (es decir, de la novela, y añado yo, del periodismo) ante un mundo con “verdades sacrosantas”, donde las preguntas pudieran no oírse “en el estrépito necio de las certezas humanas”. Más arte que ciencia el periodismo, las cosas se juzgan, se explican, por los resultados.

Tampoco paso por alto a Isaac Bashevis Singer cuando asegura que “es imposible escribir la verdadera historia de la vida de una persona”, pues “el relato completo de cualquier vida sería absolutamente aburrido, además de absolutamente increíble”.

Retazos es lo que los periodistas ponemos sobre la mesa, con la expectativa de que algún lector con buen ojo y mejores manos logre tejer en los espacios que dejamos la trama que no hemos podido hilar, o que acaso hemos sugerido. El misterio se revela al que vescucha en esos intersticios porque, como cualquier abismo, ellos también se expresan.

II         Revelación de Jaime Acosta Cepeda

Nació el 23 de junio de 1950 en el antiguo Hospital Municipal de Río Piedras, de padre puertorriqueño y madre dominicana. La diversidad de escuelas públicas a las que acudió -Gabriela Mistral, Trina Padilla de Sanz, República de México, República de Colombia, entre otras- mostraron el típico carácter nómada y caribeño inmigrante de su familia, el padre, músico, la madre, ama de la casa donde le tocara vivir en San Juan o Bayamón y de una voz operática consagrada. Jaimeacosta también heredaría ese deseo de moverse y años después iría, como quien va de casa en casa, de país en país. Viajero acaso se convirtió porque creyó desde pequeño que era el movimiento lo natural, como la música, luego el karate se lo confirmaría. Se acostumbró a trasladarse de aquíallá como lo hicieron sus padres, si bien mi experiencia de esa generación de padres, que es la de mis padres, es que se movían constantemente en búsqueda de mejores oportunidades, nómadas también. Viajero rebelde debió ser, como lo son todos los viajeros al fin de cuentas, tal vez buscando donde echar su raíz profunda, más allá del viento que lo impulsa.

Así también su inclinación por la música fue inevitable y ya en la adolescencia tocaba la batería. Su padre Radamés Acosta Pagán fue saxofonista barítono, clarinetista y flautista en conocidas orquestas como la Happy Hills de San Germán, fundada en el 1929, la de Pepito Torres, la de José Luis Moneró, César Concepción, Rafael Muñoz. Había que ser realmente buen músico para tocar en esas tremendas orquestas, de eso puedo dar fe. Mi maestro de saxofón tenor en la Escuela Libre de Música Antonio Paoli, de Caguas, y luego su histórico director, Julio César Ortiz, fue saxofonista alto de Moneró y había que escucharlo para darse cuenta de la calidad de esos músicos. La madre de Jaimeacosta, Luisa Cepeda Bobadilla, es hermana de Fausto Cepeda, un cotizado y laureado cantante lírico dominicano. Jaimeacosta es hermano de Radamés Acosta Cepeda, conocido líder sindical, judoka y militante por la independencia de Puerto Rico.

“Esa influencia de la música clásica y de la música popular en mi casa fue tremenda”, rememora, dejando escapar una sonrisa amplia. Hay agradecimiento en esa sonrisa. No obstante, se decantó por la música popular con el grupo Los Nocturnales, “y de la música bailable pasé a la música teatral, cuando trabajé con el grupo de teatro Pregones, en Nueva York”, años más tarde. También tocó los ritmos de la época, rock, jazz, música caribeña. Es inevitable ser hijo de su época.

Con una familia con tan alto nivel musical, y tú mismo tocando la batería con una carrera prometedora, ¿cómo aparece el karate en tu vida?

“Al karate llego como a los diecisiete años. En la cancha detrás de la escuela Osuna, donde está WIPR-TV (en Hato Rey), paso en la bicicleta y veo a una gente haciendo unas cosas raras, y me pregunté qué estarían haciendo. Parqueo la bicicleta y los miro, obviamente era karate pero yo no sabía qué era eso todavía. Y a mi me dio hasta un poco de gracia lo que estaban haciendo, y el maestro, que era Kimo Wall, que en paz descanse, se me acerca y me dice: ¿tú crees que esto es fácil? porque te veo riendo. ¿Por qué no tratas? Me lo dijo en inglés.”

A ese momento de su adolescencia Jaimeacosta, que nunca ha sido una persona agresiva, no peleaba en la escuela y tampoco sufría bullying, estaba dedicado a la escuela y la música. La época, sin embargo, era agreste en todo Puerto Rico. Había fuertes tensiones sociales y políticas, siendo epicentro de este temblor la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, que hervía de manifestaciones políticas y tres personas murieron a lo largo de esos años. En el 1968 ganó por primera vez las elecciones en Puerto Rico el partido que reclamaba la integración política con EE.UU., y no el usual partido que afirmaba la colonia con su engañoso discurso patriarcal, nostálgico (de una realidad, dicho sea de paso, que nunca ocurrió, o por lo menos fue idealizada) y de culturalismo aristocrático. Mientras, la izquierda se radicalizaba. Puerto Rico es una colonia americana, confirmado por el propio Tribunal Supremo de EE.UU. en algunas de sus decisiones, el Congreso lo afirma en varias de sus leyes aprobadas, entre ellas la reciente e infame Ley PROMESA, e informes presidenciales. Por su parte, el reclamo independentista llega a la ONU anualmente, un recorrido solo comparable a la peregrinación por el Camino de Santiago, y diversos grupos clandestinos de izquierda manifestaban en aquella época su rechazo a la colonia poniendo bombas en industrias estadounidenses asentadas en la Isla, en algunos centros de reclutamiento militar o instalaciones federales, atacando Marines y aviones de combate, cuando no “rescatando” a balazos el dinero de comercios y bancos y millones de la Wells Fargo en Hartford para financiar su lucha. Fue esta la época de la guerra de EE.UU. contra el Viet Cong, la música Rock se escuchaba fuerte en cada esquina medioclasista, al igual que la Salsa se adentraba entre cuero y hueso, esa que hoy llamamos gorda-gruesa, que penetraba fuerte en los barrios de clases más bajas. Otras expresiones culturales, el teatro, la danza, la literatura, en especial la poesía, la nueva trova que surgía, elevaron su nivel y afianzaron su militancia. En ese contexto, un adolescente tranquilo con buena educación musical se topó con algo que tal vez otros jóvenes ni hubieran hecho caso o aceptado el reto de descifrarlo.

“Cuando Kimo me reta, solté la bicicleta y me metí al grupo. Hasta el día de hoy”, señala con orgullo, al menos así interpreto su sonrisa al decirlo.

En ese momento lo que se practicaba era Shotokan, que tiene diversas influencias del estilo clásico de Okinawa, aclaró. Luego el Dojo es trasladado a un sector de Buchanan, cerca de la base militar del Ejército de Estados Unidos en el municipio de Guaynabo, y en esos momentos Kimo Wall, que entrenaba militares para la guerra de Viet Nam, dejó su clase a manos de un maestro que enseñaba el estilo Isshinryu Karate-Do, otro estilo de Okinawa. Jaimeacosta no faltaba a uno solo de los tres días que tenía para asistir al Dojo, durante varios años.

La organización fundada por Kimo Wall, Kodokan, en honor a la escuela de su maestro, Matayoshi’s Kodokan Dojo, originó, luego de acabar su servicio militar a principios de la década de 1970, otras escuelas en New York, California, Tennessee y otras ciudades de EE.UU., además de Guatemala. Su primer Dojo Kodokan y Kobudō en todo occidente lo fundó en Puerto Rico.

Kimo, nombre hawaiiano equivalente a Jim, fue un niño asmático y por recomendaciones comenzó a los seis años de edad (1949) a practicar karate (Goyu-Ryu) en Hawaii. En la escasa información sobre Kimo Wall, provista en Wikipedia por sus discípulos, se destaca la sucesión de este arte. Las primeras clases de Naha-te, que luego devino Goju Ryu Karate Do, fueron impartidas tarde en el Siglo XIX por el sénsei Kanryo Higashionna. Al este morir le sucedió en la isla de Okinawa Miyagi Chojun, quien desarrolló el arte aprendido bajo su maestro hasta convertirlo en Goju Ryu. Al morir en 1953, su más prominente discípulo en Okinawa, Higa Seiko, tomó las riendas del Dojo. Kimo comenzó a entrenar con un discípulo de Seiko en Hawaii, y luego con el propio Higa en Okinawa en 1962. Kimo promovió la pureza de este arte marcial, y con toda seguridad sus enseñanzas pueden rastrearse hasta el senséi Miyagi, quien redondeó este sistema marcial.

Los padres de Kimo Wall habían emigrado a Hawaii en 1939. Kimo ingresó a los Marines en 1961, aunque entonces ya vivía en el estado de Georgia, y fue destacado en 1962 en Okinawa, donde continuó entrenando en los dojos de Higa y Toguchi Seikichi. Y así mismo se adiestró en armas antiguas con el legendario Matayoshi Shinpo, entre otros estilos y maestros. Enseñó en el Departamento de Educación Física en University of Massachusetts en Amherst en la década de 1980. Y además de karate y Kobudō enseñó masaje Tai. Kimo Wall es considerado uno de los grandes maestros en haber diseminado las artes marciales tradicionales de Okinawa en Occidente, aunque también fue conocido por mantener un perfil bajo sobre sus ejecutorias. Nómada él mismo, yendo de país en país, fundando dojos y aprendiendo las culturas. En la breve biografía se le adscribe ser de los pocos en el mundo en aprender el silabario completo de Kobudō y una de las glorias extranjeras en ser un verdadero defensor de las tradiciones marciales okinawenses.

Haciendo Isshing-Ryu con Russell P. Best, Jaimeacosta logra la cinta negra en apenas unos tres años junto a varios del grupo, como Dionisio Pérez, otro de nombre Néstor y otros dos cuyos nombres, se lamenta, olvidó. Y cuando regresa Kimo Wall hace la cinta negra en Goyu Ryu. Desde que entró al Dojo, sin embargo, habían pasado poco más de cuatro años en la práctica de karate-do de Okinawa, tres veces a la semana más otros dos días de práctica libre. Jaimeacosta reconoce que sus katas eran muy buenas. “Para mí, las herramientas más importantes en el karate”, asegura.

También comenzó Kobudō de Okinawa, y logró el Quinto Dan en el estilo Matayoshi, cuyas armas, letales como puede serlo todo instrumento en las manos de un adiestrado, se originan en los instrumentos de labranza de los campesinos. Entonces se le tenía prohibido al pueblo el uso de armas templadas, excepto a los samuráis. Esos instrumentos labriegos fueron convertidos, sin embargo, en armas de defensa, usualmente contra los propios samurais u otros agresores.

“Lo que significa karate es ‘mano vacía’, porque tú te enfrentabas en una pelea a ‘mano pelá’, como decimos en Puerto Rico”, explica. Añade que las artes marciales se dividen en tres grupos. El primer grupo es el militar, que usa las artes marciales para atacar y tienen armas; el segundo grupo son los monjes, que entrenaban artes marciales en los monasterios en diversas disciplinas, involucrando siempre un aspecto espiritual, mencionando entre ellos a los monjes Shaolin; mientras, el tercer grupo de artes marciales pertenece al pueblo, que utilizó las artes marciales para su defensa. “Es importante conocer esas tres formas del karate porque se entrenaban diferentes y con propósitos diferentes”, indica. Jaimeacosta aprendió el karate del pueblo, el llamado karate clásico. Luego surgen otros karates tendientes al deporte, “y eso es otra cosa porque es para competir”, aclara.

Karate-Dō, o “el camino de la mano vacía”, fue desarrollado en la isla de Okinawa, isla al sur de China, que pasó a formar parte de Japón en el ultimo cuarto del siglo XIX. Según la literatura revisada, la población no poseía armas para templar, como espadas, lanzas y otras, inclusive, les eran prohibidas, por tanto lograron desarrollar una defensa basada en sus manos, sus pies y sus herramientas de trabajo (Kobudō). Esta técnica debía canalizar con eficiencia el ki (o chi), la energía o fuerza vital al interior de cada cual. Este no es solamente un elemento puramente físico, sino que en las tradiciones orientales tiene un componente religioso o místico importante. Jaimeacosta luego se especializó en estas técnicas para elevar la energía mediante el masaje. Con el tiempo se establecieron distintas escuelas que enseñaban las formas particulares que cada escuela logró desarrollar para su defensa. Algunas, por ejemplo, fueron más frontales que otras, y mamaron más, o menos, de las prácticas chinas. Los chinos son los originarios de estas defensas, tanto sin armas como con ellas, a través del legendario “kung fu” y sus distintas modalidades. Leo en Breve historia de los Samuráis (Carol Gaskin y Vince Hawkins) que estos guerreros cuyo nombre significa “servidor” utilizaron mayormente este estilo de defensa propio de los monjes guerreros del monasterio de Shaolin. Asímismo utilizaron el Jiu Jitsu. Unido a su soberbio aprendizaje en el uso de la katana, los samuráis resultaron casi invencibles, hasta que tarde en el siglo XIX, ya ronin, fueron prohibidos y barridos con armas de fuego por los ejércitos imperiales. Dos millones de japoneses en 1868, el 7% de la población, se consideraban entonces samurái, dos millones de personas cuyas normas de vida eran regidas por el Bushidō. Los samurais llevaban consigo, además, una espada corta que llamaban wakizashi, que sirve además para practicarse el seppuku. A la katana de acero japonés se le atribuía un origen místico (la espada sagrada) y era objeto de pelea si alguien la llegaba a rozar, además, su portación era prohibida en variadas circunstancias, como en reuniones con el Shógun, y otras ocasiones y ceremonias. Así de peligrosos se les consideraba.

Aquí es cuando le pregunto, debo reconocer que con cierta malicia, si cree que el karate deportivo es superior, para defenderse, al karate clásico.

“Obviamente, una persona entrenada puede defenderse. Pero no es lo mismo combatir (en luchas organizadas, con reglas) que pelear. Cuando combates lo haces con normas y reglas establecidas. Cuando peleas todo está permitido, pues estás defendiendo tu vida, no es pelear por pelear.”

En el kumite, una de los adiestramientos que se hace en karate, se entrenan entre ellos peleando. Junto a la enseñanza y práctica fundamental de las katas y los ejercicios se completa el entrenamiento. El karate, insiste, es para defenderse, no para atacar. “Hay una máxima que dice que en karate no hay primer ataque. Esto significa que tú no atacas, tú solo te defiendes”, agrega.

Luego de obtener sus cintas negras en Isshing Ryu, Goyu Ryu y en Kobudō, en un viaje a Miami asiste a un seminario con el maestro Matayoshi, especialista en armas, y toma un examen que lo calificó de quinto Dan. “Usted es un Go-Dan”, le habría dicho Matayoshi, por las destrezas que exhibió y las materias que pudo aprender en armas que los primeros dan en Kobudō no dominaban. Es decir, lo que le enseñó Kimo Wall en Puerto Rico, que no otorgaba el grado en armas, fue más que suficiente para lograr la más alta calificación. Y como buen discípulo, Jaimeacosta le otorga a su senséi todo el crédito. No obstante, y no lo dice en la entrevista pero es algo que siempre se supo entre los que asistían al Dojo, también había un alto nivel de ejecución que solo respondía a las propias destrezas de Jaimeacosta.

Pero el karate no es, como se indicó, un único mecanismo de defensa, como sí lo es, por ejemplo, el boxeo. Implica el karate-do, a su vez, una serie de principios de vida que son puestos en práctica en el ejercicio de esa disciplina y, a la inversa, la práctica de este arte marcial resulta en el ejercicio de principios instrumentales para la vida. Son principios simbióticos que alimentan cuerpo y alma.

¿Qué observaciones te hacía Kimo Wall mientras entrenabas con él?

“Una observación importante en las artes marciales y en muchas artes, y lo dice Emerson también, es que hay que olvidarse un poco de las técnicas (aprendidas), y entrar en los principios. Una de las cosas en las artes marciales que Kimo enseñaba era el principio de la técnica. Uno no es un robot, no es lo mismo fuerza que energía, velocidad que rapidez. Este tipo de cosas, como en cualquier arte, si haces los principios entonces entiendes lo que estás haciendo y practicas inclusive hasta más tranquilo.”

(Acepto la desviación que hace de la pregunta, que buscaba algún reconocimiento que hubiera podido haberle hecho Kimo Wall a sus destrezas.  Me di cuenta que no habría honor en insistir, en este caso, que hable a nombre de un tercero ausente que ya jamás podrá confirmar lo que diga. Pudo haber dicho que su maestro le reconoció grandes cosas o pequeñas sobre sus capacidades, pero prefirió ir a los principios inculcados. Otra posibilidad es que la pregunta no estuviese claramente formulada, así que, de todos modos, decidí continuar la entrevista.) ¿Cómo llegas a ser octavo Dan?

Por el tiempo de práctica. Hice el quinto Dan con Kimo Wall aquí en Puerto Rico. En eso me me voy a Nueva York y entreno con un chino que hacía Goyu-Ryu. Este me baja a cinta blanca y me quedo con él hasta hacer nuevamente el quinto Dan. Pasan los años, regreso y me encargo del Dojo, que en ese momento estaba en (la urbanización) Las Cumbres, mantengo comunicaciones con Okinawa y estos aprueban nuestro Dojo como escuela original de karate de Okinawa. El director técnico era yo en ese momento y me reconocen un octavo Dan, otorgada por la misma escuela. En ese momento casi todos mis estudiantes cinta negra eran quinto Dan, pero yo era el de más tiempo, más experiencia, y había pasado todas las pruebas. El asunto de los danes es parte del sistema curricular que empieza a verse en Okinawa y Japón, o sea, darle grados y pasarlos de curso. Antes ibas de blanca a negra, porque de tanto usar la blanca se iba ensuciando hasta que terminaba negra. Eso es un simbolismo, pero mira qué bonito.”

Y es verdad, la experiencia, el tiempo y, finalmente, el desgaste.

Jaimeacosta, que fue el primer presidente de la Federación de Karate de Puerto Rico, trajo a la Isla a Chuck Norris, pensando tal vez que, por su prominencia y renombre en el cine, era uno de los más grandes karatekas de occidente. “No era lo que creíamos”, dice frustrado. “Hizo par de patá’s, no lo voy a negar, quedaron bonitas, pero era mucha actuación. Distinto a, por ejemplo, Bruce Lee, que era más karateka que actor, pues no podía hacer ni una escena de amor. Llegué a verlo en Santo Domingo (República Dominicana).”

¿Qué aportaron las artes marciales a tu vida?

“Los que practican las artes marciales se convierten en familia. He viajado, estuve en una veintena de países y lo primero que hago es visitar los dojos y es como encontrar una familia, desde que entras vienen los saludos y las ceremonias: konnichiwa, konbamwa, irrasshaimase, arigatô. Sé que en otras artes es así también, en la poesía, la música. Y aquí no se pregunta ni se dice si las personas son de izquierda, de derecha o centro, musulmán, budista, cristiano. No importa, somos una gran familia. Cuando veo la historia de Chōjun Miyagi [quien le dio nombre al estilo], una de sus metas fue, a través de las artes marciales, unir la Humanidad.”

La apreciación política que hace Jaimeacosta tiene especial significación para los puertorriqueños, y posiblemente en otros países politizados malamente, de manera errónea (como es la política de campeonato, de demagogia de campaña, de barricada, pedestre, populista, injuriosa, que solo busca o preserva el poder; distinta a la politización sana que debemos hacer de los aspectos en que vivimos, su impacto socioeconómico, en las libertades civiles, en las políticas públicas, que es una politización distinta, necesaria). Parece decir Jaimeacosta, con el mismísimo Rodolfo Walsh, “las distancias partidarias son quizá las más superficiales que separan a los hombres”. En Puerto Rico, ser de alguna tendencia política en particular es suficiente motivo para ser discriminado, no conseguir empleo en el gobierno, o ser denostado, marginado, como si precisamente la democracia no fuese esencialmente la tolerancia en la convivencia de nuestras diferencias. Pero hay algo roto en las democracias actuales, menos liberales cada día, más puritanas y hasta deseosas de cierto grado de tiranía. Jacques Rancière ya advertía, en El odio a la democracia, que “no es una novedad. Es tan viejo como la democracia misma, y ello, por una simple razón: la propia palabra constituye una expresión de odio. Fue primero un insulto inventado en la Grecia antigua por quienes veían en el innombrable gobierno de la multitud la destrucción de cualquier orden legítimo. Resultó sinónimo de abominación para todos cuantos pensaban que el poder correspondía por derecho a quienes se hallaban a ser destinados a él por su nacimiento o quienes eran convocados a él por sus capacidades. Lo es aun hoy para quienes entienden que la ley divina revelada es el único fundamento legítimo en la organización de las comunidades humanas.”

Nuestro entrevistado perteneció, pertenece, a ese grupo élite de los que sobresalen en una actividad, en este caso el karate-do, pero en su ser político ha sido una persona de izquierdas, donde también encontró familia. La práctica política crea lazos familiares, sea con los del propio colectivo, o con los de la oposición si el roce entre ambos es continuo y respetuoso, tolerante. Jaimeacosta, ahora, se ha decantado por las artes, dado su talento para el dibujo, y por la propia experiencia que adquirió en el mundo del teatro. El camino por su ruta interior devela, posiblemente, lo que ya Misashi, en la etapa postrera de su vida había visto, que el tiempo nos acorrala y que debe uno continuar puliendo el corazón y la mente.

De todos los países que has visitado, ¿cuáles han marcado tu destino?

“India, Tailandia, Viet Nam, Camboya, Burma. De Europa, Francia, Checoslovaquia, Alemania, España, Inglaterra, a donde fui a presentar algo de teatro. Y recorrí por supuesto Estados Unidos. Fundamos una escuela de karate en Trinidad-Tobago y en el ’84 montamos los boricuas y los cubanos una escuela de karate en La Habana, y está allí todavía”, dice con singular orgullo.

Jaimeacosta tiene una visión muy seria del karate, e inclusive espiritual, por eso insiste, ante la pregunta sobre qué hizo como karateka en esos países, en alejarse del comercialismo y su difusión publicitaria y puramente de entretenimiento, así como fantasiosa, de esa práctica.

“Por una destreza física, que brinques diez pies o rompas 40 tejas, para mi no es un arte marcial per sé. Eso es otra cosa. Cuando uno entra a las escuelas y te comunicas con los maestros, empiezas a trabajar la esencia del arte marcial y no a comparar, sino saber lo inmenso de que tú bloqueas y agarras así, pero aquel bloquea y agarra así. Esas diferencias, que no son malas, eso es lo que estudian las artes marciales.”

Sin embargo, narra un incidente que al día de hoy no comprende.

“Fui al norte de Francia, a Nancinne, a una escuela de karate, voy con mi gran amigo Luis Oliva (el mimo puertorriqueño que fue discípulo de Teniel de Krup, maestro del inolvidable Marcel Marceau y la esposa, con quienes Oliva trabajó, además). Tengo una anécdota. Estábamos haciendo teatro en ese momento, pero él me lleva a esa escuela de karate. Entro a la escuela y el maestro se mete en un cuarto y no aparecía y mandó un estudiante a que me saludara y me fui. Nunca pude averiguar por qué. Nunca había visto ese comportamiento y he ido a muchas escuelas y siempre me reciben y compartimos.”

¿Hasta cuándo practicaste karate activamente?

“Hasta hace cinco años atrás [en 2014], cuando salí de la escuela. En las artes marciales, sobre todo en el karate clásico, hay una serie de ejercicios para levantar (fomentar) la energía, que se llama Chikun [Chi, equivalente a Ki]. Fue lo que enseñé en el Hospital Auxilio Mutuo [en San Juan], que se trabaja mucho en los hospitales de Oriente, es un tipo de yoga y Tai Chi a la misma vez. Ese trabajo de energía se enseña en las artes marciales y puedes practicarlo todo el tiempo. Las artes marciales no consisten en tirarle patadas a un saco todo el tiempo, hay otras cosas, visualización, que no es lo mismo que imaginación, por ejemplo. Tirar patadas y puños podría ser hasta lo de menos en karate.  Es una forma de vida. Por eso se dice Do. Ju-Do, Karate-Do, el Do es el camino hacia algo, tú decides a donde, la senda. Un Dojo es el sitio donde practicas esa caminata.

La palabra sénsei significa maestro, instructor. Uno no es un papá. Se supone que uno entre a un Dojo, entrene durante cinco o seis años y luego uno se va. No es el sitio donde uno le va a resolver [a los discípulos] los problemas familiares, no es un lugar al que se va porque no se tiene nada que hacer. Las escuelas de karate tampoco son hospitales. Son áreas donde se entrena en unas artes que las harás tuyas y luego harás con ellas lo que tú quieras. Se entrena aunque no venga el maestro. Cosas parecidas me pasaron cuando enseñaba a los pacientes en el hospital. Yo les decía que debían aprender las técnicas y luego, cuando yo no estuviera con ellos, que las aplicaran. El Maestro decía que el conocimiento es prestado, la sabiduría no. Aprendes algo y lo aplicas según sea necesario. Y eso te va dando un tipo de intuición para que se use en el momento justo.”

Jaimeacosta no llegó a vivir enteramente de sus clases de karate, aunque en la Universidad del Sagrado Corazón impartió durante varios años cursos acreditados de eficiencia física, relacionados con el karate. Mientras, en el Dojo no recibía remuneración económica, aunque había un fondo para viajes necesarios y necesidades del local. Sí obtuvo ingresos mediante clases privadas de defensa personal y Kobudō. Así, como no hay mal que por bien no venga, la necesidad de un ingreso lo remedió el sénsei con sus habilidades musicales, y como delineante durante años. Y mientras pensaba seriamente en darle un nuevo giro a su carrera y a su vida, como irse a estudiar a la Liga de Arte, a la industria de la arquitectura ingresó el entonces novedoso AutoCat, un programa o sistema informático digital que dibujaba por el delineante, reduciendo la oferta laboral. Entonces pasa a estudiar en la Liga de Arte [en el Viejo San Juan] durante tres años pintura, escenografía, dibujo, con el excelente artista peruano residente en Puerto Rico Ramiro Pazmiño, una vida que, como otras tan valiosas, dejó muy temprano este plano materio-espiritual para adentrarse a confines desconocidos.

“Cuando me canso de ser delineante, cuando me canso de la línea, del cartabón y de todo lo mecánico, entonces me voy a la Liga de Arte a coger clases de técnicas de dibujo”.

Muy bien, pero por qué. Porque yo puedo tomar esas clases y al final haré lo mismo que al principio, nada, porque no tengo la habilidad de dibujar.

“Deseaba algo diferente. Como ya conocía lo que eran las perspectivas, lo ángulos, dibujar se me hizo interesante. Yo siempre he dibujado, desde niño. De hecho, yo no aprendí a escribir, yo aprendí a dibujar la letra. Yo no sé acentuar palabras, yo las sé dibujar”.

Jaimeacosta, que prefiere llamarse dibujante y no pintor, me recuerda a un buen amigo que conocí en la facultad de Humanidades de la Universidad, Willie Ríos. Este veterano de la guerra de Viet Nam regresó luego de su estadía en el Ejército a completar sus estudios en pintura. Trabajó muchos años de delineante, más de lo que hubiera querido, y terminó lastimado de la espalda, un mal que le aqueja  todavía. Además de ser un retratista consumado, tiene, entre otras pinturas, una serie de bodegones maravillosos en los que la textura que permite el acrílico está rellena de puro color y nos da una sensación de plasticidad tan grande que, si se me permite, apela a querer tener esas flores entre las manos y la boca. Más reciente, vi una pintura en la que, sobre un fondo azul añil bien texturizado, sobresalen unas extraordinarias figuras baconianas con las que cada uno podría identificarse, por su misterio. “Ser pintor no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo”, reveló este otro guerrero en su post en Facebook, posiblemente explorando su ruta interior. Con esto solo quiero puntualizar que hay artistas, demasiados tal vez, trabajando en distintas labores ajenas o relacionadas que no les permiten explotar (explorar) sus destrezas o solo lo hacen parcialmente por la forma (errónea) en que está estructurado el sistema de trabajo productivo. Cuando una sociedad no considera que las artes serias no forman parte de su quehacer esencial, y la reduce a hobby o mero entretenimiento, en verdad evidencia su primitivez. Tengo el temor de que las sociedades democráticas cada día sigan reduciendo las distintas libertades que tenenos a la única libertad de comercio. Esta visión eminentemente mercantilista que se tiene de la sociedad, como si fuese únicamente un bonche de gente que se asocia para consumir (no para convivir), sin tiempo para la contemplación y disfrute de las diversas creaciones humanas, y dirigida pura y tristemente hacia el trabajo rentable (para grandes réditos corporativos) y a la terrible autoexplotación, nos hace cada día, social y humanamente, menos viable. Se es “un prestador de servicios y su cliente”, denuncia Rancière.  Es una grave y peligrosa reducción de lo que debe significar una sociedad, es igualmente una grave reducción de lo que debe ser un ser humano, aquí limitado a las “exigencias mercantiles”, un mero consumidor, grotesco como son todos.

De reconocer la necesidad de la formación humanística, otras serían las circunstancias de todos esos artistas y la sociedad en general. “La poesía” (por querer decir las artes), decía emblemáticamente el poeta y profesor puertorriqueño Jorge Luis Morales, “salva”. A mi juicio, tanto al que la crea como al que la lee. Por otro lado, y es algo que he denunciado y repetiré cada vez que tenga la oportunidad, en esta sociedad boricua se privilegia mediante la otorgación de cientos de millones de dólares en financiamiento, el desarrollo del deporte con dos expectativas: el entretenimiento de la juventud y su posible alejamiento de las drogas, y la colocación de los más capaces en competencias mundiales que resalten la “identidad”. Eso no solo ha fracasado sino que es un disparate y esa falacia ancestral de política gubernamental nos está costando la educación plena de nuestros estudiantes, además de haber demostrado ser un derroche de nuestros impuestos. ¿Cuándo se le destinará las suficientes partidas en el presupuesto al desarrollo de las artes? La educación no solo tiene una más larga duración en las personas, y las hace más humanas y democráticas, sino que una persona educada tiene mejores posibilidades de rechazar el mundo de las drogas que un aspirante a atleta de élite con escasa educación. Además, cuesta menos y es de mejor beneficio para la sociedad. Sale más barato tener una biblioteca en cada casa que un gymn o un parque en cada esquina. En una investigación que realicé para El Mundo en el 1990, si no equivoco el año, contabilicé miles de canchas de baloncesto y de pelota en la Isla y apenas decenas de bibliotecas públicas, muchas de ellas, en ese momento, destrozadas por el huracán Hugo (septiembre 1989). Unpost en las redes sociales de estos días de cuarentena debido al Covid-19 dejó muy claro la situación: debido a su educación humanística la persona lograba pasar los días sin aburrimiento alguno, mientras otros (imagino a los que solo hicieron fitness toda su vida o eligieron carreras enteramente técnicas, sin ruta interior) no saben como llenar sus días y están al borde del colapso mental. Jaime Benítez, el legendario presidente de la Universidad de Puerto Rico, dijo en su discurso de instalación de 1943 lo que cincuenta años después repetirían filósofos y educadores de la talla del español Fernando Savater, que el objetivo de la educación debe ser “hacer hombres libres en su espíritu, hombres que no rindan la potencialidad creadora de su alma a nada de este mundo -ni al halago, ni al clisé social, ni al prejuicio, ni a la ambición, ni a la amenaza, ni al poder- a nada de este mundo.” Para el educador, no suficientemente recordado y hasta injuriado por facciones políticas, ser un espíritu libre no era sino “querer voluntariamente hacer lo que se debe”. Es la verdadera profesión de todos, dijo elocuentemente en su discurso de graduación de 1950, “ser seres humanos”. Y añade, que más importan “las actitudes, la acción generosa y creadora” que las propias destrezas técnicas y profesionales. Las drogas, el crimen, la violencia generalizada, los prejuicios, las desigualdades socioeconómicas y de género y la intolerancia de hoy día demuestran el actual fracaso social, y que Benítez tenía la razón al advertirlo. Savater llegó a deci, recientemente que “la humanidad es una tarea común” (Abc.es, 7 de abril.) A su vez, destacaba Don Jaime Benítez, la “callada heroicidad conmovedora” de aquellos padres que con grandes sacrificios económicos daban a sus hijos la mejor educación posible. Precisamente, en el Bushidō se previene contra el analfabetismo de sus guerreros y, al igual que el presidente universitario, acentúa la responsabilidad en los padres. Más aun, Taira señaló hace casi cuatro siglos que educar es el modo adecuado de amar a los hijos.

En la Liga de Arte, Jaimeacosta estudió diversas técnicas de dibujo y pintura, acrílico, óleo, y otras, las cuales le permitieron desarrollarse en el campo. Más adelante se desempeñó en las áreas técnicas del mundo teatral, donde fue conocido y conoció grandes luminarias de ese arte y, por sus estudios en arte, hacer escenografías. El masaje lo estudió después en Tailandia. Es sobre los 30 años que entra en el mundo teatral, tenía ya a su hija, engendrada tan pronto como a sus 18 años de edad. Luego vendrían otras dos. En el mundo de las artes logra trabajar en escenografía en la entonces plaza más importante de Puerto Rico, el Centro de Bellas Artes de Santurce. Más adelante se desempeñó igualmente en luces y sonido. Es decir, Jaimeacosta trabajó en todo lo que se podía trabajar como técnico en ese centro, así como también trabajó en el histórico teatro que, frente a la Plaza Colón, da una majestuosa bienvenida a los visitantes del Viejo San Juan y el cual lleva el nombre del primer escritor moderno puertorriqueño, dramaturgo, novelista, poeta, periodista y político Alejandro Tapia y Rivera, cuya memoria y obra ha sido nuevamente valorada y puesta en escena en virtud de los estudios, divulgación y dirección teatral del dramaturgo y periodista Roberto Ramos Perea.

El artista marcial ha encontrado en el mundo de las artes escénicas un nuevo espacio donde exponer sus habilidades. No resulta curioso, ni extraño, y ni siquiera novedoso. De cierta manera, es un devenir natural. Como artista marcial Jaimeacosta dominaba los espacios en que debía luchar, desplegando, como un bailarín o actor, todo su cuerpo por un amplio tatami imaginario que debía serle propicio para la victoria, como un teatro Bolshói cuyo escenario fabuloso se convertía en una nueva naturaleza donde mostrar los trucos de su actuación. Si bien su gramática actoral consistía en la práctica disciplinada de la defensa corporal, lejos de manierismos o clichés típicos de la época en ese arte, en el que los falsos movimientos son el pasto de las películas de Hollywood (lo vio él mismo al ver a Chuck Norris), reduce el movimiento a lo esencial necesario, como si hubiese aprendido karate basado en las enseñanzas del maestro del teatro realista Konstantin Stanislavski (creador del “método de las acciones físicas”) y no del mismísimo Kimo Wall, quien fue igualmente un maestro del movimiento elemental, esencial. Por otro lado, con el método (el Do, el Tai), Stanislavski proponía un actor sensible, con normas de vida altamente éticas, honradas, seriedad de propósitos nobles, dignos, y ejemplaridad en la higiene física y mental. Sorprendentemente, Stanislavski nos requiere valores semejantes al Bushidō, como una ética rigurosa, un sentido de la vida, la honestidad, sinceridad, respeto, el entrenamiento intenso, concentración. En el sistema de Stanislavski precisamente se ensayaba el doble y hasta el triple de los estrenos. Entrenamiento, espíritu, técnica, objetivo, relajación, ética, son, entre otros, principios que comparte con las artes marciales.

¿Por qué te vas a Nueva York a trabajar con el grupo puertorriqueño de teatro Pregones? (Le pregunto porque ya se ha establecido el punto sobre cómo el dominio del espacio adquirido a través del karate le ha permitido ejercer otras habilidades afines. En el recuerdo todos tenemos actores cuya principal disciplina ha sido las artes marciales, desde Bruce Lee hasta Jet Li -casi un monje Shaolin en estos días- dos grandes artistas marciales que se convirtieron en actores de gran renombre, principalmente en películas de karate, y con una ética de vida envidiable. Otros han tenido gran éxito, como Steven Seagal y Jean-Claude Van Damme, quienes, sin embargo, a pesar de sus grandes habilidades marciales, fueron derrotados por la carencia de una ética rigurosa, como requieren el Bushidō y Stanislavski. Una diferencia apreciable es que Jaimeacosta no fue actor de acción de artes marciales, sino de obras generales.)

“Quería algo diferente, y además aprovecharía para entrenar con mi maestro chino, que vive en Chinatown. Me quedé con Pregones siete años, en El Barrio. Montamos ese teatro en un local prestado por la iglesia St. Ann Church. Mientras, practicaba karate todo el tiempo. De técnico paso a músico (en Pregones), pues tenían obras musicales, bilingües, para la comunidad latina, actué también y bailo danza experimental y de contacto. Me quedo ese tiempo y regreso a Puerto Rico, donde contacto al mimo y amigo Luis Oliva y montamos Teatro Circolo. Lo movemos por toda la Isla, fuimos a Francia a hacer teatro en la calle y luego regresamos. En Circolo hacíamos de todo, música, pantomima, cosas increíbles. Algunas bailarinas y reconocidas coreógrafas de danza moderna, como Petra Bravo, Awilda Sterling, Gloria Llompart, Viveca Vázquez, ven los movimientos que estoy haciendo y me preguntan si puedo llevar eso a otros escenarios. Iván Olmo se acerca y me cuenta que está organizando un festival de coreógrafos varones de todo tipo de baile y me pide que haga una pieza. Monté la pieza “108 pasiones” en el 1998 en el Teatro Tapia, y participé de danzante. De ahí en adelante las muchachas me invitaban a hacer piezas, fui a Nueva York, con Gloria participé en Brasil en una competencia de danza experimental, con la pieza Porto Alegre.

Estoy bastantes años con Monsieur Oliva, que hablaba un francés exquisito, y de ahí me voy a Tailandia a estudiar masaje, ya estaba en los 40 [años de edad]. Yo había trabajado con Norways Airlines, y la empresa me llevaba a construir sus oficinas en diversos lugares en el Caribe y Estados Unidos y me invitan a Tailandia. Ahí estudié masaje tailandés, trabajo corporal tailandés, en las escuelas del gobierno, hago todos los cursos necesarios, me certifican y también di clases allá, pues me ayudó hablar español, inglés y japonés.”

Curiosamente, Jaimeacosta no practicó artes marciales tailandesas, el famoso Muay Thai, sino que contempló actividades de ese estilo de pelea que llama Thai Boxing, y se ríe [no le pregunto porqué, tal vez debí hacerlo, porque mi imaginación corre]. Sí hizo yoga, el ya aludido Chikun y sus katas, “siempre las katas”. Un digno representante del Muay Thai y actor es Tatchakon Yiram, mejor conocido en Tailandia como Jaa Phanom, y Tony Jaa internacionalmente, el llamado “guerrero del Muay Thai”, y monje budista. Nuestro entrevistado no se adscribe a alguna religión, oriental u occidental, sin embargo, cierto panteísmo recoge algunos sentires, sobre todo cuando afirma el fluir del todo. No obstante, aprecio una sensación devocional en el entrevistado, una religiosidad o espiritualidad que se manifiesta en la alegría que muchas veces expresa su rostro, y en otras, una especie de rutina corporal que confundiríamos sin problemas con actos de bendición, agradecimiento, o de intimidad trascendente, como revelando una promesa o su forma de vivir.

Entre Tailandia y la India, Jaimeacosta estuvo cuatro años. En esa India que aun se busca a si misma estudió nuevas técnicas masajistas. ¿Habrá tenido tiempo de estudiar las Upanisad? El pensamiento védico puede ser asintomático (para usar una palabra de moda), nos hace ver al mundo de una manera distinta sin que apenas nos demos cuenta. El Brahman, como principio fundador, lo tenenos en otras religiones, y Jaimeacosta ha estado relacionado con una diversidad de principios únicos. “El que sabe mirar no ve la muerte / la enfermedad, la angustia. / El que sabe mirar todo lo ve / todo completamente lo hace suyo”, según una traducción de un fragmento que leo en el blog El vuelo de la lechuza. El carácter optimista, integracionista, el nuevo nacimiento (a través de la ciencia del Yoga), la fuerza vital que enseña, no hacer daño a los otros, son elementos comunes a las filosofías orientales. “Todo aquello que es / inerte o animado / habita en el Señor. Líbrate de lo vano / nada hay que codiciar.” En ese tiempo se daba de vez en cuando un viajecito a Puerto Rico, más por nostalgia que por necesidad, aunque es posible que la nostalgia sea alguna forma de necesidad, como es el amor un envase que requiere ser llenado, recurrentemente. Aun así, ganaba algún dinero en esos viajes a Puerto Rico que luego se triplicaban en el cambio de divisa. Al final de ese tiempo, a principios de los ’90, regresa definitivamente a la Isla y ejerce de maestro varios años en Nova College, en el municipio de Bayamón. Más adelante, con su experiencia en masaje tailandés ayuda a montar el spa vietnamita Anam, en la Calle del Cristo en el Viejo San Juan, del que fue su primer masajista.

Es una vida la que ha tenido nuestro entrevistado. Ha tenido varias disciplinas (en el sentido profesional), karate, delineante, masajista, teatrero, ha logrado explotar otras habilidades, como la música y explorado y adiestrado en otro sinnúmero de ellas (actuación, baile, dibujo). Tiene familia, es querido y, de la entrevista surge que está bastante satisfecho con sus logros. Pese a su edad, no es un viejo cansado, hastiado y mucho menos, a pesar de que, como todos, sufre de los tormentos que suele obsequiarnos el pasar de los años. Excepto el desgaste en la cadera, asegura que está muy bien de salud. “No me molesta [el cuerpo] nada”, asegura. Tiene la energía “alta”, añade, “y sé que todo esto [el desgaste] ha sido [el resultado] del entrenamiento que he hecho toda mi vida. Un desgaste que se produce mucho en artistas marciales y bailarines. Porque no es dolor lo que siento, es una molestia continua.” Sin embargo, es jovial, nada agresivo, mantiene una conversación con un tono envidiable, casi dulce, y busca ser comprensivo.

No obstante, hasta este momento he esquivado tocar el aspecto que nos divide a todos, convirtiéndonos en talibanes de nuestra fe, lo que nos hace comportar como hordas, turbas, bárbaros, nazis, estalinistas, franquistas, fascias, déspotas: la política. Y pregunté como si no supiera algunas cosas. Y me dejé llevar con lo que dijo, sin contrariar cuanto me fue posible, para ver, entender. Hay otras cosas que sé, y de las que he escrito en mis investigaciones periodísticas, y que posiblemente él conozca.. Esa investigación me ganó hace más de 20 años una sentencia de muerte que, habrán notado, no se ejecutó. Si acaso, ciertas amistades de izquierda, muchas, me desheredaron de su simpatía. Los círculos culturales -donde he dado vueltas toda mi vida- son usualmente de izquierda, tanto aquí como allá, y en cualquier lado, de ahí que sus posiciones no me sean ajenas, y hasta con muchas de ellas simpatizo, siempre que se dirijan al beneficio del pueblo y que la democracia, la libertad de expresión y el respeto al individuo como bien supremo sean el plateau donde se muevan.

La participación política de todos en una sociedad siempre es necesaria. Hay momentos graves, y es cuando es indispensable. Durante la preparación de esta entrevista, por ejemplo, descubrí que el judío francés Marcel Manguel, junto a su hermano Alain, arriesgaron sus vidas para salvar hasta 350 niños judíos de las hordas nazis que invadieron Francia durante la II Guerra Mundial. Los condujo a pie hasta Suiza, entreteniéndoles con sus actos todo el camino hacia la vida y la libertad. Pudo haberse salvado a si mismo desde el inicio este danzarín y payaso, actor. Pero escogió, con alrededor de 20 años de edad (nació en Estrasburgo, en el 1923), el riesgo de salvar otras vidas a riesgo de la suya. Salvar la vida de esos niños, una hazaña ella misma, tenía otras repercusiones, con eso afirmaba también la democracia francesa, la forma de vida que le posibilitó salir de la pobreza y llegar a los escenarios más reconocidos del mundo, salvaba la sangrienta Revolución de 1789, en la que la Libertè, Ègalitè, Fraternitè fueron, y aun son, el emblema para una sociedad justa. Además de un acto de humanidad, la gesta de este hijo de carnicero kosher (arrestado por la Gestapo y enviado a Auschwitz para no regresar jamás a ningún lugar) fue un acto político. Para eludir que lo alcanzara la miseria Nazi, que como una nueva peste se extendía por toda Europa, Marcel cambió su apellido judío por el francés Marceau, tomado del general de la revolución François Sèverin Marceau-Desgraviers. El arlequín Marcel Marceau, y su personaje Bip, mostró de qué estaba hecho, de la misma brillante, blanca y duradera porcelana de Limoges, ciudad donde precisamente se alistó para vencer al totalitarismo. Creo que el sujeto político debe mantenerse interrogando su democracia para que continúe siendo lo que se espera que sea, un medio para alcanzar la libertad, la igualdad y la fraternidad, aunque para ello deba transformarla, pero nunca para destruirla.

Háblame del tiempo en que fuiste guardaespaldas de dirigentes independentistas. (Sin embargo, antes de contestar me da el tracto de cómo llega a los asuntos políticos.)

“Jajaja. Esa palabra de ‘guardespaldas’ es una forma de decirlo. Pues mira, es interesante porque mi primera experiencia, tenía como 15 años… yo fui monaguillo en la iglesia católica Madre Cabrini, en [el sector de clase proletaria] Puerto Nuevo. O sea, y entro en la parte religiosa, no me llamó mucho la atención, pero es a través de la religión que me pongo en contacto con la historia de la Humanidad, sigo estudiando, sigo leyendo, empieza a caerme la información de los movimientos que hay en la Humanidad a ese momento.”

[Conversamos brevemente sobre las diferencias entre la Iglesia Católica de los años ’60 y ’70 y su activismo social, y la iglesia posterior, que redujo ese activismo para preferir el aspecto enteramente espiritual.]

“A través de la historia de la religión conecto con la historia política, entonces conozco la historia política, además, tengo a mi hermano [Radamés, miembro activo en la lucha por la independencia] y otras personas, una cuñada y grandes amigos que están en esa preocupación y en esa búsqueda que tenemos todos los boricuas de hacia dónde vamos, de dónde venimos [el problema de la identidad nacional]. O sea, que entro en la política, yo era de la FEPI (Federación de Estudiantes Pro Independencia), yo estaba en tercer año de escuela superior, en la escuela Trina Padilla, de ahí paso a la Gabriela Mistral, sigo en la FEPI, y por supuesto, conozco el MPI (Movimiento Pro Independencia). Y en la sede del MPI empiezo a tomar conciencia en esa época y con los años necesitaron de una persona que trabajara en una imprenta en el comité del PSP (Partido Socialista Puertorriqueño), que estaba en Río Piedras. [El MPI es el organismo predecesor del PSP.] Ya yo entrenaba karate y alguien una vez me pregunta si yo podía acompañar a Juan Mari Brás [secretario general del PSP] a tal sitio, y le digo que no hay problema. Era acompañarlo, pero de protección, obviamente. Había otros compañeros conmigo.

De ahí, pues me dan esa confianza, aunque no estuve mucho tiempo en el PSP porque me fui a Nicaragua después del triunfo de la Revolución Sandinista, que había unas cosas pasando. Con Juan Mari no estuve mucho tiempo porque él tenía su gente. Y ya yo me estaba yendo por otra área, estudiando otras alternativas al PSP. Y caigo con el Comité de Solidaridad con los Pueblos luego que un amigo piloto me dice, Jaime, necesitamos [en Nicaragua] delineantes para hacer escuelas, hospitales, y arranco para allá, eso fue antes de irme a Nueva York. Estoy en Nicaragua alrededor de seis o siete meses, recibo la experiencia completa de esa revolución, me di cuenta de muchos detalles, de muchas cosas, y regreso a Puerto Rico.”

(Mientras redacto, recuerdo que el periodista y escritor Michael Ignatieff le dedicó un libro completo a aquellos actos de solidaridad internacional que van más allá “de nuestra tribu, de nuestro país, de nuestra familia, de nuestro conjunto de relaciones íntimas”. Se preguntaba qué motivos podría tener alguien para acudir a zonas de alto riesgo, a rincones del mundo para ofrecer su ayuda. “La idea de que tendríamos obligaciones con los seres humanos más allá de nuestras fronteras, sencillamente porque pertenecemos a la misma especie, es un invento reciente”, apuntó en su libro El honor del guerrero.)

Detalles de qué tipo, ¿problemas?

“Sí, este… deja ver cómo te puedo decir. Es que dentro de la misma línea política pueden existir varias personas con unas diferencias, aunque en lo principal todo el mundo está de acuerdo, pero con esas diferencias… eh…”

(Le interrumpo en vista de que me pareció obvio que no respondería con certidumbre a la pregunta.) ¿Eras más de la línea de Tomás Borge (jefe de las Fuerzas Armadas Sandinistas) que de Daniel Ortega (presidente)?

(Piensa antes de contestar). “Ehh, eso está bueno, de Marx, si acaso. No, no, yo… tú me hablas de Sandino…”

Otra vez es evidente que Jaimeacosta prefiere no contestar la pregunta sin comprometerse demasiado. Algo pudo haber ocurrido que prefiere no revelar, y tal vez hasta olvidar. Ha escogido aludir a los ideales de César Augusto Sandino, un general del ejército nicaragüense, un ícono y gestor de un intento de liberación ante la ocupación estadounidense (1926-1933). La revolución fue retomada décadas después por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN, fundado en el 1961), que derrocó al sanguinario dictador Luis Anastacio Somoza DeBayle en 1979, hijo del anterior dictador Anastacio “Tacho” Somoza García, asesinado en el 1956 por el poeta Rigoberto López Pérez. Tacho Somoza García había encomendado el asesinato de Sandino (por ser ambos masones le estaba prohibido hacerle daño personalmente) en febrero de 1934. Tacho Somoza fue enterado de la ejecución durante un recital poético de la poeta peruana Zoila Rosa Cárdenas, que recitaba poesía del nicaragüense Rubén Darío. La ironía en torno a la poesía y los poetas como epicentro de actos políticos violentos merecería una exploración histórica detallada. No olvidamos que el poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton fue asesinado por una facción extremista del propio grupo político-militar al que pertenecía, y así a lo largo de la historia hay otra serie de poetas involucrados en actividades políticas armadas, entre ellos el poeta puertorriqueño Juan Antonio Corretjer, jefe de la Liga Socialista y alto dirigente de un comando unido de los distintos grupos armados en la Isla y Estados Unidos.

“Una de las cosas que he aprendido, y lo digo ahora para que todo el mundo me escuche, es que a todos los países que he viajado, sobre todo en Cuba, digo que no vengo a meterme en su política [interna] ni en su religión, pero pido de favor que no se metan en la mía. ¿Por qué? Porque nosotros somos una colonia y estar colonizados… a menos que tú no hayas vivido en una colonia tú no sabes lo que hay, ¿entiendes? Lo cosa es que en Nicaragua tuve la experiencia más bella del mundo. No tuve problemas en Nicaragua. Sí una vez, que me quedé sin el pasaporte, lo dejé en el hotel y me pararon dos mujeres sandinistas [de la Policía], y por no tenerlo me llevaron a una cárcel, de un día para otro, porque mi maestro de yoga me fue a buscar. De hecho, en la cárcel se excusaron, ay dios mío compañero, yo sé que Usted está enseñando karate aquí… porque yo también enseñaba karate. Y esa es la única vez, pero la experiencia fue increíble, de verdad.”

Asegura que logró aportar algo a un país que lo necesitaba. No obstante, también reconoce que había sus problemas internos, sobre los que prefirió no comentar.

“Me hizo crecer. Regreso como a los seis meses o siete meses porque mi familia ya estaba asustada, mi mamá, mi hermano. Regresa Jaime porque te pueden joder [le decían]. La cosa es que finalmente cogí transporte hasta Costa Rica y ahí cogí el avión pa’ acá.”

¿Regresaste asustado? (Esta es una de esas ocasiones en que no le advierto que ya he investigado algo sobre su vida y he preferido que el entrevistado fuese el que, poco a poco y a base de las preguntas, revele la información. Un periodista debe procurar antes de hacer una entrevista toda la información posible sobre la persona o tema que investiga, y es a base de las preguntas que hayan surgido de la investigación que deben surgir los nuevos datos. Luego se verá si, a base de lo que diga el entrevistado, se sostiene lo que por nuestra cuenta se ha obtenido.)

“Yo no sé lo que es eso [el miedo]. ¿De que un ricoché [rebote de una bala] hizo así, ta ta ta, y me dio aquí, y lo tengo marcado? Matagalpa… Yo estaba en Matagalpa y se formó un tiroteo a lo lejos y sentí algo en mi pierna, y cuando llegué a donde me estaba quedando vi que tenía una marca roja, bien grande, y alguien me dijo que eso fue un ricoché que te dio, pero yo no lo vi. Bueno, pero todas las cosas que vi, todo lo que viví me dio una energía de seguir en lo que estamos, porque se puede hablar de la pobreza cuando uno la ve, ¿verdad? Y no hay duda de que uno se va a indignar viéndola. Ahora, es otra cosa cuando uno vive la pobreza.”

(Jaimeacosta reconoce que en Nicaragua no fue pobre, pero al estar con gente viviendo en una gran pobreza le conmocionó mucho. Ya en India había visto una terrible pobreza, pero la de Nicaragua le fue de más impacto. Podemos y estamos de acuerdo, por supuesto, en que la dictadura de la familia Somoza, que tenía como finca privada a todo un país, era insostenible y debía terminar. Y que los razonamientos geopolíticos tampoco deben ser el argumento y excusa para perpetuar gobiernos sangrientos. Y para continuar con mi posición anterior, debí tocar un punto que para cualquiera debe ser sensible, porque hay preguntas obligadas cuando las contestaciones no llegan a despejar o aclarar las dudas o la información provista durante esa investigación.) ¿Es cierto que te acusaron en Nicaragua de ser un agente de la CIA, de contrarrevolucionario?

“Lo que pasó fue que le preguntaron a un dirigente político, que en paz descanse, y que era bien importante en el PSP…”

…¿Carlos Gallisá, secretario general del PSP?

“Ssshh, ¿he dicho nombre yo? Le preguntaron de mi y este dijo que yo era un ‘fascioso’. Que dentro del PSP había un grupo de fasciosos [por sectarios, radicales], y, yo estando en Nicaragua, llamó y habló con Gladys Cisneros [directora del programa de solidaridad], y ella lo regañó, y le dijo: mira, este señor que tú tienes aquí hace de todo lo que le pongan a hacer.”

El entrevistado no negó que fuese el exsecretario general del PSP la persona que originó aquella llamada. De hecho, continuó su conversación como si de él se tratase, aunque sin confirmarlo. El dirigente político, que trazó una nueva ruta a ese partido, no podrá defenderse, si de algo hubiera que defenderse, porque está fallecido. A los periodistas se nos inculca que no se alude a personas fallecidas por esa razón. No obstante, el dirigente independentista es una figura histórica sujeta a cuestionamientos, como todas. Además, si no preguntase sobre la información que poseo y si censurara el comentario crítico de Jaimeacosta sería, a mi juicio, hacerle un flaco servicio a un valor tan alto como la libertad de expresión y prensa. Por sostener ese valor esencial ya fui condenado más de una vez. Espero que esta vez no haya amenazas de muerte, ni imputaciones de “chota” ni acusaciones de libelo criminal (que implicaban cárcel), como me acusó una agente de la división de drogas cuando revelé sus estrechos lazos con un narco. Esa sección de libelo criminal que hubo de estar alguna vez en nuestras leyes estatales luego fue precisamente declarado inconstitucional más adelante por el tribunal federal del distrito de Puerto Rico, a raíz de las acusaciones que se me hizo, y que finalmente se cayeron en los tribunales estatales. Para algunos militantes, demasiados tal vez, en la izquierda y la derecha, coloniales ambos, la libertad de prensa se reduce a la propaganda política. Esos no son periodistas, aunque intenten pasar, y pasearse, entre ellos. A estos les recuerdo la sentencia de Walsh en su Provisorio Epílogo a su investigación periodística publicada en formato de libro Operación masacre (1957), que “el periodismo es libre, o es una farsa, sin términos medios”. La traición, queridos amigos, no es decir la verdad, más bien es ocultarla.

De la misma forma ocurre con la literatura, si no están dirigidos esos relatos a glorificar esos gobiernos, son acosados, cuando no perseguidos. “La obligación de los escritores [y permítanme incluir a los periodistas] es, más que nunca, la de ser honestos y decentes porque las guerras de hoy tienen a la narrativa como arma, gana el que consiga imponer su relato”. Esta es una cita de la Nóbel de Literatura, la polaca Olga Tokarczuck (La Vanguardia-digital, 22 de enero de 2020), cuyo aspecto literario decisivo es crear sus novelas “en modo constelación”, “contarlo todo”. “Necesitamos una polifonía. La literatura del ‘yo’ es otra cosa, el concierto de un solista”. De esa misma manera polifónica la Nóbel Alexiévich construye sus grandes reportajes periodísticos. “Para entender de verdad qué pasa”, explica Tokarczuck. Pero hay que ver, porque no es suficiente evidenciar y publicar. La represión, que como el diablo suele tomar distintas formas, algunas muy sutiles, siempre lastima. Un periodista de la entereza de Walsh, que llegó a decir que le importaba muy poco la política cuando es periodista, se preguntaba en el 1964 “si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como esta [en referencia a sus investigaciones]. Aun no tengo una respuesta.” A Walsh lo desapareció el 25 de marzo de 1977 la Junta Militar gobernante en Argentina, el día después de enviar una carta a varios diarios en el que enumeraba las atrocidades de la dictadura en su primer aniversario. A pesar de su desaliento de 1964 y la pérdida de sus ilusiones, durante los próximos 13 años de su vida continuó luchando por un mejor país. Los diarios nunca le publicaron la nota.

La respuesta de Jaimeacosta deriva en una serie de experiencias cotidianas en Nicaragua y más adelante en la conversación retoma las imputaciones de las que fue objeto desde Puerto Rico.

“Habían dicho también que era agente de la Interpol. Cuando me dieron la ‘carpeta’ mía [hablando ahora de Puerto Rico] yo me empecé a reír de todas las porquerías [mentiras] que decía, que si yo vendía Claridad [órgano periodístico del PSP] en las luces, o sea, y un montón de embustes… entonces me dieron 300 pesos”.

En Puerto Rico corrió la voz de que Jaimeacosta había sido acusado en Nicaragua de pertenecer a la CIA y fue obligado a abandonar el país. Si bien parecería ridícula la imputación, no es menos cierto que la izquierda canibalosa en la Isla solía hacer ese tipo de imputación para desacreditar a aquellos elementos que le eran molestos por variadas razones. Por otro lado, debo explicarle a los millennials que las “carpetas” (alrededor de 100,000) fueron expedientes secretos que mantuvo la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico, los cuales compartía con el FBI, sobre los independentistas y sus actividades pro independencia. La mayor parte de esa militancia callejera, vale decirlo, estaba inclusive enmarcada dentro de los derechos ciudadanos cobijados en la propia constitución del Estado Libre Asociado y del gobierno federal, como las libertades de expresión, asociación y privacidad. La confección de dichas carpetas fue declarada ilegal y violatoria de los derechos civiles en 1987 por un tribunal general de justicia estatal al demostrarse que el gobierno discriminaba contra ese sector político por el mero ejercicio de su derecho a tener sus propias ideas políticas y divulgarlas. Esas carpetas sirvieron para discriminar cuando los carpeteados solicitaban trabajo, la Policía las mostraba a los patrones que empleaban a estas personas, que terminaban usualmente despedidos, y para vigilar y atropellar en muchos casos a estos ciudadanos. Luego, el mismo tribunal fijó unas cantidades irrisorias de dinero para compensarlos por el discrimen sufrido durante décadas. Muchas de las actividades que esas carpetas le adjudicaban a los militantes independentistas, tildados de “subversivos”, no eran ni siquiera ciertas o ilegales, y su inclusión en ellas respondía la mayor parte de las veces a estereotipos que tenía la Policía sobre ese sector. Para un mayor sarcasmo, no todos esos “alegados” independentistas lo eran. En una sociedad democrática, con derechos de expresión y asociación, como es Puerto Rico, el ejercicio de esos derechos causaba extraña suspicacia al Gobierno, produciéndose la ironía de que un estado que defiende un sistema democrático violaba los derechos ciudadanos que definen precisamente a esa democracia, es decir, por ejercer los derechos democráticos. Si bien recordamos que la Guerra Fría o bipolar entre EE.UU. y la entonces URSS tuvo consecuencias concretas, aquí y allá, no es posible justificar la violación de los derechos civiles. Más recientemente el novelista Mario Vargas Llosa, en su novela Tiempos recios, expone las consecuencias que tuvo en Guatemala esa Guerra Fría, al gestar EE.UU. un golpe de estado contra el presidente electo de manera legítima Jacobo Árbenz, por temor (no por evidencia, aunque tampoco se justificaría) a que este fuese un agente de la URSS, cuando la realidad es que sólo luchaba por sacar de la pobreza más miserable a su pueblo.

“Esto es cómico [lo siguiente que va a contar] porque… tú sabes que yo vengo de la Isla, entonces yo digo, coño, qué bueno, me voy de la colonia, pero estando allí hay un grupo de brigadas internacionales y una de las muchachas, una sargento sandinista, me dice, Jaime, te necesito. Y yo le digo, sí, ¿qué pasó? Es que llegaron unos gringos y nosotros no hablamos inglés y yo sé que tú sabes inglés. Chica, ¿pero tú me vas a hacer eso? Yo que vengo a Nicaragua y ahora tengo que hablar con estos gringos. Pero eran buena gente. Eran chamacos que estaban ayudando a construir, son brigadas, y eso lo entendí. Tenemos que tener cuidado porque en todos los países del mundo hay gente chévere como nosotros, tú sabes, hay que cogerlo con calma. Y te digo, mi experiencia en Nicaragua… cuando yo me siento en la casa de Mejías Godoy, el músico, porque cada vez que conocía un músico yo me iba con ellos a los ensayos, pues estando en una fiesta en la casa de Mejías Godoy, en esa fiesta había, imagínate, todos los grupos revolucionarios del mundo en ese momento, qué pasa, alguien me ve y me dice, vaya boricua, contra chico, qué bueno conocerte, háblanos de la Isla porque nosotros sabemos que tú tienes una lucha por allá. Yo tenía un mapa de Puerto Rico, busqué una mesita y puse el mapa, todos mis compañeros alrededor, ¡imagínate!, entonces les enseño: ok, vamos a empezar, aquí hay una base, aquí hay un radar, aquí están los submarinos. Cuando yo les dije todo lo que teníamos [bases militares en la Isla], ¿tú sabes lo que me dijeron? ustedes no pueden hacer lucha armada, ni lo intenten, no, no, no, Jaime, ¿cómo ustedes pueden? Así mismo me dijeron. [En ese momento en Puerto Rico operaban varios grupos clandestinos de guerrilla urbana, marxistas, hoy en día desmantelados por el FBI y la Policía de Puerto Rico]. Ustedes están vigilados. ¿Ahora me entienden? ¿Entienden entonces ustedes cuál es el problema de nosotros los boricuas? Y cuando regreso aquí a Puerto Rico me llama Sylvia Lleras, la persona que trajo por primera vez a Silvio Rodríguez [cantautor cubano y defensor de la revolución cubana] a Puerto Rico. Jaime, me hablaron de ti, sabemos que tienes una escuela [de karate] en Cuba, yo necesito que tú hagas la seguridad a Silvio. Le digo, no hay problema, vamos pa’ allá. Se estaba quedando en el hotel Caribe Hilton, entonces la hermana, la que lo dirige, creo que se llama Isabel, me pregunta, ¿tú estás solo? No, yo tengo mi gente. Estaba Radamés, estaba el Prieto, Carlos García, el Indio, una serie de gente que me iba a ayudar. Cuando le dije lo que cobraría al día, me dijeron que no había presupuesto para eso. No hice la seguridad y entonces llamaron una seguridad privada. No sé cuánto cobraron. Silvio preguntó por mi, me envió dos taquillas, que no las usé, no pude ir ese día. Pero nada, cuando vaya a Cuba lo iré a visitar a su casa.”

Aunque las habilidades de seguridad y defensivas de Jaimeacosta son bien conocidas, nunca se dedicó a esa profesión, que se paga muy bien en la Isla. Si cobraría por proveerle seguridad al famoso cantante cubano, más bien lo haría porque debe contratar un equipo que sacaría de su tiempo y debía ser compensado, al igual que él. Al fin de cuentas, el cantante cubano no llegaba a Puerto Rico a donar su arte, sino que también devengaría una ganancia por ello. “Y se llevaría una tonga”, asegura Jaimeacosta. “Y después querían que lo acompañara a Nueva York, y les dije, pues a Nueva York te cuesta tanto”. La respuesta a su petición fue más o menos en este tono: “¡Ah, coño, Jaime!”. Básicamente, se le pedía que dejase que le explotaran su fuerza de trabajo y mostrase así su solidaridad con la revolución cubana. “Pero, espérate, ¿es que ustedes están locos? No, no. Para nada,” le contestó el karateca ante el trabajo casi gratis que le pedían. No repararon que ya esa solidaridad la había realizado al abrir varias escuelas de artes marciales en la hermana isla, de manera gratuita. Pero hay revoluciones que, al igual que algunas personas, piden más y más y más. El sacrificio, a veces de la vida misma, no es suficiente.

Calasso (en La actualidad innombrable) identificó, sobre todo en el terrorismo islámico, el sacrificio que se exige a los sectaristas, y no lejos de ellos, me parece, estuvieron las revoluciones marxistas. En esa “maquinaria ritual” para demoler al enemigo, al que ven de manera tan “Iluminada”, fuese la sociedad secular o las democracias liberales, no hay sacrificio en balde, el cambio vislumbrado lo exige todo, como la vida, la familia, la sociedad. En ambos casos, al sacrificado fedayin le prometen el paraíso prometido, al marxista revolucionario su nombre inscrito en la historia de la lucha de clases (aunque el proletariado como sujeto revolucionario no es sostenible hace mucho tiempo), así como el nazismo esperaba la purificación de su raza aria luego de la destrucción de Europa y sus judíos. En todas estas promesas de salvación, siempre prevalece en el rito la destrucción y la autodestrucción (sacrificio) como requisitos para una eventual construcción de un más allá o de un “futuro luminoso” o para insertarnos, como decían en la Isla, “en el concierto universal de los pueblos libres”, inciertos todos, por supuesto, patentemente falso en otros casos y fracasados sin duda en la mayor parte de esas narrativas. Jaimecosta debió ser nuevamente otro de esos “herederos del sacrificio”, pero les dijo que no, que debían pagarle a sus muchachos y a él, aunque él estaba inclinado a cobrar hasta un poco menos. Me imagino que pudo haber pensado que otros también debían sacrificarse un poco más, que los productores acortaran sus ganancias, que el cantante redujera su tarifa, que ahorraran gastos de alojamiento y ese tipo de cosas.

名誉

Busco retomar el hilo cronológico y le pregunto a qué se dedicó al regresar a Puerto Rico y cómo le fue con el masaje tailandés.

“A eso le dedico quince años. Viví de eso en el Spa y donde quiera que me llamaran.  Dí talleres en Cuba, en Nueva York, Miami. Había algo cómico que me decía mi maestro chino. Decía: yo sé romperte, pero no arreglarte. Lo decía vacilando porque no creía en los masajes. Pero lo que me lleva al masaje, porque yo nunca pensé ser masajista, son las artes marciales, pues estudiamos lo que llamamos los canales de energía orientales y al empezar a estudiar esa relación de esos puntos energéticos con los movimientos de las artes marciales me di cuenta de la familiaridad. La misma técnica que tal vez se usa, para decirlo de una forma rara, introducir el dedo para hacer una técnica marcial, si lo introduces de otra forma y le das otra energía, es positivo. Cuando das el masaje tailandés, pues, tienes la misma energía y destreza del arte marcial, aparte de que el masaje tailandés se hace en el piso, en un mad. Le dicen la yoga de los vagos, the lacy yoga. Otra cosa importante es la energía de los hemisferios [en el cuerpo]. Por lo general se tiene más fuerza en un lado que en otro. Cuando se hace artes marciales uno empieza a trabajar la energía en armonía y en balance. Entonces, cuando se da un masaje es importante que la misma energía que pones en un hemisferio lo pongas en el otro. Te diría que hasta tocar batería me ha ayudado a hacer masajes. Me da ese toque. Quiero aclarar que el masaje tailandés es con la ropa puesta, no usa aceites. Y en Tailandia no se le llama masaje, sino trabajo corporal. En Tailandia ese trabajo corporal es cultural, tu puedes ver a las familias dándose masajes en sus casas, los amigos, los ancianos, en el parque. Creo que es uno de los países donde la gente más se toca de manera saludable. También me ayudó el Chikun, la técnica energética que aplicaba en el hospital [Auxilio Mutuo]. Me acuerdo que entre las recetas que se le daba a algunos pacientes se incluía coger clases de Chikun con Jaimeacosta. Si lo vamos a ver, es una especie de Tai Chi sin las técnicas de combate, una yoga china, tranquila, meditación, respiración.”

Así visto, me parece que Jaimeacosta nunca ha dejado de ser un revolucionario, o transformador necesario con una alta ética de trabajo y de responsabilidad social. Nunca necesitó disparar una bala para buscarle cambios a la gente o a la sociedad. Un hombre cuyo cuerpo es un arma procura la paz, el bienestar físico y mental, y eso incluye adiestrarse para la defensa. En estos tiempos que corren, sobre todo en este tiempo, dejarse atropellar no es sinónimo de pacifismo, no son los tiempos de Gandhi ni su método. Dejarse atropellar, en esta era, tiene demasiadas tangencias con aquellos seres que se sacrifican, que se inmolan explotándose en medio de multitudes o aquellos que inician una lucha armada con el sello de la derrota en la frente. Por otro lado, la desolación personal es un móvil muy deficiente para concitar luchas callejeras, si bien muestra un problema de redención social que deberá ser explicado y remediado. También preocupa el nuevo deseo, creciente, por las estructuras autoritarias. Hay otros, pasados, que escogieron luchas más objetivas y frontales, y se ganaron el respeto, no importa si hubiésemos estado de acuerdo con sus objetivos y excesos o no.

¿Cuándo te retiraste?

“…¿De todo como tal?”

…yo te veo jubilado…,

“…hace como cinco años…”

…te veo retirado, te veo clavado en una silla con una cadera que te molesta y te impide hacer mucho. ¿Qué ha pasado?

“…al día de hoy, cuatro compañeros cinta negra dirigen el Dojo, ubicado en Caimito, Río Piedras, luego de su periplo por el local en Hyde Park, y en el Viejo San Juan. Hace cinco años que, básicamente, me retiré de dar masajes, me dediqué a hacer dibujos. En realidad la palabra no es retiro, es júbilo. Retiro es cuando te vas a ir a morir, como los elefantes. Lo que hice fue deshacerme de varias cosas, por ahora, y, una cosa que le digo a todo el mundo, cuando haces teatro o estudias teatro, aunque no te conviertas en actor o lo que sea, el teatro te da tantas herramientas para el diario vivir, que es una cosa increíble. Yo le digo a todo el mundo, mira, estudia teatro, y me responden, no pero… y no es que se hagan teatreros, es que el teatro te lleva por tantas vertientes, poesía, música, arte, movimiento. Y yo digo, yo tengo todo esto, yo no me he retirado. El año pasado [se refiere al 2018, esta entrevista se hizo en el 2019] estuve en Indianápolis, con Luis Oliva, montándole un dibujo [para una escenografía]. Yo estoy disponible todavía para… sé hacer, lo voy a hacer, menos enseñar karate. Ya lo hice muchos años, ya no quiero enseñar más karate, fue una época. Me gusta más el Chikun ahora, es más interesante para la edad mía, para la de mis amistades. El karate ya no es lo mismo. No, muchacho, se ha puesto bien deportivo, que de hecho, en el ’20 va para las olimpiadas de Japón, por primera vez. El Taekwondo, ya estaba, pero el karate per sé no. Yo quiero ver cómo es eso.” [Al momento en que redacto esta entrevista en abril de 2020 las Olimpiadas han sido pospuestas para el 2021 debido a la pandemia del COVID19.]

Me decías que a ti no te gustaba hacer competencias.

“No, no me gustan. Mi entrenamiento no era para competir, era para defensa personal.”

¿Y la competencia no es defensa personal?

“No, porque no se puede dar en los güevos, no se puede dar en la garganta, no puedes dar en los ojos. O sea, los puntos vitales que uno aprende a golpear en defensa personal, no los puedes tocar en un torneo.”

Es la misma diferencia entre boxear en un ring y pelear en la calle.

“En la calle todo está permitido. Ese es el karate Do, karate clásico.”

Entonces (las competencias) son como un ballet, una coreografía donde se demuestran las destrezas.

“Más o menos, sí. Además, cuando tú estás combatiendo con cuatro árbitros en las esquinas y uno en el centro… ojalá en la calle se pueda pelear con cuatro árbitros en las esquinas y uno en el centro.”

¿Llegaste a competir?

“Sí, fui a las mundiales de Shotokan Karate-Do con el equipo de Puerto Rico, en California. En los ’70 y pico. De 39 países que compitieron llegamos en quinto lugar. Gané las dos peleas que hice, contra un tailandés y un peruano militar al que le tuve que meter una dura. Teníamos un equipo de cinco, a mis compañeros les tocó pelear con los japoneses [y se ríe, sabe que son los duros]. Tremenda experiencia. Menota fue el primer maestro de Shotokan en Puerto Rico. Era nuestro coach.”

Te jubilas a los 64, pero todavía no entiendo porqué, porque aun no tenías el problema en la cadera.

“No, la cadera fue hace año y medio [ alrededor de 2017]. Cuando me repare la cadera, voy a Cuba…”

Bien, pero, si quieres, dime primero porqué te retiras a los 64 años del karate, tenías salud física entonces.

“Es que no sé, fue como para coger todas las cosas que sé hacer y hacer como una batida, una mezcla de las relaciones de todo lo que hago, que tienen una relación. Quiero hacer un proyecto sobre eso. Un proyecto que incluya dibujo, escritura, y eso es básicamente lo que estoy tratando… todo lo que he hecho en la vida, resumirlo, un proyecto artístico. Eso es lo que me interesa hacer. Está en proceso, todo el tiempo, en progreso. Yo le voy poniendo y quitando.”

[Veo que ya va recapitulando su vida, resumiéndola, un claro indicio de que el guerrero ha llegado al final de ese camino] ¿Pero está a nivel conceptual o listo para ejecutar?

“Bueno, yo te digo que el concepto está claro, lo que estoy trabajando son los diferentes tipos de técnicas de llevar ese concepto. Algunas no me funcionan y otras me funcionan mejor. Realmente estoy en el concepto, no hay nada escrito.”

En este momento me parece que el arte total que idea el artista y karateca va desbordándolo. No es fácil, casi imposible, hacer una obra total. Lo hizo el compositor vanguardista Francis Schwartz en el 1980, en el Recinto de Río Piedras de la UPR, titulada Cosmos, en el que utilizó todo el extenso campus, en el que uno recorría unos espacios que servían de escenario para las distintas sonoridades y sensaciones que propuso. Yo mismo ideé una obra artística total que nunca pude, o he podido, llevar a cabo. Se trata de un amplio escenario, casi griego, con una coreografía en el centro mientras en grandes bocinas una voz poderosa, grabada, lee una serie de mis poemas, que van degradándose, alternándose e integrándose con música electrónica que sirve tanto de background como protagonista, y unas gigantescas pantallas reproducen una serie de imágenes figurativas, inicialmente, y luego, junto a la degradación de los poemas, van igualmente deviniendo en figuras abstractas, mientras se va consumiendo la coreografía y la música. Un proyecto costoso que requiere la colaboración de compañeros artistas, tiempo y paga. El gran problema ha sido, menos que la colaboración, mi escasez en destrezas administrativas. De seguro en aquél momento (finales de los ’80 y comienzos de los ’90) hubo formas de financiar el proyecto. El asunto fue detectar esa fuente. Ahora no creo que sea más fácil, visto el arrinconamiento al que han sometido al arte en beneficio de asuntos tan pedestres como el aumento de las ganancias corporativas, y la reducción de las asignaciones a las instituciones culturales. Hemos ido perdiendo altura, como un avión estrellándose. Por eso entiendo perfectamente dónde está Jaimeacosta, y no quisiera estar en esos pantalones en estos momentos. Pero nada le digo, porque plantearse objetivos es tal vez el mejor aliciente para continuar viviendo. De otra manera no hay nada. No es momento para olvidar, en todo caso debemos estar plenamente consciente de ello, que con la proclamada muerte del concepto Dios nos toca a cada cual mantener (crear, tener) los objetivos de vida.

“Me parece que puede ser algo bien interesante porque voy a hacer una mezcla, habrá movimiento, dibujos, música, de todo un poquito.”

Sí, como un arte total.

“Sí, como un arte total. No estoy pensando que venderé eso en un millón de dólares, no estoy pensando ponerlo en un museo, no, no, no. Quiero llevarle esta propuesta a una gente que sé que le interesa mucho, como el mismo Luis Oliva, Pregones, en Miami hay un grupo. Uno no se retira, en todo caso nos jubilamos.”

Has recalcado varias veces tu fase de dibujante. Siempre que nos vemos me muestras algo distinto. ¿Qué vas a hacer con eso?

“Tengo los originales, la caricatura poética, político-social, poder poner unas realidades de una manera simple, que no haya que buscarle muchas vueltas, y sobre todo el dibujo, la caricatura, con los años que llevo, lo que he leído, ¿como decirle cosas a las personas sin tener que humillarles? Trato de usar el humor para poner a pensar [a la gente]. Es como la poesía, yo no soy poeta, pero le digo a mis amigos poetas que le debo a la poesía que explica cosas que yo no puedo. Me siento tan contento cuando leo un poema y me digo, pero mira, esto es lo que yo siento y no sabía explicarlo, y este con tres palabras ha dicho todo lo que yo siento. Las artes son así.”

Entonces, has cambiado tu instrumento para enviar nuevos mensajes.

“Básicamente, siempre, lo que he hecho en mi vida, hasta ahora, tiene una relación con el dar, el intercambio, y el círculo en espiral. Cuando era músico ponía la gente a bailar y a gozar, cuando era maestro de karate enseñé defensa personal a la gente para que se defendiera, cuando fui delineante construí un montón de cosas, cuando fui masajista, ¿a quién no le di salud y sanación? Y me digo, bueno, yo no soy único, [y] si todos fuéramos así, que es circular en espiral, ying y yang… no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y si me arrepiento de algo, y es una cosa simbólica, fue no apretar el gatillo cuando tenía que hacerlo, y esa es una forma simbólica de decir muchas cosas. Es de lo único que me arrepiento.”

Muy bien, pienso, “se debe dejar esta vida sin arrepentimientos”, mandata el Bushidō. Para ello, sin embargo, se requiere haber hecho lo que se debe debe. Jaimeacosta alude de inmediato en su narración a cuando Jesucristo entró al templo y sacudió el mercado que se había instalado ahí. Dice que ese es su tipo de compasión. “Esas son cosas que yo entiendo [la acción de Jesús]”, afirma.

¿Crees que el karate está muy mercantilizado en estos días?

“Bueno, eso no es nuevo, hace tiempo que está así. Lo que pasa es que ha perdido la esencia del arte marcial. Volvemos a lo que dije al principio, este es una cuestión cultural, está la yoga Jane Fonda, está la yoga acrílica. Te voy a dar un ejemplo, un día estoy en el parque y llegan dos jóvenes con mads de yoga, se ponen a hacer yoga en una posición y en otra, cambiaban cada dos o tres minutos, parecía un show de circo. Pues, chévere, me quedo callado. Cuando se van, me ven y me preguntan si alguna vez he practicado yoga. Les dije que sí. ¿Y dónde? me preguntan. Pues en India, les contesto. ¡Ah! ¿y cómo es eso? Mira, les voy a decir algo y no quiero que se sientan mal, en India tú haces una posición y la mantienes una hora, y después te vas. ¿Qué quiere decir? No estoy diciendo nada, que en India es así. Por eso digo, es yoga Jane Fonda, acrílica. Con las artes marciales pasa lo mismo. Una vez un viejito okinawense me dijo que cuando los japoneses llegaron a Okinawa los okinawenses vivían en casuchas, entonces los samuráis japoneses se fijaban en la forma que allí se hacía karate. Y los okinawenses se dieron cuenta que los samuráis estaban asoma’os. Para que tengas una idea, este movimiento (hace un movimiento de karate) los japoneses lo copian. Pero me dice el maestro que el original (de ese movimiento de karate) es así (y muestra cómo realmente se hacía). Lo que le enseñaron a los japoneses era lo mal hecho. Entonces, eso también ha pasado con las artes marciales, el karate, estás viendo solo algo visual, lo interno no lo sienten, no lo ven.”

¿Cualquier cosa puede ser un arma?

“Cualquiera, hasta una mala mirada, un grito. [Recuerda esa estrategia el principio de Sun Tzu en El arte de la Guerra, de “vencer sin luchar”, basado en el principio taoísta de “no acción”.] Hay historias sobre eso, es un sonido especial en las artes marciales por el que la otra persona puede caer patas arriba. Yo he visto cosas que no puedo explicar. Pero lo más que me llama la atención es que en todas las artes hay unos principios, unos valores, que favorecen a la Humanidad.”

A este momento debo preguntarte, para ir cerrando la entrevista: ¿piensas de alguna manera que eres un guerrero derrotado?

No.

¿Ni por las circunstancias históricas o personales, cambiantes?

“No, porque un guerrero no puede ser derrotado. Los que son derrotados son los soldados.”

Básicamente, es ahí donde se diferencia mi posición de la de Jaimeacosta. Es precisamente un soldado el que no puede ser derrotado, porque este solo se alista a un ejército, cuyo objetivo lo rebasa. Ganan o pierden los ejércitos. Gane o pierda, sobreviva o muera, el soldado regresa a su vida cotidiana, civil, tan pronto termine su guerra en la que se alistó. Ya vendrán otros soldados a continuar esa guerra. Contrario a un guerrero, quien antepone los objetivos de su lucha (diversas), y a base de esos establece sus principios, su ética, su desempeño. El guerrero mantiene esos principios el resto de su vida, no así el soldado, que inclusive suele ser incidental.

“Un soldado se pone un uniforme, tiene un sueldo y nada más. Los guerreros, en todas las situaciones, bregan. Me acuerdo de la frase de Che Guevara, que dice que a un revolucionario lo mueve el amor, a muchas cosas, por supuesto, no hablo solamente del amor a una mujer. Los guerreros somos más abiertos de mente, tampoco te vuelves loco por un ideal.”

Pero como karateca tenías principios sobre lo que es correcto o incorrecto, me imagino. ¿Cuáles seguías?

“En las artes marciales te das cuenta de la capacidad de los seres humanos y con este sistema [politico, socio-económico] que tenemos lo que haces es esconderlas, te las matan. Y yo me di cuenta que a través de las artes marciales me conecté con otra serie de artes, no solamente de los principios. La satisfacción nada más de yo saber que la gente amada pueda tener la oportunidad de defenderse físicamente, la oportunidad de estar en un colectivo, es bien importante. Lo digo porque en mi escuela había de todas las ideologías políticas, hasta clases sociales diferentes. Pero a la hora de la práctica, de la sudá’, ahí tú te das cuenta de lo que somos los seres humanos, lo mismo.”

Vuelvo y te pregunto, ¿qué principios te regían como karateka de alto nivel?

“Bueno, la honestidad con uno mismo, como cuando estás entrenando, sin echarle la culpa a los otros, de que el maestro no es bueno o que hace calor.”

¿Sobre lo correcto o incorrecto de nuestras aciones?

“Esto es lo único que te voy a decir: el único refugio está en ti, y las artes marciales podrían ser mi gran refugio.”

Es decir, que habría una responsabilidad individual muy grande.

“Sí, muy grande. Y por lo que uno está pasando en la vida… si yo no llego a tener las artes marciales, a saber. Me han abierto unas posibilidades de vida.”

¿Te han dado unos principios de vida, de respeto, por ejemplo?

“Tremendo, de verdad. No soy el único. La mayoría de los artistas marciales que conozco son gente, como los poetas, que tenemos unas energías que tú dices, ¡coño, qué chévere! Por lo menos, de mil estudiantes que tuve [lo dice por dar un número], si había uno medio loco… nada más. Porque la misma escuela o te saca la locura [que pueda tener el estudiante] o se va, no hay que botar a nadie. La solidaridad es otro de los principios que me encanta de todas las artes. Porque un revolucionario cuya conciencia haya sido creada por otro, no es más que un reaccionario. Uno tiene que tener [crear] su propia conciencia. La meditación es el arte de vivir contigo mismo, ¿y qué es el karate? Una meditación pero en movimiento.”

¿Eres capaz de perdonarte tus errores?

“¿Yo? claro. No tengo problemas.”

¿Entonces eres capaz de perdonar a otros los suyos?

“Depende.”

Si el perdón dependiese de otros factores, ¿entonces es falso que cuando uno aprende a perdonarse sus propios errores, aprende también a perdonar los de otros? Aquellos que no perdonan a los otros, ¿no será porque tampoco son capaces de perdonarse a sí mismos?

“Si el perdón no es biológico y químico, no es real. Si es un perdón mental nada más… el perdón tiene que venir de aquí [y se apunta al corazón con el dedo índice de su mano derecha]. El perdón tiene que venir de todo, el cuerpo y la mente, no es una cuestión filosófica. Cuando estás haciendo karate estás totalmente despierto” [en la vida real].

Es ese despertar, por otro lado, ese estar con los pies sobre la realidad, esa biología de mente-cuerpo, intenta explicar Jaimeacosta, equivalente a tener conciencia social, política, en las relaciones con amigos y familiares, consigo mismo. Y asegura que su entrenamiento en las artes marciales no solo le ha permitido mantener un alerta defensiva, para su seguridad, sino que es un alerta que extiende a los asuntos críticos de la sociedad. Parecería algo integral. Pero, ¿cuánto de eso no le viene en parte por sus propios principios y no por el entrenamiento y desarrollo de las destrezas a las que se dedicó? No sabría decir, pero sospecho que de ambas fuentes. Aun así, originarias o aprendidas en su entrenamiento, lo cierto es que hay unos principios que se derivan de su entrenamiento oriental. Y esa es la conocida, en el budismo, “iluminación”, es decir, “aquel que está despierto”.

El código que los guerreros orientales siguieron fue, en su momento, altamente ético. La relación destreza física-espíritu, aun hoy día, lo ha reiterado a través de la entrevista, es estrecha. Los guerreros samurái, esos enemigos imperdonables de los labriegos y pescadores de cuyo arte de defensa Jaimeacosta es especialista, lo llegaron a codificar en el código Bushidō. Pero al así hacerlo, también proveyeron un camino, un referente, a todos los artistas marciales. Fue una guía ética que regulaba a estos maestros de la katana, esa arma que constituye en la historia japonesa uno de los tres tesoros reales obsequiados por los dioses al primer emperador (además de un espejo de hierro y un collar) y que fue forjada en el interior de la cola de una serpiente que llegó a matar el Dios del Fuego, Susano-o, descubriendo la espada sagrada. De ese tipo de arma, recuerda Jaimeacosta envainarla tan pronto la sacó. Es un arma mortal con la que no quiso nada que ver. ¿Habrá pensado en ese momento, o lo tendría ya muy adentrado, que “los que toman la espada, a espada perecerán”? A quienes dominaban de tal manera el arma más mortal que tuvo la Humanidad hasta el desarrollo de las armas de fuego, no se le podía permitir el uso libre e indiscriminado de ella, porque entonces estarían siendo entrenados para convertirse en una secta de asesinos. Por eso la guía del Bushidō.

En estos días, en casi todo el mundo, los estados le tienen fuertes restricciones al uso y posesión de las armas de fuego. Lo que no tienen es el Bushidō, tanto los que la portan legalmente (al menos una parte de ellos) y definitivamente todas las pandillas criminales. Los valores de honradez y ser justos (Gi), el valor heróico (Yu), la compasión (Jin), la cortesía (Rei), el honor (Meyo), la sinceridad (Makoto), el deber y la lealtad (Chugo), que contempla el Bushidō no son exactamente principios que, ni siquiera muchos artistas marciales -mercantilizados- lo tengan integrados en sus actividades cotidianas. Kimo Wall, sénsei de Jaimeacosta, era de una integridad absoluta. Y este discípulo ya llegaba con ellas a sus clases. Luego las refinaría, acogería otras y las adentraría hasta madurarlas.

Una de las grandes virtudes del Goju Ryu es que en su origen se nutrió de las artes marciales chinas. Este arte marcial de Okinawa pone en entredicho el conocido síndrome nacionalista japonés, el mismo que mató a Yukio Mishima, y la creencia, tan fatua como fatula, de que el karate-do expresa los grandes valores nacionales de Japón. De las lecturas preparatorias que hice para esta entrevista conocí varios de esos datos sorprendentes que apoyan, en micro, la teoría macro del movimiento de la historia universal, que opera como si tuviese un fin último. La integración, paulatina, de la Humanidad (su mezcla, hibridismo, “guiso” o “ajiaco” como le llamó Fernando Ortiz para explicar a Cuba), la cultura (que “tiene la función de acercarnos a los otros y darnos cuenta hasta qué punto todos los humanos compartimos las cosas” -F. Savater), es inevitable, (y ya sabemos que “el mundo se ve según como se le considere”-Hegel), a pesar de “la sucesión de las formas y creaciones particulares”, que fatigan, añade. La influencia de la civilización China en la cultura japonesa desborda el nacionalismo kamikaze (“viento divino”) nipón, remontándose a remotas fiestas tradicionales chinas, como la fiesta deTanabata, que consagra el encuentro anual de las estrellas Vega (Orihime) y Altair (Hikoboshi), personificadas en dos amantes a los que solo se les permite ese encuentro nocturno luego que crucen un puente sobre un río de estrellas (la Vía Láctea) construido por las alas de las alondras, en la tradición japonesa, y grullas en la china.

Para abreviar, baste decir que Higaonna llegó de joven a estudiar nuevas técnicas de artes marciales en Beijing, y las integró a su estilo Nahan-te, que consolidó al regresar a Okinawa. De hecho, si bien en japonés Go significa algo así como “duro”, y Ju refiere a “suave”, Ryu refiere al reino Ryukyu, sobre 150 islas diferenciadas étnicamente entonces tanto de Japón como de China, entre ellas la principal Okinawa, con su propio idioma, aunque en aquél momento de finales de 1800, y siglos antes, fuesen un estado tributario del imperio del dragón. Ryukyu es palabra de origen chino. Higaonna era natural de Naha, en Okinawa, antes reino Ryukyu, anejadas finalmente por los japoneses en 1879 (y cómo no, habrán pensado, pues, si el archipiélago del Sol Naciente brotó de las lágrimas de amor de una diosa nipona, por amor también debían adquirir esas islas tan cercanas, a saber si alguna lagrimita perdida de la diosa las habría creado) y abolido el reino. Y aun durante la época de gobiernos militares japoneses (la era Edo 1603-1868) y su política de aislamiento nacional, nunca dejaron de importar de China los pájaros jushimatzu, unas tiernas aves llamadas pinzones de variados colores, hasta cardenal, y tan gratas a la estética artística nipona que se remontan al siglo XVIII sociedades japonesas de pinzones. El mismo Go-rin no sho (1645), de orgullo tan japonés, tiene “evidentes” influencias de El arte de la guerra (siglo V a.C.), según versiones. Los impresionistas franceses les influyeron luego de ser influidos ellos mismos por los japoneses, el filósofo Fenollosa dio clases allá, los compositores John Cage, Pierre Boulez, Puccini, los westerns de Kurosawa, el escritor Smiles, hasta William Butler Yeats con su obra de teatro Nō japonés “El pozo de la mujer halcón”, fue otro ejemplo de “circularidad” cultural, según la lista que elabora el historiador Peter Burke (en Hibridismo cultural) sobre la influencia de otros países en Japón en épocas ultranacionalistas.

El propio Miyagi entrenó en Fuzhou (capital china de la provincia de Fujian). Fue este discípulo amado de Higaonna quien le dio el nombre definitivo Goju Ryu a ese estilo de arte marcial. Tampoco veo posible aprender este arte marcial sin internalizar las o ciertas enseñanzas espirituales del Iluminado Siddharta Gautama, aunque sea en parte y con toda posibilidad integradas con otros códigos de conducta, como el Bushidō. De no haberlo hecho el discípulo, habrá perdido el valor u objetivo, la finalidad. El Dharma (la doctrina), se ha dicho, provee un carácter práctico para liberarse del sufrimiento (objetivo de Buda), según la capacidad de cada discípulo para suprimir los propios demonios de su mente.

Si algo me llamó la atención en Jaimeacosta, lo que he notado, es su alta capacidad para soportar el sufrimiento, de evadir o no referirse a sus propias circunstancias, duras en estos momentos y en muchas ocasiones anteriores, y continuar proyectos que, a estas alturas de nuestras vidas, sabemos que son poco más que cuesta arriba. Ese espíritu, reflejado en su contestación a mi pregunta sobre si se siente un guerrero derrotado, muestra sin irreverencia, por ser genuino, que ha logrado conducir la barca hacia la otra orilla, hasta desprenderse de viejas actividades con el único plan de iniciar otras. Es por ello que Jaimeacosta no se siente un guerrero derrotado. Y desde ese punto de vista tan budista es cierto. Pero es precisamente por ello que puedo afirmar que es un guerrero derrotado. Es el sino, vence a un guerrero cualquier cosa cuando llega su momento. Como al mismo universo que, a pesar de su largo período de expansión, se replegará hasta su punto originario. La inercia, la muerte, la no-vida es la naturaleza del universo. La nada. Vivir es una contingencia que muchos logran plenamente, como Jaimeacosta, pero luego vence el estado natural. No todos pueden decir que han tenido una vida; con solo respirar y atenerse a la subyugación de la condición biológico-urbana no es suficiente para invocar el milagro de la vida. No se derrota lo que no ha alcanzado triunfos. Esos nunca participaron del milagro del vencimiento, de vivir plenamente.

La derrota de un guerrero (y no hablo aquí de su muerte y menos que termine en babalandia) puede ser acogida como su mayor triunfo, es al menos un acontecimiento victorioso, porque supone haber sido un vencedor, que ha desafiado con éxito las leyes que gobiernan el todo y se le reconoce. Luego la naturaleza de las cosas, por supuesto, invoca su hechizo poderoso y reclama lo suyo. Pero no es esoterismo, lo levanto por si alguien duda, es, me parece, pura ciencia. Puede ser pertinente en este momento citar a Gerardo Abboud, traductor de los textos budistas: “asombra lo que pudo descubrir un hombre semidesnudo, sentado debajo de una vieja higuera, sólo con el poder de la mente. Entre otras cosas, que no hay tiempo, que no hay espacio y que no hay materia como creemos percibirla; que todos son simplemente conceptos. Curiosamente, las mismas conclusiones a las que llega la física cuántica.”

忠義

La historia de la Humanidad puede ser contada también a través de sus grandes maestros, y de sus discípulos que, a su vez, tienen otros discípulos. No es necesario buscar salvarse ante lo inevitable, como al estar en la cruz, ya lo sabemos por anteriores enseñanzas. Cuando todo está consumado es porque se ha llegado a la otra orilla, porque el trabajo se ha hecho. La derrota no es más que eso, no es humillación. Evitarla es jugar a querer ser eterno -Dios- y los dioses no existen. Ver de frente al abismo, descorriendo las cortinas que lo ocultan, y sobrevivir a ello, sin que nos seduzca su mirada y su llamado, e inclusive trazar un plan optimista a esta contingencia que le hemos dado el nombre de vida, es asunto mayor de guerreros, que lo son solo frente a los demás, ante las circunstancias y ante sí mismos. Escuché una vez el rumor sobre la capacidad, tanta, de Jaimeacosta que llegó a rivalizar con la de su sénsei Kimo Wall. Si es cierto o no, no tiene verdadera importancia. Lo importante es que el maestro pudo dirigir, hacer brillar, con tanta eficiencia la capacidad de su discípulo, que produjo esos comentarios. Ambos deben haberse sentido honrados por haber cumplido cada cual su tarea a cabalidad. No hay otro camino para un guerrero que su derrota final, he reiterado, vivir invicto es una ilusión que han ideado los que no luchan, los que no pelean, los que no crean, los que nada nunca han arriesgado, los que -muertos- creen vivir, los ilusos, los que solo sueñan. William Faulkner, cuyas frases célebres llenan cada cierto tiempo cuartillas de revistas que buscan que alguien las lea, dijo que “la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”.

Es la hora de resolver otros asuntos, importantes, que han quedado al margen: “el camino misterios o va hacia adentro”, asegura Novalis, “al mundo invisible”, dice, donde podrá encontrar también las fuerzas de la naturaleza. Ya había identificado el joven poeta-filósofo que la sede del alma “está ahí donde el mundo interior y el mundo exterior se rozan”. Es justo desde aquí, según veo, donde podrá el guerrero derrotado continuar su tarea. Al decir de Novalis, espiritualizar el cosmos.  “Es sorprendente que en el interior del hombre solo haya sido tratado de forma tan escasa y carente de espíritu […] A nadie se le ocurrió buscar nuevas fuerzas, todavía sin denominar”, añade el joven malogrado, una idea que retomará Schopenhauer, también bajo el concepto de “voluntad”. No obstante, nos acercamos peligrosamente a “la llamada de la noche”.

Para cerrar, dime, ¿de qué te han servido las artes marciales, y permíteme incluir a las otras artes que has practicado?

“Si no llega a ser por las artes, te digo, estaría de ermitaño en el Everest.”

Lo que le han evitado es lo que le han dado, parece decir. Le dio el Camino, el Dō, hacia una vida comprometida, con un fin, con destino. Pero la derrota (aun si queda vencido de muerte el guerrero) lejos de ser una humillación, solo le marca un nuevo camino, un nuevo comienzo, un giro necesario hacia si mismo, donde deberá emprender la más grande de sus batallas, la paz consigo mismo mediante estrategias que solo aflorarán en cada cual, las artes visuales, la poesía, la música, la talla y la ebanistería (divinizadas en Narciso y Golmundo, de Hesse), la arquería (porque la flecha nunca miente, me recuerda mi amigo Virgilio, según la sabiduría oriental), el trabajo social, la filantropía, y otros; pues debe ganar tiempo para reconciliarse (que no es otra cosa que cerrar el círculo), para lograr la paz, para irse en paz. Puedo decir que tengo varios amigos (todos los tenemos) que son igualmente arquetipos del guerrero derrotado y en vez de Jaimeacosta pudo haber sido otro nombre. Distinto a la vida cotidiana que la mayor parte de las personas escoge, que, al igual que los virus, no están vivos ni muertos -parasitarios- el guerrero vencido continúa su lucha. Jaimeacosta apuntó a la distinción conocida popularmente, pero pocas veces practicada: “no estoy retirado, sino jubilado”, que es el gozo de no responder a la rutina cotidiana que se nos impone, el iubilum intenso cuya mayor expresión puede ser una sonrisa amplia y el ejercicio de la paciencia, la lentitud. Ahora, finalmente, son posibles los otros caminos. Porque, es necesario decirlo ya, de alguna manera no deja de ser guerrero quien lo haya sido. No es necesario llegar al extremo de Kundera cuando dijo que “la vida humana con tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla.” Podemos decir, sin alterar en esencia su proposición, que la victoria de una vida en principio derrotada es lograr cumplir la tarea que se nos impone.

Cuando Jaimeacosta señala que hubiese sido, de no ser por las artes, un “ermitaño en el Everest”, igualmente apuntó más alto que la montaña misma. Nepal, donde ubica la más titánica de las estructuras naturales, es la tierra originaria del príncipe Siddharta Gautama, el Buda, donde, luego de renunciar a sus privilegios reales, emprende el camino solitario hasta que, descansando bajo el árbol Bodhi (el de la vida) en la postura del Loto (Padmasana), no se levanta hasta descubrir el camino. En el claroscuro de la vida de cualquier guerrero, y en esta que he bosquejado aquí entre millones que ha de haber, a veces se camina sin saberlo hacia donde siempre se debió llegar. Ermitaño o karateca, dibujante, músico o masajista o teatrero, o algún conocido profesor o poeta o pintor son todas formas entre cualquiera otra para lograr despertar al conocimiento y seguir la senda. No han de buscarse signos milagrosos en la fecha de nacimiento, pues hasta el vuelo de un pájaro ese día podría serlo, de seguro encontrará de todos modos en su camino “al hombre viejo, al enfermo, al cadáver y al monje austero”, quienes, como a Buda, le sembrarán la conciencia de una nueva ruta. Y así como se encuentra el camino, surgirá indefectible también el deseo de abandonar, usualmente manifestado a través de un sentimiento interior que objetivamos como figura: Mara, Satán, los Shedim, Iblís, la Esfinge; son los que susurran, los que piden abandonar, los que tientan, los que engañan, y que todos llevamos muy dentro; u otros que “se yerguen en el alma”, Cíclopes, Lestrigones o el colérico Poseidón, como nos recuerda Cavafis en el poema mencionado, pero desaparecen si el “pensar es elevado”. El guerrero persistirá en su camino hasta llegar a su derrota final, en la que “lloverán flores del cielo” (como le sucedió al Iluminado), pues no es una derrota de vencimiento, sino de cumplimiento, como haber sido convocado a una boda, a la que se acude (añadiría también el mejor ejemplo de todos, el Gólgota, donde todo se ha consumado -cumplido- pero a muchos les resuena a tristeza y sufrimiento, y a demasiada religión en esta entrevista). El guerrero, luego de su fatigosa ruta, consuma su destino con la derrota inevitable, la que le obsequiará otro camino de menos sufrimiento, “silencioso, en la selva” (Buda), sin divisiones ni trascendencias pues no se adora a un dios o dioses, sino que se medita para buscar la salvación y la iluminación dentro de si (y no solo en el budismo Zen); es la hora de sumergirse en el lago profundo y oscuro del alma, donde, finalmente, coincidirán el camino interior y el exterior, “donde ha de resolverse todo enigma”, según Schopenhauer. Pero llegado ese punto, es, reconozco, un terreno desconocido para mí, incierto, sin lugar a dudas, y de cuya suerte no hay predicciones. Rilke, sin embargo, llega para auxiliarnos sobre ese momento de maduración: si “fuese dado ver más allá de donde puede llegar nuestro saber y un poco más lejos de los bastiones de nuestro presentimiento, acaso entonces soportaríamos nuestras tristezas con mayor confianza que nuestras alegrías. Porque son ellas los momentos en que algo nuevo ha entrado en nosotros, algo desconocido; nuestros sentimientos enmudecen con casta timidez, todo en nosotros retrocede, surge una calma, y lo nuevo, que nadie conoce, queda en medio de ella, silencioso.”  ¡Una Epifanía!

終了

Dibujos: Jaime Acosta Cepeda

Fotos de Jaime Acosta Cepeda: Obed Betancourt

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