Memoria de un tesoro al descubierto

Por Obed Betancourt

Maunabo – De regreso a San Juan desde el Valle del río Maunabo, donde se asienta el pueblo fundado cerca de la costa hace 222 años, se extraña uno de haber visitado un lugar tan placentero que no quisiera descansar al llegar, sino sólo sentarse a recordar.

Desde el recuerdo puedo apreciar con mejor exactitud el sabor de las arepas de salmorejo o bacalao preparadas por doña Gladys en su quiosco a la vera de la carretera. No es un cuento de caminos aquello de que Maunabo es la “Ciudad de los Jueyeros”, sino que hay constancia gastronómica de ello. En nuestro recorrido por el pueblo, no hubo quien dijera que no ha pescado jueyes en algún momento de su vida en este pueblo de pescadores y agricultores, cuyo patrón no podría ser otro que San Isidro Labrador, patrono de los campesinos que piden lluvia al cielo para sus cosechas cada 15 de mayo, desde el siglo XVII, cuando fue canonizado.

Podría decirse que el recuerdo amable que nos deja Maunabo -al darnos un sosiego que de tan profundo lo creíamos perdido- es su tesoro escondido. Un tesoro que se nos revela cuando ya hemos partido, confirmando así que no hay que ser pirata para encontrarlos, o tal vez porque todos en esta isla algo de pirata tenemos.

Ver nuevamente cómo el río divide el pueblo en dos, como el Sena a París, aunque sin su volumen, pero mirado con el mismo orgullo por ser puramente maunabeño, o la llanura verde que una vez se dedicó intensamente a la caña y la ganadería, que aún perdura, junto a sus actuales platanales y sus montañas tan cercanas que ilusionan tener alguna casita en la ladera, de frente al litoral costero.

Pero, sobre todo, hay un lugar enquistado en el recuerdo que, sabemos, nos obligará a regresar: la Reserva Natural Humedal Punta Tuna, vista ahora desde ese mirador que es la memoria, y vemos con claridad más serena su naturaleza primitiva, sin que el Sol nos oculte con su resplandor la jornada que hemos hecho.

Descubrir un tesoro que siempre ha estado a la vista de todos, al descubierto, tiene sus recompensas, entre ellas, descubrir que nuestros ojos, ya un poco cansados de tanto ver, aun pueden sorprenderse ante un espectáculo nuevo que se reservan los que viajan, los turistas, los extranjeros o los que poco han visto. Son unos ojos que se asombran ante una luz que atrae la sierra a la playa, si de espaldas al mar Caribe la miras en la mañana. Luego verás, desde la montaña o la playa, la isla de Vieques, verde en serranía.

De camino a la Reserva Natural recuerdo también que nos asombramos de otras cosas. Al transitar por las carreteras y caminos de Maunabo nos sentimos un poco raros, sin saber inicialmente por qué, livianos, como si nos hubiesen quitado algún peso de encima. Hasta que nos damos cuenta que sólo hemos escuchado la tranquilidad de la naturaleza, el aire puro que al abanicar barre cualquier impureza y sentido una paz que sólo puede provenir de un alma sin conflictos.

Así pensaba cuando Ramón “Chito” Arroyo, un orgulloso maunabeño y miembro activo del Comité Pro-Desarrollo de Maunabo, organización co-manejadora de la Reserva Natural, me revela que su pueblo es también conocido como la “Ciudad Tranquila”. Y con toda razón. Ese ruido de fondo tan característico del área metropolitana, ese paisaje inestable y siempre rugiente de ondas sonoras entre las cuales vivimos, como si hubiésemos montado casa en medio de la autopista, ha desaparecido. Rápidamente, me viene a la memoria el cuento de José Luis González, “La noche que volvimos a ser gente”, que protagonizan unos boricuas que logran ver, luego de tantas décadas ocultas, las estrellas, desde el techo de un condominio durante el famoso blackout de 1965 en Nueva York, y “La autopista del sur”, de Cortázar, cuando un gigantesco ataponamiento vehicular de meses en la carretera les regresa su humanidad, la solidaridad. Este viaje de trabajo a Maunabo se fue convirtiendo en un pasadía y en un reencuentro con nuestro más sencillo candor.

Este municipio de 10,589 habitantes (2020), localizado en el sureste de la isla, es protegido por dos sierras, la Sierra de Pandura al norte-noreste, hogar del coquí guajón y frontera natural con Yabucoa, y la Sierra Guardarraya, al suroeste, donde hace frontera con Patillas. El contorno del municipio en forma de punta de lanza taína se adentra hiriente hacia las montañas del noroeste, como para abrirse paso, mientras su base se amplía en el litoral costero del sureste y así se deja agarrar por los dedos del mar Caribe. El Municipio de Maunabo es justamente la esquina del sureste de Puerto Rico. Es un dato que aquí no se pierde de vista y hasta un periódico regional, formidable, con base en Maunabo se llama La Esquina. De este pueblo ya son conocidos sus túneles, una increíble labor de ingeniería que atraviesa las montañas para dar acceso al municipio por la carretera PR-53 entre Maunabo y Yabucoa.

Chito nos conduce a la Casa Verde, localizada en la Reserva Natural, cercana a la carretera. Esta es la casa que, junto con otras 95, fue construida en Maunabo bajo el programa federal Puerto Rico Reconstruction Administration (PRRA) de 1935, que sirve de sede al Comité. Este tipo de casa modesta fue desarrollada luego de la visita de Eleanor Roosevelt, primera dama de Estados Unidos, quien recorrió la Isla en marzo de 1934 con Rexford Tugwell, planificador y entonces subsecretario federal de Agricultura, y mujeres periodistas, entre ellas la recordada Ruby Aurora Black, amiga de Muñoz Marín y corresponsal de su periódico La Democracia. Las condiciones de la isla en general eran de “desesperanza”, como recuerda Eleanor, e intercedió ante el presidente Roosevelt por los isleños. Luego, Tugwell fue designado gobernador por el presidente. No obstante, apuntó Eleanor en su autobiografía (1961), “las islas [había ido también a las Islas Vírgenes americanas] siguen siendo un problema difícil y uno que Estados Unidos está lejos de haber resuelto satisfactoriamente”.

Llegamos a la Casa Verde y Chito tal vez piense que el calor y la ruta desde San Juan nos han agobiado, sin saber que el entusiasmo por el viaje disparó nuestra adrenalina y tampoco sufríamos de calor alguno, si lo comparamos con el calor de San Juan, realmente perverso y gris, mientras el calor en Maunabo es compasivo y de fresco colorido.

La Reserva Natural se ubica en el barrio Emajaguas, el más grande del municipio, en un litoral costero de bajo relieve topográfico. Todo ese litoral del sureste de la Isla ha sido puerto de entrada de huracanes y tormentas. San Ciriaco destruyó en 1899 viviendas y el ingenio azucarero maunabeño La Bordaleza. Había 6,221 pobladores ese año. El terrible San Felipe, en 1928, fue un huracán con vientos devastadores de 150 mph y dejó 20 pulgadas de lluvia en sólo 48 horas en toda la Isla. Maunabo perdió muchas vidas de entre sus entonces 7,973 habitantes, su cosecha de azúcar (que procesaba la maunabeña Central Batey Columbia, fundada en 1902 y destruida por el huracán), otros frutos agrícolas y las viviendas. San Felipe destruyó un tercio de las casas de 1.5 millones de isleños de todo Puerto Rico. Desde ese 13 de septiembre, Puerto Rico jamás volvería a ser exportador de café.

El año siguiente -1929- comenzaría la Gran Depresión. Mientras, San Ciprián, 1932, fue de categoría 3. Todos estos huracanes fueron suficientes para obligar a la región a renacer una vez más. Afortunadamente, el Humedal Punta Tuna sirvió de fuente de alimentación y recreación para la comunidad.

Maunabo sufre el desespero. No se puede pensar otra cosa de un pueblo que, en medio una naturaleza tan hermosa, ha ido perdiendo su población en las últimas décadas. La caña, una industria que no mataba de hambre pero mantenía en dura miseria a sus peones, pasaba a mejor vida junto con mucha de la agricultura de frutos menores a raíz del plan de industrialización del gobierno a partir de 1950. Entre el 1920 y el 1940 hubo un aumento de 2,819 personas en Maunabo, insuficiente tal vez para marcar un turning point en su desarrollo económico. Si bien aumentó a 11,758 habitantes en 1950.

Entonces, en 1956 la tormenta Santa Clara, platanera e inesperada, afectó la región y dejó incomunicado el pueblo. La población, de 10,785 almas, descendió en casi mil personas, según el censo de 1960. El dramaturgo René Marqués, arecibeño, en su obra La carreta (1953), había narrado con precisión el drama triste de nuestros jíbaros buscando una mejor vida al abandonar su pueblos y trasladarse a la capital, donde habitarían sus arrabales, y otros, con igual o mayor desespero, a un entorno totalmente desconocido: Nueva York. Es una tragedia que se repetirá décadas más tarde, evidenciando el desencanto en una Isla que ha vivido demasiado de promesas que el futuro se asegura de incumplir.

A mediados de esa década de 1950, que aún espera ser históricamente revisada para que se le desempolve el brillo artificial de propaganda con la que los gobiernos la han sepultado, al maestro y líder cívico Vicente Morales Lebrón se le ocurrió que se construyera un túnel por la Sierra de Pandura, idea finalmente endosada cuarenta años después, en 1996, por la administración de gobierno de entonces. Sin embargo, Vicente no llegó a ver su inauguración en 2008, había muerto precisamente en el año de su endoso, incluso meses antes, pero de alguna manera ya sabía que finalmente ocurriría el milagro por el que tanto había trabajado. Hoy, esos túneles llevan su nombre, para rememorar sus 40 años de lucha ¡una vida! contra el aislamiento de su pueblo.

En 1970 la población logró aumentar en una década sólo alrededor de 100 personas (10,817), casi todos viviendo en la zona del valle y la costa. Aún así, eran 941 personas menos que en 1950.

Más recientemente, el huracán María entró por el contiguo Yabucoa y devastó el litoral nuevamente. Sin embargo, la naturaleza, cuando no intervenimos para destruirla, es capaz de regenerarse sola con su alma de ave fénix. Pero no le ha ido tan fácil a este pueblo dejado de la mano de Dios. Por la gracia en manos de los pobladores que quedan, ha sobrevivido duras pruebas. La historia de la Humanidad registra pueblos de gran resistencia y de insistencia por sobrevivir. Sin duda, Maunabo es uno de ellos. Más que “jueyeros”, los maunabeños han sido unos “guerreros” para no perder el hábitat idílico en el que viven. Como si las piedras húmedas, donde habitan los jueyes para mantenerse hidratados, transfirieran su cualidad de dureza a las espaldas de los maunabeños, que de tanto orgullo sonríen al revelar su gentilicio.

Bajo un acuerdo de co-manejo con el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (de sobre 20 años) el Comité Pro-Desarrollo de Maunabo, que este año cumple 25 años de fundado, se ha encargado, junto con los funcionarios del DRNA, de preservar y conservar la Reserva Natural Humedal Punta Tuna. El Comité lo preside el Dr. Pedro Torres, un activo y militante conservacionista que, admirado por la belleza de su pueblo, ha dedicado gran parte de su vida a gestionar su mejor desarrollo, sirviendo de modelo el Comité y Pedro mismo, para todas aquellas organizaciones comunitarias y voluntarios que quieran servirle a la isla.

Chito, a quien todos conocen en el pueblo y él los conoce a todos, es su mano derecha y un excelente propagandista de las bellezas de Maunabo y la Reserva. Que Chito conozca a todos tal vez no sea una exageración. En algún momento del trayecto recordé que un amigo, empleado de la Biblioteca Lázaro en mis años universitarios, al que identifiqué por su apellido León, me había dicho (hará más de 40 años) que era natural de Maunabo, aunque vivía hace muchos años en Río Piedras y muy recientemente me enteraba de que había enfrentado problemas de salud. Le comenté a Chito y me miró con curiosidad:

-¿Junito?

-Sí, Junito. Creo recordar que me había dicho que es natural de aquí.

-Pues vamos a verlo.

-¿Lo conoces? ¿está aquí? ¿sabes donde vive?

-¡Claro!

Y así visitamos a un viejo amigo al que recordaba por ser de una solidaridad inquebrantable.

Caminatas, recorridos guiados, observación de aves y la flora tan particular de este litoral costero o un pasadía en su playa de arena de colorido intenso, son sólo algunas de las actividades que se pueden hacer en la Reserva. Hace apenas unas semanas la Reserva sirvió de anfitrión a una carrera de campo traviesa y una siembra colectiva de árboles. El Comité, durante 20 años, ha sido auspiciador de certámenes educativos de cuento, oratoria, dibujo y trova para estudiantes de Maunabo, Yabucoa y Patillas. Ese día de premiaciones, la Casa Verde de la Reserva Natural se viste de gala para honrar sus jóvenes talentosos, quienes ya la conocen porque parte del compromiso del Comité es ofrecerles un recorrido guiado y distribuir información de la Reserva en sus escuelas. En la Casa Verde también se permite pernoctar a científicos que han decidido estudiar la Reserva Natural.

Las veredas de la Reserva están rotuladas, inclusive con el Código QR, una aplicación mediante la cual los no videntes con dispositivos como el teléfono celular o una tablet, pueden escuchar la información y una descripción del lugar.

El acierto más reciente de los co-manejadores y de otros maunabeños entusiastas, y que motivó inicialmente esta nota, es la creación de un documental que recorre toda la Reserva Natural que será colgado próximamente en diversas redes sociales. El vídeo es narrado en español, tiene subtítulos en inglés e interpretado en lenguaje de señas. Ahora, toda esta fiesta de la naturaleza puede ser vista a través de un recorrido virtual. Ahora, el planeta completo podrá conocer lo real maravilloso que puede ser la Reserva Natural Humedal Punta Tuna.

El vídeo fue dirigido y producido por Soidalee García Pagán y su compañía sin fines de lucro Cosmic Hub, junto a estudiantes de Atlantic University College, institución prestigiosa que fungió de productor asociado, y la colaboración del Comité Pro-Desarrollo de Maunabo, el DRNA, el Municipio de Maunabo y la Compañía de Turismo de Puerto Rico. Soidalee dirige la Oficina de Turismo del Municipio de Maunabo. El maestro Christian Collazo, con su voz actoral trabajada en la compañía Teatro del 60, sirve de intérprete ambiental del recorrido. Los estudiantes que participaron en la producción del documental donaron su trabajo.

[ Vea aquí el teaser de esa producción: https://www.youtube.com/watch?v=70zvRJF4smE ]

La Reserva tiene varios interesantes ecosistemas, tiene tres tipos de humedales: pantano de agua salada, pantano de agua dulce y una ciénaga de agua. Las ciénagas colindan con terrenos firmes de otra vegetación distinta, creando un arco de colores y texturas de hermosa disonancia. Mientras, del Bosque del Litoral Costero nos asombra la forma en que su vegetación se ha adaptado a los vientos salinos que con un soplo inagotable le envía el mar Caribe. El bosque es poblado por especies nativas como el árbol de Jagüey, del que nos impresiona la desnudez y formas robustas y absurdas de sus troncos, como si fuesen contorsionistas o estuviesen embrujados.

En esta Reserva, de unas 109 cuerdas, que se considera pequeña al comparársele con otras, el ecosistema de la playa de arena se compone de un frente de fuerte oleaje conocido como Playa Larga, de dos kilómetros de extensión, y unas dunas de bajo relieve, consideradas la formación protectora playera de más importancia en la costa. Esta playa es zona de anidaje del carey y el tinglar. Es una de las playas más hermosas de todo el litoral sureste de Puerto Rico, una franja de arena de agudo color que en vez de condominios donde la gente hace su vida cotidiana e impacta el ambiente, tiene detrás un bosque fantástico que con seguridad despertará nuestra imaginación.

Tiempo después de publicar esta historia, he debido regresar a ella para aportarle un dato interesante que por casualidad encontré en la página Ocean Physics Education (en español) del martes 21 de diciembre de 2021. Se hablaba de una playa en Guajataca (en Quebradillas) de nombre El Pastillo y un punto excelente para surfear conocido como Pelícano, debido a que la plataforma marina se estrecha y tiene de 20 a 36 metros de profundidad, resultando en olas de gran energía, y si se entra unos kilómetros hacia el mar la profundidad llega a los 200 metros. Entonces revela que estas características en nuestras costas sólo pueden ser encontradas en apenas otros tres lugares: Playa Córcega (en Isabela), Punta Guayanilla y, por supuesto, por eso reparo en el dato, en Punta Tuna, Maricao.

De ese modo, ese litoral de Punta Tuna no sólo es una reserva natural de características extraordinarias, sino que posee, además, a dos kilómetros de su costa, una profundidad de 200 metros de profundidad, una cualidad como pocas playas en la Isla.

Hay un canal mareal que se extiende unos cien metros desde la playa hacia dentro del bosque costero, el cual es el mayor aporte de salinidad a los cuerpos de agua dentro de la Reserva.

El manglar, como en muchos litorales costeros, es otro ecosistema dentro de la Reserva en el que se destaca una laguna estuarina. En este manglar se encuentran las cuatro especies típicas: mangle rojo, mangle negro, mangle blanco y el mangle de botón.  Igualmente, hay helechos de mangle y árboles de emajagua.

El bosque o pantano de cayur es otras de las maravillas de la Reserva, al considerársele uno de los mejores ejemplos de su clase en la costa sureste de Puerto Rico. El cayur es un arbol que se eleva entre 30 y 40 pies de altura. De raíces tabulares, conglomeradas, le dan una apariencia muy particular a la base del árbol. Se le asocia con zonas pantanosas y puede llegar a crear pantanos en los que la especie predominante es el cayur. Sólo hay que imaginarse una zona de pantano en la zona costera para disparar el entusiasmo. El cayur produce una fruta dulce del mismo nombre, muy parecida al corazón, pero de sabor más tenue.

En la Reserva se refugian sobre 50 especies de aves que se distinguen como el grupo de mayor diversidad, entre otras: la garza real, la garza blanca, la garza de ganado, la gallareta, el pelícano pardo, y el carpintero de Puerto Rico, zumbador, pitirres, falcón común, el pájaro bobo, la calandria y reina mora.

Además, se ha identificado cinco especies de anfibios entre sapos, ranas, y coquíes; nueve especies de reptiles, así como especies endémicas, nativas y en peligro de extinción, como el tinglar y el carey. Por supuesto, no podían faltar los crustáceos: el cangrejo ermitaño, el cangrejo fantasma, y, como no, el juey.

Colindante con la Reserva Natural, al oeste, se levanta como un vigilante el centenario y alguna vez el sol nocturno de los barcos, el Faro de Punta Tuna, un atractivo mayor de Maunabo. Inactivo, este coloso saluda la llegada del sol de la mañana, aunque también nos indica, al llegar a él, que esta aventura del recuerdo ha llegado a su fin.

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