Esta noche siento que todas las noches en que me he desvelado han sido una sola noche eterna. No me juzguen mal. No es por la emoción de este inmerecido premio, que tantos han perseguido y con mejores méritos. Porque de tantos con literatura más creativa que mi pobre producción de editor y traductor -que es lo que he sido-, de jugador con el tiempo, los espejos, laberintos y máscaras, me ha tocado que el Rey de Suecia quiera colgar de mi cuello una medalla al creer, muy seguramente con buena fe, aunque equivocado, que he sido yo quien logró encerrar al tigre en la Gran Biblioteca, cuando es al contrario.
Una noche eterna no refiere tanto a la oscuridad como a la espera del amanecer. La oscuridad sólo se cierne sobre aquellos que nada esperan. Yo, ciego más tiempo que mis recuerdos, siempre he creído que llegará aquel amanecer por el que tanto se espera y se verá porque su luz debe sentirse en la mano de quien ayude a otro a cruzar la calle.
Soy un viejo optimista, algunos de ustedes lo saben, contrario al pesimismo que me presumen. Tal vez sea que, como al tango, alguna estadía en París me haya entristecido un poco. Ya veremos si, en el fondo, son intercambiables o son lo mismo. A veces mis amigos creer ver demasiada alegría en mis ojos y lo sufren, cuando es en los oídos donde se refleja. Lo sufrió Lugones, que tantas bromas hizo pero murió con una seriedad en su rostro que no le hubiese gustado, si hubiese logrado verse. Lo sufren los que me sufren y me critican que no vea bien lo que sucede en el mundo. Y si miramos con certeza, me aseguran, sólo podemos morirnos de sufrimiento. Es cierto, pero sólo en parte. Para morir de sufrimiento sólo necesitamos una mínima ocasión, cualquier motivo. También puede haber una causa grande, no lo disputo. Pero no deja de ser mínima si la vemos en la distancia, desde donde mejor se ven las cosas Recuerden que bajo los tumultos no hay nada y sólo desde la muerte se puede entender la eternidad. Ya lo dije alguna vez, la muerte sólo es el acto de prestidigitación de un mago desconocido.
Lo difícil, me parece, es mantener el optimismo. Ese es el verdadero sacrificio. Podría ser, para utilizar esa vieja analogía, el del payaso que nos hace reír, a pesar de que tenga en el pobre carretón del circo -donde vive dando vueltas por toda nuestra sufrida Argentina- a su mujer e hijos enfermos y hambrientos. Nos hará reír porque es su compromiso y es optimista porque cumple su deber, y sabe que nos puede devolver la esperanza aunque sea por apenas unos minutos. Tal vez, al extender con la risa el olvido de nuestra tristeza podamos ir robándole de a ratos muchos de sus minutos, aquellos que nos hacen doblar el lomo y mirar a la tierra.
Que es algo muy curioso. Cuando reímos, lo habrán visto ustedes mejor que yo, siempre alzamos la cabeza. No sé por qué de ese gesto tan extraño. Nunca, de todas las bibliotecas que he visitado, he encontrado una respuesta. Pero, mirar al cielo, y estarán de acuerdo, es una especie de arquetipo de trascendencia, siempre optimista. Y digo, a la de cada cual, pues lejos estaría de imponerles una después de haber enumerado tantas que, a veces creo, son una sola que se adapta a cada época y región.
Sin embargo, y si es así, si todos reímos al menos un poco levantando la vista al cielo y olvidando nuestras tristezas, preocuparía aquellos que aún miran directamente a la tierra, los que no ríen. Tendríamos que preocupanos porque podrían ser como aquellos que no piensan, los que sólo son seguidores o fanáticos, por eso nunca he sido muy fiel a ese deporte que le dio tanta fama a la Argentina, ni a la política, porque no hay risa en sus derrotas, y es cuando más debe haberla. Para reír se necesita un compromiso con el futuro que tal vez no sea consciente. Y no quieran ver en mi demasiados absolutos. Si bien creo que Platón y su gobierno de filósofos es la mejor de las ideas, sólo por eso lo sería, que es lo que yo hago en mi modesta literatura, tropezarme con las ideas y transcribirlas para ustedes.
Es optimista el que está atento a cada momento, porque sabe que cada uno de ellos contiene tanto el pasado como el futuro, como ha dicho, aunque mucho mejor que yo, por supuesto, el poeta Browning. Sabe el optimista que el momento en que vive es la suma de todos los momentos, no su resta. Y para llegar a ese momento, amables amigos todos, ya se necesita ser algo optimista. Lo curioso es que decirlo me haya ganado algunos enemigos.
Tengo la fortuna de tener una buena memoria, pero nunca la infortunada de Funes el memorioso, que nada olvidaba. Pues es la brevedad de todos los acontecimientos y de la memoria lo que nos fuerza a fijarnos en la distancia. Yo olvido por fuerza de espacio y porque sería de un aburrimiento mortal e irrespetuoso no hacerlo. Y si se me permite otra corrección, debo negar una supuesta reunión que tuve en México con ese autor extraordinario de la brevedad llamado Juan Rulfo, autor de la novela Pedro Páramo, que me parece un poco autobiográfica, pero ¿qué escritura no lo es? He leído una y otra vez el breve diálogo de esa reunión inventada y sólo puedo decir que podría ser otro cuento de Juan, pues parece una conversación entre muertos sentados a la sombra de un árbol en alguna cima de Comala.
La verdad es que nunca he visitado México. Ni siquiera he salido alguna vez de Buenos Aires. Me conformo con mi mapamundi de Mercator y los libros de Robert Louis Stevenson. Las fotos y las entrevistas en que se me ve en Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, Puerto Rico y otros países son todas apócrifas, montajes fotográficos de alguien que tal vez me aprecie mucho y quiera hacerme sentir bien convirtiéndome en un autor internacional. Tantas veces tuve que desmentir mi presencia en lugares más allá de la avenida 9 de Julio que al final desistí del esfuerzo. Paradójicamente, las declaraciones que me adjudican en esas entrevistas siempre me han parecido más acertadas que las que yo mismo hubiera dado. Tal vez por eso dejé de desmentirlas. La entrevista falsa con Juan me pareció de una circularidad perfecta y hubiese deseado que fuera yo el interlocutor del maestro o el escritor de la entrevista falsa. Pero, al menos me conformo con que todos crean que ocurrió ese diálogo. Así se escribe tanto la ficción como la realidad, de sus equívocos. Al final, no importa qué es real o no, si todo es verdadero.
Esta noche hubiese querido hablarles de literatura, de aquel emir árabe batiéndose en retirada hacia el mar al finalizar el año 1492 y dejó olvidado en la playa un escrito cimero de nuestro idioma bajo un nombre falso en castellano y que nunca pudo reclamar como suyo al naufragar; de los pocos libros que podrían sobrevivir al momento del olvido; del Siglo XIX, que me parece más admirable y en el que siempre me he visto. Acaso, pude ensayar un discurso de aceptación más digno de la ocasión, más inteligente o crítico de la situación mundial. En vez, les hablo de la noche, los símbolos, la muerte, aunque también del optimismo, que es otra de esas esoterias extrañas que de siempre me hacen divagar.
Pero, ustedes me conocen tanto o mejor que yo. Al comenzar a dictarle mis palabras a mi querida Kodama, empiezo a preocuparme más que nada si el tono es lo suficientemente humilde como para no parecer arrogante, porque con la arrogancia se aparejan grandes discursos, grandes temas, profundos, grandes proposiciones que deberán ser implantadas sin temor alguno, con urgencia y certeza ciega. Y ahí es cuando la violencia y el caos encuentran su resquicio. Yo sólo he querido decirle a todos ustedes, gracias por tenerme en cuenta, que por causas desconocidas no he muerto todavía, que estuve por aquí y por allá diciendo algunas cosas, menores casi todas. Por eso no comprendo muy bien que a este pobre anciano que ya balbucea un poco se le reconozca de esa manera. Yo diría que no es para tanto, pero Kodama insiste en que debo mostrar una amplia gratitud sin parecer desesperado y menos desganado. La miro, sonrío tan rápidamente que cree que hago una mueca, y le pido que se calme, pues desesperado nunca he sido, aunque sí un poco desganado. Hubiera aceptado con igual orgullo algún reconocimiento modesto en una librería de algún callejón de Buenos Aires que nadie recuerde por haber dedicado mi vida a leer, que es la mejor de las invenciones.
Tampoco soy hombre de discursos y ceremonias. Mi timidez es del tamaño de mi propia parodia y del Borges que han inventado para entretenerse y que me ha evitado muchas veces hacer comentarios a la prensa y en foros académicos, pues el otro Borges ya los ha dicho y con mejor juicio. A mí me entretiene muchísimo. Es lo que somos en esta caverna, un reflejo. Ya sería muy presuntuoso querer ser yo el único reflejo de mi mismo.
Siempre me he sentido más a gusto conversando en mi Café Buenos Aires con algunos de mis amigos de siempre, hablando un poco de todo, como quien tira una red y mira qué clases de peces han caído. Preferiría, en todo caso, pese a mi timidez, cantarle a mis amigos un mantra interminable por discurso para que a todos nos venza el sueño y al despertar creamos que sólo hemos tenido un sueño improbable en el que a Borges le otorgaron finalmente el Nobel de Literatura. ¡Cuánto nos reiríamos! Pero de mi voz sólo surgen milongas demasiado tristes y muy mal entonadas que al final disfrazo con una sonrisa rápida e inocente, pues soy, sin rendención, un optimista. Por eso les envío en la voz más agradable y correcta de Kodama estas palabras de aceptación, como si enviara a Campoamores.
No me ha sido posible moverme del Café Buenos Aires, donde Lugones sigue contando chistes de los que sólo él se ríe, Macedonio ha ido por algunos cafés porque, muy extrañamente, todos los que nos sirven son muy fríos, así que le he pedido un chocolate. Ulyses Petit, el pobre, viene de camino, siempre llegando, con un ejemplar de la revista Multicolores, que recién editamos; Manuel Peyrou tiene problemas en el hogar, tal vez por causa de nuestra estrecha amistad, pero aseguró que llega. Bioy estaba retrasado editando un texto que le escribí para una marca de yogurt de la empresa familiar y Victoria se ha molestado con mi impaciencia de escribir antes que ellos los cuentos que entre todos debemos hacer. De Silvina no sabemos nada desde que dejó a Bioy y se casó hace unas semanas con el Dr. H. Bustos Domecq, de quien no tengo buenas referencias y lo encuentro, francamente, pedante.
Hubiese querido estar en Estocolmo en estos momentos, no lo duden. Sin embargo, estoy aquí con todos mis amigos, que es como estar en todos los lugares y todos los tiempos. Tuve un inconveniente grande, no por esa indiferencia y frialdad que me atribuyen, sino por uno de esos imposibles de superar. Ya veré, con el tiempo, si se me permite unirme a los pocos que lo han logrado. Soy optimista.
Muchas gracias
*Nota de PRENSA INTENCIONAL: Este borrador de discurso fue escrito por Jorge Luis Borges en algún momento no precisado de la década de 1990, cuando era inmimente la otorgación del Nóbel de Literatura. El manuscrito fue enviado recientemente por error a Prensa Intencional desde una web profunda cuyo remitente no hemos podido localizar, aunque lleva ciertas indicaciones, nombres y garantías que nos hacen creer, aunque no seamos expertos, que puede ser verdadero. El manuscrito, que en una esquina arriba a la izquierda lleva la clasificación “borrador” (y por ser el primero recibido así lo intitulamos) sufrió revisiones que se incorporaron en otros escritos subsiguientes, a medida que pasaban los años y era igualmente inminente la otorgación a él del Nóbel. Unas tachaduras y anotaciones a mano de Macedonio Fernández y Victoria Ocampo, firmadas con sus siglas, confirman que también fue revisado por estos, lo que le da fuerza de veracidad al texto. Los manuscritos posteriores, incluso los anteriores, de haberlos, no se han encontrado, aunque el remitente anónimo cree que puede localizarlos. Si los envía a Prensa Intencional, aunque, de nuevo, sea por error, igualmente los publicaremos. Tal vez podamos formar una biblioteca infinita de los borradores de discursos que escribió Borges para aceptar el premio, que siempre quedó en ese horizonte de eventos llamado inminencia.
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