2. La crónica
En esta primera colección de crónicas de una isla salvaje I incluyo únicamente la titulada “Mala Muerte”. Mi intención de incluir otras crónicas, como “¿Quién mató a Cotto Cartagena?”, “Papi, el taxista” y “Los elefantes no escriben poesía” se vio frustada por las dimensiones que alcanzó el libro, casi imposible de sufragar por esta editorial emergente [14 segundos] de apenas meses de fundada. Así, quedarán para una segunda colección que, entre otras, incluirá “El Fraile: crónica del asesinato de un agente encubierto y su campo de batalla.”
En “Mala Muerte” recojo mi serie investigativa (1997–2000), ahora rescrita en un único y extenso texto, sobre la muerte de la niña Barbarita, los errores y abusos de la investigación policiaca, las acusaciones que presentó el Ministerio Público y las víctimas que las instituciones con falsos reflejos de respetabilidad y responsabilidad dejaron tiradas a la vera del camino. Se exhuma aquí el cuerpo de unos sucesos cuya autopsia nunca fue concluyente. Volver a esa investigación es regresar con más “paciencia y cuidado” (Talese) a la escena del crimen para mirar lo inadvertido (“mirada extrema” le llama Caparrós), algún detalle que inicialmente fue considerado trivial, y su proyección, y así se revelan otros datos que resultan seminales a los nuevos propósitos y la necesidad de incorporar otras técnicas narrativas que me ayuden a pintar un nuevo cuadro, finalmente coherente. Con esa nueva mirada totalizadora surgen más claramente las causas de muerte de esos hechos que yacían fragmentados.
Esta reescritura, que no es otra cosa que repensar (reconstruir) los acontecimientos, no se sujeta a las limitaciones de espacio, estilo y la urgencia que impuso a aquellas notas investigativas el medio tradicional, sino que, liberada del tiempo apretado, de los lectores a los que fue destinada la publicación, de la fluidez de los sucesos y de su objetivo original (su necesidad), puedo ahora actualizar, corregir y resucitar esos hechos complejos que se mostraron un poco aleatorios en aquella época de tanta oferta informativa en los medios de prensa. Por eso el libro, donde pueden sobrevivir por más largo tiempo, ordenados y sin distracciones.
Esta crónica pretende aportar información suficiente para despejar una serie de falsedades, teorías conspirativas, malentendidos y omisiones que han sobrevivido a lo largo de todos estos años, por tanto, se incorpora las restricciones que tiene una publicación en cualquier medio de prensa, como la veracidad hasta donde lo permita la evidencia, corroboración, uso de fuentes creíbles tales como documentos públicos y otros a los que no había tenido acceso, información pública y mis entrevistas a fuentes, entre estas, de quienes por alguna razón válida prefirieron que no surgiese su nombre pero que pueden ser acreditadas por el periodista, mi propia experiencia al investigar esos acontecimientos y algún grado de opinión basada en evidencia e inferencias razonables. Nuevamente, esta crónica, contrario a los valores “establecidos” para el género, produce una variedad de noticias nunca antes reveladas. Es decir, aquelllo de escribir crónica “sin la necesidad de producir noticias” [Darío Jaramillo Agudelo, en la Antología de crónica latinoameriana actual, 2012, Alfaguara] no se sostiene. Puede producir noticias o no, pues no es una condición de necesidad, de definición.
La cantidad de información es significativa y me ha forzado (tal vez porque así lo he querido) a ir trasladando cualquier promesa de un centro (camino) que podamos seguir con más facilidad. En vez, múltiples escenas van surgiendo con su propio núcleo, como en un viaje exploratorio, hasta pintar el cuadro extremo de los hechos. Un único centro no reflejaría la realidad, la verdad ni la fluidez de la vida. Tampoco me he privado de utilizar fuentes literarias y otras en las que he encontrado buena luz para iluminar ciertos hechos y la teoría que presento, una especie de study case de alguien que debió tener mejor suerte pero no pudo cambiar la ruta que se le impuso como un destino. Esta es una “crónica investigativa” y no digo “histórica” (me ruborizaría), pues temo que la distancia sea insuficiente y que el grosor de los acontecimientos no haya tenido un impacto significativo a largo plazo, aunque en su ocurrencia despechó corazones y despertó una variedad de pasiones.
Quieren ser estas líneas, como todas las crónicas, un dibujo del “rostro de su tiempo” ( Joseph Roth), una pintura que junto a “cómo se organiza el cuadro en torno a esa figura” (Náncy al comentar el contexto de los retratos de Rembrandt) pudiera “poner al descubierto” el espíritu de la época y hasta las venideras, pues, ¿acaso no disimula el pasado un pronóstico del futuro?
Obed Betancourt
San Juan, 2024
