Los atentados contra mí fueron vulgares, al igual que las amenazas de muerte e intimidaciones. Ahora que al fin pienso en ellos me doy cuenta de que no fueron estéticos, más bien, irracionales, desesperados, de una grosería y una llaneza imperdonables, una falta de respeto. Mala literatura. No hay juicio en nuestros criminales, tan carentes de cultura. La estética criminal sólo abunda en el cine y en las novelas noir, por eso muchas veces nos identificamos con el asesino, cuando no es que nos gustaría morir como el asesinado. Atentados racionales –aunque de ninguna manera justificados, sólo digo que fueron actos que tuvieron una causa comprensible al entendimiento o coherente y un drama que les confirió una estética y una ética, por más que diferamos de ellos– fueron aquellos contra los escritores Salman Rushdie y Samuel Beckett, quienes son dos maestros de la literatura.
En 2022, en un foro universitario en el estado de Nueva York, un extremista musulmán apuñaló salvajemente a Rushdie, al burlar la escolta de seguridad. Y esa fue la primera belleza terrible de su situación, como en el ajedrez, cuando al Rey le penetran sus defensas, siempre inesperadamente, para darle jaque mate. Justo ocurre el atentado 33 años (que para mí siempre será una fecha simbólica) enfrentando una posibilidad que parecía ya desvanecerse. El ayatola Jomeiní había emitido en 1989 (año en que murió) la orden fatal que exigió a cualquier musulmán con oportunidad de hacerlo ¡una gran parte del mundo! el asesinato de Rushdie porque consideró blasfema la novela Los versos satánicos. Y vaya con el apellido del escritor indo-británico-estadounidense, que si mal lo leemos (en inglés) podríamos entender Die-rush, que significa, irónicamente, “muere de prisa”. Pero ahí no acaba la ironía de cargar un nombre que, según se ha dicho de todos los nombres, puede determinar nuestras decisiones e ideas. El apellido Rushdie lo inventó y adoptó su padre Anis Ahmed Rushdie, musulmán no practicante, liberal, en honor al filósofo y médico hispano-árabe Averroes (forma latinizada del apellido árabe ibn Rušd –“hijo de Rušd”) por su defensa del libre pensamiento, racional, y no fanático de su religión, por el que sufrió persecución de los integristas en el siglo XII.
Novecientos años después, Rushdie, con ideas liberales similares, sufre la misma persecución. El escritor sobrevivió al ataque de la ignorancia, lo cual añade una capa a la ironía como comunicación de un mensaje, de humor negro, estético. Subyace también una ética en los dos actuantes, en la del agresor bárbaro, amarrado a su fanatismo, y en la defensa reiterada del agredido de las libertades del individuo. El ataque ocurrido “a las once menos cuarto del 12 de agosto de 2022, un soleado viernes por la mañana” amenazó con enterrarle en la oscuridad, pero siguió escribiendo, incluso recogió el desastroso encuentro en una crónica que con precisión quirúrgica tituló Knife. No es mucho lo que me interesa decir más que reiterar que para un escritor todo se puede literaturizar, convertir en estética, belleza. El autor evidenció además su sentido irónico y profundo del humor al decir que “para atacar un libro, el requisito es no leerlo”, pues, asegura, si hubieran leído su novela, que para colmo ni siquiera es su preferida, se habrían dado cuenta de que no contiene blasfemia alguna. Es decir, hay una moraleja (lección, valor moral) en toda esta situación.
La racionalidad de los acontecimientos fue absoluta, muestran una vez más que la ignorancia siempre tiene, literalmente, consecuencias fatales, así como la intolerancia, que es un elemento esencial de la estupidez. Por el fuerte impacto, del que no se dio cuenta, sólo pensó que se le caerían los dientes. Fue su ojo derecho lo que perdió, como si el yihadista le criticara que veía demasiado o que no lo necesitaba si no veía lo que únicamente debía: el fundamentalismo.
Con esa misma racionalidad extrema sobresale el apuñalamiento en 1938 de Beckett al salir de un cine en París. Al preguntar Beckett en el juicio a su atacante –un proxeneta que por allí pasaba– por qué lo hizo, éste sólo contestó: “Lo siento, no lo sé”. ¡Absurdo!, un tema que precisamente hizo famosa la obra literaria del irlandés. ¿Habrá una racionalidad más coherente que esa, e irónica, la del absurdo atacando al maestro del absurdo?
Pero estos son otros tiempos. No veo estética alguna en morir a tiros porque a un narcocriminal o a un terrorista les moleste unos reportajes que afectan sus negocios ilícitos o su ideología política, y menos hay razonamiento ético, profundo, que pueda debatirse. Apuñalar tiene la más rica historia entre las maneras de asesinar y lo más granado de los muertos, aunque apenas poco más que el envenenamiento, un método que esconde en el inconsciente del perpetrador(a) la más grande oscuridad.
Apuñalar es una forma heroica de asesinar, e igualmente supone un sacrificio del asesino, que se expone a ser atrapado. Es asimismo una forma igualmente heroica de morir: por ser el puñal, daga o cuchillo un instrumento ancestral, que para mayor virtud exigió en su origen la iniciativa artesanal del ser humano, es decir, civilización; acercamiento íntimo, el puñal como extensión del cuerpo, de la voluntad, y engaño para aproximarse, y a veces a traición, si ocurre de espaldas; conocimiento de las debilidades corporales para asestar la fatal puñalada; y sobre todo, causa en la víctima la más grande de las sorpresas. Además, un acuchillado puede tener más probabilidades de sobrevivir que un tiroteado, lo que añade incertidumbre al drama, un tiempo precioso en el que el destino no se presenta todavía. Todos esperan el que desean, que burle el indeseado. Para sobrevivir se requerirá de todas la suertes, como deidades griegas combatiendo unidas al poderoso Tanatos. De morir la víctima en el atentado será con la boca abierta, como iniciar una queja, por la mala suerte, que no será terminada. Es la más fuerte de las críticas contra el destino morir con una mueca en el rostro. Si con suerte se sobrevive, y sirve de diapasón a sus ideas, de la herida surge nuevamente la ironía.
*Fragmento de Revelaciones (crónicas de una isla salvaje II), inédito
