Una crónica, un reportaje, una nota periodística, si logra la empatía, como acercar un pecho a otro que desmaya (fraseo de la hermosa expresión de Valéry), no tiene que eximirse de hacer alguna crítica moral, social, cultural o política. Al contrario, nos puede colocar en un lugar donde nunca hemos estado, para conmovernos, sensibilizarnos o indignarnos, pues en estos días estamos “desacostumbrado[s] del asombro por aquello distinto” (Adorno). Nos rehace. La gran ambición de cualquier escritor la susurrará con modestia, hasta un poco avergonzado. Despejar el autoengaño. Ya sabemos que escribir es el resultado de esa conversación interminable que tiene el escritor con todo y consigo mismo, buscando claridades allí donde todo es oscuro o sembrando dudas donde todos ven brotar certezas. Es, al menos, una intención privilegiada que tenemos, la de, como Borges, tomar un puñado de arena, dejarlo caer algunos pasos más allá, y decir: “Estoy modificando el Sáhara”. Un “hecho mínimo”, modesto, reconoce el Hacedor, pero decir esas “palabras exactas”, reclama, le tomó una vida.
Hay corrientes en el periodismo contrarias a una intervención tan activa que parezca “apropiarse” del papel de las instituciones públicas. “Así, la prensa ha pasado de ser mensajera y espectadora del cambio, guardiana de los derechos de la ciudadanía, a erigirse como protagonista institucionalizada frente a los reclamos que está pidiendo la sociedad”. (Barros, Periodistas: entre el protagonismo y el riesgo) De esa manera –continúa– “ganan protagonismo, pero pierden objetividad, pierden distancia frente al hecho. Dejan de ser periodistas y de hacer periodismo. Quizás ése sea su mayor riesgo”.
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Parece obvio, sin embargo, que cuando las instituciones públicas y privadas no son lo mínimamente efectivas que se necesita, la prensa no debe reducir su papel, como dice Barros, a “ser mensajera y espectadora” del duelo que nos causan, a “aullar al unísono”. Lo menos que puede hacer es guiar el cambio requerido o ser, mínimamente, disuasiva, buscar la tensión, aun con el riesgo, no tanto de perder la objetividad, sino, y más importante, de ser insuficiente.
He enfrentado esos riesgos que teme Barros en mayor o menor medida, con éxitos y fracasos que nunca redujeron mis esfuerzos de hacer lo que debía. Pero no creo que por haber tomado algunos riesgos e intervenir en los sucesos para lograr resultados, más allá de sólo reportar, dejé de ser periodista o de hacer periodismo. En todo caso, quienes lo intentan restablecen una dimensión que tuvo el periodismo alguna vez y que fue llamada al desuso por causa del llamado “periodismo objetivo”, y sin perjuicio de éste, que sólo responde a una decisión del concejo editorial del medio noticioso de presentar noticias tal y como suceden y que puede cohabitar con un periodismo más “protagonista”, incluso en un mismo medio. Ciertamente, debemos temer que el periodismo forme parte de las “trincheras de la oposición”, pero debemos temer más que abandone la trinchera que le es propia, aquella donde sólo se busca la verdad.
Al acercarnos al periodismo, sea desde el lateral del diarismo o el de la literatura, sin duda podemos estar de acuerdo en que es “el mejor oficio del mundo” (García Márquez), o “uno por el que vale la pena pagar cualquier precio” (Sergio Ramírez). Me solidarizo firmemente con las palabras de Kapuściński cuando dijo: “El verdadero periodismo es intencional. Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”, que es lo que posibilita el saber de uno mismo. En fin, al periodismo lo mueve la razón ética.
